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Full text of "Jose Pedro Massera Estudios Filosoficos"

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ESTUDIOS 
FILOSOFICOS 



Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social 



BIBLIOTECA ARTIGAS 

Art. 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 



COMISION EDITORA 



Justino Zavala Muniz 
Ministro de Instrucción Pública 

Juan E Pivel Devoto 
Director del Museo Histórico Nacional 



Dionisio Trillo Pays 
Director de la Biblioteca Nacional 

Juan C Gómez Alzóla 
Director del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 
VoL 12 

JOSÉ PEDRO MASSERA 
ESTUDIOS FILOSÓFICOS 

Preparación del texto a cargo de 
Teresa Baque de Vaeza Belgrano 



JOSÉ P. MASSERA 



ESTUDIOS 
FILOSOFICOS 



Prólogo de 
ARTURO ARDAO 




MONTEVIDEO 



1954 



PRÓLOGO 



Cuando desapareció José Pedro Massera, en 
1942, a los setenta y seis años de edad, fué unánime 
el reconocimiento de que abandonaba la escena una 
figura intelectual y moral de la más alta jerarquía 
humana. Jurisconsulto, constituyente, legislador, diri- 
gente en diversos organismos de enseñanza pública, 
profesor de derecho y de filosofía, toda su obra había 
tenido un raro sello de dignidad en el pensamiento 
y en la conducta. De ahí que las semblanzas y las 
evocaciones, escritas y orales, tributaran ante todo 
homenaje al hombre que había sido él. 

De su vida y de sus escritos, unos pocos es- 
critos publicados en forma dispersa y referentes a 
materias distintas, surgía, efectivamente, un hombre 
que lo había sido hasta la excelsitud, en un estilo vi- 
tal de impresionante sencillez Espíritu de firmes con- 
vicciones, personales y cívicas, sostenidas con ener- 
gía no sospechada en la suavidad de sus maneras, 
probo y puro hasta la santidad laica; exquisito tem- 
peramento de artista, que cultivara la poesía, la 
pintura y la música, descollando como virtuoso eje- 
cutante del vioiín; inteligencia sólidamente prepara- 
da en disciplinas jurídicas, sociales, históricas y filo- 
sóficas, en todas las cuales su talento rindiera frutos 
de calidad superior. Y por encima de todo, maestro 



[VII] 



JOSÉ P. MASSERA 



de filosofía y de humanismo, en el aula y fuera de 
ella; un maestro cuya sabiduría se alimentaba, antes 
que de los libros, de su espiritualidad entrañable, y 
que, por eso mismo, hÍ20 discípulos de cuantos se 
le acercaron, hasta rodear de una aureola socrática el 
retiro de sus últimos años. 

En una figura así, lo fundamental es, en defi- 
nitiva, el hombre, porque sólo desde la perspectiva 
que ofrece la realidad viviente de su existencia, resul-' 
ta posible valorarlo cabalmente. Se comprende bien r 
entonces, la consideración reverencial en que le tu- 
vieron sus contemporáneos, reconociéndolo uno de 
los primeros caracteres al par que una de las pri- 
meras ilustraciones de su época. Pero se comprende 
bien, de igual modo, hasta qué punto lo perdemos 
quienes no llegamos a tiempo para ser testigos de 
su actuación, ni alumnos eh su cátedra universitaria; 
quienes tampoco tuvimos el privilegio de pertenecer 
al círculo íntimo de sus discípulos y amigos, que 
tanto lo amaron. 

El presente volumen, formado con trabajos en 
su gran mayoría inéditos, que a su vez sólo son parte 
de su obra filosófica escrita, no podría, pues, daj: 
toda la medida de Massera, ni siquiera en el propia 
campo de la filosofía. Por la índole de sus temas y 
por lo que de su espíritu puso en ellos, servirá, sin 
embargo, para comunicar un fragmento esencial de 
su personalidad, para dar una idea, a lo menos, de 
lo que fué, no sólo la obra sino también, después 
de todo, el hombre, 

* • * 

Considerado en sus relaciones con la filosofía!» 
José Pedro Massera pertenece, junto con José Enri- 
que Rodó, Carlos Vaz Ferreira, Pedro Figari, Carlos 

ivni] 



ESTUDIOS FILOSÓFICOS 



Reyles, Fernando Beltramo — nacidos todos ellos en- 
tre 1861 y 1872 — a una generación de pensadores 
uruguayos que se formó en pleno reinado nacional 
del positivismo spenceriano, para realisar o madurar 
luego su obra, en el siglo XX, desde otros campos 
filosóficos, más o menos alejados de aquél. 

En ese grupo, por otra parte tan dispar en las 
trayectorias y en las orientaciones, tiene Massera su 
singularidad en cuanto a las vinculaciones iniciales 
con el positivismo. Es el único que llegó a participar, 
muy joven» en la milicia spenceriana de polémica 
con el viejo espiritualismo metafísico, que se lleva 
a cabo en el país hasta poco antes de 1895. Cuando 
en 1890 se produjo una histórica reacción de la es- 
cuela espiritualista desplazada, con vistas a recuperar 
posiciones en la docencia filosófica, Massera fué sos- 
tenido, en enconada lucha con el bando adversario, 
por el sector positivista de la autoridad universitaria, 
que encabezaba el Rector Alfredo Vásquez Acevedo. 
En minoría accidental éste, se le cerró entonces el 
paso a la cátedra de filosofía, pese a su condición 
de profesor sustituto desde 1887, por la sola razón 
de "profesar ideas enteramente opuestas al esplritua- 
lismo^ según comunicación del Consejo Universi- 
tario al Poder Ejecutivo (*). 

En 1896, sobrepasado ya definitivamente el 
ciclo polémico de veinte años de duración, entre 
espiritualistas y positivistas, integró la comisión de 
reforma de la enseñanza filosófica en la Universidad, 
cuya labor señala la apertura de una nueva época 



<*) Sobre la actuación filosófica de Massera en ese pe- 
riodo, véase nuestro Batlle y Ordóñez y el positivismo filosó- 
fico (1951), caps. VII y VIII. 



{IX] 



JOSÉ P. MASSERA 



para la filosofía en el Uruguay; y en 1897, el jurado 
del concurso a través del cual Carlos Vaz Ferreira, 
inspirador y relator de aquella comisión, y más tarde 
intérprete principal de esta nueva época, obtuvo en 
calidad de titular la cátedra de la disciplina. 

Después de esos episodios de fines del ocho- 
cientos, Massera no vuelve a tener contacto de modo 
público con la filosofía y su enseñanza hasta 1915. 
Este año entró a desempeñar una cátedra universi- 
taria, a la que renunció con carácter definitivo en 
1927, para incorporarse al Senado de la República. 
Es durante ese período, de 1915 a 1927, entre los 
cuarenta y nueve y sesenta y un años de edad, ma- 
duro su pensamiento, lejos del spencerianismo juve- 
nil y en medio de un cuadro de ideas, universal y 
nacional, profundamente renovado, que definió su 
personalidad filosófica e impuso su figura de maes- 
tro, ejerciendo sobre sucesivas promociones la nota- 
ble influencia doctrinaria y espiritual que tanto se 
le reconoce. 

Es igualmente durante ese período que realizó 
por lo menos lo fundamental de su obra de escritor 
en el dominio de la filosofía. Esta obra ha perma- 
necido hasta ahora desconocida, salvo el caso de un 
solo ensayo, el único en esta materia que en vida 
diera a la estampa: Algunas reflexiones sobre la 
moral y la estética de Rodó, fechado en marzo de 
1920 e incluido en el volumen Homenaje a José 
Enrique Rodó que dio a luz ese año la revista estu- 
diantil Ariel, El resto quedó inédito, como conse- 
cuencia de aquella modalidad de su carácter, que 
rehuía tanto como podía cualquier forma de publi- 
cidad. Lo constituye un variado y abundante material, 
casi siempre de género crítico, en forma de ensayos 



ESTUDIOS FILOSÓFICOS 



independientes, de capítulos de libros en preparación, 
y en algún caso, como en el del trabajo sobre Santín 
Carlos Rossi, de un libro totalmente concluido. Es 
con aquel ensayo édito sobre Rodó y varios escritos 
elaborados y listos para su publicación, existentes 
entre sus papeles filosóficos inéditos, que se integra 
este volumen. Si por hasta ahora desconocido en su 
mayor parte su contenido no tiene la condición de 
clásico, la tiene de sobra por el puesto que su autor 
ocupa en la historia de nuestra cultura, llamado to- 
davía a consolidarse, seguramente, con la difusión de 
estos sus escritos* 

Los aquí ofrecidos, parte limitada del conjunto, 
bastan para confirmar, dejando de ahora en adelante 
testimonio duradero, los rasgos con que la tradición 
oral ha caracterizado la personalidad filosófica de 
Massera: la autenticidad y solidez de su versación, 
su frescura espiritual para acompañar la marcha de 
las ideas, la penetración analítica de su entendí* 
miento, su severa disciplina de estudioso, el equili- 
brio de su juicio. Testimonian, además, la índole de 
su pensamiento, sus orientaciones e influencias fun- 
damentales, los intereses y preocupaciones que lo do- 
minaron. Constituyen, por eso mismo, tanto como un 
documento de su biografía espiritual, un importante 
capítulo de la historia de las ideas filosóficas en el 
Uruguay. 

Procedente del positivismo spencenano, como 
Rodó y Vaz Ferreira, se movió, también como ellos, 
en una línea de superación de aquella escuela sin 
contradecirla ni negarla polémicamente. Vaz Ferreira 
es en el país el gran representante de esta dirección, 
que para llamarla del modo más comprensivo puede 
denominarse filosofía de la experiencia. Por inter- 



[XI} 



JOSÉ P, MASSERA 



medio suyo, ha sido ella la que ha dado el tono al- 
pensamiento universitario de las primeras décadas del 
siglo, flanqueada por las corrientes menores, entre 
nosotros, de los materialismos cientificista y dialéc- 
tico, del idealismo lógico y de la tradición católica. 
A esta filosofía de la experiencia, que retenía de su 
fuente positivista las notas de empirismo, natura- 
lismo, evolucionismo, ciencismo, racionalismo, agnos* 
ticismo, retempladas por una cauta expectativa me* 
tafísica y una idealista concepción de la acción y de 
los valores, se adscribe Massera. Desde su ámbito, 
libre de sistemas y de dogmas, profundizó problemas 
y analizó tesis y teorías, en una búsqueda abierta y 
sincera de la verdad filosófica. 

Los trabajos sobre Rodó, Vaz Ferreira y Rossi, 
registran, en su diversidad temática, una orientación 
significativa de su espíritu; la que lo llevó a la re- 
flexión sobre el pensamiento nativo circundante, dan- 
do en nuestro medio el primer ejemplo, tal vez, de 
esa forma superior de dialéctica de las ideas, tan dis- 
tinta de la escaramuza polémica, sin la cual es im* 
posible integrar definitivamente la autoconciencia J 
la continuidad de una tradición filosófica nacional 
Esos mismos trabajos, y los que los acompañan sobre 
la lógica de los sentimientos y la lógica de los jui- 
cios de valor, en torno a doctrinas de Ribot y de 
Goblot, muestran, al mismo tiempo, por otro lado, 
la básica inspiración francesa que dominó su cultura 
filosófica, luego de la inicial formación sajona en 
Mili y Spencer. Resulta ello confirmado por el era- 
tenido de sus restantes trabajos inéditos. Prescindien- 
do de otras notas sobre Vaz Ferreira y de amplias 
glosas a la filosofía religiosa de William James, lo 
que allí aparece es el comentario crítico de pens*i 



{XII} 



ESTUDIOS FILOSÓFICOS 



dores franceses, a partir del sesgo idealista finisecular 
del positivismo galo, en una linea que elude la me- 
tafísica para contraerse principalmente a los domi- 
nios de la moral y de la lógica. Además de los ya 
nombrados Ribot y Goblot, desfilan así, Fomllée, 
Guyau, Poincaré, Paulhan, Belot, Durkheim, Levy 
Bruhl, Parodi, Pradmes, Meyerson, motivando sen- 
dos ensayos, a menudo inconclusos, o capítulos de 
libros en curso de preparación. 

El estudio que hace de la ética y la estética de 
Rodó, tiene verdadero interés para la determinación 
de la conciencia filosófica del propio Massera. Se 
descubre en sus páginas, a través de reiteradas ex- 
presiones de solidaridad con el pensador que inter- 
preta, su emancipación de las rigideces de escuelas; 
su defensa de los fueros del pensamiento lógico y 
correlativo rechazo del intuicionismo irracionalista, 
del vitalismo romántico, ruidoso entonces con la bo- 
ga bergsoniana; su fundamentación empirista de los 
ideales, en definitiva de los valores, al margen de 
metafísicas o teologías preestablecidas; su concep- 
ción subjetivista y relativista de esos mismos ideales 
o valores. Pero tiene además interés como uno de 
los más lúcidos enjuiciamientos que se hayan hecho 
del pensamiento de Rodó, tan desfigurado, tan in- 
comprendido En 1920, refutaba ya, con toda preci- 
sión, una interpretación equivocada, que luego ha 
proliferado, sin embargo, sorprendentemente, dentro 
y fuera del país, con expresiones recentísimas: la que 
presenta a Rodó como abogado de la vida contem- 
plativa a costa de la acción. A cuenta de una más 
amplia tarea de esclarecimiento, imprescindible es 
actualizar palabras tan certeras como éstas: 

"No se entiende bien a este preclaro ingenio, 



cxni] 



JOSÉ P« MASSERA 



por lo tanto, si se interpretan algunas de sus frases, 
entre ellas las de su maravilloso cuento del rey pa- 
triarca de Oriente, en el sentido de que Rodó sólo 
busca ensalzar el ocio refinado del dilettante, egoísta 
superior, que vive para sí, para satisfacer únicamente 
una tendencia de divagación, de ensueño, llenando 
su vida de goces infecundos por exclusivamente per- 
sonales y que en mi sentir ni siquiera son verdadera- 
mente estéticos, por carecer de una de las condi- 
ciones fundamentales de lo artístico, la comunión 
de las almas". 

"No es eso lo que quiere Rodó: su esfuerzo 
tiende a hacer más extensa y eficaz la vida humana, 
porque no hay fecundidad sin libertad, y toda incli- 
nación unilateral «es una mutilación de la naturaleza 
moral»; su concepción claramente establece que todo 
hombre, por su condición de tal, debe aspirar «a la 
armoniosa expansión de su ser en todo noble sen- 
tido»; y en cuanto a esa vida interior, que, en la 
vertiginosa vida moderna vuelta casi toda al exterior, 
desea para todos, es un oasis de reposo y de me- 
ditación, donde «tienen su ambiente propio todas las 
cosas delicadas, nobles, que, a la intemperie de la 
realidad quema el aliento de la pasión impura y el 
interés utilitario proscribe»; esa vida interior es el 
abrigo necesario y el escudo de todo espíritu que 
quiera mantener incólume su libertad contra todas 
las tiranías exteriores e interiores que la asaltan cons- 
tantemente, y de ella ha de salir el alma retemplada, 
con nuevos bríos, dueña de sí misma, moldeada al 
calor de buenos y bellos ideales para volver con ma- 
yores energías y más intenso deseo de acción a la 
lucha inaplazable de la vida" ( z ). 

C) Pá¿? 11 del presente volumen 



[XIV} 



ESTUDIOS FILOSÓFICOS 



La crítica que Massera hace de algunas tesis de 
Vaz Ferreira, tiene un significado especial en el cua- 
dro filosófico uruguayo del primer tercio del siglo. 
A lo largo de ese período — por lo menos — Vaz 
Ferreira ha constituido en ese cuadro, un verdadero 
meridiano de referencia. Fué habitual que las posi- 
ciones se definieran por la medida en que se apro- 
ximaban a él o de él se alejaban. Desde campo aje- 
no a la que hemos llamado filosofía de la experien- 
cia, que tuvo en él su representante mayor, fué ob- 
jeto de críticas, representativas a su vez de radicales 
antagonismos teóricos. Así, desde la filosofía cató- 
lica tradicional lo impugnó el jesuíta Antonio Cas- 
tro; desde el idealismo lógico, antiempirista, anti- 
naturalista, antipsicologista, Fernando Beltramo; des- 
de el materialismo dialéctico, Pedro Ceruti Crosa. 
El caso de Massera fué distinto. Compartió con Vaz 
Ferreira lo esencial de su actitud filosófica de con- 
ciencia, no fué insensible a su incitación e influjo, 
lo admiró. Pero discutió algunos de sus puntos de 
vista en el tratamiento de problemas particulares. 

El estudio dedicado al importante capítulo de 
la Lógica Viva sobre Cuestiones explicativas y cues- 
tiones normativas, pone en evidencia, a la vez, un 
mérito de Vaz Ferreira y un mérito de Massera. El 
de Vaz Ferreira consistió en haber llegado a insinuar 
con esa distinción, andando por un sendero propio, 
trazado en el terreno de la lógica, la distinción, tan 
capital en la filosofía del siglo XX, entre la esfera 
del ser, a la que corresponden sus cuestiones expli- 
cativas, y la esfera del valor, a la que corresponden 
sus cuestiones normativas. El de Massera consistió 
en haber relacionado esa distinción vazferreiriana 
con la moderna distinción entre juicios de existencia 



{XV} 



JOSÉ P. MASSERA 



o de realidad y juicios de valor, que no sólo fertiliza 
a la lógica sino que postula, más allá de ésta, todo 
el dominio de la axiología. Es así cómo fué a partir 
de un capítulo de la Lógica Viva, que el pensamiento 
uruguayo ingresó históricamente en la apasionaste 
problemática contemporánea del valor, por interne* 
dio de Massera. La corriente francesa, de subsuelo 
empirista, de donde recibió sus inspiraciones en la 
materia, como lo revelan sus estudios sobre la lógica 
de los sentimientos de Ribot y la lógica de los juicios 
de valor de Goblot, recogidos en el presente volu- 
men, explica, en armonía con toda su formación 
personal, las ya apuntadas notas de empirismo, sub- 
jetivismo y relativismo de sus convicciones axio!6- 
gicas. 

Si la crítica que Massera hace de Rodó es dp 
adhesión y simpatía, y la que hace de Vaz Ferretea 
se motiva sólo en desacuerdos ocasionales sobre un 
solidario basamento filosófico, su crítica de Santín 
Carlos Rossi obedece, en cambio, a discrepancias doo 
trinarías profundas. 

Al disolverse entre nosotros, en este siglo, el 
positivismo spenceriano de fines del anterior, gene*6 
dos opuestas direcciones que se van separando cadft 
vez más entre sí, a partir de su común origen. La 
del empirismo neo-idealista, que resultó ser la domi- 
nante, con nombres como los de Rodó, Vaz Ferreira 
y Massera, y la del cientificismo más o menos mate- 
rialista, con nombres como los de Reyles, Figari j 
Rossi. Ambas hacen, de algún modo, filosofía de la 
vida; pero en tanto que, como criterio filosófico, la 
primera toma a la vida en su acepción de experiea» 
cia espiritual del ser humano, la segunda la toma eo 
su inmediatez orgánica y biológica. La última in> 



[XVI} 



ESTUDIOS FILOSÓFICOS 



portante expresión teórica de esta segunda tendencia, 
en lo que tuvo de biologismo energetista típico de 
la época, fué el libro de Santín Carlos Rossi, El Cri- 
terio Fisiológico (1919), complementado con una 
breve comunicación a la Sociedad de Pedagogía, so- 
bre La Educación Integral (1922). José Ingenieros, 
máximo representante latinoamericano del mismo 
cientificismo, en amplío comentario que le dedicó 
desde su Revista de filosofía, saludó encomiástica- 
mente aquel libro como "digno de cualquier escuela 
europea"( 3 ). Sin dejar de rendir homenaje a sus 
méritos, Massera se le opuso, a través de uno de los 
trabajos más ejemplares de la crítica filosófica en el 
Uruguay. 

A ese trabajo hay que acudir para interpretar 
aspectos esenciales de la filosofía de Massera, al mis- 
mo tiempo que para captar un momento significativo 
en la evolución de las ideas en el país. Registra allí 
el autor, con toda lucidez, la quiebra del biologismo 
dogmático de los Haeckel, Le Dantec y sus epígonos. 
Pero lo hace, laudablemente, de conformidad por 
otra parte con el magisterio nacional de Vaz Ferreira, 
sin regreso a apriorismos lógicos o metafísicos, desde 
una posición que quiere seguir siendo fiel a la expe- 
riencia y aun a la ciencia. "Lejos de mi mente — es- 
cribe — el pensar que el arte de conducir la vida se 
organice fuera de la ciencia, sin un cúmulo impor- 
tante de datos de experiencia; pero, si ha de ser arte, 
forzosamente ha de sobrepasar sus límites. Lo que 
es, no es exactamente lo que debe ser. Lo que es, se 
demuestra, se comprueba; lo que debe ser se cons- 
truye idealmente. Los fines no son verdades, aunque 



O Revista de Filosofía. Bs As , T. XI, 1920, pég. 151. 



[ XVII ] 



JOSÉ P. MASSERA 



lleguen a serlo en el futuro por incorporarse a los 
hechos. Una cosa no es buena o mala en sí, sino con 
relación a un fin que se postula como bueno, ha 
dicho Stuart Mili" ( 4 ). 

Se inserta ahí espontáneamente el tema del va- 
lor. "Aunque sea la vida, en sus condiciones esencia- 
les, el objeto de la biología pura, se trata de una vida 
ya vivida, en cierto modo muerta, y ésa es la materia 
de sus estudios. Es siempre un problema de existen- 
cia el que se resuelve, y no uno de acción futura, 
que supone un propósito, un ideal, un fin a cumplir. 
El problema de cómo debemos vivir nuestra vida, 
no es, pues, idéntico al de saber cómo la vida ha 
sido vivida en el pasado por los animales y los hom- 
bres" ( 5 ). Es por la vía de la axiología que se cum- 
ple en Massera, como en general, implícitamente, 
en todo nuestro idealismo de la experiencia, la supe- 
ración del positivismo; pero de una axiología bien 
extraña, como ya se ha visto, a otras que adquirieron 
desde entonces espectacularidad, de exageración aca- 
so no diferente en esencia, aunque con signo contra- 
rio, a la exageración cientificista. 

* * * 

Es de esperarse que este volumen promulgue la 
pertenencia, con honor, de Massera al selecto y re- 
ducido grupo de pensadores que en la generación 
anterior echaron las bases de una filosofía latino- 
americana. Lo que de ellos ha dicho Francisco Ro- 
mero, le cuadra tan admirablemente que no se puede 



(*) Pág 122 del presente volumen. 

( c ) Págs. 134-135 del presente volumen. 



t XVIII} 



ESTUDIOS FILOSÓFICOS 



menos que evocarlo al leer estas palabras del ilustre 
argentino: 

"Maestros de sí mismos, nada han debido sino 
a su propio esfuerzo, y se aplicaron a una tarea que 
ni tuvo el estímulo del auxilio magistral ni se vió 
incitada por una consideración o respeto general ha- 
cia este género de estudios. A veces ejercieron influjo 
en pequeños núcleos; a la larga el resultado de su 
magisterio ha sido grande, mayor probablemente de 
lo que ellos mismos esperaban. Uno de los rasgos de 
esta serie de maestros eminentes ha sido el aislamien- 
to. Salvo una que otra excepción, estaban acostum- 
brados a la soledad, y hasta podría decirse que con- 
taban con ella por adelantado: ni los desanimó ni 
se rebelaron contra ella . . . Ninguno de estos hom- 
bres deja tras sí un sistema articulado y total; hacer 
hincapié en ello fuera miopía, porque ni en filoso- 
fía valen exclusivamente las sistematizaciones com- 
pletas, ni la ocasión les consintió siquiera olvidarse 
de la vida en torno para meditar en un laborioso 
retraimiento. Ante la demanda de obra teórica más 
configurada y copiosa, casi todos hubieran podido 
responder con las palabras conmovedoras de uno de 
ellos: «La vida no me dejó». Filosofaron e hicieron 
además muchas otras cosas, y por lo general con 
energía y clarividencia; contribuyeron de varios mo- 
dos al progreso espiritual de sus patrias, y su aporte 
fué así más efectivo y oportuno que si se hubieran 
apartado en una reclusión que en su caso fuera egoís- 
mo. El examen de sus escritos pone de manifiesto la 
seriedad de una información obtenida con ingente 
sacrificio y empeño, la hondura de una meditación 
que no tiene que envidiar en calidad a la de las más 




culturas . . . Y dejan 



CXIX} 



JOSÉ P. MASSERA 



además tras sí un elevado ejemplo de vida limpia ]r 
austera, sin vanidad, sin resentimientos" ( fi ). 

Puestas en singular esas palabras, retratan con 
fidelidad rigurosa, al par que sitúan en perspectiva 
continental, a José Pedro Massera, filósofo. 



( 8 ) Francisco Romero, Filosofía de la persona. Bs. A**, 
1944, págs. 124-25, 132-33. 




Arturo Ardao 



ESTUDIOS 
FILOSOFICOS 



JOSE PEDRO MASSERA 



José Pedro Massera nació en Montevideo el 4 de agosta u ¥$^ 
de 1866 Sus padres fueron D. José Joaquín Massera y Doñ* z í 
Mercedes Martínez Huérfano de padre a temprana edad fué 
educado por su madre que era hija del Gral. Ennque Mar- r 
tínez, ilustre soldado de la independencia americana al que Vá' 
cupo destacada actuación en la historia del Río de la Placa. _ 
Sobrino político del general César Díaz y del Dr. Pedro 
Bustamante se formó en la tradición principista del Partid* 
Colorado en el que militó desde joven. A los veinte año*, - * 
siendo bachiller, dictó clases de Filosofía en la Sociedad Uní* ^ u 
versitana y entre los anos 1887 y 1S90 fué profesor de 4idj» ;jfc-j?J' 
asignatura en la Universidad. Cursó estudios de jurisprudenei* 
y se doctoró en la Facultad de Derecho de Montevideo; fui *; 
Adjunto a la Fiscalía de Oimen entre los años 1838 y 1893, 
Defensor de Pobres desde 1893 a 1898, en que se le desiga^ 
Inspector General de Instrucción Primaria en cuyas fimrios^tT^ 
continuó hasta 1900. Ingresó al Parlamento en 1905 oo> 
pando una banca en la Cámara de Representantes hasta 1914» tJ 
Integró la Convención Nacional Constituyente de 1916. -Eij - Jp ¿k 
1915 fué designado catedrático de Filosofía de la Sección de 
Enseñanza Secundaria y Preparatoria en cuyo ejercicio cong* 1 s 
mió hasta 1927 en que se alejó de la Universidad, de la que t ~K' 
fué nombrado profesor "ad honorem", con motivo de su in- -j ~ 
corporaaón a la Cámara de Senadores En el desempeño 
esas distintas funciones y al margen de ellas, en su actividad ¿ 
profesional, en el seno de los Consejos universitarios y de?, ¿ ? 
las autoridades partidarias, Massera se caracterizó siempre ^fré&lí 
la vastedad de su cultura, por la serena, ecuánime y ¡ inn¿ - 
actitud con que encaró todos los problemas nacionales a Oif» g >■ 
estudio consagró, con ejemplar desinterés, lo más puro de ju ' 
inteligencia. Su natural modestia lo alejó siempre de la idea 
de dar forma definitiva a los numerosos trabajos sobre temas 
de derecho penal y constitucional, sobre cuestiones pedagÓ- 1 
gicas, sociales y políticas, sobre temas de arte, y así como a ¡Ji- 
los estudios de carácter filosófico que dejó inéditos En ^ 
"Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales" (1895-»^|& 
1897) y en la "Revista de Derecho, Jurisprudencia y AdmK 
nistración", que dirigió entre los años 1901 y 1921, se ¡nset- fl 2jff 
taron algunas de sus producciones sobre temas jurídicos y d*^ jP% 
filosofía. En 1920 publicó sus "Ref lesiones sobre la moral j s ^ 
la estética de Rodó" ("Ariel", n 9 8). Con posteriondaa A*. , " p 
su muerte,' ocurrida el 2 de octubre de 1942, se publicó fOÉ J ^ C1, 
estudio sobre "Algunas cuestiones relativas a la historia cons>1 ' /"^ 
titucionai y política del Uruguay", 1949 



.tí* 



ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA MORAL 
Y LA ESTETICA DE RODO 



I 

La literatura de Rodó presenta siempre profun- 
da entraña moral; por temperamento o por sistema, 
o, tal vez, por ambas cosas, huye Rodó de lo bello 
inmoral, y cree que si bien lo bello y lo bueno tienen 
caracteres específicos que los diferencian, su raíz es 
común, y la educación debe tender a fundirlos para 
que llenen una función más perfecta y satisfagan 
una tendencia más elevada. 

Rodó es un griego por la armonía de su espí- 
ritu, por la inalterable serenidad de su prédica, lo 
que no perjudica, en modo alguno, a la firmeza de 
sus conceptos, ni es óbice a que nos deleite con pági- 
nas de intensa sensibilidad a través de la línea fle- 
xible, sin sobresaltos, de su prosa fluida. 

Su manera es orgánica, intelectual, si así puede 
llamarse a una forma de arte, — por oposición a 
otra más desarreglada, más pasional, más vitalmente 
desenfrenada, pero menos vitalmente armonizada. 
Es la templanza, es la moderación que pone un espí- 
ritu racional en la sensibilidad ruda y salvaje. 

{3} 



JOSÉ P. MASSERA 



Y esta tendencia concierta un orden, un equi- 
librio, en el fondo y en la forma, y provoca siempre 
una sensación de altura que caracteriza constante- 
mente a este eminente pensador artista. 

En nuestra época, la claridad puede parecer un 
defecto y un vicio, a ciertos espíritus que por senti- 
mentalismo, intuitivismo, o misticismo, se resisten a. 
salir de las oscuras regiones de las fuerzas vitales, y . 
que, como si un enceguecimiento se hubiere producido 
en ellos por la negación o el continuo vivir en las tir 
nieblas de lo irracional, condenan toda luz, toda ra- 
zón, toda idea clara, toda nitidez de espíritu. 

Los que buscan en un misticismo más o menos 
confesado, de carácter filosófico o religioso, la ten- 
dencia verdadera del alma, no se satisfacen con esta 
transparencia de agua cristalina, sedientos, por natu- 
raleza, por snobismo, o por sectarismo, de las vague- 
dades de un vitalismo romántico, impreciso por 
esencia, que tiene por característica, según la expre- 
sión de un filósofo, subordinar y explicar lo claro 
que hay en el hombre por lo oscuro que en él existe. 

Se me ocurre que Rodó, por la manera de enca- 
rar los problemas artísticos, morales y sociales, pro- 
pia de su idiosincrasia, ha escapado aun a aquellas 
tendencias que en Spencer se advienen por su inte- 
rés de conciliar términos opuestos, y que produjeron 
en su doctrina una mezcla entre cierto romanticismo 
que le inspirara Coleridge, el gran propagandista de 
Schelhng en Inglaterra, y las convicciones de su li- 
beralismo radical procedente de la escuela benthá- 
mica. 

Tal vez compartía Rodó en sus lineamiento* 
más extensos aquella conciliación; quizás tenía su 
aprobación íntima, y con seguridad su admiración y 



{4] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



respeto, aquel eclectismo que echaba un puente entre 
la religión y la ciencia, admitiendo en su base la 
existencia, y aun la adoración, de una fuerza inac- 
cesible e ininteligible. 

Pero, en sus libros, de los que están excluidos 
los problemas primeros, esta potencia incognoscible 
no tiene por qué advertirse en el desarrollo de los 
temas tratados por Rodó. 

En su moral, tampoco necesita acudir a fuerza 
alguna con el aspecto romántico que se encuentra 
en Spencer, quien al lado de sus admirables desarro- 
llos de naturaleza racional y mecanista, acude a una 
fuerza involuntaria, a una espontaneidad irreflexiva, 
de origen específico, y todavía en gran parte mis- 
teriosa, para constituir y explicar la potencia de su 
imperativo. 

Estos problemas de orígenes, y aun todos los 
de la móral teórica, no ocupan la atención de nues- 
tro pensador que se ha esforzado solamente en fijar 
las líneas generales de una moral práctica. Sus ingé- 
nitas y bien cimentadas inclinaciones a lo artístico, 
lo llevaron, sin esfuerzo, a estudiar tan sólo el as- 
pecto artístico de la ética. 

Y §n la base de su doctrina se encuentra sólo 
la energía voluntaria, consciente, tutelada por la 
razón. 

Si es forzoso admitir como un hecho la fuerza 
misteriosa de la vida, hay que convenir en que ella 
no sirve a Rodó de medio explicativo, y sí sólo de 
punto de partida, de realidad constantemente diri- 
gible y modelable por la acción de poderes racionales. 

En esto se acerca más a Guyau, que tal vez le 
ha inspirado su hermoso y valiente individualismo; 
pero, por las causas indicadas más arriba, tampoco 



[5} 



JOSÉ P. MASSERA 



necesita apelar al caudal de romanticismo que eti 
el gran pensador francés se encuentra, para cons- 
truir su arte de la moral. 

Puede decirse, pues, de toda la obra de Rodó, 
que es un homenaje a la influencia constante de un 
razonamiento mesurado, que pone orden en nuestros 
impulsos indisciplinados; que es un esfuerzo intenso 
y valiente para construir un ideal superior de acción 
propia, independiente de todo lo que puede escla- 
vizar la voluntad. 

II 

Quiso refundir lo ético y lo estético, como un 
perfeccionamiento, para facilitar el culto de lo 
bueno. Su ideal, en este punto, consiste en que la 
alegría y la gracia vivan en estrecho abrazo con el 
deber. 

"Considerad al educado en el sentido de lp 
bello el colaborador más eficaz en la formación de 
un delicado instinto de justicia". "Nunca la criatura 
humana se adherirá de más segura manera al cum- 
plimiento del deber que cuando, además de ses*- 
tirio como una imposición, lo sienta estéticamente 
como una armonía" (*). Y es que ha dicho en otra 
parte que "la moralidad es siempre un orden, y 
donde hay algún orden hay alguna moralidad"( z )« 

Lejos de su ánimo rechazar las formas anesté- 
ticas o antiestéticas de la virtud. No se necesita recor- 
dar su alto espíritu de tolerancia para comprender 
su pensamiento. Sería excederse hacer su defensa en 

(1) Artel, pag. 43. 

(2) Motivos de PfQito, pág, 

[6] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



este caso. Por lo demás, él lo expresa con toda niti- 
dez, con su nitidez habitual: "Cierto es que la san- 
tidad del bien purifica y ensalza todas las groseras 
apariencias. Puede él, indudablemente, realizar su 
obra sin darle el prestigio exterior de la hermosura. 
Puede el amor caritativo llegar a la sublimidad con 
medios toscos, desapacibles y vulgares. Pero no es 
sólo más hermosa, sino mayor, la caridad que anhela 
trasmitirse en las formas de lo delicado y lo selecto; 
porque ella añade a sus dones un beneficio más, una 
dulce e inefable caricia que no se sustituye con nada 
y que realza el bien que se concede, como un toque 
de lu^O- 
Para llegar a amalgamar estas tendencias, es 
preciso empezar por convencerse de que, aunque 
diferentes, no son enemigas, y que si la obligación 
debe sentirse como bella, lo bello ha de considerarse 
como deber. No es que lo bello sea el único y exclu- 
sivo camino para comprender y realizar lo bueno, 
ni tampoco que lo hermoso deba desterrarse consi- 
derándole "con el criterio de un estrecho ascetismo, 
como una tentación del error y sirte engañosa* (*). 

Ni un extremo, ni el otro: "Dar a sentir lo 
hermoso es obra de misericordia"; pero es cierto tam- 
bién que "la virtud es un género de arte, un arte 
divino; ella sonríe maternalmente a las Gracias 1 '. 

Aproximando estos dos caminos llegamos a que 
"una enseñanza que se proponga fijar en los espíri- 
tus la idea del deber, como la de la más seria reali- 
dad, debe tender a hacerla concebir al mismo tiempo 
como la más alta poesía '( 5 ). Y así, "a medida que 



(3) And. pág. 43 

(4) Ibídwo, pág. 45. 

(5) IbMwn. pfe 44, 



Í7] 



JOSÉ P, MASSERA 



la humanidad avance, se concebirá más claramente 
la ley moral como una estética de la conducta. Se 
huirá del mal y del error como de una disonancia; 
se buscará como el placer de una armonía" ( 6 ). 

Esta síntesis educativa de lo bello y lo bueno 
se extiende luego y llega a una amplísima concep- 
ción de la vida, que preludia la que Rodó desarro- 
llará más tarde en Motivos de Proteo. 

Le parece un modelo imperecedero, el que nos 
legara Atenas fundado "en el concierto de todas las 
facultades humanas, en la libre y acordada expan- 
sión de todas las energías capaces de contribuir a la 
gloría y al poder de los hombres. Atenas supo en- 
grandecer a la vez el sentido de lo ideal y el de lo 
real, la razón y el instinto, las fuerzas del espíritu 
y las del cuerpo. Cinceló las cuatro fases del alma. 
Cada ateniense libre describe en derredor de sí, para 
contener su acción, un círculo perfecto, en el que 
ningún desordenado impulso quebrantará la graciosa 
proporción de la línea. Es atleta y escultura viviente 
en el gimnasio, ciudadano en el Pnix, polemista y 
pensador en los pórticos. Ejercita su voluntad en 
toda suerte de acción viril y su pensamiento en toda 
preocupación fecunda" ( 7 ) . 

Pero éste fué "el milagro griego", y le duele 
decir a nuestro Rodó que en la creciente complexi- 
dad de la civilización actual es imposible restaurar 
armonía semejante. Pero, si ello no es dable por la 
enorme diferencia de los ambientes, "cabe, sin em- 
bargo, salvar una razonable participación de todos 
en ciertas ideas y sentimientos fundamentales que 



(6) Ibídem, pág. 45 

(7> Ibídem, págs. 30 y 31, 



[8} 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



mantenga la unidad y el concierto de la vida, — en 
ciertos intereses del alma> ante los cuales la dig- 
nidad del ser racional no consiente la indiferencia 
de ninguno de nosotros '( 8 )« La aspiración de todos 
debe ser "desarrollar en lo posible, no un solo as- 
pecto, sino la plenitud del ser. No os encojáis de 
hombros, agrega, delante de ninguna noble y fecunda 
manifestación de la naturaleza humana, a pretexto 
de que vuestra organización individual os liga con 
preferencia a manifestaciones diferentes. Sed es- 
pectadores atentos allí donde no podáis ser ac- 
tores" ( e ). 

Alza especialmente su voz potente contra la ti- 
ranía triste y oprobiosa de dar a la vida "un objetivo 
único e interesado V contra el espíritu estrecho y la 
cultura unilateral, resultado de la tendencia domi- 
nante, en nuestros tiempos, a la utilidad material y 
al bienestar. "No entreguéis nunca", dice elocuente- 
mente, "a la utilidad o a la pasión, sino una parte 
de vosotros. Aun dentro de la esclavitud material hay 
posibilidad de salvar la libertad interior: la de la 
razón y el sentimiento. No tratéis, pues, de justificar, 
por la absorción del trabajo o el combate, la escla- 
vitud de vuestro espíritu" ( 10 ). 

Esta defensa de "los intereses del alma", lejos 
de caer, en esta equilibrada mentalidad, en el extre- 
mo censurable del exceso individualista, en la exclu- 
siva apología del santuario de la conciencia, de la 
torre de marfil, en la que, presa el hombre de una 
especie de ascetismo del pensar, del soñar, del ad- 
mirar, olvida las virilidades de la acción, olvida que 



(8) Ibídem, pá«s 31 y 32 

(9) Ibídem, pig 26 
(10) Ibídem, pág. 33. 



£9} 



JOSÉ P. MASSERA 



también se debe a los otros, — se mantiene en su 
punto justo, pues "si el ocio noble era la inversión 
del tiempo que oponían los antiguos, como impresión 
de la vida superior, a la actividad económica", — "el 
espíritu clásico encuentra su cortección y su com- 
plemento en nuestra moderna ciencia en la dignidad 
del trabajo útil: y entrambas atenciones del alma 
pueden componer, en la existencia individual, un 
ritmo, sobre cuyo mantenimiento necesario nunca 
será inoportuno insistir" ( 11 ) . Y "toda educación ra- 
cional, todo perfecto cultivo de nuestra naturaleza 
debe estimular en cada uno de nosotros la doble ac- 
tividad que simboliza Cleanto que, obligado a em- 
plear la fuerza de sus brazos d# atleta en sumergir 
el cubo de una fuente y mover la piedra de un 
molino, concedía a la meditación las treguas del quer 
hacer miserable, y trazaba, con encallecida mano, 
sobre las piedras del camino, las máximas oídas de 
labios de Zenón"( i:! ). 

No se entiende bien a este preclaro ingenio, por 
lo tanto, si se interpretan algunas de sus frases, entce 
ellas las de su maravilloso cuento del rey patriarca 
de Oriente ( 18 ), en el sentido de que Rodó sólo bu^ 
ca ensalzar el ocio refinado del diletante, egoísta 
superior, que vive para sí, para satisfacer únicamente 
una tendencia de divagación, de ensueño, llenando 
su vida de goces infecundos por exclusivamente per- 
sonales y que en mi sentir ni siquiera son verdade- 
ramente estéticos, por carecer de una de las condi- 



(11) Ibídem, pag. 38. 

(12) lbidem, pág 39- 

(13) Raúl MONTBiO BUSTAMANTT. José EHr*4üe Rodó, pip, 



[10] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



ciones fundamentales de lo artístico, la comunión de 
las almas. 

No es eso lo que quiere Rodó: su esfuerzo tien- 
de a hacer más extensa y eficaz la vida humana, 
porque no hay fecundidad sin libertad, y toda incli- 
nación unilateral "es una mutilación de la naturaleza 
moral"; su concepción claramente establece que todo 
hombre, por su condición de tal, debe aspirar "a la 
armoniosa expansión de su ser en todo noble sen- 
tido"; y en cuanto a esa vida interior, que, en la ver- 
tiginosa vida moderna vuelta casi toda al exterior, 
desea para todos, es un oasis de reposo y de medita- 
ción, donde "tienen su ambiente propio todas las 
cosas delicadas, nobles que, a la intemperie de la 
realidad, quema el aliento de la pasión impura y el 
interés utilitario proscribe" ( 14 ); esa vida interior es 
el abrigo necesario y el escudo de todo espíritu que 
quiera mantener incólume su libertad contra todas 
las tiranías exteriores e interiores que la asaltan cons- 
tantemente, y de ella ha de salir el alma retemplada, 
con nuevos bríos, dueña de sí misma, moldeada al 
calor de buenos y bellos ideales para volver con ma- 
yores energías y mas intenso deseo de acción a la 
lucha inaplazable de la vida. 

El escepticismo sobre lo que toca a la verdad y 
a lo moral, que es la real esencia del sibaritismo ar- 
tístico e intelectual del diletante, está lejos de surgir 
"de las páginas de la obra de nuestro inmortal pensa- 
dor-artista, que es en su conjunto un himno a la 
acción, a la voluntad tenaz e indomable, a "la ener- 
gía todopoderosa que subyuga al mundo y rompe las 
sombras de lo arcano", a la fuerza inmensa simboli- 



(14) Ibidem, pág 40 



JOSÉ R MASSERA 



zada en el viejo de "La pampa de granito", capaz de 
extraer la vida, y los frutos más opimos de la vida, 
de la entraña estéril de la roca bruta. 

III 

Penetra Rodó en el terreno en que se debaten 
ardientemente las excelencias y defectos de la demo- 
cracia, y su altísimo criterio no se desmiente un ins- 
tante, ni revela la debilidad de una vacilación. 

Expone las críticas, en un desarrollo admirable 
que descubre una larga meditación de tan arduo 
problema: la acusación de fomentar el desborde del 
espíritu utilitario, ~ "de guiar a la humanidad medio- 
erizándola, a un Santo Imperio del utilitarismo"; el 
juicio de Renán de 1 que una alta preocupación por 
los intereses ideales de la especie es opuesta del todo 
al espíritu de la democracia"; o la opinión de Bour- 
get* "que el triunfo universal de las instituciones 
democráticas hará perder a la civilización en pro- 
fundidad lo que la hace ganar en extensión" y "lle- 
vará a un desenvolvimiento progresivo de las ten- 
dencias individuales y a una disminución de cul- 
tura"( x ). 

Reconociendo "que hay imperfecciones en la 
forma histórica actual", Rodó trata de injusticia que 
se la juzgue severamente por estas apariencias tran-v 
sitorias, en lo que ese régimen tiene de definitivo y 
de fecundo, y no vacila en tildar de paradojas in- 
justas los juicios definitivos de Renán sobre el prin- 
cipio fundamental de la democracia, la igualdad de 
derechos, que este pensador "cree irremisiblemente 



(1) Joíé Enrique Rodó, págs. 58 y 59, 
[12] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



divorciado de todo posible dominio de la superiori- 
dad intelectual". 

Y rompe aquí con el maestro, para quien su 
pluma no escatima elogios en otros momentos, por- 
que cree que hay error completo en atribuir a males 
transitorios y subsanables, el carácter de lo definitivo, 
de lo inapelable. ^Desconocer la obra de la demo- 
cracia, en lo esencial, porque, aún no terminada, no 
ha llegado a conciliar definitivamente su empresa 
de igualdad con una fuerte garantía social de selec- 
ción, equivale a desconocer la obra, paralela y con- 
corde, de la ciencia, porque interpretada con el cri- 
terio estrecho de una escuela, ha podido dañar alguna 
vez al espíritu de religiosidad o al espíritu de poe- 
sia"( 2 ). 

Rodó es un convencido de la obra de la Revo- 
lución "que en nuestra América se enlaza además 
con las glorias de su Génesis" ( 3 ), y al afirmar que 
"la democracia y la ciencia son los dos insustituibles 
soportes sobre los que nuestra civilización descansa" 
y que "en ellas somos, vivimos, nos movemos" O — 
no duda, hasta "por instinto, en la posibilidad de una 
noble y selecta vida espiritual que en ningún caso 
haya de ser sacrificada su serenidad augusta a los 
caprichos de la multitud". "Insensato" le parece, pues, 
"pensar como Renán, que sólo se obtendrá la con- 
sagración de las superioridades morales, la realidad 
de una razonada jerarquía, el dominio eficiente de 
las altas dotes de la inteligencia y de la voluntad, 
por la destrucción de la igualdad democrática" ( 5 ). 



(2) Ibídem, pág 73 

(3) Ibídem, pág 60 

(4) Ibídem, pág 23 

(5) Ibídem, págs 60, 73 y 74. 



U3} 



1 



JOSÉ P. MASSERA 



Lo que hay que hacer es reformar la democra- 
cia por la educación, desde que debemos aceptarla 
por ser el ambiente y uno de los capitales sostenes 
de la sociedad moderna. Hay que educar al pueblo, 
y por eso, en nuestra América, es insuficiente la fór- 
mula de Alberdi: Gobernar es poblar. Esta fórmula 
es verdadera, si se la completa: "Gobernar es poblar, 
asimilando, en primer término; educando y seleccio- 
nando, después". La multitud, el número, la masa 
anónima no es nada por sí misma: ella "será un ins- 
trumento de barbarie o de civilización según carezca 
o no del coeficiente de una alta dirección moral" (*). 

Esa educación debe ser orientada en un sentido 
determinado de fondo realmente aristocrático: "Cabe 
pensar que progresivamente se encarnen, en los sen- 
timientos del pueblo y sus costumbres, la idea de las 
subordinaciones necesarias, la noción de las superio- 
ridades verdaderas, el culto consciente y espontáneo 
de todo lo que multiplica a los ojos de la razón, la 
cifra del valor humano" ( 7 ). 

En esta concepción se evita el escollo del anti- 
igualitarismo de Nietzsche, que "negando toda fra- 
ternidad, toda piedad, pone en el corazón del super- 
hombre, a quien endiosa, un menosprecio satánico 
para los desheredados y los débiles" y "llega a afir- 
mar que la sociedad no existe para sí sino para sus 
elegidos". 

Ha de huirse de "esta concepción monstruosa"; 
pero ello no significa caer tampoco en el otro extremo 
de "un falso igualitarismo que aspira a la nivela- 
ción de todos por la común vulgaridad. Por fortuna, 
mientras exista en el mundo la posibilidad de dis- 



te) Ibidem, pkg 63. 
(7) Ibidem, pág 74 



U4] 



f 

LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



poner dos trozos de madera en forma de cruz, — es 
decir, siempre — , la humanidad seguirá creyendo que 
es el amor el fundamento de todo orden estable y 
que la superioridad jerárquica en el orden ho debe 
ser sino una superior capacidad de amar"( 8 ). 

Vuelve de este modo Rodó, a la idea madre 
de toda su filosofía: la acción dinámica y espiritua- 
lizante del amor. 

Concebida así, racionalmente, la democracia 
constituye el terreno más apto para la consolidación 
de este ideal, porque ella admite en principio un 
elemento aristocrático, la superioridad de los me- 
jores, asentada sobre el consentimiento libre de los 
asociados, sin pretender inmovilizarlo en clases im- 
permeables, con el privilegio execrable de la casta, 
y en esta superior forma 'renueva sin cesar su aris- 
tocracia dirigente en las fuerzas vivas del pueblo y 
la hace aceptar por la justicia y el amor"(*5- 

La ciencia contribuye a esclarecer este concepto 
y a consolidar esta obra de conciliación que fundirá 
"los dos impulsos históricos que han comunicado a 
nuestra civilización sus caracteres esenciales, los prin- 
cipios reguladores de su vida. Del espíritu del cris- 
tianismo nace, efectivamente, el sentimiento de igual- 
dad, viciado por cieno ascético menosprecio de la 
selección espiritual y la cultura. De la herencia de 
las civilizaciones clásicas nacen el sentido del orden, 
de la jerarquía, y el respeto religioso del genio, vi- 
ciado por cierto aristocrático desdén de los humildes 
y los débiles. El porvenir sintetizará ambas sugestio- 
nes en una fórmula inmortal. La democracia, enton- 



(8) Ibídem, pág. 79. 

(9) ibídem, pkg 77 



[15] 



JOSÉ P. MASSERA 



ees, habrá triunfado definitivamente. Y ella que, 
cuando amenaza con lo innoble del rasero nivelador, 
justifica las protestas airadas y las amargas melan- 
colías de los que creyeron sacrificados por su triunfo 
toda distinción intelectual, todo ensueño de arte, toda 
delicadeza de la vida, tendrá, aún más que las viejas 
aristocracias, inviolables seguros para el cultivo de 
las flores del alma, que se marchitan y perecen en 
el ambiente de la vulgaridad y entre las impiedades 
del tumulto!^ 10 ). 

He aquí de nuevo, en Rodó, un fuerte ideal 
racional de acción reflexiva, inaplazable y constante, 
que está bien lejos de ser el blando, inactivo o 
anodino que han querido hallar en él algunos críti- 
cos. En las bellísimas páginas que dedica a este punto 
no he advertido la menor vacilación, ni las impre- 
cisiones o fluctuaciones que otros han creído hallar 
en ellas ( 11 )• 

Ese ideal, por otra parte, es el mismo a que 
llega Rodó en la solución del problema general de 
las tendencias que han de primar en el dominio de 
la vida individualmente considerada. A través de ella 
ha de correr como idea directriz ese nobilísimo fin 
que a cada paso se encuentra en la obra de nuestro 
Rodó, de salvar, de intensificar, de dar el lugar pre- 
íerente que merecen los altos "intereses del alma". 

Esta fusión del espíritu aristocrático con el de 
la democracia viviente, es opinión que hoy aceptan 
muchos autores, y no resisto a la tentación de re- 
cordar aquí para que sean comparadas con las de 
nuestro pensador, algunas de las frases con que un 



(10) Ibidem, págs. 80 a 83. 

(11J MONTERO BüST AMANTE, op. cit , pág. 13. 



£16] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



distinguido escritor francés, en un libro notable por 
la forma y por el fondo, resume los lincamientos de 
la solución del mismo problema: "Una democracia 
pura es tan imposible como una pura teocracia, por- 
que al fin somos hombres y no entidades. Si se miran 
bien las cosas, siempre hay crisis en la vida de una 
sociedad como en la de un individuo, y es por eso que 
al lado de las asambleas de fiscalización es preciso 
siempre un jefe y una clase superior dirigente. Toda 
democracia es una aristocracia. Es en vano ir contra 
la naturaleza de las cosas, y es preciso desear una 
democracia bastante inteligente para compren- 
derlo" ( 12 ). 

Y más adelante aún: "El acto de fe, cuando 
es necesario hacer un juicio de valor y conjeturar 
el porvenir de las sociedades, he ahí en último aná- 
lisis a lo que llegamos. Debemos reconocerlo sen- 
cillamente. Se podrá, si se quiere, triunfar de esta 
confesión, y hablar de una nueva "quiebra" de la 
ciencia, allí donde la ciencia nada tiene que hacer. 
Más que nunca, como decía M, Bouglé, al fin como 
al principio de este estudio "la vía es libre"* Pero, 
a falta de certidumbres, hay probabilidades y ensue- 
ños. Es una probabilidad que la democracia no es 
incompatible ni con una cierta aristocracia, ni con 
una cierta cultura. Dependerá del esfuerzo de los 
hombres hacer de él una realidad" ( 18 ). 



(12) GUY GRAND. U procés de la démocratte, pág. 268. 

(13) Id.. Id., pág. 316. 

[17] 



JOSÉ P, MASSERA 



IV 

En el terreno del arte, la misma idealidad, la 
misma ponderación, el mismo eclectismo superior, 
circula en la concepción de Rodó. 

En El que vendrá y en La novela nueva, su 
altísima crítica,, huye de todo exclusivismo y separa, 
con escalpelo sutil y maravilloso, en las diversas 
formas del arte, lo que el tiempo ha decretado 
caduco, y lo que de ella ha de permanecer como el 
legado de la vida que se transforma para resurgir 
más intensa y fecundante. 

Y aunque el primero de estos ensayos expresa - 
las ansias de una especie de culto mesiánico, — pro- 
ducidas por el estado de confusión de las doctrinas 
estéticas en el momento en que nuestro pensador 
escribía — , asevera intensamente que M su Duda na 
es un abandono y una voluptuosidad del pensa- 
miento, como la del escépuco que encuentra en ella 
curiosa delectación y "blanda almohada" ( 1 ) . Esa 
duda conduce a la esperanza, y a una esperanza en 
un arte que refunda en sí las más opuestas tendeo* 
das, en el que quepa todo lo grande y noble que 
el hombre haya producido y sea capaz de engendrar 
en el futuro. 

No es sólo duda y ansia de creer, lo que con- 
tienen estos magníficos ensayos de nuestro eximio 
prosista, sino también el germen de toda su doctrina, 
estética, moral y política, que había de proporcio- 
nar la substancia íntima de sus libros futuros, y había 
de ser el primer motor de su vida ejemplar de hom- 
bre, de artista y de ciudadano*' 



(1) El que vendrá, pág. 27, 



[18] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



Respecto al arte que nos ocupa ahora, no deja 
dudas sobre el carácter afirmativo y concreto del 
pensamiento de Rodó, el párrafo que corona el bello 
juicio que le merece "la obra de grandeza adusta y 
sombría", "del iniciador que asombró con el eco 
lejano y formidable de sus luchas, nuestra infancia, 
del maestro taciturno y atlético" 

"Y como un símbolo perdurable, sobre la ma- 
jestad de la obra inmensa se tiende, señalando al 
futuro, el brazo del niño que ha de unimismar en 
su alma las almas de Pascal y de Clotilde; perso- 
nificando acaso, para los intérpretes que vendrán, el 
Euforion de un arte nuevo, de un arte grande y 
generoso, que ni se sienta tentado como ella, a arro- 
jar a las llamas los legajos del sabio, ni como él, 
permanezca insensible y mudo ante las nostalgias de 
la contemplación del cielo estrellado. . /*( 2 )* 

Todavía es más claro y definitivo nuestro 
Rodó, sobre este punto, en La novela nueva, como 
lo demuestran los párrafos que entresaco y transcribo. 

Sobre el principio de constante renovación, el 
"reformarse es vivir" del arte: "Sólo el arte indi* 
ferente y glacial puede aspirar a ser el arte inmóvil. 
Como la renovación incesante del oleaje sobre los 
abismos del mar, tal la inquietud de las ideas sobre 
la profundidad constantemente removida del espí- 
ritu". "La fórmula de la verdad artística no ha de 
ser como el ritual inmóvil en que pretenda legarse 
al porvenir la revelación del procedimiento defini- 
tivo e invariable" ( s ). 



(2) Id , Id , pág 17 

(3) La norela ituev*, pág 38 y 39 

[19] 



JOSÉ P. MASSERA 



Nada de lo que ha vivido muere completamente: 
"Ninguna idea, ninguna aspiración, ningún senti- 
miento, que hayan marcado el ritmo de una hora 
a la marcha de las generaciones humanas, debe 
morir en la profundidad de la conciencia que un día 
estremecieron como la piedra lanzada a la superficie 
de las aguas serenas, sin que el arte divino los llame 
a su regazo y recoja de ellos la confidencia que 
luego recibirá de sus labios el soplo de otra vida y 
durará como el relieve de la cera que se convierte 
en el relieve del bronce". 

Las escuelas no se excluyen, se complementan: 
"La obra de los que nos han precedido es una indis- 
pensable condición de la que presenciamos" 
"Para qtíien las considera con espíritu capaz de 
penetrar, bajo la corteza de los escolasticismos, en 
lo durable y profundo de su acción, las sucesivas 
transformaciones literarias no se desmienten: se 
esclarecen, se amplían; no se destruyen ni anulan: 
se completan". Quedó del clasicismo para siempre 
el sentido de la mesura plástica e ideal, el amor de 
la perfección, la noción imperatoria del orden. De 
la protesta romántica quedó, también para siempre, 
su dogma de la relatividad de los modelos, su adqui- 
sición de libertad racional. Y de la escuela de la 
naturaleza quedarán la audacia generosa y la sin- 
ceridad brava y ruda, el respeto de la realidad, el 
sentimiento intenso de la vida; pero no quedarán, 
ni las intolerancias, ni las limitaciones'^ 5 ). 

Lo esencial en el arte, como luego lo dirá de 
los ideales de la conducta en general, es la sinceri- 



(4) Id., Id n pág. 40. 

(5) id, Id. 1896, pig. 42, 

£20) 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



dad: 1 U E1 género de verdad que al arte importa es, 
ante todo, la sinceridad que le hace dueño del espí- 
ritu. De la sinceridad adquiere al mismo tiempo su 
encanto y su poder: ella es su fuerza y su gracia" (*). 

En fin, el principio individualista unido estre- 
chamente al de la conciliación, que es ya tolerancia 
en el sentido amplísimo con que la formuló Rodó: 
"Como en la obra de aquéllos que la precedieron, 
se discernirá en la de la fe que hoy agita, vaga e in- 
formulable, nuestras almas, la teoría deleznable y el 
mármol y el pórfido que duran. Ella no viene a 
señalar, como el verbo de verdad eterna, el solo 
camino de salvación. Saben bien sus Pontífices que 
el Arte no es más que un huésped transitorio bajo 
el techo nuevo que alzaron. Ellos saben bien que 
su morada única digna entre los hombres sería la 
ciudad en que Schiller soñó verlo rendir a la Verdad 
y a la Belleza un solo culto: la "ciudad ideal" a la 
que debía llegarse por la armonía de todos los entu- 
siasmos, por la reconciliación de todas las inteli- 
gencias ( T ). 

V 

Exaltó Rodó la personalidad y su independen- 
cia, y pensando, tal vez, que de ella tienen que partir 
y a ella llegar todos los progresos sociales, se em- 
peñó en determinar los elementos y el proceso de 
la propia transformación en el sentido de un alto 
ideal de perfeccionamiento. 



(6) Id„ Id., págs 38 y 39. 

(7) Id. Id. pig 43 



121} 



JOSÉ P. MASSERA 



Mas esa tendencia centrípeta, si se extrema, trac 
el peligro de fomentar el exclusivismo, la excesiva 
afirmación del sí, el egocentrismo, en que un espí- 
ritu equilibrado y ratonante como el de Rodó no 
podía caer. De ahí nació, en mí sentir, su tolerancia 
doctrinaria, como su tolerancia personal; de la nece- 
sidad de oponer un dique al individualismo extremo. 

Es que la tolerancia es la virtud social por exce- 
lencia y la gran virtud de los tiempos modernos, 
sobre todo en la forma especial en que la entendía 
y la practicaba Rodó. 

En Nietzsche la afirmación de sí mismo, en su 
exaltada unilateralidad, aliada a la concepción de un. 
darwimsmo social absurdo e inconexo con su prag- 
matismo integral, no permitía poner límites a la 
personalidad y a su voluntad de poder, procedentes 
de una sociedad de débiles y esclavos; y, por tales 
caminos, fácilmente llegó este filósofo a una hiper- 
trofia monstruosa del yo, sin vallas para su acción- 
De ahí, también, la transformación absoluta de todos 
los valores morales, como obra propia y dominante 
del superhombre. 

En Guyau, análogo individualismo es orientado 
a lo social y limitado por él, gracias al principio 
de que en el fondo de nuestro mismo ser se encuen- 
tra la necesidad de su expansión, y así se concilian 
el egoísmo y el altruismo en la raíz común del im- 
pulso inconsciente. El organismo más perfecto es el 
organismo más social, y la conciencia y la razón, 
al tomar las riendas del perfeccionamiento indivi- 
dual, hacen cada vez más social al hombre. 

Ésta es también una de las inspiraciones capi- 
tales que impera en la moral de Rodó. Admitiendo 
que la sociedad obra poderosamente sobre el indivi- 



122] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



dúo, que el medio es factor importante para expli- 
carnos muchas de sus modalidades, lo que debe al 
spencerianismo objetivo, y sin penetrar en el pro- 
blema genético sobre este punto, pues ya hemos 
dicho que deliberadamente parece dejar de lado todo 
problema de esta índole, nuestro Rodó reconoce 
en el hombre un poder propio de acción, una fuente 
perenne de originalidad artística y moral capaz de 
modificar poderosamente su propio carácter y con 
él la constitución social. 

De este punto de partida nace su optimismo 
del omnímodo poder de la voluntad, "En realidad, 
¿qué es lo que dentro de nosotros mismos se exime 
en absoluto de nuestro poder voluntario, mientras 
el apoyo de la voluntad no acaba con el postrer 
aliento de nuestra existencia?". Mil fuerzas pare- 
cen sustraerse a su acción, pero "esta maravillosa 
energía que lo mismo mueve una falange de tus de- 
dos, que puede rehacer, de conformidad con una 
imagen de tu mente, la fisonomía del mundo, se agre- 
ga u opone también a aquellas fuerzas que juzgamos 
fatales; y cuando ella se manifiesta en grado subli- 
me, su intervención aparece y triunfa; de modo que 
da vida al amor o lo sofoca, anonada el dolor; en- 
ciende la fe; compite con el genio que crea; vela en 
el sueño; trastorna la impresión real de las cosas; 
rescata la salud del cuerpo o del alma, y levanta, casi 
del seno de la muerte, el empuje y la capacidad 
de la vida'V). 

No es posible resumir las estupendas páginas 
que sobre este tema desarrolla Rodó en su obra ca- 
pital, y sí sólo dar una pálida idea de su esencia» 



(1) MoPk>oj de Proteo, pág 457 y 3i$uiemw 



JOSÉ P. MASSERA 



Este concepto de la voluntad omnipotente, orien- 
taba ya a Rodó en su "Ariel"; "La fe en el porve- 
nir, la confianza en la eficacia del esfuerzo humano, 
son el antecedente necesario de toda acción enérgica 
y de todo propósito fecundo"( 3 ). 

Este enérgico motor ha sido extraído de la ex- 
periencia; no fluye de una metafísica preestablecida. 
Si es fuerza, lo es en cuanto obra; lo es como acción 
eficiente, y juzgamos de su capacidad y de su poten- 
cia por lo que realiza y ha realizado en el mundo, 
como juzgamos en física del poder de otras fuerzas 
por lo que experimentalmente son capaces de dar y 
producir. 

Hay que establecer desde luego que en Rodó 
este concepto es una fe, una creencia, una confianza 
que aunque partiendo de la experiencia la supera; y 
ella es la fe, la creencia que está en la base de toda 
ciencia, de toda inducción, como la que se halla asi- 
mismo en el convencimiento de todos los ideales. 

La moral de Rodó es práctica solamente; saca 
sus preceptos de la observación de la realidad psico- 
lógica y social; es una moral independiente de toda 
concepción metafísica o religiosa. Le bastaba su fe 
en la omnipotencia de la voluntad para que el es- 
fuerzo humano realizara lo demás. 

Éste es todo su dogmatismo, si así puede lla- 
marse a su entusiasmo sincero y firme en la todo- 
poderosa acción de la energía voluntaria humana. 
Es el dogmatismo del progreso indefinido. 

Por eso carece de las rigideces del dogmatismo 
de las religiones positivas, fijado definitivamente en 
cánones inmutables e insalvables. 



(2) Ibídwn, pág. 23. 



[24} 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



Al lado de este punto cardinal, de su firme 
confianza en la bondad humana y en su poder sin 
límites, coloca la facultad moderadora de la toleran- 
cia. Es la razón ordenando, jerarquizando, escogiendo 
de entre la turbamulta de las inclinaciones que pre- 
tenden mover la acción, las que a su juicio tienen 
títulos para ello y son conformes a un ideal noble 
y digno. Ese ideal es el de una mayor verdad, un 
mejor bien, una más completa y perfecta belleza, 
desde que la tolerancia es en esta doctrina, virtud 
que busca y encuentra lo mejor, aun en las tenden- 
cias que pueden parecer más contrapuestas, y se es- 
fuerza por amalgamarlas en una síntesis superior. 

Hemos dicho antes que éste es su ideal en el 
arte, y ahora vemos que es también su ideal moral: 
un esfuerzo continuo hacia lo más perfecto, que se 
realiza atrayendo, para soldarlas íntimamente en el 
seno de un espíritu amplio y flexible, toda partícula 
de belleza, de bondad, de verdad que pueda haber 
alcanzado la mente humana, bajo cualquier forma 
y por cualquier doctrina, escuela, secta, capilla o es- 
fuerzo individual aislado. Todo debe tratar de ser 
comprendido, para ser asimilado. 

Existe, pues, una completa unidad en ios prin- 
cipios que animan todos los libros de Rodó, como 
una absoluta consecuencia a ellos se observó siem- 
pre en la conducta del hombre recto y tranquilo 
que los formuló. 

Nótese que las doctrinas que preconiza el exi- 
mio pensador jamás constituyen un determinado 
sistema, fijado una vez para siempre; no es nunca 
una petrificación, es un ideal en movimiento, un 
progreso continuo, un devenir. No es una fe estan- 
cada la que debe mover al hombre; es una creencia 



[25} 



JOSÉ P. MASSERA 



que se va creando, salvando siempre nuevos límites, 
modificándose sin cesar, reformándose, viviendo. 

Nuestra convicción ha de ser "dinámica", "ha 
de ser modificable y perfectible", dice en su monu- 
mental Motivos de Proteo. ¿En qué sentido? En 
el de la suprema tolerancia, que "es amor cari* 
tativo llevado a la relación del pensamiento", que 
"es transpone de la personalidad al alma de todas 
las doctrinas sinceras". El motor de la acción ha de 
vivir de este amor "porque la idea que se relaciona 
y comunica con las que divergen de ella, por una 
activa tolerancia, es idea que sin cesar está plasmán- 
dose en manos de una infatigable simpatía" 

Así la suma de ideas que reúne y concilia en 
determinado instante "no ha de ser considerada 
nunca como un orden definitivo", "sino como un 
hito con cuya ayuda proseguir una dirección 
ideal"( 4 ). 

Mas para que nuestro pensamiento cumpla 
"esta ley de su desarrollo vital, y no se remanse en 
rutinario sueño", necesita no solamente de la actitu4 
tolerante, sino "del hábito de la sinceridad consigo 
mismo" O . 

Esa honda y fecunda sinceridad nos lleva 
saber de sí cuanto se pueda y con la claridad y pre- 
cisión que se pueda, celando las mil causas de error 
que comúnmente nos engañan sobre nuestros pen- 
samientos y actos, y ejercitándose cada día en dis- 
cernir lo que es real convicción en nuestra mente, 
de lo que ha dejado de serlo y dura solo por inercia 



(3) IbJd«m, pág 374. 

(4) Ibídem, pá*. 375. 

(5) Ibídem, pig 575. 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



y costumbre, y de lo que nunca fué en ella sino 
eco servil o vana impresión" ( 6 ). 

Esta elaboración perpetua no está exenta de 
dudas, desmayos y reanimaciones; pero, por este es- 
fuerzo varonil de la personalidad sobre sí misma, 
"la idea que resiste, y triunfa de cuantas armas se 
le oponen, se fortalece, acicala y magnifica" ( 7 ). 

Sano, purísimo, vivo, es este ideal de la acción 
en todas sus manifestaciones. Está formado por los 
mejores elementos que bullen en el alma: por los 
espíritus del amor, de la caridad, de la alegría, de 
la gracia, que, presididos por una sinceridad incon- 
movible, son impulsados a fundirse constantemente 
en nuevas formas a través del tiempo indefinido, por 
el poder nunca gastado y siempre renovado de una 
voluntad capaz de vencer todos los obstáculos y el 
despotismo de los hábitos inveterados y de las pasio- 
nes malsanas o exageradas, todo ello ilustrado y diri- 
gido por los superiores dictados de una razón serena, 
en continua comunidad y concierto con las demás 
potencias anímicas. 

Conviene traer a la luz de un primer plano, 
un punto interesantísimo de la doctrina moral de 
Rodó: las relaciones entre el bien y la verdad, en 
términos de no ser confundidos totalmente como 
móviles en el arte de la recta conducta, y de admitir 
que un error y una ilusión pueden regir Iegítima- 



(6) Ibídem, pág 375 

(7) Ibkkm, pág 376 



C271 



JOSÉ P, MASSERA 



mente la actividad, si llenan la condición de ser 
sinceros. 

Algunos escritores, con nobilísimo empeño, se 
exceden en la investigación de lo verdadero, apli- 
cado a la ética, y llegan hasta combatir ios sistemas 
morales, metafísicos, religiosos o naturalistas, que 
por su índole atañen no sólo a la verdad, sino tam- 
bién a lo real y concreto y al arte de vivir, estu- 
diándolos y criticándolos respecto del único punto 
de vista de lo verdadero, buscando si en su armazón 
se contemplan los puros preceptos de la lógica. 

El cargo de unilateralidad que a dichos siste- 
mas se ha venido haciendo de un tiempo a esta 
parte, no está fundado en otro criterio. 

Construidos como están muchos o casi todos 
los sistemas morales sobre una sola piedra y por más 
que pueda ser de enorme magnitud, como la incli- 
nación, el sentimiento* la utilidad, el deber, la ex- 
pansión de la vida, etc., parece efectivamente que 
ella fuera insuficiente cimiento y escaso basamento 
para tan grande y complicado edificio. 

Los sistemas religiosos, por su parte, se asien- 
tan sobre una revelación divina, lo que aparece in- 
conciliable con la verdad, y hacen imposible la prueba 
y justificación de tan capital sostén por medios 
racionales. 

Y aun aquellos sistemas que buscan conci- 
liaciones y quieren abarcar un conjunto de grandes 
sillares para elevar su cúpula, siempre adolecen de 
un relativo exclusivismo, y observamos que, si bien 
no sería perfectamente justo acusarlos del vicio de 
unilateralidad en el sentido estricto de la palabra, 
hay que rendirse a la evidencia de que no consultan, 
aun los más complejos, todas las tendencias, todos los 



[28} 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



impulsos, todos los móviles que por su nobleza, pu- 
reza o fuerza inmanente sean dignos de admitirse 
como capaces de servir de guías a la recta conducta 
del hombre actual, en las continuamente renovadas 
complejidades de la vida moderna. 

Es claro que, así planteado el problema de la 
moral, pueden caer todos los sistemas bajo la crítica 
de que la fundamentan sobre arenas movibles e in- 
seguras, pues si han de constituir la pauta de las 
acciones, el ideal, el guía seguro, la regla de vida de 
todos los hombres sin excepción, no ha de satis- 
facer una armazón que necesariamente tiene que eli- 
minar de su interior algunos o muchos de los móvi- 
les racionales, sentimentales, especulativos o religio- 
sos que pueden conducir y conducen eficazmente al 
bien a tantos hombres. 

Y digo que necesariamente esto ha de ocurrir, 
pues los sistemas, y aún me refiero a los más am- 
plios, concertados, armónicos, orgánicos en cierto 
modo, con jerarquías y subordinaciones de preceptos 
los más trabajados, tienen que excluir de su seno 
las tendencias que pugnan más o menos abiertamen- 
te con las adoptadas para la construcción. 

En los sistemas racionalistas es forzosa conse- 
cuencia de su lógica interna que sean eliminados to- 
talmente los instintos, las fuerzas irracionales o arra- 
cionales de los sentimientos o de la intuición. Y 
cuando alguno ha querido hacerlos entrar en línea, 
como Spencer, por ejemplo, con su instinto moral, 
le ha sido vehementemente reprochado como una in- 
consecuencia. 

Inversamente, dentro de un sistema capitalmen- 
te sentimental, o místico, claro es que, si en ellos 
se parte de la premisa que se ha fundado o preten- 



(29} 



JOSÉ P. MASSERA 



dido fundar previamente, o que anida en el corazón 
de la doctrina: la incapacidad de la razón para pro- 
porcionar la verdad, no ha de tener cabida en tal 
conjunto lo razonado, y hasta lo razonable, pues en 
este caso la razón es el enemigo, el demonio deste- 
rrado deliberadamente de este mundo que tiene por 
exclusivo fin lo verdadero. 

No se entrevé en estos criterios extremos la po- 
sibilidad de que el error, la ilusión, la falacia, que 
tan caros son muchas veces al hombre, puedan tener 
un sitio, como factores aprecíables, en doctrinas en 
las cuales, confesada o inconfesadamente, se hace de 
la verdad el quicio único sobre que debe moverse la 
moral humana. 

Olvidan la diferencia que media entre bien y 
verdad, que es forzoso establecer cuando del arte de 
vivir se trata. 

Mientras una doctrina filosófica no penetra en 
el campo de lo moral y se limita a una explicación 
del universo, o a contestar aislada o inconexamente 
la interrogación de algunos de sus misterios, cabría 
ser juzgada con el exclusivo criterio de la verdad, 
porque a resolver un problema de existencia se ha 
consagrado, por más que esa existencia pueda sobre- 
pasar en algún caso la que la experiencia alcanza. 

Mas cuando el sistema abarque lo moral y quie- 
ra dar reglas a la acción, no será aquel criterio el 
único idóneo para resolver tal problema, pues éste 
penetra en el terreno diferente de los fines, de los 
ideales, que son el norte de la actividad, que carecen 
de la impersonalidad de lo que la ciencia admite como 
real y verdadero, que son profundamente personales, 
por estar muy mezclados a la íntima esencia de lo 
humano. r 



130] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



La ciencia vive y se constituye de lo abstracto 
y lo general; es la razón buscando un orden en la 
realidad de la materia y de la vida. 

En la moral y en el arte, como que de hacer se 
trata, y no de hacer de cualquier modo, sino con- 
forme a una pauta, a un principio creado dentro de 
lo subjetivo mismo, aunque a lo objetivo alcance y 
busque imponérsele, claro es que estará fuera de 
sitio el uso único del criterio de la verdad, con que 
se aquilata el valor de los resultados científicos. 

Tratándose, así, de valores diversos, de origen 
y naturaleza difetente, la piedra de toque para juz- 
garlos no ha de ser idéntica. 

En consecuencia, si en la ciencia no cabe tole- 
rar el error y no pueden permanecer mucho tiempo 
coexistiendo las opiniones contradictorias, pues la 
experiencia, ajustada a los cánones de lo verdadero, 
resuelve en breve la contienda y patentiza la exacti- 
tud de una entre las muchas soluciones, no pasa 
ni puede pasar idéntica cosa con los fines o ideales 
de la acción humana, precisamente porque mantienen 
la complejidad de lo real concreto, porque no hay 
experiencias cruciales en tales dominios, porque se 
constituyen en buena parte por el juicio personal, 
con lo más profundamente individual, con lo que 
es susceptible de apreciación, mas no de determina- 
ción objetiva. 

Cabe el error y la ilusión en las disciplinas nor- 
mativas, del arte y la moral, por consiguiente, si ellos 
se ajustan a los cánones de un sano criterio moral 
o artístico. Es decir, que puede haber, no ya arte, lo 
que es fácilmente aceptable, sino moralidad, cuando 
guían la acción preceptos falaciosos. 



Í31] 



JOSÉ P, MASSERA 



Éste es uno de los Aspectos que hacen más ad- 
mirable la doctrina de Guyau y que, en mi sentir, 
constituye uno de los capitales fundamentos que 
debe contemplar toda crítica de los sistemas morales. 

¿Qué importa que tal hombre tenga la cabe2a 
llena de errores crasos o de ilusiones inexplicables 
razonablemente, si sus intenciones son buenas y rea* 
liza buenas obras? La intolerancia, en estas materias 
de moral o de política, procede de una incompren- 
sión de la verdadera psicología del acto humano. 

Todos creemos estar en la verdad y que por la 
verdad debemos luchar. Mas esta verdad, si ha de 
llamarse así, es diferente de la otra, la científica: no 
es un resultado, es un fin; no es una cosa hecha, es 
una cosa a hacerse; no es fría, abstracta, objetiva, y 
por lo tanto comprobable por todos; está, por el con- 
trario, unida a las raíces más hondas de lo individual; 
es, tal vez, y sin tal vez, fruto de un trabajo cons- 
ciente o inconsciente de todas las potencias del ser; 
y no sólo la creemos buena, sino que la amamos apa- 
sionadamente, a veces, como cosa la más propia y 
personal; y, el mismo lenguaje, por ser ya obra 
de la ciencia objetiva, en su natural tosquedad, no 
acierta siempre a traducirla fielmente, o sirve más 
bien para encarcelarla en lo recóndito de lo interno. 



Pues bien; en Rodó hallamos análogos princi- 
pios consagrados en las esculturales páginas de Mo- 
tivos de Proteo. El individualismo se plantea en 
ellas con el principio de que cada uno ha de cons- 
truirse su propia dirección, su ideal, con arreglo a sus 
tendencias y aspiraciones. No hay autoridad exterior 



[32] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



capaz de imponerse al hombre, porque eso sería una 
forma de esclavitud. Se consagra una completa li- 
bertad, sobre la base de la razón ponderadora. 

"A través de todas las transformaciones necesa- 
rias de nuestra vida moral perdure en ella, renacien- 
do bajo distintas formas, manifestándose en diferen- 
tes sentidos, nunca enervada ni en suspenso, una 
potencia dominante, una autoridad conductora; prin- 
cipio a un tiempo, de orden y de movimiento, de 
disciplina y de estimulación. 

En la esfera de la voluntad, tiene ella un pro- 
pósito que realizar, un fin para el que nuestras ener- 
gías armoniosamente se reúnan. En la esfera del pen- 
samiento, una convicción, una creencia, o bien un 
anhelo afanoso y desinteresado de verdad que guíe 
a nuestra mente en el camino de adquirirlas" ( 1 ) . 

u Esa potencia ideal, numen interior; sentimien- 
to, idea que florece de sentimientos; amor, fe, ambi- 
ción noble, entusiasmo; polo magnético, según el 
cual se orienta nuestro espíritu, valen para nosotros 
tanto como por lo que valga el fin a que nos llevan 
(y en ocasiones más), por su virtud disciplinar i del 
alma; por su don de gobierno y eficacia educa- 
dora M ( 2 )- 

Y tiene valor este ideal como orden, como or- 
ganización, porque impide que seamos tironeados y 
esclavizados por las influencias exteriores cambian^ 
tes sin cesar, y por los tiranos interiores, propensio- 
nes viciosas, resabios mal encadenados, primeros ím- 
petus de nuestra naturaleza, "todo ese contradictorio 
y complejo (y ¡cuán miserable, siempre, en gran 

(1) Motivos de Proteo, pág 317 

(2) Ibídcm, pag. 361 

[33] 



JOSÉ P. MASSERA 



parte! ) contenido de un alma". Y luego: "Donde- 
quiera que lo elijamos y aun cuando nos lleve en 
dirección de algo vano, equivocado o injusto, con su 
poder de disciplinarnos, ya encierra en sí un princi- 
pio de moralidad que lo hace superior a la desorien- 
tación y al desconcierto. . ."( 3 ). 

Esa potencia ideal ha de ser empujada por el 
amor en su acepción más alta y más noble. Nótese 
bien que "lo que importa es, no tanto la calidad del 
objeto, sino la calidad del amor; y más que de la 
semejanza con el ser real del objeto, ha de nacer la 
belleza de la imagen, de la virtud del amor sincero, 
generoso y con sazón de idealidad". Es por tal virtud 
que podrá "trocar el oro en barro, en bálsamo el ve- 
neno; fecundizar lo vano, mundificar lo inmundo; 
poner en el corazón del amante la sal preciosa que 
le guarde de la corrupción, y en sus labios el ascua 
ardiente que depuró los del profeta"<*)« 

Insiste Rodó en la necesidad de esta idea o alto 
sentimiento ordenador, para aprovechar los mil pen- 
samientos o imaginaciones que cruzan por la mente 
y que se perderían sin remedio volviendo escaso el 
caudal disponible para la acción. 

Y esa fuerza no sólo atrae, sino que vivifica y 
fecunda a esos fugitivos haciéndoles dar de sí nue- 
vos órdenes de ideas o sentimientos ( 5 ). 

"Un supremo objeto para los movimientos de 
nuestra voluntad; una singular preferencia en el 
centro de nuestro corazón, una idea soberana en la 
cúspide de nuestro pensamiento . . . ; no a modo de 
celosas y suspicaces potestades, sino de dueños hospi- 

Í3) Ibídem, pags 362 y 363 

(4) Ibídem, pág 367 

(5) Ibídem, p¿& 369 



[34] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



talarios y benévolos, a cuyo lado haya lugar para 
otras manifestaciones de la vida que los que ellos 
tienen de inmediato bajo su jurisdicción; aunque, 
indirecta y delicadamente, a todas las penetren de su 
influjo y las usen para sus fines" ( 6 ), 

No ha de constituir, pues, la idea directriz un sis- 
tema despótico hecho por otros o concertado por sí 
mismo, sino un núcleo grande y noble que sea el 
móvil propulsor y alrededor del cual se congreguen 
y giren en dócil y consentida servidumbre el número 
más grande posible de ideas, sentimientos, imágenes, 
juicios, tendencias que con aquél armonicen. 

Y dentro de esa libertad, aun los espíritus 
"tallados una vez para siempre", los que poco cam- 
bian, el concepto de perfección que inspiró el ideal 
lacedemonio "disciplinado férreamente en beneficio 
de un único e idolátrico deber", la inmovilidad de 
abstención y resistencia que se predicó en el pórtico 
de Stoa, la tendencia de un cristianismo ascético y 
adusto que ansia modelarse a imitación de la abso- 
luta permanencia de lo divino, inmutable y perfecto 
por naturaleza, no encuentra en Rodó una conde- 
nación moral que estaría en desacuerdo con la esen- 
cia real de su doctrina ( T ). 

Afirma que hay grandeza en éstas y otras for- 
mas análogas del ideal personal; pero no olvidemos 
sus palabras. La encuentra "en el magnetizado por 
una idea o pasión de calidad sublime, en el fanático 
superior, en el iluminado o visionario, en el mono- 
maníaco de genio: en todas esas almas que, yendo 
en derechura a su objeto, cruzan, como quien andu- 



(6) Ibídem, pa<;5 3"? 2 y 373 

(7) Ib idem, pags 29? y siguientes 



[35] 



JOSÉ P, MASSEKA 



viese por los aires, sobre los tortuosos senderos de 
la vida rear( 8 ). 

Admira los caracteres de una pieza que llegan 
a veces a lo sublime. "La igualdad perenne, yendo 
unida a un don superior del alma; la alteza trágica 
de esa despiadada inmolación de todas las pasiones 
a una sola, dan de sí una sublimidad, ya estática y 
austera, como la del desierto y la montaña: la de 
la abnegación altiva y silenciosa, la de la voluntad 
firmísima acompañada de poco ímpetu de sensibi- 
lidad; ya dinámica, violenta como la del huracán 
y el mar desencadenado: la de una formidable 
pasión en movimiento; la del alma en perpetua 
erupción de amor o de heroísmo'^ 9 ). 

No se le escapa que el secreto de la eficacia del 
genio es, a menudo, la avasalladora obsesión, "la 
fuerza implacable de una idea que ha clavado la 
garra en una conciencia humana'*. 

Lejos de su ánimo, no obstante, hacer de este 
éxito, el punto de arranque de su entusiasmo. 

Es la conciencia de un sacrificio que puede ser 
enorme, en aras de una alta idea o sentimiento puro, 
lo que constituye la base de su admiración. 

Se dirá, y es exacto, que aquí, tal vez, no es 
sino un sentimiento estético lo que se despierta en 
Rodó ante estos temperamentos monolíticos que 
podrían parecer hechos contrarios a su principio de 
"reformarse es vivir". 

Pero, fuera de que en él lo estético está estre- 
chamente asociado a lo ético, ya en su entusiasmo 
se advierte que aprueba esas vidas consagradas a unst 



(8) Ibidcm, pig. 299. 

Í9) Ibidcm, págs 301 y 302 



~- {36] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



idea o una pasión cuando hay en ellas nobleza y 
sinceridad, aunque la falacia o la ilusión alienten 
en su substancia propia. 

Podrá insistirse sin error, en que su sentimiento 
no significa compartir, sino comprender y respetar. 

Bien; pero el conjunto del armonioso Motivos 
de Proteo, nos conduce a la seguridad de que nues- 
tro pensador, profundamente individualista como 
Guyau, como él evitó ceñir la varia y múltiple con- 
ducta de los hombres a un modelo único, a un ideal 
predeterminado, fuera del cual toda moralidad que- 
dara excluida. 

"Hay dos especies de almas sinceras y entu- 
siastas, —dice — , la austera e inflexible, monocorde, 
y la que consiente otros objetos de atención y deseo 
que el que preferentemente se propone*. 

De unas y otras, es decir, de las perseverantes, 
de las entusiastas, de las creyentes, y sólo de ellas 
es el secreto de la acción; pero, agrega: "la más 
alta forma de la perseverancia, del entusiasmo y de 
la fe, es su aptitud para extenderse y tranformarse, 
sin diluirse ni desnaturalizarse" ( 10 ). 

Ésta es la intensa significación de su admirable 
parábola de los seis peregrinos. La obsesión que 
corre arrebatada es buena y puede ser sublime según 
la magnitud del fin; pero es más perfecta y no daña 
a la acción la vocación que no desdeña las voces de 
la caridad, del arte, del trabajo, de la naturaleza, que 
"forman alrededor del sueño del alma, un cortejo 
de ideas... "(")■ 



(10) Ib ídem, pág 303 

(11) Ib ídem, pág 316 



^1! 



JOSÉ P. MASSERA 



Su resistencia a dar preferencia a un único ideal 
de la acción, y su tolerancia con los que él no com- 
parte, resultan bien clara y concretamente de estos 
párrafos: "Vano sería que, con menosprecio de la 
complejidad infinita de los caracteres y destinos 
humanos, se intentara reducir a pautas comunes cuá- 
les han de ser tal propósito y tal convicción: (esto 
es, los que más arriba indicara: el fin para el que 
nuestras energías armónicamente se reúnan, y la 
convicción, creencia, o anhelo afanoso por la verdad 
que debe haber en nuestro pensamiento) bástenos 
con pedir que ellos sean sinceros y merecedores del 
amor que les tengamos". Y aún agrega: "No juz- 
guemos tampoco de la realidad y energía de estos 
principios directores poniéndoles por condición la 
transparencia, la lógica y la asiduidad con que apa- 
rezcan en la parte de vida interior de cada uno"( 12 ). 



VII 

Merece capítulo especial el factor de la toleran- 
cia que en la doctrina de Rodó tiene muy encum- 
brado sitio y caracteres de verdadera originalidad. 

Si la justicia fué, en la filosofía griega, la virtud - 
predominante y una a modo de síntesis de las demás 
virtudes, podríamos decir que la tolerancia es el 
punto culminante, a la vez que radical, el summum 
de la virtud, en esta doctrina esencialmente moderna. 

"Hagamos del amor que comunica fuerza y 
gracia a cuantos inspira, y engendra en el pensa- 
miento la noble virtud de comprenderlo todo, el 

(12) Ibídem, pig. 317 

[33} 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



gran principio de nuestra filosofía literaria. Com- 
prender es casi siempre tolerar; tolerar es fecundar 
la vida, dice Rodó en el lema de su primera obra 
El que vendrá. "Término y coronamiento de toda 
honda labor de reflexión, cumbre donde se aclara 
y engrandece el sentido de la vida", afirma en Moti- 
vos de Proteo (*), llevando aquel concepto al arte 
de la conducta en general 

Su extensión es amplísima: "Nuestra capacidad 
de comprender sólo debe tener por límite la impo- 
sibilidad de comprender a los espíritus estrechos» Set 
incapaz de ver en la Naturaleza más de una faa; 
de las ideas e intereses humanos más que uno solo, 



horadada por un solo rayo de luz"( 2 ). 

Este enorme espíritu de amor hasta el intole- 
rante alcanza: "La intolerancia, el exclusivismo, que 
cuando nacen de la tiránica obsesión de un alto entu- 
siasmo, del desborde de un desinteresado propósito 
ideal, pueden merecer justificación y aún simpatía, 
se convierten en la más abominable de las inferiori- 
dades cuando, en el círculo de la vida vulgar, mani- 
fiestan la limitación de un cerebro incapacitado para 
reflejar más que una parcial apariencia de las 
cosas" ( a ). 

Hasta aquí, hallamos una inmensa amplitud de 
horizontes, un amor que ensancha y rebasa indefi- 
nidamente las fronteras del alma y la enriquece de 
goces superiores de los más variados y aún opuestos 
matices. 



( 1 ) Ibidem, pág. V73. 
\2) Artel, págs 27 y 28 
(3) Ibídetn, pig 28 



equivale a vivir envuelto 




sueño 



[39) 



JOSÉ P. MASSERA 



Semejante capacidad de comprender y de amar, 
en el fomento inagotable del cual insiste Rodó en 
todas sus obras, lleva, forzosamente, por la impulsión 
del sentimiento inspirador, a la tendencia concilia- 
toria, al eclectismo, a la fusión fecunda de opuestas 
doctrinas, y, cuando a tanto no alcanza, al menos 
esa comprensión es fuente de copiosos bienes, pues 
proporciona innúmeras posibilidades a la acción, 
hace al espíritu flexible, luminoso, y le permite dig- 
nificarse, orientarse mejor y obtener una serenidad 
que es altísimo valor en el eterno combate de la 
vida. 

Quien lea atentamente Motivos de Proteo, 
notará que la reforma constante, que es ley de 
la existencia y que debe modelarse incansablemente 
por una auto-educación sin otro término que el de 
la misma vida, no es realmente posible si no pre- 
side a esa labor un alto espíritu de comprensión y 
de simpatía por todo lo que signifique un franco 
esfuerzo hacia un mejoramiento moral, a hacer más 
completo el dominio de la inteligencia y más fe- 
cunda y sana la determinación de la voluntad. La 
tolerancia es el medio indispensable de ese perfec- 
cionamiento. Por eso, tolerar es fecundar la vida. 

Así, la tolerancia mueve toda la obra de Rodó. 

Su gran entusiasmo por Juan María Gutiérrez 
se cifra, tal vez, en reconocerle esta gran virtud en 
"el horizonte altísimo en que se dilatan sus admira- 
ciones y entusiasmos no limitados nunca por exclu- 
sivismos de gusto personal, ni por la intolerancia de 
escuela, en su capacidad para comprender todas las 
formas de lo bello dentro del arte literario e iden- 
tificarse con los más diversos estímulos de inspi- 
ración". 



C40} 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



En Ariel se formulan las doctrinas de análoga 
tendencia que hemos recordado anteriormente. 

En el opúsculo Liberalismo y Jacobinismo, 
como en la admirable carta intitulada "El sentimiento 
religioso y la crítica", circula y enaltece todos sus 
pensamientos,, esa hermosa fuerza de respeto y alta 
conciliación. Dijo en Motivos de Proteo que no en- 
traba a averiguar la lógica y la transparencia de una 
doctrina, desde que fuese trasunto sincero y entu- 
siasta de un alma noble y pura, y aquí insiste, aclara 
y concreta, aún más, si cabe, su pensamiento, ba- 
jando a la región ardiente de las contiendas religio- 
sas: "Crea usted que nada me inspira más respeto 
que la sinceridad religiosa, dondequiera que ella se 
manifieste, cualesquiera que sean los dogmas a que 
viva unida. Ante el fervor que brota del recogi- 
miento del corazón, y presta alas de inspiración al 
pensamiento y trasciende a la conducta en caridad 
y amor, respeto y admiro. Jamás me sentiré tentado 
a encontrar objeto de desprecio o de burla, en lo 
aparente y literal de un dogma, si por bajo de él, 
enfervorizando al espíritu que lo profesa, percibo 
un hondo y personal sentimiento del impenetrable 
misterio de que son símbolos o cifras todos los 
dogmas"( 4 ). 

Juzga a la luz de este criterio lo que hay de 
flaco e imperfecto en las religiones positivas, pero 
reconoce que la preocupación del misterio infinito 
es inmortal en el alma humana. 

"Nuestra imposibilidad de esclarecerlo no es 
eficaz más que para avivar la tentación irresistible 
con que nos atrae, y aun cuando esta tentación 

(4) El snUmfnto r*kgtoso y U crines 



[41J 



JOSÉ R MASSERA 



pudiera extinguirse, no sería sin sacrificio de las más 
hondas fuentes de idealidad para la vida y de eleva- 
ción para el pensamiento. 

"Nos inquietará siempre la oculta razón de lo 
que nos rodea, el origen de donde venimos, el fin 
adonde vamos, y nada será capaz de sustituir al sen- 
timiento religioso para satisfacer esa necesidad de 
nuestra naturaleza moral. Si las religiones tuvieran 
la noción clara de sus límites, nada faltaría para 
sellar por siempre su convivencia amistosa con el 
espíritu de investigación positiva y con los fueros 
de la libertad humana" ( 5 ). 

Y entusiastamente declara que son grandes pen- 
sadores Goethe, Spencer, Comte, Renán, Taine, 
Carlyle, etc., porque levantaron la tolerancia a la 
altura de una visión olímpica, porque tratando la 
ciencia y la religión en una esfera superior, hicieron 
que se nos apareciesen como dos fases diferentes, 
pero no inconciliables, del mismo misterio infinito, 
o, porque son ejemplo del más alto respeto por el 
cristianismo aun creyéndolo fruto humano y no 
divino ("). 



Muy insuficiente sería lo anteriormente ex- 
puesto, para dar una noción, aun somera, del carác- 
ter especial que reviste la tolerancia en Rodó. Debo 
insistir, pues, sobre punto tan importante, escudri- 
ñando algo más su pensamiento. 

La característica de esta tolerancia es que, man- 
teniendo su sello social propio, excede, sin embargo, 

(5^ Ibídem, pág. 9 

(6; Liberalismo y Jacobtmsmo, págs 15 y 16. 



[42J 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



del terreno del derecho, para adquirir un aspecto 
individual en cierto modo más libre y abierto, el de 
la caridad. 

No significa sólo que carezcamos del derecho 
a imponer una fe, y que, por lo tanto, se funde así 
un orden jurídico en que cada fe defiende su ideal 
en lucha leal con las demás. Rodó va más lejos; 
para él, la tolerancia no es únicamente una doctrina 
de derecho, una defensa del propio pensamiento, 
una limitación de la acción, en vista de una mayor 
libertad y capaz de hacer posible una convivencia 
más extensa y mejor para el desarrollo individual y 
social. 

Es precepto de caridad; trasciende la esfera del 
derecho; es un amplísimo deber que impulsa a un 
gran perfeccionamiento del hombre porque lo lleva 
a sobreponerse a pasiones aun nobles, pero que, mi- 
radas desde un plano en que deberían ceder algo de 
sus pretensiones demasiado exigentes, podrían pare- 
cer un tanto inferiores. 

Ese amor, que busca la compenetración de las 
mentalidades, no es, ni puede ser, exigido como un 
derecho. Y la tolerancia en el concepto vulgar es 
exigible; es sólo el respeto al derecho ajeno, garan- 
tido por la sociedad, de la libertad de pensamiento, 
una de las bases en que reposa el orden social mo- 
derno. Esta tendencia, ya aproximadora de los hom- 
bres, en nuestro gran literato va más allá de man- 
tener distancias, de limitar actividades, de respetar 
el derecho de otro. 

"Comprendámosla cabalmente: no la que es 
sólo luz intelectual y está a disposición del indiferen- 
te y del escéptico, sino la que es también calor de 
sentimiento, penetrante fuerza de amor". Es "la to- 



143] 



JOSÉ P. MASSERA 



lerancia que afirma, la que crea, la que alcanza a fun- 
dir, como en un bronce inmortal, los corazones de 
distinto timbre . • " ( 7 ) . 

Bien claramente se comprende el alcance de tan 
hermosa concepción. Esta tolerancia no es un mero 
acto de inhibición ante el derecho de otros de afirmar 
su creencia; no una simple negación: no atacar el 
derecho ajeno; es solamente un límite a la actividad; 
inspirada por un intenso sentimiento de amor, es 
activa, es afirmativa, es ilimitada; no es simplemente 
correlativa de un derecho; tiene la inexigibilidad ex- 
terior del deber más extenso, el perfume especial de 
lo que emana de lo profundo del alma y no ha sido 
encasillado aun en los moldes sociales. 

Mas tampoco hay que confundirla con el puro 
amor a la sabiduría; no es sólo ansia inextinguible 
de saber, pues éste directamente sólo compete a la 
inteligencia; aquel amor está hecho de viva acción 
también y es enérgica y derechamente social, pues 
tiende a fundir, a unir, a encontrar lazos aún donde 
pudiera parecer que sólo un abismo existiera. 

"No es el eclectismo pálido, sin garra y sin 
unción. No es la ineptitud de entusiasmo, que en 
su propia inferioridad tiene el principio de una con- 
descendencia fácil. No es tampoco la frivola curio- 
sidad del dilettante, que discurre al través de las 
ideas por el placer de imaginarlas; ni la atención 
sin sentimiento del sabio, que se detiene ante cada 
una de ellas por la ambición intelectual de saberlas. 
No es, en fin, el vano y tornadizo entusiasmo del 
irreflexivo y veleidoso . , . 99 ( 8 ) . 



(7> Motivos d* Proteo, pág. 373. 
(8) Ibídem, págs 373 T 374. 



{44} 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



Está constituida, pues, no por una, sino por 
todas las potencias del alma, en plano elevadísimo; 
imposible su nacimiento en inteligencia incapaz de 
suficiente comprensión; imposible si a esa compren- 
sión no se une una simpatía tan delicada, a la vez 
que poderosa, que lleve a la mente hasta lo que 
reputamos más opuesto a nuestro pensamiento y 
nuestra creencia, y que mueva y acerque hasta lo que 
parece más lejano, porque en los más opuestos polos 
del entendimiento, por estar éste infiltrado de razón 
en algún grado, ha de proporcionar siempre alguna 
parcela de verdad, de bondad o de belleza, capaz de 
aumentar el acervo humano, contribuyendo a que 
el hombre y la sociedad sean más perfectos y 
mejores. 

VIII 

Ha llegado nuestro Rodó a la doctrina ética y 
artística de que son exponentes todos sus escritos, 
y defícientísimo bosquejo los anteriores capítu- 
los, por el estudio atento y amante de todo lo que 
en nuestra época contemporánea es obra del pen- 
samiento, o arranque sano del corazón, y en el estu- 
pendo alambique de su poderosa organización esté- 
tica y moral ha destilado lo que llega a lo más 
íntimo del alma, tocando a lo esencial de la perso- 
nalidad, a lo más duradero, lo hondo, lo que sólo 
se transforma en el largo período de una época. 

Sus dudas no son vanas, ni fruto de ausencia 
de convicciones firmes, únicas fuerzas capaces de 
mover enérgicamente la acción en la vida real, de 
sacar las ideas de lo especulativo y encaminarlas al 



£45} 



JOSÉ P, MASSERA 



efectivo dominio de lo práctico. Sus dudas son, tan 
sólo, medios de alcanzar una esfera más elevada 
donde señorear su espíritu. 

Su ambición es volar siempre más alto, como 
dijera Dante de Homero: "sovra gli altrt com'aqíiila 
vola'. 

Pero si quiere volar siempre más arriba, y lo 
predica, como norma de conducta, con la unción 
propia de la ternura de su alma, no es por espíritu 
de utilitario predominio, no para gozar del vértigo 
de la altura o para dominar autocrática y orgullosa- 
mente sobre los otros, vuela porque tiene sed infi- 
nita de conocer y de ser bueno; se alza siempre a 
planos superiores para saber más y sentir mejor, para 
permitir que su razón doblegue más fácilmente el 
arrebato y enceguecimiento natural de las inclinacio- 
nes, y, así perfeccionado y sublimizado, entregar a sus 
contemporáneos el fruto sazonado de obras perfectas 
por su forma y por su fondo; para poder predicar el 
evangelio más impersonal posible y el que más se 
parezca a lo inmutable, el más puro, el más firme 
para la acción. 

Ésta es, en mi sentir, la esencia de su enseñanza, 
viva, energética. Y por eso se me antoja que no han 
comprendido bien a Rodó, los que arrancan de esa 
tolerancia suya, doctrinaria y profundamente perso- 
nal, que a mi juicio es lo que en él tiene mayor 
precio, para significar que es enemiga cordial de 
toda acción eficiente y que conduciría, si fuese prac- 
ticada, a un indiferentismo, a una especie de faki- 
rismo estéril. 

Esta opinión se expone, en un libro que es en 
su conjunto una calurosa apología de Rodó, en los 
términos siguientes: "Por pensar así, aparecía Rodó 



[46] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



como un espíritu sereno y contemporizador, — y a 
las veces intangible Sobre todo el turbión de sus 
semejantes, que pasan su existencia polemizando y 
combatiendo por ideas políticas, religiosas y sociales, 
él surgía, tal vez, como el único intangible. Mas, si 
todos hubieran pensado como él, ¿dónde quedaría 
el progreso, dónde el desenvolvimiento de las cien- 
cias? No es el indiferentismo contemplativo quien 
engendra la evolución de los seres y de las institu- 
ciones: es la lucha de las ideas, el choque de las 
pasiones, el combate de los hábitos y costumbres. El 
pueblo que cristalizara toda su especulación espiri- 
tual en un gesto de indiferencia hierática, sería un 
pueblo muertp para la eternidad. En vez, la evolu- 
ción y el progreso son las obligadas resultantes de 
la integración y desintegración de las ideas más 
opuestas: la verdad surge siempre del choque de dos 
afirmaciones contrarias, como la luz del choque de 
dos piedras ( 1 ) . 

Que me perdone el ilustrado crítico, si repito 
que en esta parte tal vez no ha comprendido acaba- 
damente a su amigo. Se olvida de que el alma mater 
de la doctrina de Rodó, no es un "diletantismo" 
estéril, ni la idea, abstracta, ni la divagación del en- 
sueño, sino un motor vigoroso: el sentimiento de 
amor, que lleva al hombre a la lucha, al esfuerzo 
vivido para el triunfo de su ideal. 

No suprime, pues, la lucha; ni la serenidad que 
en las alturas del pensamiento se alcanza es sinó- 
nimo de frialdad, de inacción, de contemplación, de 
verdadera ataraxia. 



(1) Rodó, por VÍCTOR PÉREZ PETIT, pig 221 



[47] 



JOSÉ P. MASSERA 



La ataraxia fué renunciamiento, fué un verda- 
dero ascetismo pagano; en tanto que en la modera- 
ción respecto de ciertas pasiones en pugna, que pre- 
coniza Rodó para llegar a un ideal más alto, en una 
mayor comprensión que es ya un goce, vive un sen- 
timiento de convicción que es activo y muy profundo 
porque abarca muchas conexiones con ideas, recuer- 
dos, juicios, imágenes, etc. 

La contemporización no significa debilidad, ni 
claudicación, desde que fluya de un espíritu de crí- 
tica, capaz de levantarse sobre los apasionamientos 
ambientes, agudos o crónicos, para analizar de nuevo 
los conceptos en oposición, en un plano elevado y 
al abrigo de tales factores que puedan ser pertur- 
badores de un juicio bien constituido. ¿No hay, así, 
más probabilidad de obtener la verdad y el bien, o 
de estar más cerca de ellos? 

Para negarlo fuera preciso llegar hasta desco- 
nocer el valor superior de la razón; y a sostener que 
el principio de la templanza de los impulsos ciegos 
de la naturaleza, que se admite como inconcusos en 
la moralidad elemental, carezca de la misma virtud 
llevado a cumbres más prominentes del espíritu 
humano. 

Ahora bien; el pensamiento más trabajado por 
un juicio sereno y ecuánime ¿sale por eso debilitado 
de aquella prueba? ¿Se vuelve por ello frío, glacial, 
inapto para la acción? Error, profundo error. En 
semejantes espíritus ese trabajo de elaboración su- 
prema produce un convencimiento intenso y hondo, 
y por eso una fe en su verdad o en su bondad capaz 
de empujar vigorosamente al triunfo de una idea 
que no es adherencia superficial, ni accidente pega- 



os} 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



di¿o, ni adhesión ligera interesada o irreflexiva o ni 
siquiera poco reflexiva. 

La convicción así adquirida es propiamente un 
dogmatismo, no de origen simplista, unilateral, pura- 
mente pasional; pero es creencia y creencia firme, 
sólida, porque tiene mucho de la certeza científica: 
una gran suma de objetividades, pues ha tenido que 
salir del propio círculo del pensamiento y sentimiento 
para auscultar las palpitaciones que en otros revelan 
también una vida, y ha llegado, hasta por definición, 
a una gran complejidad, ordenada y unificada orgá- 
nicamente, que es la característica de la verdad 
científica. 

Es lo que Rodó ha resumido admirablemente 
en otros términos: "una convicción que adquirimos 
con los afanes y vigilias de nuestro entendimiento 
es como hacienda que allegamos con el sudor de 
nuestra frente: trabajo acumulado" ( 2 ) . Y la creencia 
debe adquirirse siempre así, por la visión clara de las 
cosas, y de los propios estados psicológicos, critica- 
dos constantemente por el propio instinto razonante. 

Es un prejuicio sostener que quien así conso- 
lida, renueva o modifica sus opiniones y certezas, 
empleando un esfuerzo incansable de auto-crítica, 
exponiéndose menos a error o a ser injusto o inhu- 
mano, llegue por eso a un indiferentismo contem- 
plativo, a "cristalizar toda su especulación espiritual 
en un gesto de indiferencia hierática\ En mi sen* 
tir, por el contrario, es prepararse mejor, más sólida* 
mente para la vida intensa y expansiva con que se 
sueña; es afinar sus armas, es hacerse más apto para 
la lucha y para el triunfo. 



(2) Motivos de Proteo, pig 391. 



[49] 



JOSÉ R MASSERA 



No se niega la necesidad de la lucha; se afirma 
que si forzosa es la contienda, todavía hay más nece- 
sidad de cooperación, de acuerdo, de simpatía soli- 
daria entre los hombres* 

¿Cuál es siempre el término de la discordia? 
¿No es, acaso, el triunfo de una coordinación nueva, 
de una unión más fuerte y extensa entre los 
hombres? 

Y si en el ilustrado crítico a que me refiero, 
no hay sino elogios para las afirmaciones de Rodó; si, 
cuando afirma, le "aparece como un vidente, como 
un apóstol"( 3 ) ¿no hay hasta real y verdadera con- 
tradicción en mostrar su doctrina como conduciendo 
a indiferencias o cristalizaciones muertas? 

¿Por ventura, Rodó no practicó sus enseñan- 
zas? Su crítico, a pesar de afirmar que fué 1 el dis- 
cípulo de sus propias doctrinas" ( 4 ), parecería querer 
admitirlo cuando asevera que *el dogmatismo que 
en tal circunstancia combatiera arrogantemente nues- 
tro escritor, fué no obstante, practicado por él en 
su ulterior predicación moral, y casi siempre en sus 
juicios y escritos literarios"( 5 ). 

Hay aquí, sin duda, un malentendido, una 
confusión. 

Nadie como Rodó es el ejemplo más acabado 
de la unidad perfecta, entre sus doctrinas y sus actos. 
Combatió los dogmatismos de las intolerancias, vi- 
nieran de donde vinieran, de cuño religioso o racio- 
nalista, de origen literario, moral o político; pero al 
luchar, al combatir lo hacía siempre por una fe, por 
una convicción que era fuerza viva, aunque esa fe 



(3; PÉRKZ PETIT, op tic, pág 222. 
(4> Op cit, pág 325 
(5J Op cit, píg 222 



[50] 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



estuviese empapada de conciliaciones previas, de 
crítica reposada, de razonamiento trabajado con el 
propósito más altamente humano que pueda soñarse: 
el de acercar, el de unir. 

Su doctrina, por el Hecho de ser, era fe: no 
escepticismo condenado fatalmente a la inercia, a 
la muerte, sino destinado al combate, aunque infor- 
mado en su más íntima médula por el deseo de 
hacer la vida mejor y la contienda más digna de 
hombres, de acuerdo con la evolución que conduce 
a una simpatía cada vez más intensa. A nadie de- 
bería extrañar, por lo tanto, su calor de apóstol, de 
vidente. 

Dice el distinguido escritor citado, que "la evo- 
lución y el progreso son las obligadas resultantes 
de la integración y desintegración de las ideas más 
opuestas: la verdad siempre surge del choque de 
dos afirmaciones contrarias, como la luz del choque 
de dos piedras" ( 6 ). 

Cierto es esto y el insigne Rodó jamás lo había 
negado, y no sería por eso infiel a su doctrina de 
suprema tolerancia. ¿Acaso obsta, la aceptación de 
tales principios, a que se sostenga que el hombre 
trate de fundir la verdad en el hornillo de su propio 
pensamiento, y que el choque de las afirmaciones 
más opuestas busque la unión en su cerebro para 
luego comunicar a los otros, y luchar por él, ese 
producto que se reconoce mejor y fruto evolucio- 
nado sólo cuando es consecuencia de una contienda 
previa entre hombres? 

Hay más; la luz no resulta del choque de dos 
piedras cualesquiera; es preciso una elección anti- 

(6) Op til , píg 22! 



[51} 



JOSÉ P. MASSERA 



cipada y un análisis y estudio razonado y cuidadoso 
para llegar a encenderla, aun en la materia inor- 
gánica. 

Y la luz tampoco surge del choque de dos ideas 
contrapuestas, si la oposición es estimulada o cons- 
tituida por apasionamiento que excluya la reflexión 
serena, propia del hombre, y cada vez más serena 
en el hombre más civilizado. En este caso, la luz 
emerge después, cuando las exaltaciones se calman, 
y el intelecto replantea tranquilamente el problema, 
o cuando desaparecen los hombres que creyeron con 
la enorme fuerza de lo unilateral, y vienen otros que 
hallan puentes donde aquéllos vieron abismos insal- 
vables. 

La concepción de Rodó no anula la lucha; lo 
que quiere que desaparezca es su aspereza, su dureza, 
y la intolerancia ruda del que cree poseer definitiva- 
mente la verdad. 

No hay apatía, ni indolencia, ni indiferentismo 
en una doctrina conformada con estados psicológicos 
reales y no puramente formales, impulsada por un 
ideal de amor, y, por lo tanto, de acción, con raíces 
en la naturaleza humana, y no en la esperanza de 
un más allá inaccesible e indemostrable. 

Es profundamente individualista por ser ideal 
íntimo de perfección propia, realizado perseverante- 
mente por un intelecto que salva barreras y se hace 
más fecundo, por virtud de sentimientos que no por 
sobreponerse a otros más violentos pero inferiores, 
pierden su potencia para mover la voluntad así más 
múltiplemente estimulada por tantas fuerzas venidas 
de todos los ámbitos del espíritu. 

Y es profundamente social porque acerca a los 
hombres, pues los eleva sobre impulsos que separan; 



LA MORAL Y LA ESTÉTICA DE RODÓ 



porque consolida el valor de la razón; porque fo- 
menta los sentimientos desinteresados y generosos; 
porque utiliza la acción de mil fuerzas ideales que 
se perderían en la lucha salvaje de las pasiones irra- 
cionales, o del torpe apetito de los intereses; porque 
así expande y fecundiza la vida, llenándola de clari- 
dades más transparentes, de goces más elevados, de 
sentimientos más puros, y, por lo mismo, de acciones 
mejores. 

IX 

En resumen, porque la suya es doctrina de doc- 
trinas, porque fija los jalones más esenciales para 
que el hombre pueda alcanzar indefinido perfeccio- 
namiento, es por lo que considero eficiente y dura- 
dera la enseñanza que nos lega Rodó. Por eso es 
que no comprendo un ideal más alto que el suyo. 

Todas las críticas que se le han dirigido, y las 
que concebimos por ahora, como posibles, han par- 
tido de abajo: de una escuela, de un sistema, de un 
sectarismo, de algo que puede ser noble y sincero, 
pero que, por su naturaleza misma, obra dentro de 
los siempre estrechos límites de un aspecto de las 
cosas, de una faz de lo real, y no tiene acabada con- 
ciencia de su imperfección, por ser una paralización 
del tiempo y una limitación que se pretende defini- 
tiva de lo indefinido. 

Verdaderamente no se concibe la crítica y ne- 
gación de una doctrina del esfuerzo humano, en per- 
petuo devenir de perfeccionamiento, dirigido por un 
ideal inmanente de tolerancia que es respeto y que 
es amor, doctrina que sólo excluye lo insincero, lo 



Í53} 



JOSÉ P, MASSERA 



desleal, lo mezquino; y que, aun con semejantes altí- 
simas guías, todavía proclama que no se la ame "sino 
mientras no se haya inventado fanal más diáfano". 

Y la fe en eso más hondo del alma humana, 
es también y tiene que ser un dogmatismo, un dog- 
matismo básico, porque es substancia de vida, por- 
que sin esos principios cardinales el progreso indi- 
vidual y social nos aparecen como imposibles. 

Por eso, declaro simplemente, que me cuesta 
tomar la copa de Leucipo para asociarme a su brin- 
dis de la despedida al maestro: ¡Por quien te venza 
con honor, en nosotros! 

Marzo de 1920. 



£54} 



LOS PROBLEMAS DE LA j LIBERTAD 



LOS PROBLEMAS OPUESTOS 

Los dos grandes problemas que trata de separar 
Vaz Ferreira para tratar de orientarnos en estas difí- 
ciles cuestiones, son: los relativos a los movimien- 
tos de un cuerpo que contiene fuerza, consistentes 
en saber si son determinados o no por la totalidad 
de las fuerzas que obran en el Universo, las exte- 
riores al cuerpo más la que está en el cuerpo; y 
los relativos al cuerpo mismo, que son de mayor o 
menor libertad respecto del mundo exterior. 

No quiere que en modo alguno se confundan 
estos problemas, porque ello nos conducirá a la im- 
posibilidad de solucionarlos debidamente. 

En el caso de "hechos" o "actos", no se debe 
tener en cuenta los "seres" que los producen o con* 
tribuyen a producirlos como tales "seres" o 'cuer- 
pos". El acto o hecho no contiene "fuerza"; para 
pensar en tal relación es preciso pensar en un 
"cuerpo" o un "ser", pues sólo un "ser" o un 
"cuerpo" son capaces de llevarla en su interior, 

Y entonces, si libertad es sinónimo de indepen- 
dencia respecto de lo exterior, esta palabra sólo debe 



1553 



JOSÉ P« MASSERA 



aplicarse razonablemente a los "seres" o 'cuerpos", 
nunca a los "actos" o "hechos". Los actos y los he- 
chos no son, pues, libres o no libres, sino determi- 
nados o indeterminados. 

Pero Va2 Ferreira, al establecer estos conceptos 
de determinado e indeterminado no abstrae comple- 
tamente "los movimientos de un cuerpo que con- 
tiene fuerza", o sean sus "actos", del cuerpo mismo 
que se supone "libre", desde que es dato del pro- 
blema que "contiene fuerza". 

En efecto, dice Vaz Ferreira: "Los movimien- 
tos de un cuerpo que contiene fuerza, son determi- 
nados con relación a la totalidad de la fuerza uni- 
versal (la que está en el cuerpo, más la que está 
en el mundo exterior), e indeterminados con rela- 
ción al mundo exterior, o a las fuerzas que lo repre- 
sentan. El movimiento del buque de vapor puede 
ser calculado y previsto, en un momento dado, te- 
niendo en cuenta el viento, la comente y la tensión 
del vapor, pero no puede ser calculado ni previsto 
teniendo en cuenta sólo el viento y la corriente" C 1 ). 

Está bien claro que aquí la determinación o 
indeterminación de los "actos" no se establece por 
el examen exclusivo de las fuerzas que lo producen 
o lo explican, abstracción hecha de todo problema 
de libertad de "seres". 

No; aquí se dice primero que se trata de estu- 
diar el "acto" de un "cuerpo" que contiene fuerza 
y con relación a esta fuerza contenida es que se 
calcula si el acto de tal cuerpo es determinado o 
indeterminado. Las palabras empleadas no son dudo- 



(1) CARLOS Vaz FERREIRA, Los Problema de U Ub*rtad t 
(Bdicióo de 1907), pá* 14 

C56} 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



sas. Es "determinado", es previsible o explicado 
puede agregarse, por la fuerza que está en el cuerpo 
más la que está en el mundo exterior; y es "inde- 
terminado", imprevisible o queda inexplicado, si 
sólo nos atenemos a las fuerzas del mundo exterior 
al cuerpo. 

En este ejemplo no puede dudarse que la deter- 
minación o indeterminación de los actos se relaciona 
íntimamente con la circunstancia de que el cuerpo 
"contiene fuerza". 

En la página siguiente las cosas varían un tan- 
to. Para el concepto de libertad o no libertad del ser, 
forzoso es distinguir o averiguar si en él hay alguna 
fuerza que se opone a las del mundo externo, lo que 
le proporcionará una independencia mayor o menor, 
según lo sea esa fuerza interna; pero "si pensamos, 
no en el buque (un ser)", agrega Vaz Ferreíra, "sino 
en su movimiento (un acto) en un momento dado, 
ensayaremos la explicación de ese movimiento como 
una resultante de las fuerzas concurrentes; y esta ex- 
plicación será, en uno y otro caso, idéntica por su 
naturaleza; entre el movimiento del buque y sus an- 
tecedentes mecánicos, la relación es siempre la misma, 
e importa poco desde este punto de vista que una 
parte de la fuerza antecedente sea o no producida en 
(o por) el buque"( 3 ). 

La modificación en el concepto del "acto" es 
evidente. No se toma en cuenta para fijarlo que haya 
una fuerza en el ser que produce- el acto. Si no se 
ha entendido mal el "importa poco . . . esa cláu- 
sula quiere decii que para la consideración o expli- 
cación de los movimientos de los seres, es indiferente 



(2) Op at, t»r 15 



C 57 3 



JOSÉ R MASSERA 



dividir las fuerzas que concurren a producirlo en dos 
grupos, las del cuerpo que se mueve y las del mundo 
exterior. Podemos pensar en la totalidad de las fuer- 
zas que obran sobre él, abstracción hecha de su pro- 
cedencia, porque "la relación entre el movimiento 
del buque y sus antecedentes mecánicos es siempre 
la misma". 

El Dr. Vaz Ferreira ha conseguido así separar 
algo más el problema de la libertad, que es propio 
de los seres, del de la determinación o explicación, 
que es propio de los actos. 

Pero resta alguna incertidumbre después de leer 
estas dos páginas. 

En el resumen de la pág. 15 se consigna lo si- 
guiente: respecto de los seres se plantea el problema 
"de su independencia o libertad (respecto del mundo 
exterior)"; y respecto de los actos el de "su deter- 
minación (por sus antecedentes )". Así el término 
Itbre es "naturalmente aplicable a los seres" y así se 
podrá "hablar inteligiblemente de seres libres o no 
libres", en tanto que el término determinado es "na- 
turalmente aplicable a los actos" y se dirá de ellos 
que "son determinados o indeterminados". 

Nada observaré respecto del término "libre". Se 
mantiene el mismo como una relación de dependen- 
cia del mundo exterior si el ser no contiene fuerza, 
o de independencia si la contiene. 

Pero en cuanto a los actos debo observar lo si- 
guiente. En la pág. 14 los actos son "determinados" 
o "indeterminados" relativamente al origen de las 
fuerzas que lo producen, esto es, si se tienen en cuen- 
ta la totalidad de las fuerzas que obran sobre el 
cuerpo en movimiento, o sólo con relación a las 
fuerzas exteriores al cuerpo. 



Í58J 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



En cambio, como en la pág. 15, el autor ha 
abstraído el movimiento del cuerpo que lo produce 
y para considerar el primero, así separado del se- 
gundo, se atiene al conjunto de las fuerzas que lo 
producen, sin distinguir de dónde proceden, resulta 
que si bien el concepto de "determinado" es igual 
al de la pág. 14 porque se refiere a la totalidad 
de las fuerzas que mueven el cuerpo, no ocurre lo 
mismo con el de "indeterminado" que es otro o 
tiende a ser otro. 

En efecto, para expresar la "determinación" del 
movimiento de un cuerpo que tiene una fuerza A 
tanto da ^notar que es producida por A + £> siendo 
E las fuerzas del mundo exterior, o decir que es pro- 
ducida por T y expresando por esta letra la totalidad 
de las fuerzas que obran para producir el movimien- 
to dado. 

Pero ¿la "indeterminación" del movimiento de 
ese cuerpo se fijará en el pensamiento del mismo 
modo si empleo la fórmula relativa A + E o la 
fórmula absoluta T? No me parece, y pretendo que 
Vaz Ferreira conserva el mismo vocablo pero su 
sentido es o debe ser otro. 

En el primer caso (pág. 14) la indeterminación 
era claramente relativa. Los movimientos del buque 
son indeterminados "con relación al mundo exterior". 
La indeterminación reside pues en que "si sólo se 
tienen en cuenta el viento y la corriente", es decir, 
las fuerzas exteriores al buque, el movimiento de 
éste "no puede ser calculado ni previsto". 

Ahora bien, si yo borro de mi espíritu la divi- 
sión de fuerzas en que reposa este concepto, entera- 
mente relativo, y me atengo a la totalidad de las 
fuerzas que obran sobre el buque sin distinguir de 



£59} 



JOSÉ F. MASSERA 



dónde proceden, ¿puedo mantener el mismo concep- 
to relativo, si precisamente para separar bien los pro- 
blemas debo olvidar que el movimiento lo realiza 
un cuerpo determinado, y entonces puedo emplear 
idéntica palabra "indeterminación" que fué emplea- 
da antes en un sentido relativo, para significar ahora 
una cosa bien distinta? 

La "indeterminación*' del movimiento no será 
ya una relación entre las fuerzas que actúan sobre el 
cuerpo, desde que para formar el concepto de "deter- 
minación" he abandonado toda relación de A + E 
y he utilizado el concepto global T, "indeterminado" 
no podrá ser algo comprendido dentro del conjunto 
T de fuerzas, sino algo opuesto a esta totalidad. Tal 
sería el concepto de "comienzo absoluto" o contin- 
, gencia. 

Entre estos dos sentidos de la misma palabra 
"indeterminación" hay toda la diferencia que entre 
"lo relativo" y "lo absoluto". 

Vaz Ferreira reconoce estas diferencias y las es- 
tablece, a mi juicio, para luego fijar ideas* 

El primer significado de lo ''indeterminado" de 
los actos no se refiere a problema de actos pura- 
mente sino a un problema mezclado con la libertad 
del ser que los produce. 

Esto está explicado en el parágrafo 5? de la 
pág. 16. "En nuestro caso del buque, que el movi- 
miento dependa sólo de los vientos y de la corriente, 
o que dependa de los vientos, de la corriente y de 
la tensión del vapor, en nada altera la relación que 
el acto en sí mismo guarda con dichos antecedentes, 
mientras no se trate de otra cosa que de esta relación. 
La diferencia sólo aparece cuando el acto es consi- 
derado, no ya en sí mismo, no simplemente como un 



[60] 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



movimiento, sino como un movimiento del -buque; 
esto es: cuando ya no consideramos los actos sino 
los actos de los seres, lo que equivale a considerar 
los seres indirectamente. Acto libre quiere decir aquí, 
pues, acto libremente ejecutado (por un ser) ; de ma- 
nera que quien es realmente libre es, no el acto (al 
que se aplica el término por extensión), sino el ser 
que lo ejecuta. Aunque se hable de actos, el punto 
de vista adoptado es el punto de vista individuali- 
zante; el punto de vista de los seres. Preguntar si tal 
acto es libre, en este sentido, equivale a preguntar 
si el ser que lo ejecuta, lo ejecuta libremente; si ese 
ser es libre en ese momento. En resumen: se trata 
de una manera indirecta de plantear el problema de 
la libertad de los seres; de una variante un poco 
confusa de ese problema, simplemente". 
Y luego, bien claramente concluye: 
"Tero, en la expresión acto libre, este califica- 
tivo podría tener un significado completamente dis- 
tinto del anterior: puede tomarse como equivalente 
de indeterminado; no de indeterminado con respecto 
a los antecedentes exteriores al ser que lo ejecuta, 
pues éste sería todavía el sentido anterior (ver § 3, ¿J, 
sino de indeterminado en la significación categórica 
del término; de indeterminado con relación a todos 
sus antecedentes" ( 3 ). 

Resumiendo dice luego: 

u l° — En el sentido estrictamente riguroso que 
hemos adoptado, no puede hablarse de actos libres 
(o no libres); la noción de libre conviene inteligi- 
blemente a los seres y no a los actos. 



(3) Vaz Ferreira, Carlos, op. cir, pág. 16. 



C61] 



JOSÉ P< MASSERA 



"2? — Sin embargo, por extensión o indirecta- 
mente, puede hablarse de actos libres en la signifi- 
cación de actos libremente ejecutados por un ser, o, 
lo que viene a ser lo mismo, de actos indeterminados 
con relación a lo que no es ese ser. 

"3 o — Podría todavía hablarse de actos libres 
en la significación de actos indeterminados en abso- 
luto. Pero hay que notar bien que esta acepción más 
o menos impropia, es completamente distinta de la 
anterior (subraya V. F.); y que, si no se las distin- 
gue claramente, debe sobrevenir por fuerza, al tratar 
estas cuestiones, la confusión más absoluta 1 . 

Luego, al distinguir en el hombre los problemas 
que se están estudiando dice bien explícitamente lo 
mismo. 

Ante todo hay un problema de libertad: "si el 
hombre depende del mundo extenor o si contribuye 
con fuerza propia a la producción de sus actos (en 
algunos casos, por lo menos)". 

Conjuntamente con el anterior se plantea una 
variante del mismo, el de "la determinación o inde- 
terminación de los actos del hombre, con relación a 
lo que no es el hombre 1 ' (subraya V. F.). 

Un problema completamente distinto, concluye, 
es el "de la determinación o indeterminación de los 
actos del hombre en el sentido absoluto, con relación 
a la totalidad de los antecedentes 1 ' (subraya V. F.)- 

En la tabla de la página 32 se señalan los pro- 
blemas de los actos con relación al ser y al mundo 
exterior con la letra L' con la indicación de que se 
refieren al punto de saber "si los actos de tal ser se 
explican totalmente por lo que no es ese ser", y así 
al problema de la libertad del "hombre" correspon- 



[62} 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



de su variante relativa a los actos del hombre, si éstos 
se explican totalmente por lo que no es el hombre. 
En el caso de la voluntad, el problema de ser L 
consistiría en saber si ella depende totalmente de lo 
que no es ella, de la "no-voluntad", y el correlativo 
de los actos de la voluntad, esto es, 1/ @ consistiría 
en saber si los actos de la voluntad se explican to- 
talmente por lo que no es la voluntad. 

Para aclarar en lo posible estos problemas en 
la forma planteada, creo que deberían indicarse sus 
soluciones posibles, o mejor dicho, indicar las tesis 
que podrían oponerse como soluciones de cada uno 
de esos problemas. 

Así el problema de la libertad del buque a que 
se refirieron los primeros ejemplos de Va2 Ferreira, 
que sería L (í) podría llevar a dos tesis opuestas: 
I a B contiene fuerza, o es libre, lo que significa in- 
dependencia relativa o absoluta respecto del mundo 
exterior. 2 a B no contiene fuerza, o no es libre, lo 
que significa dependencia absoluta del mundo ex- 
terior. 

¿Cómo deberán ser los actos de B libre o de 
B no libre? 

Tomemos ahora a B libre. Dice Vas Ferreira 
que no es enteramente absurdo hablar de actos libres 
en el sentido de actos libremente ejecutados por un 
ser; corresponderían a los actos ejecutados por un ser 
que contiene fuerza. Si este ser obra, su fuerza con- 
tribuye a conformar el acto; éste no será producido 
necesariamente por el mundo exterior. Acto de B 
libre será igual a£ + ^ (usando la fórmula ante- 
rior en que A sea la fuer2a propia del buque); por 
eso el acto podría decirse libre. 



[63] 



JOSÉ P. MASSERA 



Vaz Ferreira le llama también "indeterminado", 
pero en un sentido relativo, con relación a lo que es 
el ser que obra. En este sentido, el ser es "libre" por- 
que no depende del mundo externo exclusivamente, 
y sus actos "son libres" o pueden llamarse tales por- 
que no son determinados por el mundo externo ex- 
clusivamente. Acto "libre" significaría así acto "inde- 
terminado" respecto del mundo exterior. 

Pero Vaz Ferreira ha dicho también que el mis- 
mo acto es "determinado" con relación a la totalidad 
de la fuerza universal (la que está en el cuerpo más 
la que está en el mundo exterior) e "indeterminado" 
con relación al mundo exterior, o a las fuerzas que 
lo representan (pág. 14). Así puede ser calculado y 
previsto, teniendo en cuenta todas las fuerzas que 
producen el movimiento, pero no podrá serlo, te- 
niendo en cuenta sólo las del mundo exterior» En 
la pág. 22 instóte en lo mismo. 

En resumen, formulando estos resultados, dire- 
mos: el ser libre B produce actos "libres" que se 
señalarían asi: L' (*). Ellos serían "indeterminados" 
respecto del mundo exterior. Es decir, el acto de B 
no explicado por E solamente; pero esto ocurre por- 
que es explicado por E -¡- A (fuerza que está en B). 

Ahora bien, surge luego esta pregunta: el cuerpo 
B, libre ¿no podría realizar actos "no libres", o sea 
"determinados" exclusivamente por las fuerzas del 
ambiente representadas por E? Pero tal acto ¿podría 
ser llamado "indeterminado" a pesar de ser expre- 
sado también por la fórmula E = T — A? 

Este acto será "determinado" por las fuerzas am- 
bientes y sólo podría ser "indeterminado" en el sen- 
tido absoluto, cuando esta palabra equivale a 

{64} 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



comienzo absoluto; pero entonces no podrán la de- 
terminación y la indeterminación producirse al 
mismo tiempo, porque se excluyen, desde que inde- 
terminación es aquí lo opuesto a determinación. 

Pero según Vaz Ferreira, cuando esto ocurra, 
se ha desvanecido el punto de vista de los "seres" 
y sólo existe el de los actos considerados absoluta- 
mente, porque el problema se transforma en D A. 

Lo interesante del caso, no obstante, es que a 
pesar de encararse así el acto, no podemos dejar de 
pensar que es acto de un ser B, 

Supongamos el caso de un reflejo puro en un 
animal inferior, el movimiento de la pata de la rana 
excitada por la influencia del ácido acílico o de una 
pinchadura Es producido por el mundo exterior 
puramente; las fuerzas que hay dentro de ese "ser" 
no obran, o lo hacen en cantidad despreciable (pág. 
20). El acto de este "ser" es determinado por E, 
desde que la fuerza que hay en la rana, como ani- 
mal, que en otros momentos la hace mover, o con- 
tribuye a ello, en este caso y momento no obra, no 
contribuye al acto. 

El acto reflejo es, pues, un movimiento "deter- 
minado" por la fuerza exterior. Pero ¿no habría que 
corregir el concepto de libertad de la rana? Podría- 
mos decir que este acto "no libre", en el sentido rela- 
tivo al mundo exterior, es producido por un ser 
"libre" que está vivo, que tiene fuerza propia? 

No me parece, con arreglo a las distinciones y 
definiciones de Vaz Ferreira. El ser, en ese momento, 
no es libre, puesto que depende del mundo exterior, 
no se mueve, es movido. 

[65] 



9 



JOSÉ P, MASSERA 



Tomemos ahora un acto instintivo; se trataría 
de "un acto libre", puesto que sería el acto de un ser 
libre, esto es, que tiene fuerza propia, y sería ''inde- 
terminado" respecto del mundo externo E=T — A, 

En presencia de estos ejemplos, lo más exacto 
sería decir que la rana, el ser, es Ubre "en el 
momento" del acto instintivo que es libre en el sen- 
tido de ''indeterminado" respecto del mundo exterior, 
de E, precisamente porque está determinado por 
£ + A, la fuerza, o alguna de las fuerzas, que está 
en el ser y que en ese momento obra. 

Pero, entonces, el concepto de libertad de los 
seres no podrá ser expresado con exactitud diciendo 
solamente que procede exclusivamente de la fuerza 
que hay en el, capaz de oponerse a la del exterior» 
Para saber ciertamente si es libre o no libre, es for- 
zoso que actúe, porque "el ser" que contiene "fuerza * 
no es "necesariamente" libre, desde que esa fuerza 
puede obrar o puede no obrar. Si dijésemos que todo 
"ser" o "cuerpo", o "entidad" que contiene fuerza 
propia es "libre", llegaríamos a una contradicción en 
los términos, en el caso de que no obrase la fuerza 
propia. Ese "ser" sería "libre" por definición, y "no 
libre" al mismo tiempo en ese caso. 

Para evitar la contradicción no veo otra cosa 
que cambiar la definición y no admitir que pueda 
decirse, con independencia de los actos, que el ser 
es libre o no libre, sino que habría que introducir 
en ella el elemento tiempo y así concretizarla. Un 
"ser" será "libre", si en un momento dado, en "un 
acto" la fuerza propia obra para neutralizar en todo 
o en parte las del mundo exterior. El acto, pues, el 
instante en que el ser obra, debe ser examinado 
para saber si el "ser" es o no libre "en tal momento". 



166] 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



Los seres no serán libres si contienen fuerza, 
sino si en el momento de obrar usan o no de su 
fuerza. 

La fuerza agregada a un bote, la de un remero, 
por ejemplo, ¿hará "libre" al bote' No me parece; 
será libre, en el sentido de Vaz Ferteira, sólo en el 
caso de que esa fuerza actúe. En el momento en que 
el remero levanta los remos, nadie podrá decir que 
"el bote" es libre, porque exista en potenaa una 
fuerza en él. Dependerá de las fuerzas exteriores, y 
eso significa, según Vaz Ferreira, que no es libre 

Este análisis nos conduce a otra consecuencia 
y es que el punto de vista "del acto" es esencial para 
juzgar con certeza el punto de vista "del ser". No 
bastará saber que hay fuerza dentro del ser, será for- 
zoso que obre y que en cada caso se examine su 
"acto" para poder afirmar que "el ser" es Ubre o 
no libre, que depende o no depende del mundo 
exterior. 

Llego así a la conclusión de que no es posible 
separar completamente el problema de la acción, 
del problema del ser, en el caso de que sepamos que 
el ser "contiene fuerza". 

Vaz Ferreira supone demasiado cuando da 
carácter de libre a un ser porque hay en él una 
fuerza 

Hablando de los movimientos del cuerpo que 
contiene fuerza dice que "no se puede decir en nin- 
gún sentido que dependa del mundo exterior; es 
independiente de el % parcialmente al menos, porque 
una parte de la fuerza universal está en él, o es él. 
En ese sentido, de no totalmente dependiente del 
mundo exterior, se puede decir que ese cuerpo es 
Ubre" (subraya Vaz Ferreira). 



[67] 



JOSÉ P. MASSERA 



Llega a esta generalización nuestro autor, pero 
sena exacta únicamente en el supuesto de que siem- 
pre que un cuerpo contiene fuerza, ésta contribuye a 
la acción. No es libre el cuerpo "porque una parte 
de la fuerza universal está en el o es él", porque con 
ella y todo puede no serlo en un caso dado. 

Los casos de que se vale Vaz Ferreira para fun- 
dar su concepto de libertad de los seres, son todos 
de acción, en la cual la fuerza del cuerpo tiene un 
papel. 

Mas como hay también casos en que al obrar 
un cuerpo no desarrolla su fuerza, la definición de 
la libertad de los seres, es errónea, a mí juicio, por- 
que no tiene en cuenta el factor ,, acto ,, J es decir, el 
tiempo, el momento concreto en que el ser obra, 
pues sólo entonces podrá asegurarse que depende o 
no depende de las fuerzas del mundo exterior. 

Un ser que tiene fuerza propia, sera, pues, 
"libre" o "no libre" según lo que resulte del examen 
de "su acto", del examen de las fuerzas que obran 
para producirlo. 

Entonces, lejos de producir confusiones el no 
separar esos problemas, es la separación lo que los 
produciría y en realidad Vaz Ferreira no los separa 
nunca absolutamente. 

El examen del "acto" de "un ser" es indispen- 
sable para saber si debe llamarse libre o no libre 
ese ser. Claro está que la libertad del ser supone 
siempre un punto de vista individualizante, como 
dice Vaz Ferreira, pues en tal momento lo que pen- 
samos es dependiente o no del mundo exterior, como 
ral ser; pero sostengo que es inseparable la resolu- 
ción de tal problema del relativo a los hechos que 
ese ser realice. 



[68] 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



Si, por acaso, un ser que contuviese fuerza, per- 
maneciese inmóvil, no sena posible afirmar que es 
libre. Es sólo cuando, una vez en movmnento, ve- 
mos que despliega una fuerza propia, que afirmare- 
mos que es 'libre'. Pero, tal vez fuera exacto decir 
que es libre en sus movimientos, o mejor, que esos 
movimientos en que el ser despliega su fuerza, "son 
libres", esto es, que no dependen enteramente del 
mundo exterior. 

Así lo que puede decirse con propiedad es que 
un ser que contiene fuerza se moverá libremente o 
no. Sus movimientos serán pues, libres o no libres, 
si el concepto de libertad equivale a independencia 
del mundo exterior. 

En cuanto al ser mismo, no podremos afir- 
marlo, por saber tan sólo que contiene fuerza, sólo 
lo aseveraremos cuando y en el momento en que "su 
acto" sea libre en el mismo sentido, es decir que su 
producción haya dependido en parte o totalmente 
de esa fuerza propia. En otro momento, anterior o 
posterior, no sabemos si ese ser ha sido o será libre. 

La libertad del ser depende de la libertad del 
acto, en el sentido de que esa palabra equivalga a 
independencia respecto del mundo exterior, porque 
esa independencia no puede aseverarse sino cuando 
el ser obra. 

Acepto, pues, que hay un problema L 1 ; pero 
en vez de admitir que es un problema un tanto 
impropio, y además derivado del de la libertad de 
los seres, L, sostengo que es el problema madre del 
que deriva el L. 

No puedo admitir tampoco que el problema 
de "los actos" pueda estudiarse separadamente del 
de "los seres", porque no puedo pensar que "un acto" 

{69] 



JOSÉ P. MASSERA 



exista en abstracto y aisladamente de un ser cual- 
quiera. Cuando se produce un acto, es forzoso pre- 
guntarse: ¿acto de qué, de quién > Y entonces, el 
examen de las fuerzas que producen el acto me per- 
mitirá decir si el ser depende o no> en tal momento, 
del mundo exterior que sobre él obra. 

LOS PROBLEMAS CON RETROACCIÓN 

El examen de los problemas con retroacción 
proporciona, a mi juicio, nuevas pruebas de lo que 
vengo afirmando. 

Dice Vaz Ferreira que la antítesis no-libre y 
libre que se admite en la comparación entre un bote 
y un buque de vapor, o entre un vagón y la 
locomotora que lo arrastra, se produce cuando son 
considerados en el momento del acto; pero basta 
"remontarnos un poco hacia atrás siguiendo la serie 
de antecedentes, para ver como entró de afuera, en 
el buque o en la locomotora, la energía activa; y, 
por consiguiente, si en vez de plantear el problema 
L (o su variante L') en el momento de la acción, 
lo planteamos, para el buque o la locomotora, to- 
mando en cuenta un espacio de tiempo anterior 
determinado (mayor que el transcurrido desde la 
época en que se introdujo el carbón y se lo encendió, 
y, para evitar, complicaciones, menor que el trans- 
currido desde la construcción de la locomotora 
o del buque) esas máquinas nos aparecen como 
no-libres"( 4 )> 

Según Vaz Ferreira, los problemas de libertad 
de los seres pueden plantearse con retroacción o sin 

Í4) VAZ Ferreira C, Los Problemas de la Lfbertad, pág. 32 



[70} 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



ella. Consiste la retroacción en investigar en el pa- 
sado si el ser ha sido libre, esto es, independiente 
del mundo exterior, por tener una fuerza capaz de 
producir en parte o totalmente su movimiento. 

"Dado el sujeto S, yo puedo preguntarme: si 
depende totalmente de lo que actualmente no es él 
(problema L, sin retroacción); si depende totalmente 
de lo que no ha sido él en ningún momento de un 
lapso de tiempo anterior (,el mismo problema con 
retroacción: L l ), lapso que puede ser de un año, de 
dos, de cíen (L r un año* L r dm años, L r cien añoi)\ 
y, finalmente, si depende totalmente de lo que no 
ha sido él en cualquier momento de todo el pasado 

Del primer párrafo transcripto, ya resulta que 
es en "el momento del acto" que yo puedo estable- 
cer si un "ser" es libre o no libre. Yo he afirmado, 
en consecuencia, que es de los caracteres del acto de 
un ser, esto es, del análisis de las fuerzas que obran 
para determinarlo o explicarlo, que dimana el carác- 
ter de libre o no libre que debe darse al ser que obra 

En cuanto a un ser que no actúa, creo que 
nada puede aseverarse respecto de su libertad o no 
libertad, porque si la fuerza que hay dentro de un 
ser no obra por cualquier circunstancia, sólo podría 
hablarse de una mera posibilidad de libertad, nunca 
de una libertad rcaL 

Veamos algunos de los ejemplos de Vaz 
Ferreira "Si considero el buque de vapor en el mo- 
mento mismo de su movimiento, digo con razón que 
se mueve por sí mismo, y si considero que ayer el 
buque no tenia carbón y que alguien se lo trajo de 



(5; Id, id 



171] 



JOSÉ P, MASSERA 



afuera, digo en otro sentido que no se mueve por 
sí mismo, sino que es movido' V). 

Otro ejemplo: "Un hombre, en este momento, 
ejecuta un acto cualquera, por ejemplo, un crimen: 
yo me puedo preguntar si obra por sí mismo, en el 
senado de saber si es él quien obra realmente; él, 
tal y como es ahora, — o si lo hacen obrar; y, en 
este caso, diré que es él quien obra si movió el 
brazo por su voluntad; y diré que no es él quien 
obra si averiguo que otro hombre le condujo el brazo 
por la fuerza; pero en otro sentido, aun en el primer 
caso, diré que no es él quien obra si averiguo que, 
antes, han introducido en él una causa de acción 
que ha determinado el acto actual, por ejemplo* que 
lo han hipnotizado o que lo han hecho beber un 
licor'O- 

Según estos ejemplos, el ser que obra en un 
momento dado puede ser considerado libre si se le 
observa entonces, si no averiguo que la fuerza que 
aparece en éí ha sido colocada allí en un momento 
anterior al acto. Así el buque que obra con fuerza 
que parece propia, puede parecemos libre, pero si 
llegamos a saber que ayer o antes esa fuerza fué 
depositada en él, ya no nos aparecerá como libre. 
¿Por qué? Indudablemente porque la fuerza que 
parecía "propia" no era suya; si ha sido colocada de 
afuera en un momento dado, esa fuerza es "mundo 
exterior" aunque esté incorporada al ser. 

Esto nos llevaría a estudiar qué debe entenderse 
por "ser que contiene fuerza", o mejor, no será ya lo 
esencial para el problema real y no aparente de la 

í6) Yaz Ferreira, Carlos, Los PtobU^s de u Libertad. 
P¿g. 33 

(7) Id, Id. 



Í72] 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



libertad de los "seres 1 ', que ellos contengan fuerza en 
el momento de obrar, sino saber si esa "fuerza" pue- 
de ser llamada propia, puesto que puede no serlo, 
aunque en el momento del acto aparezca como suya. 

El problema de la libertad L no se plantea ya 
como una mera relación entre fuerza del ser y del 
ambiente en un momento dado 

En rigor, según Vaz Ferreira, no podría aseve- 
rarse si un ser es libre, si el problema no se estudia 
con retroacción. Sin ese estudio previo jamas podre- 
mos asegurar que el ser es libre porque "contenga 
fuerza", porque puede resultar que esa fuerza haya 
sido puesta de afuera en un momento anterior al acto. 

La libertad de los "cuerpos*' o de los "seres" de 
que antes se ha hablado es sólo aparente, y en los 
casos en que, como en el del buque y de la locomo- 
tora, sabemos a ciencia cierta que recibieron de afuera 
esa fuerza que aparece como interna, jamás podría- 
mos decir verdaderamente que son libres. 

Así, dice Vaz Ferreira: "Se comprende que, a 
medida que se va dando retroacción al problema, se 
va perdiendo la libertad de más y más seres; o, para 
no hablar impropiamente (pues no se pierde nada, 
y es sólo cuestión de puntos de vista diferentes), el 
número de seres que realizan las condiciones de li- 
bertad en cada nuevo problema (cada problema, con 
más retroacción que los anteriores), va siendo me- 
nor. Van pasando, por ejemplo, el buque de vapor y 
la locomotora, que estaban clasificados como seres 
libres, al grupo de los no-libres, mientras la libertad 
de otros seres sigue todavía irreductible con esa ma- 
yor retroacción" ( * ) . 



Í8) Id., Id 



[73] 



JOSÉ P. MASSERA 



Se refiere al caso de los seres vivos, en que 
desde el nacimiento tienen fuerza propia; pero esa 
fuerza, ¿fué puesta en ellos al nacer, lo que equivale 
a decir que estaba en sus componentes? 

Esa seria la pregunta que deberíamos contestar 
para poder estar ciertos de que realmente es Ubre el 
ser vivo. 

Y si no puedo resolver tal problema, ^deberé 
dejar en suspenso la solución 

Corno lo que se propone Vaz Ferreira en esta 
primera parte de su estudio sobre Los Ptohlemas de 
la Libertad es separar y distinguir bien unos proble- 
mas de otros, no se apresura a contestar y afirma so- 
lamente que los problemas relativos a la libertad de 
los seres pueden plantearse sin retroacción o con ella. 
Dice en Ja pág 35 (§22)* "Nuestro cuadro de la 
pagina 31, en cuanto a los problemas, tendría, pues, 
que ser completado todavía con nuevos enunciados 
y símbolos. Habría que poner, para cada problema, 
un enunciado sm retroacción y otro con ella, acom- 
pañados de los símbolos respectivos, lo que omitimos 
por tratarse de algo que el lector suphrá fácilmente". 

Afanoso como estoy de llegar a conclusiones, 
no puedo conformarme con llegar a un cuadro sinóp- 
tico de los problemas y aun de problemas cuyas so- 
luciones se oponen, o mejor qu^ el mismo plantea- 
miento de los unos debería modificarse ante el posi- 
ble resultado de los otros; me parece que no se da 
satisfacción al propósito de claridad y precisión que 
preside a estos estudios si no se llega a ciertas con- 
clusiones. 

Vaz Ferreira dice- si se plantea el problema de 
libertad sin retroacción da tal resultado, si se plan- 
tea con retroacción da tal otro resultado. 



174] 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



Pero, ¿deberá plantearse con retroacción, siempre 
que se pueda? Y, la retroacción, ¿no nos lleva a con- 
clusiones que deberían tener por resultado modificar 
el planteamiento pumitivo del problema de libertad? 

Comprendo que cuando la retroacción no es 
posible, tengamos que conformarnos con lo que el 
problema nos aporte sin retroacción. 

Pero cuando sea posible, si no la aplicamos, ha- 
brá que admitir que la solución será sólo aparente, 
porque la retroacción es el único medio de saber si 
una fuerza que está en "el ser" es suya, es fuerza 
propia verdaderamente, o en realidad es exterior en 
algún momento. 

A mi juicio, las conclusiones a que Vaz Ferreira 
llega sobre la retroacción deberían modificar los ele- 
mentos del problema de la libertad. 

Si la retroacción nos revela que en la locomotora, 
o en el buque, la fuerza que nos aparece a primera 
vista como propia, por ser ''interna" en el momento 
del acto, no lo es en verdad porque ha sido introdu- 
cida en esas máquinas en un momento dado del tiem- 
po, ya no podrá hablarse de libertad de esas má- 
quinas» 

Un buque, un bote, una locomotora, un cañón, 
una trilladora, etc., no podrán ser pensados como li- 
bres porque sabemos a ciencia cierta que M su fuerza", 
aunque interna ahora, ha sido puesta por el hombre, 
de afuera, en un momento del tiempo anterior al 
acto presente. 

En cuanto a los seres vivos, como la fuerza pro- 
pia no está en el caso anterior, los seguiremos lla- 
mando libres, mas no porque tengamos certeza, como 
en el caso de las máquinas, sino porque no podemos 



(75} 



JOSÉ P. MASSERA 



averiguar ciertamente si entró en algún momento de 
afuera esa fuerza propia de los seres vivos. 

Desde que nacen poseen esa fuerza. ¿Son libres 
por cso> No creo que pueda aseverarse, con la misma 
seguridad con que decimos ahora que un revólver 
no es libre. 

Pero entonces aquella claridad con que se plan- 
teaban los problemas de libertad, ya no existe. 

Y es que el elemento que servía para formular- 
los, ya no es el mismo, está menos al alcance del 
poder y de la ciencia humana. 

Los problemas se planteaban en el momento 
de moverse un "ser" o "cuerpo", y no se averiguaba 
otra cosa que la existencia de una fuerza obrante en 
el ser o cuerpo. "En el sentido de no totalmente de- 
pendiente del mundo exterior, (porque una parte de 
la fuerza universal está en él, o es él ) puede decirse 
que ese cuerpo es lH?fe"( 9 ). 

Así, pues, no se averigua aquí de dónde ha 
podido venir esa fuerza que está * en el cuerpo", la 
considero como propia por el mero hecho de estar en 
el, en tal momento de la acción. Como un ser que 
asi tiene fuerza no depende totalmente del mundo 
exterior, llamaré Ubre a ese cuerpo. 

Se trata de un elemento relativo a la cantidad 
de fuerza que hay "en el cuerpo". Cuanto mayor sea 
la fuerza que está en el cuerpo, mayor es su inde- 
endencia, al moverse, respecto de las fuerzas am- 
ientes. 

Este concepto de la libertad se reduce a saber 
solamente si hay una fuerza en el cuerpo, y qué po- 

(9) Vaz FERREIEA, CARLOS, Los Prokitmas d* h Uhtud, 
P¿8 14 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



tencia alcanza. Un cañón sería así más libre que un 
revólver, y un grano de arena debería llamarse "no 
Ubre". 

Pero, con la retroacción no es sólo el elemento 
tiempo lo nuevo que se introduce en el problema 
de la libertad. No se trata sólo de saber si en un 
momento anterior al acto ese cuerpo que ahora es 
"libre", fué "no libre". El examen relativo a saber 
si esa fuer2a que está ahora en el cuerpo, estaba en 
el en otro momento del pasado, no tiene por fin ca- 
lificar de libre o no libre el mismo cuerpo en ese 
otro momento del pasado, con lo cual el concepto 
de libertad, esto es, de simple independencia de 
lo exterior, permanecería invariable, aunque el jui- 
cio respecto del cuerpo mismo cambiase, sino que 
ese examen modifica también el concepto de libertad 
para en adelante. En otros términos, desde que ave- 
riguo que la fuerza que "está en el cuerpo", que era 
el elemento caracterizante de su libertad, fue puesta 
anteriormente por el hombre, en ese cuerpo, ese cuer- 
po deja de ser libre para siempre, aunque los movi- 
mientos del cuerpo sigan apareciendo como indepen- 
dientes respecto de las fuerzas del mundo exterior. 

A la relación sencilla entre dos fuerzas o con- 
juntos de fuerzas, la del exterior y la que obra en 
el cuerpo, sustituyo un elemento nuevo que no es 
ya cuantitativo, sino puramente cualitativo y por lo 
mismo más difícil de aquilatar. La existencia de fuer- 
za en el cuerpo me bastaba antes para decir que era 
libre y determinar el grado de esta libertad según 
la cantidad de fuerza "contenida" en el cuerpo Aho- 
ra todo eso pierde su importancia y jamás llegaré al 
concepto de libertad si empiezo por saber que la 
fuerza que está en el cuerpo no es propia, sino lie- 



[77} 



JOSÉ P, MASSERA 



vada de afuera en un momento del tiempo. Inútil 
será que la fuerza interna sea enorme con relación 
a Ja externa, si aquélla fue colocada en el cuerpo 
en un momento dado. 

Entonces el problema esencial pasa a ser el si- 
guiente: ¿qué debe entenderse por fuerza propia? 
Tendremos que averiguar si es suya la fuerza que 
obra en el ser o cuerpo, y no simplemente si está 
contenida en él, y que relación cuantitativa guarda 
con las del ambiente de tal ser o cuerpo, esto es, con 
las que hay en lo que no es él. 

Dos determinaciones esenciales qué se entiende 
por tal ser (¿es locomotora la que no tiene caldera 
o si la tiene, no tiene aún el vapor que la moverá ? ) ; 
y, además las fuerzas que aparecen obrando en el 
ser, ¿son propias? En resumen: ,que se entiende por 
"ser" o 'cuerpo"? y ¿que se entiende por fuerza 
"propia" de un ser o cuerpo? 

Es, pues, una calidad lo que tenemos que de- 
terminar al resolver estos problemas, no es un pro- 
blema de mecánica estática o dinámica lo que de- 
beremos estudiar cuando se trate de problemas de 
libertad con retroacción. 

Hay que partir de definiciones, de conceptos y 
no de cantidades o relaciones de fuerza interna o 
externa solamente. 

Según sea lo que entendamos por "seres" o 
"cuerpos" y lo que entendamos por "fuerza propia" 
resolveremos de un modo u otro si hay libertad o 
no en un "ser" o "cuerpo". 

Respecto del primer punto dice Vaz Ferreira: 
"El carbón y el agua ¿forman parte de la locomo- 
tora?; mejor aún. ¿son locomotom? Cuestión nomi- 
nal o convencional en realidad, pues sólo se trata 



[78] 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



de saber a qué llimo locomotora; pero, según la 
convención que adoptemos, tendremos que hablar de 
una manera u otra, pues una misma proposición será 
verdadera o falsa según cual sea e^a convención. 
¿ Llamo locomotora al mecanismo de hierro mis el 
carbón y el agua**, entonces hablo biea diciendo que 
la locomotora se mueve por sí misma; pero enton- 
ces, también, ayer no había locomotora. ; Llamo lo- 
comotora sólo al mecanismo propiamente dicho, sin 
incluir en él el carbón y el agua?, entonces hablo 
mal si digo que la locomotora se mueve por sí mis- 
ma, y debo decir que es movida. Pero aquí surge una 
cuestión que sigue a muchas cuestiones nominales, 
y que, ella, no lo es* ¿cuál de las convenciones es 
más naturaP La primera pudo parecermelo cuando 
sólo pensaba en el momento presente; al pensar con 
retroacción adopté la segunda, y dije que la locomo- 
tora es movida Probablemente, pareciendonos más 
natural este segundo punto de vista, acabaremos, en 
el caso, por quedarnos con la convención que él nos 
sugirió" ( 10 ). 



PROBLEMAS D , ACTOS l 

Se pregunta Vaz Ferreira si el problema 
D sería un solo problema. Dice que su anterior 
definición es "bastante genérica", o mejor "bastante 
vaga", pues el problema es muy complejo. Esa defi- 
nición era "el problema de la determinación de los * 
actos por sus antecedentes". 

(10) Op LLU, p.>5 =1 K 

(11) Vaz rLaiU-LH*, CauLOS, Los Proü!e«u> de la Libertad, 
Pag 36. 



[79} 



JOSE P. MASSERA 



Observa que "si todo hecho depende totalmente 
de sus antecedentes, se explica o determina por ellos, 
parece que nunca hay comienzos absolutos. Parece 
que los habrá, al contrario, si hay hechos, algunos 
por lo menos, que no dependan totalmente de sus 
antecedentes". Después de una pequeña vacilación 
afirma que ese problema equivale a preguntar si hay 
o no comienzos absolutos. Y luego acepta "una fór- 
mula más general que cualquiera de los dos enun- 
ciados" y consiste en ésta "relación de los hechos 
con sus antecedentes". 

Los dos problemas opuestos aquí son, pues: 
I o ; determinación de un hecho por la totalidad de 
sus antecedentes, lo que significa, en otros términos, 
que no hay comienzos absolutos. 2 n no determina- 
ción de los hechos por la totalidad de sus antece- 
dentes, o en otros términos, que existen comienzos 
absolutos. 

Estas son las soluciones opuestas al problema 
más general relativo a los actos, que Vaz Ferreira 
simboliza asi A 

Con estas tesis opuestas ¿están agotados todos 
los problemas relativos a los actos? 

S¿ pregunta Vaz Ferreira si el problema N° 1, 
el de la determinación de los actos, o su equivalente 
si no hay comienzos absolutos, no arrastra la conse- 
cuencia de que "sólo un hecho es posible" dados 
ciertos antecedentes determinados, y nunca más de 
uno. 

Dice que "le parece que sf\ Pero quisiera me- 
ditar más el punto. No sería completamente absur- 
do, agrega, sostener que las conclusiones negativas 



{80] 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



no coinciden forzosamente, y que podría, por ejem- 
plo, no depender un hecho de sus antecedentes [antí- 
tesis que yo he señalado con el N° 2, esto es que 
hay comienzos absolutos} y sin embargo, ser posible 
no más que en un sentido. 

Se me ocurre el caso del Ubre albedrío moral 
en el que se crea el móvil del acto, pero no pudien- 
do ser sino el bien ese móvil, sólo un sentido es 
posible. Pero inmediatamente pienso que si por una 
causa u otra, no puedo crear sino el bien, el acto 
está necesitado por aquella causa que lo impulsa al 
bien, como sería la idea de razón del deber en el 
kantismo. 

Me parece, pues, que si admito el comienzo ab- 
soluto, tengo que admitir que dos o más hechos son 
posibles, nunca uno solo que aparecería forzosamen- 
te como necesitado por ciertos antecedentes, lo que 
sería sostener la tesis N° 1. 

Dice Vaz Ferreira "Ni parecen tampoco im- 
posibles en rigor comienzos absolutos que no fueran 
sin embargo posibles sino en un sentido". 

En este párrafo se repite lo dicho en el anterior 
en distintos términos. Sigue luego, y ahora se trata 
de la otra faz de su pensamiento: 

"También habría el deber de examinar si efec- 
tivamente la solución afirmativa de la primera cues- 
tión impone la de la segunda, si realmente y en ri- 
gor, no podría un hecho seguir siendo considerado 
como dependiente de sus antecedentes aunque fuera 
posible en más de un sentido". 

Es decir que, esta vez, la otra tesis, la que yo 
he expresado con el N? 1, que sería la del deter- 
minismo de los actos, según Vaz Ferreira, si bien 
con la reserva de meditarlo más, permitiría la admi- 

£81] 



JOSÉ P. MASSERA 



sion de la posibilidad de vanos actos con los mismos 
antecedentes. 

No puedo compartir las dudas y vacilaciones 
de Vaz Ferreira respecto de este punto. En su afán 
de separar y deslindar problemas no admite, o está 
inclinado a no admitir que "determinismo" signifique 
lo mismo que "posibilidad de un hecho solamente" 
y que contingencia o libre arbitrio, equivalgan for- 
zosamente a "ambigüedad de hechos posibles". 

Desde luego, cabría observar que, siendo la con- 
fusión de estos problemas A y A solamente dudosa, 
de "equivalencia discutible" como dice en la pág. 37, 
no cabria una censura a los autores por haberlos con- 
fundido, lo que hace, sin embargo Vaz Ferreira con 
tesis de Boutroux (pág. 86), de Johnson (pág 73) 
y de Fonsegnve (pág. 50). 

No acepto la duda* en los problemas que Vaz 
Ferreira separa con los signos Ai y A. 

Imposible para mí el pensar que, si parto del 
principio de que el acto está dtterminado por su* 
anteLedentes, sea posible en más de un sentido. Será 
lo que "determinen" esos antecedentes. Sólo varian- 
do éstos, podrá variar el acto. 

El determinismo hace posible la previsión de 
los actos futuros y la experimentación. Me parece 
sencillamente contradictorio pensar que los hechos 
están "determinados" por todos sus antecedentes y 
que en virtud de ellos pueda ser ambiguo. Si "una" 
resultante es "determinada" por dos fuerzas dadas, 
¿cómo sería posible pensar ese ' dos o mas" resultan- 
tes de las "mismas fuerzas"? 

Sólo es dable suponer esta posibilidad, si admi- 
to la creación de una fuerza en el momento de obrar 



[82] 



LOS PROBLEMAS DE LA LIBERTAD 



las otras fuerzas dadas. Ese factor que escapa a toda 
previsión, es lo que hace posible la ambigüedad en 
el acto. Así, en tal hipótesis, como es posible que 
obre una fuerza o causa nacida sin antecedente, es 
decir comenzada absolutamente, diré si se produce 
ese "fíat", el hecho, o la acción, sera diferente del 
caso en que no se produzca. Si hay "creación", jamás 
podré prever el hecho. Y es porque 'creación" o 
"comiendo absoluto" significa algo no sometido a 
condiciones determinables. 

En resumen, si "comienzo absoluto" es la idea 
contradictoria de "determinación", forzosamente si 
acepto lo primero, habrá ambigüedad en los posibles; 
si admito la segunda tesis, reconozco que sólo un 
hecho será posible. 

Es por eso que la ciencia es, ha sido y será 
factible, por apoyarse en el determinismo No olvi- 
dar que el mismo Vaz Ferreira, en la pag. 14, ad- 
* mite que determinado equivale a calculable y pre- 
visible. 



(831 



LOGICA VIVA 



FALSA OPOSICIÓN 

He resumido en mis clases de lógica mis opi- 
niones respecto de esta falacia en los siguientes tér- 
minos . 

Vaz Ferreira no distingue suficientemente en 
este capítulo los problemas de existencia, de compro- 
bación, podríamos decir de ciencia pura, y los pro- 
blemas de acción, de ideal, de ciencia aplicada, que 
después estudia separadamente en otro capítulo. 

Creo que la falsa oposición debe ser juzgada 
de diversa manera, según se produzca en uno u otro 
terreno de los indicados, y que por no distinguirlos 
bien aquí Vaz Ferreira, producen una cierta confu- 
sión y sugieren grandes dudas, difíciles de resolver 
si nos atenemos exclusivamente a los principios y 
juicios relativos a la falsa oposición. 

Creo que la falsa oposición es falacia que hay 
que evitar cuidadosamente en el dominio de la inte- 
ligencia científica, allí donde los fenómenos o pro- 
cesos a estudiarse son complejos, y se caerá en ella 
cuando por defecto de observación, por prejuicios, 
por tendencia sentimental, etc., se erigirá en única 



C841 



LÓGICA VIVA 



explicación, o única causa, una de las múltiples que 
caben, olvidando o despreciando los otros elementos 
de la rica realidad que se estudia. Así puede decirse 
al estudioso que debe tratar de analuar la realidad 
compleja en todos sus elementos, tratando de dar a 
cada uno el valor que en el conjunto le corresponde, 
y con ello habremos dicho de otro modo que no 
debe incurrir en falsas oposiciones. Y esto se debe a 
que se trata de resolver un problema de existencia, 
de simple comprobación de fenómenos, de causas o 
principios y la verdad exige que se agote en lo po- 
sible la realidad. Es la verdad lo que se busca, en 
definitiva, y es contrario a ella presentar, por ejem- 
plo, un factor o condición de un fenómeno o insti- 
tución, como su única causa, oponiéndolo en forma 
exclusiva a los demás factores o condiciones que no 
debieran olvidarse o descuidarse* 

La falsa oposición es mala aquí porque lleva 
al error; pero es porque el objeto de la investigación 
científica es la verdad y la eliminación de todas las 
causas de error, lo que no hace el que incurre en 
falsa oposición en tal terreno. Estamos en los do- 
minios del pensamiento puro, en cierto modo for- 
mal, puesto que para llegar a la verdad se ha de 
razonar y pensar bien, es decir, con arreglo a los 
preceptos elementales de la lógica formal. El error 
procede de no haber razonado bien, de no haber eli- 
minado los motivos que pueden inducir a error, de 
no haber hecho obra de pensamiento impersonal, de 
haber faltado a ios preceptos capirales que Descartes 
formulara en admirable concisión al decir que era 
preciso "eliminar toda precipitación y toda preven- 
ción". 



[83] 



JOSÉ P. MASSERA 



La falsa oposición, como que es falacia, error, 
se evitará, pues, aplicando las reglas generales de 
las lógicas comunes para evitar los errores. La forma 
en que se presenta el pensamiento erróneo, la de 
oponer dos hechos, dos factores o dos condiciones, 
no produce el error que, en mi sentir, dimana de una 
anterior mala observación, o apreciación, de ideas 
preconcebidas, de creencias mal fundadas. Pero es, 
sin duda, verdadero que esa forma puede contribuir 
a vigorizar el error y a darle poder de convenci- 
miento. 

Pasemos ahora al estudio de la falsa oposición 
en el terreno de la acción. Creo que si existe razón 
para hacer diferencia entre estos problemas y los 
de existencia, entre la común actividad humana y la 
investigación científica, debemos juzgar de diferente 
manera el error de %lsa oposición, según el terreno 
en que se cometa. 

Para decir de una vez la profunda diferencia 
que hay entre estos problemas, anotare que en los 
primeros se busca exclusivamente la verdad, y por 
lo mismo el acto de buscarla debe excluir en lo po- 
sible toda fuente de error, en tanto que en los se- 
gundos el fin no es directamente la verdad, ni los 
medios empleados para llegar a él han de sufrir 
una rigurosa depuración con arreglo a los principios 
de la lógica científica. 

La acción común se propone muy diversos fines 
y por eso es más difícil abarcar su psicología, su ló- 
gica o su moral, en tanto que el de los problemas 
de existencia, es uno, el de descubrir verdades de 
hecho o leyes que determinen las condiciones del 
hecho. 



[86] 



LÓGICA VIVA 



Entre los fines de la actividad humana, se cuen- 
tan los de utilidad personal o general, los morales, 
los artísticos. El fin de la acción humana supone un 
juicio de valor y el juicio de valor es, por naturaleza, 
un juicio ideal en el cual no es forzoso que todo 
sea verdadero, y entre sus elementos se encuentran 
tendencias, creencias, prejuicios. No los constituye la 
verdad necesariamente y algunos son ni-to de ima- 
ginación, y, es enteramente exacto que hay en ellos 
un elemento de idealidad pura que contrasta con la 
realidad No es otra cosa la esencia misma de todo 
fin, que por naturaleza es idea, es construcción men- 
tal, -es algo a realizar, que no existe aún, que deberá 
alcanzarse porque se aspira a él, se le ama, se le 
est abJece en el pensamiento como un "valor", lo 
que supone afirmación de afectividad. No hay en 
su constitución solamente un raciocinio puro, y éste 
ha podido no guiar su formación. Es afirmación de 
tendencias más o menos irracionales en el fondo, y 
que el hombre ama porque las juzga bellas o buenas, 
sabiendo que no tienen los caracteres de la verdad 
hasta por el simple hecho de que no existen aún. 
Son ideales, no reales, aunque tienden a realizarse, 
pero el objeto que se persigue al realizarlas, tal el 
músico que crea una ópera, el de un escultor que 
prodace una estatua, no es el descubrir, afirmar o 
probar una verdad, sino realizar un propósito, un 
deseo, una aspiración, poner a contribución sus 
pensamientos, sentimientos y voluntad en la construc- 
ción de una obra de arte que revele esos valores en 
potencia. 

Por eso me parece que el artista no consulta, 
ni puede consultar la verdad para llegar a la meta 
de sus aspiraciones. No tiene por qué ser severo con 



187] 



JOSÉ P, MASSERA 



su razonamiento y exigirle que no incurra en des- 
viación alguna de los preceptos de la lógica que nos 
enseñan cuál es su funcionamiento ideal y perfecto. 

Y la falsa oposición que es una forma de error 
posible, no puede imputarse como una transgresión 
al creador de una obra de arte, que no busca la ver- 
dad como fin de sus actividades. 

Yo me he preguntado muchas veces si hubiera 
sido razonable preguntarle a un Saint-Saens o un 
Massenet, supongamos, que antes de componer una 
ópera según su manera propia, estudiaran cuidado- 
samente las otras tendencias musicales, la tendencia 
glückiana, wagneriana, la clásica, la italiana, la rusa, 
etc., para hallar en ellas lo que de bueno nos traen 
y acogerlas construyendo con el ras una tendencia 
musical, que sería "la verdadera", porque cada una 
de las existentes, es "falsa" por parcial o por exclu- 
yeme de las otras. 

Tal vez Vaz Ferreira aceptara esta observación 
diciendo que no se opone a que cada uno construya 
con arreglo a sus ideales y medios; pero exigiendo 
que no lo haga con propósitos exclusivistas y pre- 
sentando su manera como una de tantas, sin perjui- 
cio del valor de las otras. 

Pero si pensamos que el resultado de una obra 
de arte es fruto del temperamento, de la personali- 
dad, del entusiasmo, de ese impulso sensible llamado 
inspiración, ya nos costaría un poco suscribir a esa 
tesis. 

Y si observamos que la historia de las artes nos 
demuestran que las escuelas se han formado, han vi- 
vido y fructificado a impulsos de grandes exclusivos, 
de creadores sistemáticos de una tendencia, de após- 
toles fanáticos y unilaterales que abrazaron sus idea- 

[86] 



LÓGICA VIVA 



les como sí fueran 'Verdades" que debieran impo- 
nerse como tales, cada vez nos convencemos más de 
que no solamente la falsa oposición, o sea el exclu- 
sivismo mental artístico, no ha de censurarse en la 
acción, sino que llegamos hasta pensar que ella con- 
tribuye a que una doctrina de esta índole, nazca, se 
abra camino entre las otras, triunfe y florezca, engen- 
drando obras maestras no soñadas. 

Por otra parte, ¿qué eficacia en el sentido de 
un arte mejor, nos aportaría convencer al creador o 
discípulo de una tendencia, de que podrá abrazarla y 
propagarla ardorosamente con tal de no excluir a los 
demás? 

Yo creo que semejantes impulsos engendran 
siempre un arte sistemático, por más salvedades de 
conciencia que puedan coexistir con ellos respecto 
de las demás orientaciones. Y hasta me parece que 
puede sostenerse que ese obstáculo ideal puesto al 
desarrollo de una tendencia, no servirá sino de re- 
mora desde que no puede penetrar en lo hondo de 
las facultades creadoras del artista y modelar con 
más amplitud sus propios impulsos. En realidad esas 
reservas mentales, están destinadas a quedar a la 
puerta de la personalidad del creador y si lograra 
penetrar más al fondo se concibe que pudiera per- 
turbar, entibiar o anular sus actividades creadoras. 
¿Quién sabe si no es ése el secreto del silencio e in- 
actividad de Rossini durante larguísimos años des- 
pués de su "Guillermo Tell", o el de las eternas 
dudas de Boito respecto de su "Nerón"? 

El artista que concibe una manera nueva y tiene 
éxito con ella, sea buena o mala para el crítico o 
para el razonador que la mira de otros puntos de 
vista, con arreglo a otros ideales, no solamente la 

t89J 



JOSÉ P. MASSERA 



juzga buena, sino la mejor de todas las existentes 
o futuras y se vuelve esclavo sumiso de ella. 

El camino es éste, se dice el creador o el pro- 
pagandista. A veces se equivoca, pero entre tanto a 
bemsrjantes tanteos y exclusivismos mentales se debe 
la creación de grandes obras nuestras 

La falsa oposición en el dominio del arte, y más 
generalmente de la acción, me parece, pues, no ya 
excusable, sino verdaderamente necesaria, y, en mi 
sentir, ello depende de la finalidad especial de los 
problemas de la actividad. 

En los dominios del pensamiento puro, de la 
ciencia, cuando se trata de construir la realidad con 
nuestro razonamiento, nos constituimos en vasallos 
de la verdad y ningún impulso que no sea el de la 
razón que tiene una impersonalidad propia, debe 
guiarnos o informar nuestras investigaciones o psí- 
queos. En cambio la obra de arte es más personal, 
es fruto de un temperamento o de una constitución 
mental, y hasta de un ambiente cuyos límites y con- 
diciones no pueden fijarse con r^recisión. 

El progreso en las ciencias se produce principal- 
mente por aportes "verdaderos", objetivos, reales, que 
consultan el funcionamiento puro o ideal del razo- 
namiento, en tanto que el progreso en las artes y 
en general en el terreno de la acción, se produce por 
aportes de la sensibilidad, de lo inconsciente, del ins- 
tinto más o menos reflexivo y de facultades de razo- 
namiento mezcladas de impulsos, de preconceptos, de 
prejuicios geniales. 

Llego así con este examen a los siguientes re- 
sultados. 

Yo conservaría la falsa oposición en el terreno 
del pensamiento puro, de la investigación científica, 



C90] 



LÓGICA VIVA 



de la prueba, en todos los problemas de ser, de hecho 
o de existencia, o en aquellos de la acción que pu- 
dieran equiparárseles. 

Claro esta que esto deberá admitirse donde la 
realidad a estudiarse sea compleja, y por un factor 
anómalo cualquiera seamos conducidos a tomar un 
elemento de un conjunto, como único componente 
o única causa. Y repito, la falsa oposición aquí es 
sólo la forma exterior, en cierto modo, de un error 
de observación o de apreciación 

En cambio la consideraría necesaria, como ins- 
trumento de acción, como uno de los medios más 
propios para llegar a un fin, en el terreno del arte 
y de los problemas de ideal. 

Me guardaré muy bien de decir que la investiga- 
ción de la verdad, de hechos o leyes, no sea un pro- 
blema al que pueda caracterizarse de "vital", pues hay 
una vida en la ciencia, pero es sin duda de una es- 
pecie aparte, esquemática, simbólica, formal en su 
casi totalidad, ni de decir que lo "vital" es por ex- 
celencia todo lo que a la actividad concierne y que 
cesa de ser simbólico y racional en absoluto Lo que 
me parece cierto es que, en la actividad científica de- 
ben eliminarse en lo posible los factores personales, 
en tanto que los problemas de hacer viven precisa- 
mente de lo personal, de lo original y se tiende a 
eliminar en lo posible lo general o esquemático. 

Y ahora llegamos a una conclusión verdadera- 
mente inesperada. 

Si la falsa oposición no solamente puede subsis- 
tir, sino que es hasta necesaria en el terreno de la 
acción que es el más propiamente vital, en las com- 
plejidades de Ja existencia individual y social, debe- 
ríamos pensar que la Lógica Viva, que su autor opo- 



[91] 



JOSÉ P» MASSERA 



ne fuertemente a la lógica formal y esquemática, 
debe ser menos viva de lo que parece, pues el domi- 
nio natural en que se agita y hasta fructifica la 
falacia en cuestión es precisamente el de lo más 
propiamente "vital"; y aquél en que la falacia tiene 
verdaderos caracteres de tal, aquél en que debe ser 
excluida, sóJo por ser error, es precisamente el del 
pensamiento esquemático y abstracto de lo racional 
puro. 



Vaz Ferreira reconoce en el Apéndice de la 2$ 
Edición que desea "salvar una omisión del texto". 
Consiste en reconocer ahora que el paralogismo de 
falsa oposición es "en cierto grado, y en ciertos casos 
estimulante 39 . Estimulante en arte, donde los creado- 
res, los productores, pueden encontrar en la misma 
estrechez de sus conceptos, en su oposición o su riva- 
lidad contra conceptos, tendencias o escuelas, una 
fuetza; y, muchas veces la encuentra de hecho, {Sigue 
un párrafo muy bueno). 

Reconoce, pues, que es estimulante de los crea- 
dores y productores en el arte, de la crítica, del pen- 
samiendo que se intensifica con la unilateralidad de 
la acción: los grandes activos son estrechos, los apos- 
tolados, reformas, movimientos, etc. 

Estos párrafos ya revelan, diré yo, que no es 
tan limitada esa acción como parece resultar del "en 
cierto grado y en ciertos casos". Abatca el arte en 
todas sus múltiples formas, la crítica ídem, los apos- 
tolados de todo género, religiosos u otros, la política, 



[92} 



LÓGICA VIVA 



que es arte, y ¿por qué no decir que se extiende a 
la resolución de la inmensa mayoría de los proble- 
mas normativos, en los cuales la solución está ma- 
tizada de factores sentimentales, u otros arraáonales 
y hasta irracionales? 



CUESTIONES EXPLICATIVAS Y NORMATIVAS 
I 

Aún cuando no admito la crítica radical de 
Castro respecto de estos problemas, consistente en 
negar que haya diferencia entre ellos, no puedo ad- 
mitir la diferencia que establece Vaz Ferreira y por 
consiguiente fundo la posibilidad del sofisma sobre 
otra base. 

Sostengo que los problemas de existencia y los 
de acción o ideal son enteramente diversos, de 
naturaleza diferente como dice muy bien Vaz 
Ferreira ( 1 ), y admito que la solución de los proble- 
mas "en uno y otro caso, tiene un sentido muy dife- 
rente", pero me parece que el error o sofisma no 
consiste en la confusión que señala Vaz Ferreira. 

Estos problemas de existencia y normativos co- 
rresponden a ios problemas que ha distinguido toda 
una escuela con Ehrenfels, Eisler, Meinong, etc., y 
que Ribot resume en su Logique des sentiments. 

A fin de concretar bien el asunto, recordemos 
ios términos en que se expresa Ribot al resumir la 
doctrina. 



Kl) Vaz Ferreira, Lógica Viva, pig. 51. 

C93] 



JOSÉ P. MASSERA 



Opone los juicios existenciales a los juicios de 
valor, los primeros son juicios de hecho, de consta- 
tación, de descripción; los otros son juicios de apre- 
ciación, de importancia, de significación de las cosas, 
en los cuales, según la expresión de Lotze "el ele- 
mento determinante está más bien en la convenien- 
cia emocional, que en la consistencia lógica M ("). 

Entre los primeros figuran los de las ciencias 
matemáticas, que establecen relaciones de grandeza 
y los de las ciencias experimentales que expresan re- 
laciones de coexistencia y sucesión. Los otros atribu- 
yen un valor relativo a un objeto con relación a un 
cierto ideal más o menos netamente concebido tales 
son en particular los de la "ra2Ón práctica" que se 
podría definir la "facultad de percibir diferencias de 
valor entre nuestros actos. El carácter de los juicios 
existenciales, consiste en escapar casi enteramente a 
las influencias subjetivas cuando comprueban verda- 
des evidentes a príori o después de demostración de 
los hechos o leyes suficientemente verificados En 
los juicios de valor, el poder de nuestros deseos es 
mas grande; el valor que un objeto toma a nuestros 
ojos está en relación íntima con nuestras disposicio- 
nes afectivas y apetitivas. El dominio de estos juicios 
está en la sociología, moral, religión, política, etc.( s ). 

. Yo distinguiría esta clase d^ juicios, según estas 
opiniones, con arreglo al siguiente criterio: en los 
juicios de existencia, predomina lo objetivo y por lo 
tanto lo impersonal; en los juicios de valor predo- 
mina lo subjetivo, lo personal en grado mayor o 
menor. Las matemáticas, como las ciencias fcsico- 



(2) "Rttiot, Loyque dej icnttmenls pags 35 v 36. 
(\\ Ver op clc, paz 35 y siguiente:, y MüTlilN, Psycbo!ogte 
de la Volouít., pag 63 > sig 



[94] 



LÓGICA VIVA 



químicas y naturales, han conseguido llegar a verda- 
des independientes de los deseos e intereses de las 
personas, y en esos juicios, no entran las convenien- 
cias de nadie. Los datos de la ciencia son muchas 
veces contrarios a las conveniencias de los hombres 
y hasta destruyen en ciertos casos algunos de sus más 
caros ideales; y sin duda han destruido muchos en 
el transcurso de la evolución. 

Los juicios de valor, se equiparan a los proble- 
mas de hacer del Dr. Vaz Ferreira. Dice Ribot: "el 
razonamiento racional tienda hacia una conclusión; 
el razonamiento emocional hacia un fin; no busca 
una verdad sino un resultado practico y está siempre 
orientado en esta dirección 1 '. La conclusión determi- 
nará cómo es una cosa, cómo se produce u obra un 
fenómeno; la conclusión constata o explica ( 4 ). 

El "resultado práctico" de Ribot es, en resumen, 
el "como debe obrarse para obtener tal o cual fin, o 
en general cómo debe obrarse, o que organización 
debe darse a una institución cualquiera", etc, del 
Dr. Vaz Ferreira ( 1 ) . En estos casos agrega Vaz 
Ferreira, "no se discute como pasan los hechos, sino 
cómo debería obrarse, o que debería hacerse'V) . 

La diferencia entre estas dos clases de proble- 
mas está, según Ribot, en que en los primeros se 
busca una conclusión ajena a los intereses o conve- 
niencias humanas y se busca y obtiene el cómo y el 
porque de los problemas de las ciencias positivas y 
todos los juicios matemáticos, en ios segundos, todo 
se subordina a un fin, hay una finalidad que se 
persigue, no propiamente una conclusión, y esa 

<4) Vaz Thtireiiia, Lr,£>a Viva, píg 51 
i * ) Id Id 
(6) Id, Id 

[951 



JOSÉ P. MASSERA 



finalidad "es reductible a una tendencia o a una 
creencia, a un deseo . . , H ( 7 ) . Esto no significa 
que en el problema explicativo la parte de con- 
veniencia haya sido eliminada totalmente ni que 
en el problema de valor (o normativo), todo sea 
cuestión de conveniencias, deseos, tendencias. Pero la 
diferencia estriba en que en ios primeros se procura 
eliminar esa parte personal afectiva, por lo mismo 
que no se busca satisfacer un fin, un ideal, sino en- 
contrar una verdad que a todos se imponga, como 
son las verdades matemáticas, y físico-químicas; en 
los otros problemas, aún cuando tienen una. base más 
o menos grande de verdades objetivas, con ellas están 
indisolublemente unidas, apreciaciones, creencias, opi- 
niones, por su naturaleza misma, por lo mismo que 
lo que se busca es la satisfacción de un- fin, de un 
ideal. En el cálculo de las ventajas, el espíritu se 
esfuerza siempre en objetivar estos problemas; al 
decir, por ejemplo, que ei socialismo tiene tales ven- 
tajas, se habla de ventajas impersonales, o tal vez, 
mejor dicho, comunes a todos los hombres, del punto 
de vista de ciertos principios, de ciertos ideales, que 
se dan por sentados o admitidos. Pero, como la solu- 
ción del problema, no es una constatación, forzosa- 
mente interviene una apreciación personal al enume- 
rar estas ventajas o al juzgar su importancia. 

El problema de valor, de acción o de ideal, no 
consiste en la constatación, por ejemplo, del sistema 
o sistemas socialistas, o proteccionistas, libre cam- 
bistas, instituciones familiares o sociales, etc., existen- 
tes actualmente o que hayan existido en otras épocas 
y sociedades que las actuales. Ésos serían precisamen- 



O) Ribot, op. cit, pág. 50 



£96} 



LÓGICA VIVA 



te problemas de existencia, de cómo son o han sido 
las cosas, las instituciones, o tal o cual fenómeno. 
Serían problemas científicos propiamente dichos. 
Es de lo que trata, por ejemplo, la ciencia de las cos- 
tumbres, ciencia con que alguna escuela moderna 
quiere sustituir a la moral, 

Pero, en los juicios de valor, o de acción, o nor- 
mativos, hay algo más; no nos basta saber cuáles 
han sido y cómo han sido y son las instituciones; se 
las aprecia con arreglo a un criteiio propio, a un 
ideal, que, aunque puede ser común a muchos hom- 
bres, corresponde a la subjetividad de los mismos. 

En los juicios de exístencia 4 lo que se persigue 
es comprobar, es evidenciar, es descubrir para todos 
algo que no sabe el hombre todavía cómo es y cómo 
obra. Se descubre una verdad, y una ves descubierta 
queda fijada como tal, para todo el mundo. Ocurre 
muchas veces que esta verdad se modifica o se des- 
truye por nuevas observaciones; pero jamás ocurre 
que una vez fijada en su nueva forma, se acepte por 
unos y se rechace por otros Si tal cosa sucediere, no 
se le reconoce como verdad todavía; se trata de algo 
que no es definitivo aún, definitivo en el sentido de 
atraer todas las opiniones. Las hipótesis, las teorías 
opuestas que sustentan los sabios en el campo de la 
ciencia, no son verdades, pero lo son los hechos co- 
munes en que se apoyan unos y otros, o las leyes 
que unos y otros reconocen como ciertas. Lo mismo 
pasa con las demostraciones matemáticas: una vez 
producida no caben dos opiniones; todo el mundo 
las acepta como verdades objetivas, impersonales. 

En los problemas de hacer, de valor, de ideal, 
se llega muchas veces también a verdades consagra- 
das, pero lo son para una parte de los hombres, para 

t97} 



4 



JOSÉ P. MASSERA 



una mayoría, o una minoría. Se debe amar a la pa- 
tria, parecería ser una verdad consagrada, evidente, 
objetiva. No lo es; mucha gente cree que no se debe 
amar a la patria, o que ese amor, aún admitido, debe 
ceder ante otros sentimientos. En vano se determi- 
naría por la sociología, que el amor a la patria ha 
existido siempre, como un hecho; si realmente esa 
prueba se produjera, y se disipara todo equívoco res- 
pecto de la extensión y significado de la palabra 
patria, todo el mundo asentiría a esta verdad, pues 
se trataría de una verdad objetiva. 

Pero el problema de valor o de hacer, sera siem- 
pre sin duda, muy distinto. No se trata de saber si 
el amor patrio ha existido o existe en los pueblos. 
Se trata de saber si debemos admitirlo. No es un pro- 
blema de hecho sino de deber Muchas cosas han sido 
hechas y se hacen todos los días que reprobamos en 
nombre de principios subjetivos, de ideales. Na se 
trata de descubrir, pues, una verdad, sino de ordenar 
la conducta hacia un fin determinado. 

Un origen de confusión fluye, sin duda, de que 
el hombre llama verdades tanto a las de existencia, 
a la solución de los problemas de ser, independientes 
de toda finalidad subjetiva, como a la solución de los 
problemas de hacer en los cuales la finalidad es 
esencial. 

Distinguidas así las dos clases de problemas, 
asentimos a la división de Vaz Ferreira en cuestiones 
explicativas y normativas, por mas que las diferen- 
cias que admito entre unas y otras no coinciden exac- 
tamente con las de este autor, lo que se verá mejor 
más adelante. 

Y el sofisma de confundir las cuestiones norma- 
tivas con las explicativas, es de admitirse igualmente, 



£98] 



LÓGICA VIVA 



pero no sobre idénticas bases que las establecidas por 
Vaz Ferreira, porque media una diferencia en el con- 
cepto diferencial de estos problemas. 

El propio Ribot indica el problema lógico en 
la obra citada cuando dice: "En resumen, la materia 
propia de esta lógica es el juicio subjetivo. El razo- 
nador, por una ilusión frecuente, la transforma en 
un juicio objetivo, que él generalua. Las evaluacio- 
nes no son generalmente sino el producto de las 
cualidades especiales de un pueblo, de un tiempo, 
de un hombie, de una profesión, y nosotros las te- 
nemos por válidos para la humanidad entera" 

"El creyente ciego atribuye a su religión un 
valor absoluto, y tiene a las otras por no valo- 
res n ( e )< En otros términos: su creencia es la ver- 
dad, las demás son absurdas, mentiras . . , 

En este párrafo está en germen, el origen del 
error o falacia de que tratamos. El hombre, por una 
ilusión frecuente, generaliza demasiado y transforma 
en juicio objetivo, lo que es un producto de causas 
limitadas. 

Si sólo nos atuviéramos a este párrafo parecería 
que la distinción entre ambos problemas reposaría 
exclusivamente en el grado de generalidad de los 
juicios. Fuera de esto hay algo que aclarar sobre este 
punto. 

¿A qué grado de generalidad podemos referirnos 
en estos casos? En mi concepto, a la parte de hechos, 
de existencia, de verdad, que hay en los problemas 
de hacer. En un problema de existencia, una vez fi- 
jadas las propiedades de un triángulo, la caída de 



ÍSj RlüOr, Lo&que des sentiments, pag 46 
( 9 » Op cu , pag 45 



{99] 



4 

JOSÉ R MASSERA 



los cuerpos, los juicios que lo forman se imponen 
sin discusión a toda la humanidad y pensamos que 
pudo imponerse en el pasado y se impondrá en el 
futuro. En un problema de acción o de valor, ¿qué 
es lo que puede transformarse y tomar la apariencia 
de un juicio objetivo y general ^ No es una cosa ex- 
terna, no es la existencia de un fenómeno objetivo, 
ni cómo son, ni cómo obran, ni porqué causas son 
producidos, ni qué efectos producen a su vez; son 
hechos sin embargo, pero subjetivos y que por lo 
tanto, por naturaleza, están fuera del alcance directo 
de los demás hombres: es lo general que puede 
haber , en estos hechos subjetivos 

Un ejemplo aclarará nuestro pensamiento Ac- 
tualmente domina en el criterio de la generalidad de 
los hombres, el principio democrático como ideal 
de organización política. Es una verdad decir que, 
hoy, Ja gian mayoría de los pueblos se rige o tiende 
a regirse por es los principios. Es decir, que la ma- 
nera de pensar, de sentir, de los hombres, sus ideales 
políticos, en este momento de la humanidad, son per- 
fectamente determínables y no son discutibles. La 
libertad se abre cada vez mayor camino; la esclavitud 
está desterrada de la humanidad civilizada Éstos son 
hechos generales, sin duda, pero no basta su com- 
probación, su constatación, para dar a la democracia 
y a la libertad el carácter de problemas de existen- 
cia, porque en estos problemas, esa constatación de 
hechos, no basta para resolverlos, y se puede perfec- 
tamente ignorar su existencia, la de los hechos, y 
resolver personalmente el problema de hacer, corres- 
pondiente. Quiero decir que un hombre podría ig- 
norar la extensión que tiene la libertad en los pue- 



{100} 



LÓGICA VIVA 



blos actuales y resolver bien un problema, aplicando 
su ideal de libertad. 

La generalidad, la parte de objetividad, reside 
aquí en la coincidencia en un ambiente o un tiempo 
dado, de los ideales o fines perseguidos por los hom- 
bres, y de la manera o medios de satisfacerlos. 

Pero, repito, no basta esta constatación para re- 
solver el problema que se plantea en un momento 
dado. ¿Por qué? Porque se trata de un acto a reali- 
zarse, dependiente, por lo tanto, de una voluntad. 
Es casi inútil saber que las voluntades de los hombres 
quieren obrar hoy en general en el sentido de la 
libertad, del patriotismo, de la democracia. Soy yo 
que he de obrar y puedo siempre pensar que tales 
prácticas no atan, ni pueden atar mi voluntad. Mi 
ideal puede ser otro, y aún con el mismo ideal, pue- 
do reputar que en el caso dado, no debo aplicarlo. 

Podemos, pues, concluir que no es un mayor o 
menor grado de generalidad lo que distingue los jui- 
cios de existencia de los juicios de valor. No es esto 
una crítica de Ribot que bien claramente hace repo- 
sar la diferencia en otra parte. 

Lo que pretendo es determinar bien en qué 
consiste la ilusión humana al confundir estos pro- 
blemas. La falacia no consiste, a mi juicio, únicamente 
en dar un carácter de mayor generalidad o de uni- 
versalidad a juicios que no la tienen, sino en darles 
un carácter de objetividad y por lo tanto de realidad 
independiente, que los juicios de valor no tienen 
porque son de muy diferente naturaleza. 

Este carácter de la objetividad o realidad exte- 
rior no se confunde exactamente con el de una mayor 
generalidad o el de la universalidad. 



11011 



JOSÉ P, MASSERA 



Vaz Ferreira dice que la solución en las dos cla- 
ses de problemas tiene un sentido muy diferente, y 
esto es lo que generalmente no se comprende, o no 
se comprende con claridad. 

¿En qué consiste la diferencia? En los pro- 
blemas de existencia la solución es "única y per- 
lecta'V 0 )- Los problemas de ser o de constatación 
son susceptibles de una solución perfecta, teórica- 
mente al menos; pero los problemas de hacer y lo 
mismo los problemas de ideal, que pueden asimilarse 
a ellos, si tiene sentido emplear a su respecto la 
palabra solución, no son susceptibles, (o por lo 
menos no lo son forzosamente, ni aún lo son común- 
mente) de una solución perfecta" 

_ ^ Y el error, la falacia, consiste en buscar la "so- 
lución" de los problemas normativos en el mismo 
estado de espíritu y con el mismo designio con que 
se busca la de los problemas explicativos o de cons- 
tatación; o creer que es forzoso que tengan solu- 
ciones perfectas, o suponer que habría que encon- 
trarlas", 

Pero, ¿qué son soluciones perfectas? El término 
es un poco vago y Vaz Ferreira no lo define expre- 
samente. No obstante, de sus ejemplos se desprende 
que la solución en los problemas normativos fluye 
de un cálculo de las ventajas e inconvenientes de 
cada uno de los partidos posibles, a lo cual debe 
agregarse la apreciación relativa de esas ventajas e 
inconvenientes: la comparación Y es claro 

que la solución de un problema explicativo no 
se obtiene por cálculo de ventajas e inconvenientes, 

(10) Vaz Ferreira, Lógica Vtva, pág. 52. 

(11) Op. cit., pág. 53. 

(12) Id., Id. 



[102} 



LÓGICA VIVA 



pues ella será de un modo u otro, independientemente 
de ese cálculo, y a pesar, muchas veces, de las des- 
ventajas o perjuicios de la solución. 

Ahora bien, se me ocurre que pretender que la 
solución de un problema de hacer sea perfecta por- 
que "sólo tenga ventajas" ( 13 ), no es confundir 
estos problemas con los explicativos, precisamente 
porque en éstos no hay cálculo de ventajas e incon- 
venientes. La "solución perfecta" de los problemas 
de existencia no consiste jamás, por la naturaleza 
misma de estos problemas, en que ella sólo tiene 
ventajas y ningún inconveniente. La llamada "per- 
fección" de estas soluciones estará en otra parte, es- 
tará en que ellas se imponen por sí mismas a la 
razón, una vez halladas. Estará, en que, siendo des- 
pojadas de toda apreciación personal, son ajenas a 
nosotros, son objetivas. 

Yo abandonaría los términos "solución perfec- 
ta" y "no perfecta" y los sustituiría por solución que 
por sí misma se impone a todos, a la cual todos asien- 
ten por el hecho mismo de producirse, en el caso 
de los problemas explicativos; y en el caso de los 
problemas normativos la llamaría solución, de raíz 
necesariamente personal, porque si el cálculo de las 
ventajas e inconvenientes puede no ser enteramente 
subjetivo o persona ií simo, lo es, sin duda, la apre- 
ciación de sus ventajas e inconvenientes, y por lo 
mismo las soluciones no tienen un forzoso carácter 
de objetividad que pueda imponerse por sí mismo a 
los demás, por el hecho de encontrarse la solución, 
porque su cálculo y apreciación en otros hombres 
puede conducir a diverso resultado. 



(13) id, id 



C103] 



JOSÉ P, MASSEKA 



Si unas y otras son soluciones y se les llama 
igualmente verdades, es evidente que se incurre en 
error al confundirlas, porque son de naturaleza to- 
talmente diversa. 

Hay autores que reservan la palabra 'Verdad" 
para la verdad científica, impersonal, propia de los 
problemas de hechos, de ser. Le Dantoc, por ejemplo, 
niega el carácter de verdades a las conclusiones de 
la moral, de la sociología, de la política, porque ca- 
recen de ese carácter. Pero cuesta mucho negar a la 
justicia, a la caridad, el nombre de verdades; pero 
es evidente que aunque se Ies deje ese nombre, estas 
verdades difieren de las otras, pues ni se buscan de 
la misma manera, ni una vez halladas tienen los mis- 
mos efectos de asentimiento natural en los demás 
hombres. 

Que el viaje a Chile por tierra es mejor para 
mi que el viaje por mar, porque el mareo me pro- 
duce graves ^ trastornos en la salud que compensan 
las desventajas del viaje por tierra, no trae por con- 
secuencia forzosa que todos deban aceptar esa forma 
de viajar como la buena, que todo el mundo asienta 
a mi solución como imposición natural. Y observo, 
que, para mí, esa solución es perfecta, en el sentido 
de que es la mejor a que puedo llegar; pero no lo 
es en el sentido de que se imponga naturalmente a 
los demás como regla de conducta. Más aún, otros 
pueden creer que estoy equivocado en la solución 
que he dado al problema porque he olvidado tal o 
cual factor, o porque lo he apreciado con un criterio, 
es decir conforme a reglas, principios, o ideales, que 
ellos no comparten, o no comparten en el mismo 
grado. 



U04} 



LÓGICA VIVA 



Y obsérvese que esa solución que he dado al 
problema no es perfecta porque sólo tenga ventajas, 
pues he reconocido que tiene inconvenientes, pero 
que en el caso y momento para mí no son tales o 
no tienen mayor valor como para vencer a las ven- 
tajas. Es para mí la solución ideal, pero no lo es 
porque sólo tenga ventajas. Es buena, es la única 
buena para mí, a pesar de reconocer y de haber par- 
tido del hecho de que tiene inconvenientes. Y dentro 
de estos límites puedo llamarla verdadera. 

Pero esta verdad es, sin duda, de otra clase que 
la de la solución de un problema de existencia, por- 
que la de estos problemas se impone a todos, porque 
en su elaboración se han eliminado todos los facto- 
res de carácter individual, en tanto que en la pri- 
mera, una apreciación personal es condición esencial 
para llegar a esa solución. Y es por eso mismo que 
mí solución no se impone a otros, sino cuando apre- 
cian del mismo modo los elementos del problema. 

Por todo esto no puedo admitir la conclusión 
de Vaz Ferreira, sobre el origen y causa de los erro- 
res de apreciación en las cuestiones de hacer. 

Dice, por ejemplo: "Lo sensato será, si alguna 
de las dos soluciones ofrece más ventajas y menos 
inconvenientes que la otra, acogerla. Pero no es esto 
lo que se hace habitualmente. La mayor parte de los 
partidarios del examen {se trata del problema de si 
deben mantenerse o suprimirse los exámenes] tien- 
den a exagerar sus ventajas y a disminuir sus incon- 
venientes, y hasta a negarlos; la mayor parte de los 
adversarios del examen, tienden a exagerar sus incon- 
venientes y a disminuir sus ventajas, y hasta negar- 
las. Y todos estos sofismas de apreciación, de observa- 
ción, etc., dependen de la confusión inconsciente entre 



C 1053 



JOSÉ P. MASSERA 



los problemas de ambas clases; esto es, de haber su- 
puesto que el problema debía tener una solución en 
el sentido en que la tienen los problemas de consta- 
tación (o en que pueden tenerla teóricamente) : una 
solución perfecta, sin inconvenientes" 

Ya he dicho que el carácter de perfección de 
los problemas de ser, no consiste, por naturaleza, en 
que no tengan inconvenientes y sí sólo- ventajas, pues 
semejante cálculo no entra para nada en la elabora- 
ción de la solución. Y debo agregar que tampoco la 
suposición o el deseo de que un problema normativo 
tenga sólo ventajas, no es el motivo que exclusiva- 
mente me induce a error. Aún cuando yo esté con- 
vencido de que el proteccionismo, el divorcio, el 
socialismo tendrán siempre inconvenientes al adop- 
tarlos, puedo caer en error al admitirlos como la 
solución buena, por atribuir excesiva importancia a 
lo que reputo sus ventajas y disminuirla a lo que 
reputo sus inconvenientes. 

Este sofisma es conservador. Todas las modifi- 
caciones a una organización social determinada "tie- 
nen probablemente algún inconveniente. La tenden- 
cia a buscar en esta "clase de problemas soluciones 
perfectas, hace que los hombres tiendan a rechazar 
la innovación, porque como se dice en la práctica, 
no resuelve el problema, esto es, porque no es una 
solución perfecta", dice Vaz Ferreira ( 15 ). 

Yo digo que el espíritu conservador a outrance, 
aun cuando admita que la solución tiene ventajas e 
inconvenientes, aun creyendo resolver bien el punto, 
es decir no pretendiendo hallar una solución que no 

(14) VAZ FE REEIRA, Lógica Vtva, pág, 59- 

(15) Id.. Id. 



C106J 



LÓGICA VIVA 



tenga inconvenientes, sino que tenga menos incon- 
venientes que ventajas, lo resolverá mal, porque por 
su naturaleza mental, enemiga de lo nuevo, por la 
creencia, convicción o apasionamiento por lo exis- 
tente, ha de escamotear las ventajas de lo nuevo y 
exagerar sus inconvenientes. 

No es, pues, la mala manera de estudiar el 
problema, no es el fin consciente o inconsciente que 
supone Vaz Ferreira, de hallar soluciones perfectas 
o sea sin inconvenientes, lo que induce a error en 
estos casos, desde que un espíritu conservador puede 
proponerse de perfecta buena fe resolver bien el 
problema, y muchas veces reconocerá las ventajas 
innegables de una solución nueva, pero al apreciar- 
las cercenará erróneamente su valor, y por eso su 
cálculo de ventajas e inconvenientes, aunque aparen- 
temente bien hecho, resultará erróneo. La causa de 
error no residirá forzosamente en su deseo de hallar 
una solución perfecta, sino en su espíritu falseado por 
prejuicios, opiniones, o creencias erróneas, apasiona- 
das. No es un error procedente de una causa lógica, 
sino procedente de una causa psicológica. 

En una nota observa el Dr. Vaz Ferreira que 
también podría decirse que el sofisma en cuestión es 
un sofisma innovador: "como las instituciones exis- 
tentes tienen casi siempre defectos, la suposición de 
que pueden haber soluciones perfectas lleva a desear 
y a procurar el cambio, sin examinar si esos inconve- 
nientes son, como puede ocurrir, inevitables o me- 
nores que los de aquello con que se pretende sustituir 
lo que existe" ( 16 ). 

(16) Op. cu., pág 60. 



[107} 



JOSÉ P, MASSERA 



Se puede, en este caso, hacer observaciones aná- 
logas a las del sofisma conservador. ¿Puede asegu- 
rarse como verdadero que el sofisma nazca exclusi- 
vamente del deseo de encontrar soluciones perfectas, 
por analogía con las cuestiones explicativas? ¿No es 
cierto que en este caso, aun deseando resolver bien 
el problema, es decir pensando que el problema ten- 
ga ventajas e inconvenientes, sea mal resuelto, por- 
que nuestro espíritu excesivamente amante de lo 
nuevo, calcule mal o aprecie mal las ventajas e in- 
convenientes de una y otra solución? Al argumento 
en favor de la nueva institución observarán los par- 
tidarios de lo existente que la novedad que se propone 
tiene defectos graves que son mayores que sus ven- 
tajas; pero el innovador discutirá estos valores, y sin 
dejar de reconocer que tiene defectos, juzgará que 
no son de importancia y que lo existente los tiene 
peores. 

No es, pues, muchas veces en el afán de hallar 
soluciones perfectas, exentas de inconvenientes, que 
estriba el origen del sofisma, sino en las tendencias 
generales de los espíritus, en sus prejuicios, en sus 
apasionamientos característicos o del momento. 

Así, también un hombre que juzga mal un pro- 
blema determinado, juzga otro del mismo carácter, 
con perfecto acierto porque en éste no entran tales 
factores respecto de los cuales el sujeto abriga pre- 
conceptos que lo llevan a la mala solución. 



U08] 



UNA PEDAGOGIA OBJETIVA 



Crítica de la doctrina expuesta por el Dr. Santín 
Carlos Rossi en su libro: te El Criterio fisiológico" 

I 

SUMARIO: La noción de naturaleza en "El Criterio fi- 
siológico". Comparación con Rousseau. Consecuencias pedagó- 
gicas. Ambigüedad especial en el concepto del Dr. Rossi. La 
"humanización" es también "natural". Dualidad moral de "la 
humanización". "La humanización" mal orienrada, ¿se debe a 
desviaciones en el cumplimiento de las leyes esenciales de la 
vida? La función es la misma en el uso como en el abuso 
de las energías conquistadas. Su diferencia estriba en el fin 
de la aplicación de las energías. El reino de los fines no está 
en la fisiología. Esta ciencia es incapaz de determinar lo que 
es digno o indigno, noble o innoble, y sí solamente lo que 
es normal o anormal en el funcionamiento mismo. El hom- 
bre "vive" usando o abusando de la función fisiológica. Elas- 
ticidad de las funciones vitales. La función se adapta a ideales; 
es juzgada y sometida por éstos, sin que la vida perezca. Dis- 
tinción entre la vida y la dirección de la vida. Lo que es, no 
es exactamente lo que debe ser. Los fines, los ideales no son 
verdades científicas: son postulados de la acción. El arte de 
conducir la vida no es, en sí mismo, una ciencia. 

La doctrina que voy a estudiar descansa sobre 
la ancha base de un concepto de valor de la natu- 
raleza. 



£109] 



JOSÉ R MASSERA 



Lo natural es presentado como un modelo a se- 
guirse, pues constituye la suma perfección. Existe 
una "naturaleza" que es una especie de edad de 
oro en la cual hay que buscar inspiraciones no sólo 
para* vivir simplemente, sino para encaminar a la 
humanidad hacia mejores destinos. El manantial eter- 
no del progreso humano está en la vida natural. Lo 
que la naturaleza ha sabido conformar sin inteligen- 
cia, ni propósito preconcebido, debe ser el arquetipo 
de lo consciente e intelectual 

El criterio fisiológico, fundado en las leyes de 
la vida que son "perfecciones 1 ' creadas por "la Natu- 
raleza", tiende a ser el regulador de nuestras acti- 
vidades y nos proporcionará las normas necesarias 
para la orientación individual y social. 

El deber como el derecho nacen de la necesidad 
de cumplir las necesidades vitales, pero no de cual- 
quier manera, sino conforme a las exigencias pre- 
orgánicas y post-orgánicas de esas funciones, y "a 
objeto de evitar el empleo de energías defensivas que 
debilitan a la Especie, y poder destinar las energías 
que la conservación nutritiva deje disponibles al pro- 
greso y al placer . . . " ( 1 ) . 

Puedo afirmar, por lo tanto, que el problema de 
la organización social, y, como derivación, el proble- 
ma pedagógico, obedecen a un principio análogo 
del que partió Rousseau, en el Contrato Social ( Capí- 
tulo VI, libro 1?) que podría concretarse así: hallar 
una forma de asociación cuyas leyes se superpongan 
a las leyes fundamentales del estado de naturaleza, 
sin violación de éstas. 



(1) ROSSI, S C, £/ Crtterio fisiológico, pág. 302. 



[110] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



En Rousseau, el hombre natural es el hombre 
abstracción hecha de todo lo que debe a la vida so- 
cial. "La Naturaleza" forjó al individuo y lo consti- 
tuyó maravillosamente, en tal modo que su más com- 
pleta felicidad fue su consecuencia. 

La sociedad es obra humana. Toda obra humana 
es por esencia artificial e incompleta, y sus productos 
deberán pecar, por ende, de artificiales e imperfectos. 

En el fondo existe esta idea directriz. La socie- 
dad es de procedencia inferior; el hombre se vió 
forzado a constituirla y al organizaría no supo ins- 
pirarse suficientemente en la sabiduría de la natura- 
leza que, al formar el individuo, lo hizo perfectamente 
feliz. 

La sociedad es fruto inmediato de la voluntad 
ilustrada por la razón, y es ésta la que guiará los 
progresos que aquélla debe alcanzar. Pero, lo supre- 
mo razonable es tomar ejemplo de la madre natu- 
raleza y someterse ciegamente a las enseñanzas que 
fluyen del orden natural, equilibrado y armonioso en 
el cual el hombre vivía inocente y tranquilo. 

He aquí un punto de partida común: la certeza 
de la perfección de "lo natural", la existencia de "las 
armonías de la naturaleza'' que el ser humano ha 
perturbado por las deficiencias e inferioridad de su 
mentalidad. 

Una importante diferencia salta a la vista en 
estas doctrinas. En la del filósofo ginebrino el estado 
natural no está presente como un substractum, como 
una capa geológica sobre la cual se superpondrá la 
más moderna del estado social. El estado natural es 
más bien principio ideal entresacado de la observa- 
ción de los animales y salvajes (véase Discours sur 
1' origine de Vinégdué parmi les kommes), no existe 



[111] 



JOSÉ P, MASSERA 



hoy y tal vez no haya existido jamás, y es producto 
de una dialéctica que nos conduce a reconstruir con 
el pensamiento un estado tipo de hedonismo perso- 
nal. No es cosa real que podamos descubrir como un 
terreno físico y mental, fruto de aluviones de otras 
épocas, que hubiese permanecido latente y subyacien- 
do a otros estratos más modernos, obra de factores 
nuevos que engendraron otras adaptaciones y orien- 
taciones diferentes en la vida individual y social. 

Las armonías fisiológicas en la doctrina del 
Dr. Rossi están ahí, son hechos presentes aunque 
fruto de las leyes eternas de la vida, que las han 
estereotipado en lo más profundo del ser humano 
como recuerdo indeleble de la animalidad. Compro- 
badas por una ciencia como leyes universales y ne- 
cesarias de todo lo vivo, resultan así lo primordial, 
la esencia del hombre. 

Mas esta diferencia no obsta a una gran analo- 
gía en las consecuencias. Si en ambas doctrinas, aun- 
que por diversos procedimientos, se ha llegado a un 
principio ideal de suprema perfección, o a un hecho 
real de orden científico erigido en tal, una conse- 
cuencia común se impone. 

La sociedad, en Rousseau, obra mediata de ne- 
cesidades naturales, de cambios en el medio físico, 
de acercamiento humano, del lenguaje humano, etc., 
y a la ve* obra inmediata, en su constitución jurídica, 
de la voluntad y el deseo de felicidad, no podrá estar 
bien constituida, ni contener los fermentos del pro- 
greso, ni llegar a la perfección si no es modelada 
desde sus comienzos y remodelada en sus transfor- 
maciones por aquel arquetipo soberano del "estado 
de ingenuidad y felicidad natural". 



C112J 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



En El Criterio, el estado de naturaleza está 
sustituido por la impecable armonía de lo fisiológico, 
y, análogamente la sociedad o los progresos de "la 
humanización" han traído la caída, lo artificial, cuan- 
do el hombre se ha apartado de los principios car- 
dinales que han hecho y hacen vivir al individuo y 
a la especie. Pero, del mismo modo podremos encau- 
zar nuestra acción en la sombra de lo mejor y más 
perfecto, organizando y sujetando en absoluto la me- 
cánica y la dinámica sociales al orden y al ritmo de 
las leyes biológicas inmutables y eternas. 

La preexistencia, lógica o real, de una armonía 
natural que revela la superioridad de lo construido 
por "la Naturaleza" en oposición a la obra humana 
de las sociedades, es, pues, punto común de arranque 
en las doctrinas a que' me refiero, y aunque entre 
ellas se adviertan sensibles diferencias, es permitido 
llamar la atención sobre la supervivencia de ciertas 
ideas románticas en espíritus que parecerían haber 
quedado fuera de su alcance por el conjunto de sus 
tendencias mentales. 

No continuaré con esta comparación que me 
llevaría muy lejos; me basta haber desentrañado el 
origen común de ambas doctrinas en el terreno ro- 
mántico de la superioridad de lo 'natural" como an- 
terior y superior a la razón, de la preeminencia y 
preconstituída perfección de lo instintivo, de las fuer- 
zas irracionales en el hombre, que señalan inequívo- 
camente la ruta del bien y del progreso. 

Quiero, sin embargo, detenerme a considerar y 
comparar, aunque sea someramente, las consecuen- 
cias de estas tesis del punto de vista pedagógico. 

Las premisas de Rousseau lo llevaron a una pe- 
dagogía que no podía tener otro ideal que imitar a 



[113} 



JOSÉ P, MASSERA 



la naturaleza y modelar al niño huyendo de las de- 
formaciones aportadas por la civilización. El fin de 
esta educación debía de ser exclusivamente el de per- 
mitir y favorecer el desarrollo natural del niño. La 
enseñanza será puramente negativa y realista, pues 
nada hay más allá de la realidad viva que no habrá 
que corregir o plasmar especialmente, sino facilitar 
en su natural desenvolvimiento, eliminando obstácu- 
los, destruyendo prejuicios, liberando así la natura- 
leza del niño en su dinamismo progresivo de lo que 
los hombres han hecho. La pedagogía que surge de 
El Criterio fisiológico fluye también de doctrinas 
u orientaciones filosóficas análogas, como se ha visto. 
Deben ser materia de enseñanza todas las ciencias 
que son hechuras de 11 la Naturaleza", las relacionadas 
con el medio en que vive el hombre como las que 
al hombre mismo se refieren y especialmente la bio- 
logía, núcleo y resumen de todas las disciplinas de lo 
individual, y de lo social. Esto sería lo principal en lo 
aportado por la civilización, fuera de las artes y la 
religión, que sólo tienden a hacer más agradable la 
existencia del animal-hombre y ocupan un lugar 
secundario o nulo en la educación estadual. 

La humanización sigue dos caminos distintos: 
uno de decadencia cuando, por alcanzar ideales de 
orden religioso o estético, se empeña en seguir una 
vía contraria a las leyes de la vida; el otro el ver- 
dadero progreso proporcionado por la ciencia y par- 
ticularmente por la biología, ciencia de las ciencias 
en lo que atañe al porvenir humano. 

Esto parece muy claro; pero; en realidad, en el 
fondo de esta teoría de u la humanización" hay oscu- 
ridades y la ambigüedad radical propia de toda doc- 
trina romántico-racionalista. 



[114] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



El examen de la distinción entre lo bueno y lo 
malo que la civilización nos ha aportado es lo que 
me mueve a hacer la precedente observación. 

La naturaleza fisiológica, el equilibrio físico- 
químico del organismo parece ser el factor inmuta- 
ble, objetivo, científico, unipersonal que concillará 
nuestras divergencias de criterio psicológico, moral 
o metafísico. ¿Sería entonces el ideal que fluye de la 
acción de las fuerzas naturales? 

No me parece; lo fisiológico es demasiado ge- 
neral y específico, y no será por cierto la vida exclu- 
sivamente animal del funcionamiento orgánico lo 
que podrá erigirse en norma de conducta o ideal hu- 
mano. Necesario es desplazar el ideal de la pura 
naturaleza fisiológica y llevarlo al aspecto humano, 
desde que se estima que esa armonía natural, propia- 
mente animal ha sido modificada en buen sentido y 
en buena parte por la acción del progreso. El doctor 
Rossi insiste sobre este punto ( 2 ). 

Ahora bien, ese aspecto humano ¿es tan ho- 
mogéneo con lo animal que deba subordinarse a éste 
incondicionalmente? Y lo propiamente humano ¿es 
tan desdeñable que no se encuentra en él nada que 
esté más arriba de la armonía fisiológica y que pue- 
da ser móvil de su progreso en lo individual o en lo 
social? 

Si se señala en Rousseau cierta paradoja cuan- 
do afirma y hasta enumera los factores "naturales" 
que obligaron al hombre a formar grupos sociales, 
observación parecida podría dirigirse a El Criterio 
fisiológico por el hecho de aceptar que una parte 
de la civilización ha sido de origen "natural", aqué- 

(2) Rossi, S. C, El Criterio fisiológico, págs. 73, 76 y 81. 



[115] 




JOSÉ P. MASSERA 



lia en que "la humanización" siguiera al pie de la 
letra los dictados de las leyes biológicas que han 
modificado en un sentido determinado la organiza- 
ción funcional humana. 

A esto pudiera responder el Dr. Rossi que no 
existe la menor oscuridad en su pensamiento. Todo 
lo que la civilización ha construido satisfactoriamen- 
te- ha sido lo que modeló en los crisoles de lo fisio- 
lógico, y fueron las desviaciones de lo normal bio- 
lógico las que engendraron lo malo que nos ha 
aportado la civilización, como la depredación, la 
guerra, los privilegios nutritivos, etc. Por eso resul- 
tará siempre que el ideal del perfeccionamiento hu- 
mano está en la raíz animal que hay en el ser razo- 
nable. Y en el futuro, si el hombre se orienta hacia 
lo normal fisiológico habrá contribuido al progreso, 
como será factor de retroceso si sigue una conducta 
contraria, porque ella ocasionará necesariamente su- 
frimientos y la muerte. No se trataría así de un 
tradicionalismo inconsecuente, sino de la sujeción 
sensata de la razón a reglas de acción derivadas de 
algo que por haber producido obras perfectas, tiene 
el derecho de dirigir nuestras acciones en el futuro. 

No objetaré que, en realidad, todo tradiciona- 
lismo pretende lo mismo, y que un absoluto apri- 
siona siempre demasiado a la razón y le cierra ca- 
minos que pudiera juzgar muy aptos para el mejor 
desenvolvimiento y felicidad de la humana grey. 

No; me limitaré a replicar que el criterio del 
Dr. Rossi sería aceptable solamente si se probara que 
lo anormal fisiológico produce ineludiblemente la 
muerte, que el sufrimiento jamás puede ser útil para 
llegar a lo superior, y que todo io malo de la civi- 
lización es atentado a la normalidad vital. 




UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



Esta* prueba no se ha hecho, y parece indiscuti- 
ble que si la integridad vital se ha mantenido al 
través del tiempo con hábitos nuevos (los de "la 
humanización") algunos que merecen el calificativo 
de buenos y ottos de malos, y la vida ha persistido 
a pesar de todas las que llama el Dr, Rossi violacio- 
nes de lo fisiológico, no es con lo fisiológico, que 
ha sido modificado en parte o que ha sido subverti- 
do, que podrá juzgarse de la bondad o maldad de 
las modificaciones que la civilización ha aportado en 
tales funciones. Preciso será introducir un criterio que 
no sea estrictamente fisiológico para juzgar tales des- 
viaciones. 

Ahondemos algo más esta discusión, ¿Qué es 
lo que distingue al hombre del animal, según el 
Dr. Rossi? 

En ambos existe una máquina corporal capaz 
de acumular energías, un mecanismo que la vida ha 
montado admirablemente; pero son "las manos las 
que definen al hombre". A ellas se debe la transfor- 
mación del planeta en que vivimos. La corteza cere- 
bral "sigue teniendo la dirección superior de todos 
los fenómenos vitales por medio de esa función abs- 
tracta de la inteligencia, pero el dominio del hombre 
sobre las cosas "es la obra directa de las manos". 
Debido a sus manos el hombre pudo conservarse con 
menor gasto de energías y disponer así de un so- 
brante que constituye "el alimento de la civili- 
zación'^ 3 ). Por ese sobrante el hombre se des- 
tacó del animal, construyó viviendas de amparo, 
inventó armas para su defensa y toda la industria 
que no es otra cosa que el arte de ahorrar energías 



(3) Op. dt., pág. 75. 



[117] 



JOSÉ P. MASSERA 



y de intensificar su alimentación. Pero hubo mucho 
más que utilidades para la vida y la especie. Surgió 
el trabajo, las funciones reproductoras se ennoblecie- 
ron con el sentimiento y surgió la familia; por últi- 
mo las funciones de relación "atendieron todas las 
solicitaciones del interés humano, y, sin rehusar su 
contribución ni a la adquisición de material nutritivo 
ni al ejercicio de las funciones reproductoras, ni a la 
defensa contra las agresiones cósmicas o animales del 
ambiente, dedicáronse a alimentar las funciones 
imaginativas y crearon el Arte, y a disciplinar la in- 
vestigación de los fenómenos naturales, y crea- 
ron la Ciencia" (*). Aquí está resumido todo lo 
bueno que debemos a la civilización. Pero todo 
anverso tiene su reverso. Y me interesa obser- 
var desde luego que este reverso obedeció a las mis- 
mas leyes que el anverso. Si el hombre conquistó la 
naturaleza, también se hizo "conquistador del hom- 
bre", quiso "utilizar el material conquistado por el 
esfuerzo de otro", sobrevino el despojo del débil por 
el fuerte, la guerra en el terreno social. En el do- 
minio individual el abuso produjo la alteración del 
medio interior del organismo o enfermedad, o la 
desviación de la conducta "hacia esas funciones 
predilectas que no producen energías últiles, o 
vicio"( 5 ). 

La función, en el uso y el abuso de las ener- 
gías sobrantes es, en el fondo, la misma, puesto que 
han vivido y siguen viviendo los conquistadores o los 
viciosos, como viven también ios conquistados, es- 
clavos o siervos. "El abuso, dice el propio Dr. Rossi, 



(4> Op cit., pág, 77. 
(5) Op. cíe, píg. 78. 



CUS] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



es una institución humana con tanta personería como 
las otras, y esta afirmación, a mi juicio, no signifi- 
ca otra cosa que denunciar su carácter "natural" ( 6 ). 

No parece lógico, por consiguiente, buscar en 
la función misma, o en la armonía que hace vivir, 
el origen de los calificativos de buenas o malas que 
damos a las direcciones de la actividad al aplicar las 
energías adquiridas por "las manos humanas" con 
fines diversos. 

Se objetará que si es cierto que los ladrones y 
los robados, o los viciosos viven y perduran, no se 
mantienen esas vidas sin sufrimientos de unos o de 
otros. 

Mas es indiscutible que si es el sufrimiento la 
piedra de toque para determinar el valor de la fun- 
ción o de la actividad, entonces colocamos en lo indi- 
vidual, en lo eminentemente variable y accidental, el 
resorte íntimo que habíamos resuelto fuese una ley 
impersonal, inmutable y permanente de "la Natu- 
rale2a'\ 

Hay más; en la exposición anteriormente trans- 
cripta de lo que ha hecho el hombre con "sus manos" 
y que tanto lo distingue del animal, se admite que 
la humanización ha dignificado las funciones repro- 
ductoras por el amor, como por la ciencia y el arte 
se han ennoblecido las funciones de relación. 

Al hacer estas afirmaciones, el Dr. Rossi cree 
no ser infiel al criterio fisiológico. Yo creo que por 
el contrario, sale y tiene que salir de él, en cuanto le 
confiere un carácter de ambigüedad que mal se avie- 
ne con la objetividad de lo puramente científico, fuera 
de que como ya se ha visto se introducen en él su- 



(6) Op, cií., pig. 77. 



{119] 



JOSÉ P. MASSERA 



brepticiamente elementos, ajenos a su carácter esen- 
cial, de orden personal y subjetivo. 

La fisiología, la ciencia de las funciones norma- 
les del organismo, podrá enseñarnos ciertamente, en 
términos generales, que las funciones nutritivas son 
esenciales para la vida animal y para "la humaniza- 
ción", que sin su cumplimiento perecerá el ser, que 
por su cumplimiento no sólo vivirá, sino que por su 
natural tendencia a la producción excedente, su super- 
abundancia permitirá las funciones de reproducción y 
de relación; pero, lo que jamás nos enseñará, porque 
emerge de su esfera de hechos, de objetividades, es 
porqué y cómo la aplicación de esos excedentes y el 
ejercicio mismo de la propia función madre toman 
un carácter de "dignidad", de "ennoblecimiento", de 
"superioridad", cuando en realidad la función perma- 
nece, en su sustancia, idénticamente la misma. El 
comer, el beber, el engendrar hijos, por ejemplo, no 
varían intrínsecamente cuando son nobles o innobles, 
dignos o indignos del hombre civilizado. La función 
estricta no confiere, pues, tales valores. 

En las nociones de uso y de abuso de las ener- 
gías, como en las de nobleza y dignidad de la con- 
ducta o sus contrarias entran sin quererlo elementos 
que no están en las funciones fisiológicas objetivas. 
Se trata, al fin y al cabo, de modalidades de la acción 
individual y no de comprobaciones de orden cientí- 
fico puro. 

En resumen, insisto en que pululan los hechos 
que mal se avienen con la doctrina. No es indiscu- 
tible que el abuso "vive" al lado del uso, que la fun- 
ción innoble se codea con la noble y tiene los mis- 
mos derechos de ciudadanía fisiológica. Y sin meter- 
me en demasiadas honduras y pretender que el abuso 



[120^ 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



y el desempeño inferior de las funciones esté tal vez 
más generalizado en la humanidad que el uso correc- 
to y que lo digno y civilizador, me basta mostrar 
que vive, alienta y perdura para llegar a la conse- 
cuencia inconmovible de que lo esencial de la vida, 
que es precisamente lo fisiológico de la doctrina de 
El Criterio, permanece en definitiva incambiado y 
no se destruye en lo que podríamos llamar el mal 
aspecto de la "humanización". 

La función misma, o la armonía de las funcio- 
nes que se realiza de muchos modos y en distintos 
grados, no puede darnos la pauta para juzgar el va- 
lor de cada una de estas maneras de practicarse aque- 
llas funciones o de originarse la deseada y bienhe- 
chora armonía. 

Existe en la función vital una gran elasticidad, 
y esta elasticidad es mayor en el hombre que en el 
animal por las enormes posibilidades de su acción. 
En definitiva, es esa elasticidad lo que ha posibilitado 
lo que llamamos abuso, desviación, o modificación 
de la misma. La función se altera, se alarga, se enco- 
ge, cambia, en una palabra, dentro de ciertos límites, 
y, esa flexibilidad de su utilidad ha permitido multi- 
tud de transformaciones al tomar vías muy diversas, 
tanto en el sentido del perfeccionamiento como del 
abuso. 

Las nociones de abuso o de perfeccionamiento, 
que por otra parte son difíciles de deslindar bien de 
la normalidad en muchos casos, y muy especialmente 
las de bueno o malo, noble o innoble, digno o indig- 
no, exceden de los límites de la ciencia pura, pues 
nos vienen del reino de los fines. 

Obsérvese también que la función fisiológica 
lejos de juzgar soberanamente nuestra conducta, se 



ÍX21} 



JOSÉ P. MASSERA 



supedita y subordina a un fin que no es ya ella, ni 
está en ella comprendido y tan cierto es esto que su- 
fre grandes transformaciones en el transcurso de la 
civilización para adaptarse a ideales que la ciencia, 
por naturaleza, es incapaz de construir. Lejos de juz- 
gar autocráticamente, es juzgada sin consideraciones, 
y la humanidad sigue viviendo. Ejemplo luminoso es 
la Edad Media. 

No es posible confundir la vida con la conducta 
de la vida. La fisiología o mejor la biología, nos en- 
señará cómo la vida se mantiene a través de sus va- 
riaciones infinitas; pero no podrá señalar ios fines 
de esa conducta, que emergen de lo que es y de lo 
que ha sido, para conducirnos a un futuro que repu- 
tamos mejor. Lo que es y lo que ha sido son, sin duda, 
materia de ciencia, pero lo que reputamos mejor o 
peor nace de la subordinación del hecho a una fina- 
lidad, a un ideal que es construcción de nuestro espí- 
ritu, que no es "hecho" aunque aspire a traducirse 
en hechos en un futuro más o menos próximo, por 
"creer" el hombre, no por "saber" que ese ideal nos 
conducirá a una vida mejor, más alta, más noble, 
más perfecta. 

Lejos de mi mente el pensar que el arte de con- 
ducir la vida se organice fuera de la ciencia, sin un 
cúmulo importante de datos de experiencia; pero, si 
ha de ser arte, forzosamente ha de sobrepasar sus 
límites. Lo que es, no es exactamente lo que debe ser. 
Lo que es se demuestra, se comprueba; lo que debe 
ser se construye idealmente. Los fines no son verda- 
des, aunque lleguen a serlo en el futuro por incorpo- 
rarse a los hechos. Una cosa no es buena o mala en 
sí, sino con relación a un fin que se postula como 
bueno, ha dicho Stuart Mili cuya autoridad en estas 



[122} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



materias no recusará seguramente el ilustrado autor 
de El Criterio fisiológico. 

La ciencia, pues, no construye fines, aunque los 
ideales estén y deban estar henchidos de verdades 
para llenar debidamente su objeto. 

La moral, por consiguiente, el arte de conducir 
la vida, no es en sí misma una ciencia, porque no 
busca la determinación de lo que es, sino de lo que 
debe ser. No podría entrar en la fisiología, sino que 
la fisiología entra en ella, como entran la psicología 
y la sociología para aportarle datos sin los cuales no 
puede construir sus ideales. v 

El Dr. Rossi olvida estas distinciones necesarias, a 
mi juicio, elementales. 

Su moral, como su psicología, es, pues, indivi- 
dual. De ellas me ocuparé especialmente en otros ca- 
pítulos. 

Y las olvida, no sólo en estas ciencias a las que 
no permite vivir fuera de la fisiología, sino en su 
pedagogía, que, por pretender ser también exclusiva- 
mente fisiológica o biológica, científica, no podrá ser 
lo que es y debe ser esencialmente: un arte de la 
educación. 

* II 

SUMARIO: La subjetividad de las pedagogías. La del 
Dr. Rossi pretende la objetividad porque su psicología, su 
moral, su sociología entran en la fisiología o la biología. Pero 
esas ciencias siguen relacionadas con la filosofía personal que 
las inspira. Concepto personal ísimo de la ciencia y del arte. La 
ciencia pura y la felicidad humana. AI hacerse aplicada se do- 
blega a fines que no son el suyo. Su objetividad no es ya su 
valor único y está subordinado. El fin de la ciencia hecha no 



{123] 



JOSÉ P. MASSERA 



es el de la que se hace. Ambigüedad de los conceptos de ver- 
dad y de ciencia en El Criterio fisiológico. Ambigüedad de 
"lo biológico". La vida en la ciencia y la vida viviente. Lo 
universal de la ciencia y lo individual vivo. El íinalismo de 
la vida viviente es "un hecho" que la ciencia deberá admitir. 



Toda pedagogía párte de una psicología y de 
una moral, como también de una cierta concepción 
de la sociedad en que debe aplicarse. 

La del Dr. Rossi no hace excepción a la regla; 
pero su psicología, como su moral y su sociología, 
por estar impregnadas de fisiología o de biología, 
¿alcanzan, como él supone, un valor científico que 
permite dar a sus conclusiones un carácter objetivo y 
necesario, al que deberán adherir todos los espíritus? 

La historia de la pedagogía demuestra que todos 
los sistemas pedagógicos han sido frutos genuinos de 
la filosofía especial de sus autores. De ahí su unilate- 
ralidad y su radical ineptitud para encontrar bases 
tales que atrajeran el asentimiento unánime de los 
pensadores. 

Ni el mismo Spencer, cuyo sistema presenta 
Compayré como el tipo de la educación científica, 
hace excepción a esta invariable regla que na nos 
extraña en Platón, en los pedagogos de Pori-Royal, 
en Fenelón, en Rousseau. 

La pedagogía del filósofo inglés ha nacido de 
los estratos más profundos de sus pensamientos sobre 
el alma, la sociedad, la religión, la naturaleza, la 
moralidad, en una palabra, está informada por la 
psicología, su moral evolucionista y su concepción 
especial del progreso humano. 



1124] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



La pedagogía del Dr. Rossi aspira a la objeti- 
vidad porque no nos la presenta como un arte deri- 
vado de varias ciencias más o menos artificiales por 
subjetivas, en tanto que la psicología, como la mo- 
ral, la sociología y las demás disciplinas que sirven 
para su reconstrucción, "por entrar" en la fisiología 
o la biología, participan de. la unipersonalidad de 
éstas, ni más ni menos que las cosas participan de 
las Ideas en la famosa doctrina platónica. 

Nuestra excursión a través de las atrayentes pá- 
ginas de El Criterio fisiológico nos revela, a cada 
paso, que el ansiado terreno común en el que las 
más apartadas tendencias podrán armonizar en una 
pedagogía definitiva, es el de la biología pura. 

Pues bien, a pesar de estas certezas del ilustrado 
autor de El Criterio fisiológico, cabe la duda res- 
pecto de si todo es ciencia en la solución que nos 
presenta y si su pedagogía no padece del propio de- 
fecto que atribuye a las demás. 

No me propongo tratar directamente en este 
trabajo el problema de si es simplemente posible esa 
pedagogía soñada, sino el más concreto de si el 
Dr. Rossi ha escapado verdaderamente a la acción 
del deletéreo subjetivismo. 

Ahora bien, basta leer la exposición de la doc- 
trina de esta pedagogía objetiva para reconocer en 
la construcción de la misma y especialmente en las 
bases de la educación integral, la capitalísima influen- 
cia de las opiniones personales de su autor sobre la 
ciencia, el arte, la naturaleza, la religión, la justicia, 
la psicología, la moral y la organización ideal de una 
sociedad moderna. 



[U5] 



JOSÉ P. MASSERA 



En realidad, ese ansiado continente en que todas 
las doctrinas se despojarían de su individualismo y 
se ayudarían cordialmente a construir el edificio im- 
perecedero de la pedagogía objetiva, se nos ha esca- 
pado constantemente al pretender tocarlo, ha huido 
sin cesar bajo nuestros pies* 

No basta predicar a hombres y filósofos que 
abandonen sus preconceptos y aterren en el flore- 
ciente dominio de la biología, si a cada paso se nos 
aleja de la tierra prometida y se nos convence, aún 
sin quererlo, de que es forzoso atravesar las mismas 
escabrosas sendas del personalismo para llegar impu- 
rificados a esta Canaán de la pedagogía. 

La laboriosa obra del Dr. Rossi es fruto del 
"personalismo" que a él le parece mejor, aunque lo 
presente con un manto de aparente impersonalidad. 

La ciencia pura no nos ilumina, ni puede ilu- 
minarnos siempre, y una dialéctica la sustituye cons- 
tantemente en las construcciones mentales del distin- 
guido médico. 

En su comunicación sobre La educación inte- 
gral, insiste en que: "mientras no se sustituya el 
«se sabe» al «yo creo», en todas las ciencias intelec- 
tivas, psicología, sociología, pedagogía, no aparecerá 
en ella el carácter universal y necesario que les hará 
imponerse como verdades científicas" (*). 

Entre tanto, el Dr. Rossi nos adelanta siempre 
un "yo creo" en vez del ansiado "se sabe" en todos 
los elementos que cimientan su pedagogía, a tal pun- 
to que se va imponiendo la idea de si no será ente- 
ramente ilusorio el método preconizado teóricamente. 

( 1 ) ROSSI, S. C, Im •ducadán integral, pig. I . 



[126] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



Su concepción va más allá de los datos en que 
la biología puede asegurarnos un "se sabe". Y es 
de notarse, que una vez fuera de tal dominio nuestro 
autor no se preocupa mayormente de demostrar sus 
asertos; le parece que todo lo que se desprende ló- 
gicamente de las leyes de la vida, adquiere la certe- 
za, sin advertir que su lógica deja atrás a los hechos. 

Me detendré especialmente a considerar algunas 
de las doctrinas personales del Dr. Rossi, las más 
capitales, para ir comprobando que su obra es prin- 
cipalmente una dialéctica, un "ensayo imaginativo", 
y no un fruto de la ciencia biológica pura. 

Las nociones básicas de la ciencia y del arte, son 
personalísimas. 

Cuando nos presenta a la primera, absoluta y 
definitiva, como único guía de la humana conducta 
y le atribuye una misión idéntica a la del arte; ase- 
verando que tiene su misma finalidad, de embellecer 
la vida para hacerla mejor, está lejos el Dr. Rossi de 
consignar un "se sabe", y no hace otra cosa que avan- 
zar dogmáticamente un "yo creo", pues es inútil 
buscar la demostración de tales asertos en las pági- 
nas de El Criterio fisiológico. 

Una ciencia con caracteres absolutos y definiti- 
vos se aleja ya del concepto más moderno de la 
ciencia que tiende a conferir a sus leyes un valor 
aproximativo, dentro de límites estrictos, que no as- 
pira a lo absoluto, que no cree haber pronunciado su 
última palabra, y, lo que es más, en el sentir de 
muchos hombres de ciencia, que jamás alcanzará la 
compleja verdad de todo lo existente en continua 
evolución, en perpetuo cambio, y que no es ni será 
jamás la llave maestra que explique la totalidad del 
misterio y guíe infaliblemente nuestros pasos. 



[127] 



JOSÉ P. MASSERA 



Replicará el Dr. Rossi que estas concepciones 
son 4 imaginativas" y no perfectamente comprobadas. 

Admitámoslo; pero invitemos al replicante a 
meditar sobre si de la misma manera su concepto 
absoluto y necesario de la ciencia no es igualmente 
"imaginativo' ' y hasta anticientífico, puesto que la 
ciencia se mueve en ambiente de relatividades, de 
probabilismos y de limitaciones. 

¿Es, por otra parte, un "se sabe" el atribuir a 
la ciencia el carácter propio del arte, de embellecer 
la vida? 

La ciencia pura carece, a mi juicio, de semejan- 
te finalidad, y, la opinión del Dr. Rossi está lejos de 
aquel objetivo que impone a todos la verdad cien- 
tífica. 

La ciencia, al investigar la verdad, al solucionar 
problemas de ser, de existencia, de comprobación, 
descubre fríamente cómo son las cosas, sin propo- 
nerse jamás el fin pragmático de proporcionar feli- 
cidad al hombre, ni de hacerlo mejor. 

Es cierto que el hombre utiliza la ciencia como 
agente de progreso, que "aprovecha las energías de 
su ambiente que le son necesarias y las transforma 
de manera que le produzcan la mayor cantidad de 
placer con el mínimum de dolor", como afirma el 
Dr. Rossi ( 2 ). 

Mas cuando el hombre así obra, no hace pro- 
piamente ciencia pura, la adapta a sus fines, la pone 
al servicio de éstos. Busca su satisfacción exclusiva- 
mente y para ello doblega y esclaviza a la ciencia 
para satisfacer sus ambiciones de felicidad. La cien- 
cia contribuye en tal guisa a una finalidad ajena, pues 

(2) Rossi, S. C, El Crttewo ftitológtco, pág 196. 



[128] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



ella/ "impersonal" por esencia, busca la verdad sin 
tener en cuenta para nada los deseos humanos. 

Cuando la ciencia halló las causas naturales del 
viento, de la lluvia, del rayo, no hizo por eso más 
feliz al hombre al desalojar para siempre a los dio- 
ses que antes los producían a voluntad. Tal vez, 
entonces el que creía en la causa sobrenatural fuera 
más feliz, porque podría abrigar la esperanza de apa- 
ciguar o desviar esos poderosos elementos, sin más 
esfuerzo que una dulce plegaria. (Verdad es que el 
dominio de las causas naturales ha permitido al hom- 
bre utilizar la lluvia y el viento; pero no es discutible 
que, de este modo, la ciencia ya hecha se ha propues- 
to llenar fines humanos, descendiendo de un alto 
trono impersonal). 

Se transforma así la ciencia pura en ciencia 
aplicada, en un conjunto de cosas ya sabidas con las 
que se satisface un ideal del cual está excluido, por 
definición, todo aquello que no tiende a su reali- 
zación. 

La ciencia aplicada, que es arte por ese aspecto, 
está lejos de la objetividad de la ciencia pura. El arte 
es siempre esclavo de un ideal; la ciencia aplicada 
se subordina a fines que no son el de las ciencias de 
lo general, y se individualiza siempre al buscar la 
felicidad de los hombres. Ya no investiga, ni descu- 
bre verdades objetivas olvidándose de que existe el 
hombre, y se propone, por el contrario, alcanzar una 
utilidad para éste. Condenada a ceñirse a cumplir un 
fin que no es el suyo, ha perdido su libertad, ha per- 
dido la condición de madre, engendradora de su 
valor intrínseco, de ese valor que le infunde un vi- 
gor especial para imponerse al sentimiento que no 

[129] 

5 



JOSÉ P. MASSERA 



quisiera, sin embargo, admitir otra cosa que lo que 
consulta la satisfacción de sus tendencias. 

Cuando el médico, en el ejercicio de su noble 
y científica misión diagnostica de grave una enfer- 
medad y dicta una sentencia de muerte para el pa- 
ciente, lejos, bien lejos, se encuentra de consultar 
con sus heladas conclusiones la felicidad de los miem- 
bros de la familia de éste, de su país y tal vez de 
la humanidad. No los tiene en cuenta y podría ni 
advertirlos siquiera, porque nada le dirían para escla- 
recer el caso. 

Nietzsche ha pretendido que la verdad es ene- 
miga de la vida. El Dr. Rossi sostiene no solamente 
que no es su enemiga, sino que su objeto es hacerla 
feliz. 

La conclusión es diversa según los conceptos de 
la verdad, de la ciencia y de la vida de que se parca. 

Exacto es que el hombre utiliza la ciencia para 
llenar sus fines; pero se trata de ciencia hecha y no 
de ciencia en principio; es aplicación de cosas sabi- 
das, nunca investigación de verdades impersonales 
y al margen de lo propiamente humano. 

Comprobamos así que el Dr. Rossi utiliza dos 
conceptos muy diversos de la ciencia, pasando de 
uno a otro sin advertir su diferencia. 

Y ese concepto de la ciencia con capacidad para 
embellecer la vida, supone, a mi juicio, otra confu- 
sión entre la utilidad, elemento que sin duda puede 
formar parte de la felicidad, y la belleza que pudien- 
do contribuir también a ésta, es, sin embargo, so- 
cialmente diferente de aquélla. 

La circunstancia común de que la utilidad y la 
belleza sean posibles elementos de la felicidad hu- 
mana no autoriza para confundirlas. La utilidad que 



U30] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



nace de la ciencia tiene por fundamento alguna o 
muchas verdades comprobadas, en tanto que la be- 
lleza artística excede voluntariamente de lo verda- 
dero, planea deliberadamente en la región de lo 
irreal. 

El arte alienta y vive en la ficción y de la fic- 
ción; inventa objetos, personajes, caracteres que no 
existen y no pretende jamás hacerlos pasar por rea- 
les, aunque tome muchos de sus componentes a la 
realidad. La creación artística es, pues, engaño fun- 
damentalmente, en tanto que la ciencia resiste, por 
esencia, a lo ficticio y no crea jamás conscientemente 
entes falsos, sino que busca, descubre o comprueba 
hechos verdaderos. 

La ciencia y el arte han nacido de dos tenden- 
cias sustancialmente distintas, del espíritu humano. 

¿Podrá, pues, afirmarse "objetivamente" que la 
ciencia tiene el mismo fin que el arte, el de embelle- 
cer la vida para hacerla mejor? 

Nadie podrá asegurar que esa aventurada equi- 
paración sea un "se sabe"; y, sin embargo, esto es 
lo que debíamos hallar por lo menos en las ideas 
capitales que cimientan una doctrina puramente cien- 
tífica. 

¿Se defenderá el autor de El Criterio fisioló- 
gico protestando que la diferencia entre la ciencia 
y el arte es transitoria y que el espíritu una vez he- 
cho a la verdad, impregnado de razón, mediante una 
conclusión científica de la conducta, desdeñará espon- 
táneamente las sugestiones engañosas de lo imagi- 
nativo en todos sus aspectos, y el arte tendrá, en fin 
de cuenta, que abandonar la plaza, por falta de cre- 
yentes? 



[131] 



JOSÉ P, MASSERA 



Ensayo imaginativo, me parece, y el peor de 
todos, el de afirmar que el arte tendrá que desvane- 
cerse ante el progreso de las ciencias, sin haberse 
probado la premisa del carácter hedónico de la cien- 
cia y sin parar mientes en que el progreso de las 
ciencias no va emparejado con un desvanecimiento 
paralelo del arte; sin advertir que el proceso psíqui- 
co de lo científico no excluye, ni disminuye, en lo 
mínimo, el elemento imaginativo; y que el nombre 
podrá y deberá soñar siempre y seguir cultivando 
muy especialmente lo ilusorio para ser mejor. 

¿Es que no pienso en todo lo que la ciencia 
hará al vencer la enfermedad, las desigualdades, las 
injusticias? Pero, ¿dominará a la herencia, neutrali- 
zará las tendencias que vienen quizás, de muy lejos, 
de orígenes bien difíciles de alcanzar? ¿Descubrirá 
algún día la totalidad del misterio y no permitirá 
que forjemos con él un arte de consuelo, o de be- 
lleza pura, sin finalidad utilitaria alguna? 

De todas maneras, lo que hay de cierto es que 
la ciencia no ha resuelto, ni está próxima a resolver 
estos arduos problemas de futuro. El Dr. Rossi tiene 
que perder pie en sus cálculos de porvenir. Supone 
lo que, a su juicio, o conforme a sus prejuicios, de- 
berá suceder. Y eso, en buena psicología, no es com- 
probar, es sencillamente analizar. 

En cambio, yo compruebo y no imagino, al 
afirmar que un ensayo imaginativo sobre la natura- 
leza y las relaciones futuras entre la ciencia y el 
arte, se halla en la base de su pedagogía objetiva. 

Comprobaré, ahora, una ambigüedad radical que 
afecta, esta vez, a la comprensión misma de lo "bio- 
lógico". 



C132] 



una pedagogía objetiva 



Cuando aplicamos la fisiología a la felicidad 
humana estamos muy lejos de aquellos abstractos 
principios de lo biológico que constituyen la esencia 
del mecanismo de la animalidad. 

Dirá el Dr. Rossi que son exactamente los mis- 
mos y que "la humanización" consiste exclusivamente 
en utilizar para fines de felicidad lo que la vida en 
acción ha realizado a través de las edades y que la 
ciencia biológica ha reunido en principios fijos. 

Pero "la humanización", nos dice repetidamente 
el Dr. Rossi es un conjunto de hábitos que han modifi- 
cado el cumplimiento de las funciones orgánicas ( 3 ). 
Estas modificaciones ¿afectan simplemente a la bús- 
queda de los medios de cumplirlas, a las exigencias 
pre-orgánicas M que no están sujetas a la ley de la 
necesidad" o alcanza a la función misma? ( 4 ). 

Yo entiendo que las funciones han sufrido cam- 
bios, que han nacido algunas nuevas y han desapa- 
recido otras, según las diversas vías que se produje- 
ron con las variaciones del ambiente. 

En aquellos medios en donde existen ciertos ali- 
mentos que no hallara en otros, el hombre, como el 
animal, ha tenido que modificar sus funciones para 
adaptarse. Y esa adaptación se ha producido casi 
siempre con dolor, pasando por los sufrimientos de 
la inmunización. La función se ha modificado con 
el medio. Todo alimento nuevo ha hecho pasar al 
hombre por un período transitorio en que pudo pro- 
ducirse la muerte, y en el que se produjo seguramen- 
te el sufrimiento de lo no adaptado todavía. 



(3) ROSSI, S. C, la educación intógral, pág. 3. 

(4) ROSSI, S. C, El Criterio fistoló&ico, pág. 94. 



U33] 



JOSÉ P. MASSERA 



Mas, como en fin de cuentas, la humanidad se 
ha adaptado a un sinnúmero de elementos del medio, 
la fisiología nos asegura en verdad que en tales ca- 
sos esos actos han servido para sostener y aumentar 
la vida. He aquí también dos conceptos diferentes de 
la vida. El de la vida en acción, en lucha con los 
obstáculos del ambiente, desde el alimento hasta la 
defensa contra ios enemigos, camino sembrado de 
espinas y sufrimientos sin cuento hasta que nace la 
adaptación, o una adaptación relativa; y la ciencia 
de la vida, conjunto de principios obtenidos por el 
examen impersonal de los procedimientos vitales, en 
los que desaparece todo lo personal que los integra 
en lo concreto. 

Esta ciencia, fruto de la experiencia acumulada 
de las generaciones, es antecedente útilísimo para 
conducir la nuestra, y torpes seríamos si no la con- 
sultáramos para contribuir a encauzar nuestra con- 
ducta. 

Pero, ¿quién podrá asegurar que al constituirse, 
al esquematizarse eliminando todo lo accidental ate- 
niéndose a lo permanente y general, se propuso hacer 
feliz al hombre? Al fijar sus leyes podríamos decir 
con verdad que ella misma se hace y su formación 
está tan lejos de los fines de felicidad que persigue 
el hombre al vivir, como la de la astronomía o de 
la geología. 

Aunque sea la vida, en sus condiciones esencia- 
les, el objeto de la biología pura, se trata de una vida 
ya vivida, en cierto modo muerta, y ésa es la ma- 
teria de sus estudios. Es siempre un problema de 
existencia el que se resuelve, y no uno de acción fu- 
tura que supone un propósito, un ideal, un fin a 
cumplir. 



C134J 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



El problema de cómo debemos vivir nuestra 
vida, no es, pues, idéntico al de saber cómo la vida 
ha sido vivida en el pasado por los animales y los 
hombres. 

El Dr. Rossi deberá asentir a esta diferencia 
porque en El Criterio fisiológico reconoce la des- 
igualdad biológica como un hecho natural. Cada in- 
dividuo tiene su protoplasma y no el de otro; el pro- 
toplasma específico es el patrimonio individual. Como 
el individuo es un agregado de protoplasmas, seria 
absurdo concebir la igualdad individual". 

Luego asevera que la igualdad humana es tam- 
bién biológica, pero de otro punto de vista: "no es la 
reproducción de una imagen en un espejo ( ). Mo es, 
pues, un hecho. "Significa simplemente la universa- 
lidad de las leyes biológicas: el organismo vivo se 
conserva a expensas de las energías que toma el medio 
en que habita" O- Aquí están bien definidas las 
dos vidas: la viviente, presente, rica en tendencias, 
desbordante de aspiraciones, heterogénea, original, 
individual en una palabra; y la ya vivida, pasada, que 
"no es imagen en un espejo" sino construcción de 
leyes universales con hechos particulares filtrados. 
Claro está que las leyes, por ser uniformidades son 
más fijas que lo cambiante vivo. Podremos decir que 
nos revelan su esencia, al encontrar lo que es común 
a todos los seres que viven. Mas, al reconocer que 
hay aquí una diversidad radical, que no hay dos pro- 
toplasmas idénticos y yo agregaría que no hay dos 
mentalidades iguales, debería admitirse que no cabe 
establecer como verdad inconcusa que la vida vivida 



(5) Rossi. S C , op al., pág. 231 

(6) Op cíe, pág 2}4. 

[135} 



JOSÉ P. MASSERA 



constituye el ideal a cumplirse por la viviente sin 
permitirle la menor libertad para flexibilizarse y cam- 
biar, sometiéndose a otros fines que, en ciertos casos, 
considera más altos que el de la mera conservación. 

Este rápido análisis de las ideas fundamentales 
de bí Crtterto fisiológico sobre la ciencia y el arte 
y su misión común, comprueba que aquéllos no son 
preceptos impersonales o universales y que el doc- 
tor Rossi no ha distinguido suficientemente entre la 
ciencia pura y la ciencia aplicada, y en particular 
entre la ciencia de la vida y la vida misma en acción, 
entre una ciencia, sustancia de vida pasada, que no 
construye fines porque por naturaleza es comproba- 
toria de hechos y de leyes universales, y la vida pre- 
sente que hace de su objeto o ideal la razón misma 
de todas sus actividades. 

Esta vida, con su finalismo propio, es, asimis- 
mo, un hecho verdadero que la ciencia deberá admi- 
tir, como admite la otra sin finalidad ya, porque ha 
sido vivida. 4 

El Dr. Rossi pretende que la vida real abdique 
de su facultad primordial de construir sus fines y se 
compenetre de tal manera con los preceptos extraí- 
dos de la ciencia abstracta de la vida, por los me- 
dios combinados de la educación y de las coerciones 
estaduales, que llegue, en definitiva, a renunciar 
a todo ideal y a no querer nada que pudiera ser la 
menor transgresión de sus leyes. 



£1361 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



III 

SUMARIO: La psicología de El Criterio fisiológico pro- 
cede de una filosofía personal. Por entrar en la fisiología 
no se vuelve un "se sabe". La "psicología objetiva" es una 
tendencia, una escuela. Su modo particular de entender lo 
objetivo y lo subjetivo. Lo objetivo y lo material. No hay 
acuerdo ■ respecto de que lo objetivo equivalga a lo fisioló- 
gico. Opinión de Pieron. 



La psicología en que se apoya la pedagogía del 
Dr. Rossi, no escapa a la regla general de que hablé 
al principio del capítulo anterior, pues parte de una 
filosofía personal. 

Es un mirage, una mera creencia del distingui- 
do médico su aseveración de que la psicología, por 
entrar en la fisiología adquirirá de rondón un valor 
científico pleno que le permitirá dar a sus conclu- 
siones un carácter objetivo y necesario, al que debe- 
rán adherir todos los espíritus. 

La conexión última de tales disciplinas se re- 
vela claramente cuando el Dr. Rossi identifica M el 
conjunto armónico de funciones de nutrición, de re- 
producción y de relación 1 con "el conjunto armó- 
nico de conservación, de amor y de placer". Este se- 
gundo grupo no es otra cosa que una manera de 
expresar el primero "en términos más humanos'^ 1 ). 

El Criterio fisiológico fundamenta amplia- 
mente esta manera de comprender la psicología. Al 
principio define la psicología como "la fisiología de 
la correa cerebral" ( 2 ). 



(1) ROSSI, S. C« La educación integral, pág. 3, y El Cntefii 
fisiológico pág. 179. 

(2) ROSSI, S. C ( Op. cit., pág. 6. 



1X37] 



JOSÉ P, MASSERA 



No he de caer en la tentación de entrar a ave- 
riguar cuál es el valor de esta psicología de simples 
reflejos, conjunto de epifenómenos, traducción en di- 
verso lenguaje de la ciencia fisiológica. Diré sola- 
mente, aunque pueda parecerle paradojal al Dr. Rossi, 
que de este modo olvida su decidido propósito de 
fundar una pedagogía objetiva, y de escapar a toda 
doctrina personal, manteniéndose en la esfera de "los 
hechos psicológicos, nada más"( 3 ). 

Anotaré simplemente algo que resalta como una 
evidencia al recorrer las páginas de El Criterio 
fisiológico. Es que su doctrina está amasada con 
aportes no exclusivamente tornados de la pura cien- 
cia fisiológica, sí que también de una psicología es- 
pecial en la que se reflejan las convicciones íntimas 
del Dr. Rossi, una psicología "subjetiva", en fin, que 
no será a la manera de Guyau o de Nietzsche, pero 
que es a la manera de Le Dantec o de Bech- 
terew( 4 ) y de la que podría decirse plagiando al 
autor de El Criterio fisiológico "que lleva fatalmente 
el vicio de origen de todo personalismo", claro está 
que como base de una pedagogía que aspira a ser 
objetiva. 

No por titularse Psicología objetiva, como la 
llama el nombrado sabio ruso en uno de sus más 
famosos libros, ha de ser "impersonal" y deberá im- 
ponerse por la fuerza de lo verdadero a todos los es- 
píritus. Aunque quiera ser "objetiva", es subjetiva 
del punto de vista que ahora nos ocupa. El objeti- 
vismo de tal psicología es un propósito, una manera 

(3) ROSSI S C , La ed:- atetó v tf.&grJ, pág. 1. 

Í4) Rossi, S C , Bl Crtieno fmológtcú (.nota de la pág. 180). 



1138] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



de encarar la ciencia, es un "yo creo" y no un "se 
sabe". 

Obedece a un modo particular de entender "lo 
objetivo". En esta concepción, el fenómeno de con- 
ciencia, es lo subjetivo, y por lo mismo no puede ser 
materia de ciencia. Es transitorio, es accidental, es 
íntimo y personalísimo, no se sujeta a la medida. 
Nada tiene que ver con él la verdadera ciencia que 
vive de lo general, de lo verif icable exteriomente, de lo 
medible ( 5 ). La psicología si quiere ser ciencia, debe 
"ignorar" el estado de conciencia y atenerse "al es- 
tudio del arco reflejo". "La psicología entra en el 
dominio de la biología general y puede ser designa- 
da como una parte de ésta, como reflejología, tér- 
mino que parece enteramente apropiado a su conte- 
nido" ( tí ). 

Esta concepción se desprende sin esfuerzo de 
una idea personal, en manera alguna demostrada ob- 
jetivamente, de un "yo creo", que expresa Bechte- 
rew al aseverar que lo mental y lo fisiológico "no 
son dos procesos paralelos, sino un solo y mismo pro- 
ceso que se manifiesta a la vez por variaciones obje- 
tivas y por fenómenos subjetivos" ( 7 ) y al establecer 
que "la psicología objetiva no debe ocuparse, en ma- 
nera alguna, de los datos de la introspección". 

Ella tiene por fin, agrega, "estudiar y explicar 
la actividad neuro-psíquica del individuo como una 
resultante de los procesos materiales del cerebro y 
únicamente como tal. Es por lo que excluímos la 
observación interna, lo mismo del estudio que de la 



Í5) Bechtekev, La Psyrbologi* objecthé, pág. 3. 

(6) Id., Id., pág. 14. 

(7) Id., Id , pág. 6. 



JOSÉ P, MASSERA 



experiencia, limitando nuestros medios al registro y 
al control de los hechos objetivos" ( s ). 

Repito que no voy a entrar en la discusión de 
esta doctrina, quiero únicamente llamar la atención 
respecto de que "es una escuela", no "un hecho cien- 
tífico" escuela que hasta se opone a otras en que el 
propio objetivismo tiene amplia parte. Sabemos que 
la llamada "Psicología objetiva" es una reacción con- 
tra las psicologías de Ribot, Richet, Binet, etc., que 
concediendo una gran importancia al método obje- 
tivo para llegar a constituir la ciencia de lo psicoló- 
gico, no abandonan, desdeñan, ni menos ignotan el 
método introspectivo que nos permite penetrar en 
lo consciente. 

Y aún en el término "objetivismo" hay ambi- 
güedad, y ello podría ser síntoma de "personalismo", 
porque si es equivalente a general o universal, como 
parece ser el concepto de Pieron ( 9 ), no es forzoso 
que este pensamiento derive hacia una ciencia que 
se resuelva exclusivamente en el estudio de los pro- 
cesos materiales del cerebro pues habría que demos- 
trar previamente que "objetivo" equivale a "material", 
como si lo subjetivo no pudiera objetivarse para su 
estudio, sin necesidad de materializarse. 

Pieron, a quien no puede negarse el ser un par- 
tidario acérrimo de la psicología objetiva y experi- 
mental (véase, por ejemplo, su notable libro "La 
evolución de la memoria") dice sin embargo que 
"los fenómenos que podemos conocer y a los que 
se dirige la investigación* científica, son esencialmente 
subjetivos en el sentido de que cada espíritu, siendo 

(8) id., id., pág. y. 

losopbtqu* JaLlw*I9Í<S° psícológico y Ia doc " ÍQa duilista. ***** Pbt- 



[HO] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



incapaz de salir de sí mismo, no puede conocer sino 
lo que pasa en él; pero que, aunque todo es psíquico, 
se produce en estos fenómenos "una clasificación de 
los que tienden, como a dos polos, unos hacia lo sub- 
jetivo, es decir, lo particular e individual, otros hacia 
lo objetivo, esto es, lo general, lo universal". 

Así, al dualismo de lo físico y lo psíquico, opo- 
ne el de lo objetivo y lo subjetivo, que no se con- 
funde con aquél, y que puede sustituirlo con ventaja 
en los dominios científicos. 

Repito que esta digresión tiene por único ob- 
jeto demostrar que el calificativo de "objetiva" agre- 
gado a la psicología, y el serio ensayo realizado por 
algunos autores en el sentido antes expresado, no 
significa que sea permitido, hoy por hoy, hablar de 
una psicología exclusivamente objetiva, con caracte- 
res tales como para imponerse a todos los espíritus 
y servir de amplia sustentación a una pedagogía de- 
finitiva. 

IV 

SUMARIO: La moral exclusivamente científica es una 
imposibilidad porque e s arte de la conducta. La moral del 
Dr. Rossi es sólo aparentemente objetiva. Sus elementos pri- 
mordiales. Condición esencial de la felicidad. La felicidad será 
impuesta por la educación y el Estado. La circunstancia de que 
el ideal desaparecerá en un período de perfección, no supone 
la inexistencia de un ideal transitorio en la doctrina. 



Otra de las bases de toda pedagogía es la moral. 
Al abordar este tema nos sale al encuentro esta pre- 
gunta: por "entrar en la fisiología", la moral de El 



[141} 



JOSÉ P. MASSERA 



Criterio fisiológico ¿habrá adquirido el carácter de 
perfección que la separará de la esfera de lo personal 
y nos permitirá constituir una pedagogía necesaria? 

La moral exclusivamente científica, sea a base de 
fisiología o de sociología, es a mi juicio, una impo- 
sibilidad, porque la moral es principalmente arte 
de la conducta y supone el establecimiento y el cum- 
plimiento de fines que, por naturaleza, exceden del 
presente, en tanto que la ciencia, por esencia, ha arro- 
jado de su seno todo fin al constituir leyes de las 
cuales es^ propiamente anticientífico decir que bus- 
can finalidades de especie alguna. 

Considero que éste es un hecho de experiencia 
y no una opinión personal; hecho que, por lo mismo, 
debería acatar sin escrúpulos el Dr. Rossi, en home- 
naje a la realidad de la humanidad viviente, ya que 
hace de la vida el arranque y núcleo de su doctrina. 

No^ es mi propósito ahora, criticar directamente 
las teorías de El Criterio fisiológico, sino princi- 
palmente hacer notar que sólo en apariencia se vis- 
ten de la objetividad científica, y que son, en verdad, 
personales al Dr. Rossi. 

¿Cómo negarlo desde que la suya es una moral 
que no debiendo en rigor tener ideales, señala, sin 
embargo, como fin a la acción humana, la conser- 
vación de la vida, la felicidad y el placer con la más 
completa desaparición del dolor; que no pretende 
llegar a "lo sublime de la moral clásica, al sacrificio 
o a la abnegación'^ 1 ) que se limita a encauzar los 
egoísmos; quedólo quiere modelar al hombre medio, 
no al héroe ni al sabio, con la educación que se ha 
de difundir; y que no necesita de Ja justicia, del amor, 

(1) ROSSI, S. C, El Criterio ftsiológico, píg 221. 



1142} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETÍYA 



de la solidaridad para atacar y vencer los males de 
una sociedad infectada como la nuestra? 

Esta moral fisiológica nos enseñará a amar la 
vida por las emociones que pueda suscitar si se res- 
petan sus leyes. Será la del hombre que, consciente 
de los peligros de no cumplir con las exigencias pre- 
orgánicas y post-orgánicas de sus funciones nutriti- 
vas, reproductoras y de relación, adaptara "la huma- 
nización" a la fisiología. 

Tales reglas de conducta, a pesar de sus ribetes 
científicos, son personalísimas. La felicidad que al- 
canzaremos con el cumplimiento estricto de lo fisio- 
lógico y conforme a las reglas de El Criterio fi- 
siológico, es simplemente una manera de concebir 
la felicidad, no es "la felicidad", hecho objetivo des- 
cubierto o comprobado por la ciencia que se impon- 
dría a los espíritus con la fuerza de lo verdadero ( 2 ). 

La ciencia, por ocra parte, por más que busque 
no podrá encontrar "la felicidad" como se pretende, 
porque ésta no es algo objetivo sino una aspiración, 
un ideal. Y aquélla, la del Dr. Rossi, es por consi- 
guiente una concepción de la felicidad como cual- 
quier otra, ensayo de su imaginación, podría decirse 
parodiándolo, y hasta inferior a otras porque está 
privada de múltiples recursos, reducida a un tradi- 
cionalismo biológico, a una conformidad con el pa- 
sado que se traduce en una gran restricción de la 
libertad. Es un ideal de alas recortadas. 

El, hombre debe constantemente adaptar "la 
humanización', es decir su vuelo sobre la animali- 
dad, a la fisiología, a lo permanentemente vital o 
animal y debe mantener una eterna lucha para ven- 

(2) Op. cíe, pá°s 201 y 203. 



í 143] 



JOSÉ P. MASSERA 



cer o encauzar las ambiciones desmedidas de la in- 
teligencia y del sentimiento. 

Esta lucha, observaré desde luego, no se pro- 
ducirá sin dolor, sin embargo; y, así, un elemento de 
la doctrina misma habrá probado, contra la tesis he- 
donista del Dr. Rossi, que el sufrimiento es útil y 
hasta puede conducir a la felicidad suprema. 

Esa felicidad será consolidada en el intelecto 
humano por la educación que formará las vías aso- 
ciativas del caso, ayudada por el Estado, impregnado 
también de perfección biológica, que constreñirá a 
los individuos por medios algo más que persuasivos 
al cumplimiento de sus deberes. 

Se trata, evidentemente, de una felicidad im- 
puesta de afuera, no de una felicidad libremente bus- 
cada. La libertad que quiera escapar a la sabiduría 
de lo fisiológico, no debe tolerarse; es la libertad de 
lo malo, de lo inmoral. Así es como la Sociedad, or- 
ganizada con arreglo a El Criterio fisiológico im- 
pondrá tiránicamente sus principios; pero, no olvide- 
mos que aquélla habrá realizado el ideal del buen 
tirano, que buscará constituir en los individuos "guías 
morales más fuertes que la ilusión". 

Es así que "esta felicidad" que en tal modo lle- 
gará a comprender el hombre, es "la felicidad". Tan 
inútil como absurdo será que el hombre piense que 
puede buscarla y hallarla por otros caminos. No hay 
sino una manera de ser feliz verdaderamente y un 
solo medio para llegar a serlo. 

Y esa felicidad, modelada por la ciencia bioló- 
gica, que por su carácter de certeza debería impo- 
nerse por sus propios prestigios, será, por lo mismo, 
obligatoria, e impuesta a todos. 



[144} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



Como no parece bastar el influjo natural de 
convicción de io científico, y hay que formar el hom- 
bre perfecto, no vacila el doctor Rossi en poner a 
contribución la educación y los poderes impositivos 
estaduales para conseguir tal objeto* 

Existe un derecho a la felicidad, el Dr. Rossi lo 
reconoce; pero en su doctrina ese derecho no com- 
prende la libertad de concebirla, ni de elegir los me- 
dios para alcanzarla. Es un derecho bien original y 
por ello bien marcado con el sello inconfundible de 
lo personal. 

El Dr. Rossi podría responder que si el hombre 
llega a persuadirse de que sólo alcanzará la verda- 
dera felicidad cumpliendo a la letra los principios 
de lo biológico, no podrá alegarse que es feliz a la 
fuerza. 

Contesto repitiendo que el sistema fisiológico 
no apela solamente al convencimiento de que ésa 
es la única felicidad verdadera, pues toda su organi- 
zación estadual es impositiva y tiende a hacer del 
ser humano un autómata feliz. 

Sea lo que fuere sobre tal problema, un error 
psicológico radical campea en la doctrina de El 
Criterio fisiológico y es el de la pretendida cons- 
trucción de una felicidad con carácter objetivo que 
supone una evidente contradicción en los términos. 

Así el asceta no es únicamente un equivocado 
o tal vez un criminal, al violentar abiertamente los 
preceptos más esenciales de la fisiología, impidiendo 
deliberadamente que sus órganos de nutrición pro- 
porcionen energías suficientes y sobrantes que de- 
berían producir, sino que yerra también conscien- 
temente respecto del soberano bien de la felicidad. 
No es feliz, no puede serlo, dice una doctrina que 



1143 1 



JOSÉ P, MASSERA 



no admite más que un medio, el contrario del que 
el asceta emplea, para alcanzar 'Xa Felicidad". 

Podría contestarse que el asceta cree ser feliz, 
y realmente se vuelve imposible negarlo. Es víctima 
de una ilusión, de un error, se dirá. Bien; pero 
¿quién sería capaz de demostrar con la fuerza de 
"lo objetivo" que hasta la ilusión y el error no pue- 
dan ni deban entrar como ingredientes en la con- 
fección de la felicidad individual? 

Paulhan, uno de los filósofos contemporáneos 
más eminentes, ha sostenido con gran lujo de argu- 
mentación que es una verdad inconcusa que la ilusión 
es inseparable de nuestros juicios y constituye el motor 
real de la acción ( 3 ). 

Sin llegar a compartir por entero tan radical 
opinión, y volviendo al asceta que proclama su fe- 
licidad, evidente es que, no pudiendo penetrar ínti- 
mamente en la ajena conciencia, tendríamos que li- 
mitarnos a dudar de tal felicidad, o admitiéndola, a 
poner en tela de juicio los procedimientos emplea- 
dos para llegar a ella, o bien a declarar derechamente 
que nosotros no concebimos así la verdadera dicha 
y que juzgamos que el asceta es un extraviado por 
no consultar los dictados de la ciencia de la vida. 

Pero, lo que jamás podremos aseverar sensata- 
mente es que no sea feliz a su manera y, que la fe- 
licidad, en suma, no pueda ni deba construirse con 
elementos irracionales o anti-cientí fieos. 

En una palabra, podemos combatir un determi- 
nado modo de entender la felicidad, pero nuestra 
opinión al respecto será siempre otro concepto per- 



(3) Revue P hilos opbf que, La vaieur húmame de la verité. 
Janvier 1916. 



£146] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



sonal, desde que la felicidad propia tiene ese sello 
imborrable de aspiración individual que caracteriza 
a todos los problemas de ideal. 

La doctrina del Dr. Rossi resulta una moral fi- 
nalista como cualquier otra; pero en la que el ideal 
está elaborado con los aportes de la ciencia bioló- 
gica. Es cierto que tal ideal se desvanecerá cuando se 
consiga la formación del organismo humano perfec- 
to; pero, notemos que tal resultado es común con 
otras doctrinas que el Dr. Rossi fulmina como "per- 
sonalistas". 

El ideal de perfección spenceriano, por ejemplo, 
guiará al hombre hasta que se haga carne en su ser 
más íntimo y se vuelva orgánico. El hombre llegará 
a ser completamente altruista y en la sociedad per- 
fecta se producirá una concurrencia de altruismos, 
como hoy se produce la concurrencia de los egoísmos. 

La moral científica del Dr. Rossi, como la de 
Spencer, es forzosamente finalista, aunque el ideal 
deba desaparecer un día. Ha engendrado un ideal de 
felicidad para presentarlo a la actividad humana y 
lo ha forjado con elementos tomados de una ciencia, 
según la manera personal de su autor que consiste 
en afirmar que el placer es el bien y el dolor, el 
mal, que la felicidad es el placer sin dolor y que la 
vida natural es el bien supremo porque ha tendido 
a la afirmación y conservación del ser y a la des- 
trucción del dolor. 

Ante esta primera conclusión no tengo porqué 
preguntarme si el Dr. Rossi ha echado los cimien- 
tos morales de una pedagogía que aspira a imponer- 
se a todos los espíritus por su objetividad e imper- 
sonalidad. 



[147] 



JOSÉ P* MASSERA 



V 



SUMARIO: Moral sin obligación n¡ sanción, guarda, sin 
embargo, profundas diferencias con la de Guyau. Punto 
común de arranque. Guyau se separa luego netamente del hedo- 
nismo y del evolucionismo spenceriano de los que no reniega 
el Dr. RossL El placer es fenómeno derivado: consecuencias 
en Guyau. La vida busca invariablemente el placer y huye del 
dolor, según el Dr. Rossi. Espontaneidad del altruismo y de la 
sociedad en Guyau. La sociedad es construcción del egoísmo, 
y el altruismo es transformación del egoísmo, para el Dr. Rossi. 
Oposición completa respecto del amor y de la simpatía. Jui- 
cios de valor diferente en la base de estas concepciones de 
la vida. 



Aunque esta moral se presente a nosotros como 
1 'libre de obligación y sanción'^ 1 ) y tenga como ideal 
la vida natural, guardémonos bien de creer que sea 
a la manera de Guyau, y menos aún a la de Nietzs- 
che, el soberbio y brillante negador de la ciencia, 
enemiga de la vida. 

Son éstos, ensayistas, buscadores de verdades 
que no han encontrado la verdadera senda, aún 
cuando uno como el otro hayan hecho de la vida el 
centro de sus doctrinas. 

Sabemos que Guyau quiso construir una moral 
estrictamente científica, en la cual todo pudiera ra- 
zonarse, sin dejar sitio alguno al prejuicio; y creyó 
que el fundamento inconmovible de esta construc- 
ción no podía ser sino la vida, que es a la vez que 
el impulso profundo, causa de nuestros actos, el fin 
buscado luego por la conciencia. La vida, antes de 
ser consciente, tendió, sin excepción, a persistir, a 

(1) Rossí, S. C, Ul Crtttrto fisiológtco, pág. 224. 



£148] 




UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



mantenerse, venciendo los obstáculos que a su pode- 
roso empuje oponía el medio; pero su historia no nos 
revela solamente esta verdad relativa a la persisten- 
cia y conservación del ser, sino también la de que 
la vida tiende constantemente £ acrecerse, a expan- 
dirse, a hacerse más intensa, a desbordarse. 

"Las leyes supremas de esta moral, nos dice, 
serán idénticas a las leyes más profundas de la vida 
misma y en algunos de sus teoremas más generales, 
valdrá para todos los seres vivos" ( 2 ), 

Hasta aquí no hay grandes diferencias entre 
esta doctrina, la de Nietzsche y la del Dr. Rossi. 

Mas bien pronto comienzan las diferencias que 
abren luego verdaderos abismos entre sus concepcio- 
nes de la vida, a pesar de que los tres pretenden 
igualmente elevar una construcción biológica de la 
moral, y que el primero y el último aspiran a pre- 
sentarnos una fórmula definitiva, con carácter cien- 
tífico puro. 

Guyau quiere marcar netamente su separación 
de las doctrinas hedonistas y aún del evolucionis- 
mo spenceriano que también pretenden al cientifi- 
cismo biológico, y de las que no quiere renegar el 
Dr. Rossi. 

Para Guyau, el placer es fenómeno derivado de 
la fuerza vital inconsciente y entiende que colocar 
en él la causa primera y el fin deliberado de nuestros 
actos, no es tocar el fondo de lás cosas, su íntima 
causa natural. 

Hay en nosotros un caudal de fuerza acumulada 
que busca gastarse, nos dice Guyau; cuando es difi- 

(2) GUYAU. Esquiss* d'un* moráis sans obliimtion ni sattction, 
píg. 8B. 



[149] 



JOSÉ P. MASSERA 



cuitada por algún obstáculo, esta fuerza se vuelve 
deseo o aversión, y cuando el deseo es satisfecho hay 
placer, cuando es contrariado, hay pena: "pero no 
resulta de ello que la actividad almacenada se des- 
pliegue únicamente en vista de un placer, con un 
placer por motivo; la vida se despliega y se ejerce 
porque es la vida. El placer acompaña siempre en 
todos los seres la acción vital, aunque algunas veces 
la provoque; es preciso vivir ante todo, gozar des- 
pués" (*). 

Es la objeción, en términos modernos, que los 
estoicos dirigieron contra el ^hedonismo de los epi- 
cureístas; y señala sin duda, una marcada diferencia 
con el Dr. Rossi que permanece radicalmente he- 
donista. 

Esta diferencia podría parecer nimia a un espí- 
ritu no avisado. Guyau recalca sus consecuencias. No 
es posible confundir el precepto "acrece de una ma- 
nera constante la intensidad de tu vida", con el que 
dijera: "acrece de una manera constante la intensi- 
dad de tu placer", y tales mandatos no son idénticos 
porque el placer no es el primero; el primero y el 
último es la función, es la vida"(*). "La tendencia a 
perseverar en el ser es el fondo de todo deseo sin 
constituir ella misma un deseo determinado"; y "la 
vida se hace deseo o temor, pena o placer, en virtud 
de la misma fuerza adquirida y de las primitivas di- 
recciones en las que la evolución la ha lanzado" ( 5 ). 

El Dr. Rossi, partiendo también de la ciencia 
biológica, no cesa de repetirnos que debemos vencer 



(3> Op, cíe, pág. 90. 

(4) Op. dt., pág. 91. 

(5) Op. rit.. pág. 92. 



[150] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



el medio para ofrecer los resultados de nuestro triun- 
fo a la emoción y al placer, que la vida huye inva- 
riablemente del dolor, que la felicidad es el objeto 
de toda existencia. 

Las consecuencias de la manera de concebir la 
vida, no tardan en aparecer con rasgos bien señalados 
en Guyau. Es su fuerza de expansión, su poder incon- 
trastable, lo que genera el altruismo; y la sociedad está 
lejos de ser una construcción de egoísmo razonado, 
de egoísmo bien entendido a lo Bentham. 

La simpatía y la sociabilidad no son sino la vida 
que florece, que se expande, que vive en los otros 
porque la fuerza acumulada no cabe ya en los lími- 
tes del ser. El altruismo es una emanación tan natu- 
ral de la vida como el egoísmo. Guyau observa que 
la escuela inglesa nos presenta estos instintos 'como 
adquiridos más o menos artificialmente en el curso 
de la evolución y, en consecuencia, como más o me- 
nos adventicios" ( 0 ) - 

Y concluye con estas significativas palabras: 
''Estamos bien lejos de Bentham y los utilitarios que 
buscan evitar constantemente la pena, que ven en 
ella la irreconciliable enemiga: es como si no se qui- 
siera respirar demasiado fuerte por miedo a gastar- 
se"0. 

Y luego, encarándose con Spencer, encuentra 
que aún hay en él "demasiado utilitarismo", pues, 
'mira las cosas desde el exterior y no ve en los ins- 
tintos desinteresados sino un producto de la socie- 
dad". "Creemos, concluye, que en el seno de la vida 
individual, hay una evolución correspondiente a la 



(6) Op. cit., pág. 102. 

(7) Id., Id. 



[151] 



JOSÉ P, MASSERA 



vida social y que la hace posible, que es su causa en 
lugar de ser su resultado"( 8 ). 

La concepción de la vida en El Criterio fisio- 
lógico, se inclina más a las doctrinas de que se aleja 
Guyau, no solamente por la tendencia francamente 
hedonista que anotamos, sino también porque en ella 
la sociedad no parece ser una derivación del altruis- 
mo individual, sino una construcción de su interés 
para contribuir a conformar de afuera, a la manera 
mecanista de Spencer, y coadyuvando a la acción de 
la educación, una constitución orgánica en los hom- 
bres que no les permita apartarse de las leyes eter- 
nas del funcionamiento fisiológico. 

La vida, en su esencia, es egoísta según el doc- 
tor Rossi, y aunque admite que el altruismo es fruto 
de civilización, no cree necesario que ni la organiza- 
ción estadual, ni la enseñanza social tengan otro ob- 
jeto que el encauzamiento de los egoísmos humanos 
con "la necesidad como primer motor, el interés 
como estímulo y el placer como atracción". 

Es éste el camino que nos señala para formar 
a los autores y dirigentes de la sociedad ideal y para 
hacer evolucionar a la humanidad hacia lo mejor 

Y no parece creer que sean muy necesarios para 
el bienestar social los sentimientos que son natural- 
mente vitales en Guyau, y eflorescencia de lujo en 
El Criterio fisiológico, el amor y la simpatía, pues 
se contenta con llegar a la protección del semejante, 
a las instituciones de solidaridad por una orientación 
refinada de los egoísmos. 



(8) Id., Id. 

(9) ROSSI, S. C, El Criterio fisiológico, pi^s. 233. 2567257. 



{152} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



Bastará recordar que la pedagogía objetiva del 
Dr. Rossi no aspira a "tallar sobre el hombre común 
la estatua del altruismo", y que el amor y la caridad 
son, en rigor, sentimientos inútiles y hasta ideales 
propios de un período de atraso, obra de una desas- 
trosa organización social, que desaparecerán con el 
progreso de la humanidad hacia el cumplimiento 
perfecto e invariable de los verdaderos fines de la 
vida. 

No será excluido seguramente el altruismo, pero 
se producirá en seres excepcionales, casi fenomena- 
les, y veremos más adelante que la organización so- 
cial ideal hará cada vez más difícil su aparición en 
la naturaleza. Y bien sabemos ya que los sentimien- 
tos que se injertaron un día en las sociedades en for- 
ma de ideas transitorias, la caridad, el amor, el pa- 
triotismo, etc., deberán caer de su tronco artificial, 
como flores marchitas, ante los resultados de una 
mejor "humanización", fundada en la orientación del 
egoísmo bien entendido. 

Entre tanto, la ciencia biológica dicta al filósofo 
francés, el significativo párrafo siguiente: u Se ha re- 
presentado siempre a la caridad bajo los rasgos de 
una madre que tiende a los niños su seno hinchado 
de leche; es que, en efecto, la caridad se identifica 
con la fecundidad desbordante: ella es como una ma- 
ternidad demasiado amplia para detenerse en la fa- 
milia. El seno de la madre tiene necesidad de bocas 
ávidas que lo agoten; el corazón del ser verdadera- 
mente humano tiene también necesidad de hacerse 
dulce y caritativo para todos; hay en el bienhechor 
mismo un llamado interior hacia los que sufren" ( 10 ). 

(10) GUYAU, Usqsásse d'une monte..., píg. 101. 



l»3J 



JOSÉ P. MASSERA 



Estamos aquí ante un verdadero abismo entre 
estas dos concepciones de la vida y sus consecuencias 
morales. Una es fuerza puramente romántica que no 
calcula, que no es enteramente enemiga del dolor, 
que, espontáneamente, engendra la sociedad, que ne- 
cesita darse para ser y que por eso sigue su camino 
adelante y siempre más alta; que tiene necesaria- 
mente que florecer aunque en este acto encuentre la 
muerte (que no resulta así enteramente enemiga de 
la vida) y que no mira jamás para atrás para ver lo 
que abandona 

La otra es menos romántica aunque parte de 
la oscura fuerza vital que nuestras facultades supe- 
riores deben imitar, y de su natural persistencia a 
conservarse, pues quiere que aprovechemos sin des- 
perdiciar detalle de la experiencia comprobada por la 
ciencia y huyamos de los ensayos que nos llevan al 
dolor o nos exponen a la muerte; que se atiene más 
a lo fisiológico que es cálculo y limitación de fuer- 
zas; que encara la vida como una gran máquina de 
forjar energías y de aplicarlas dentro de pautas que 
no pueden abandonarse so pena de dolor o de 
muerte; que desconfía de los instintos ( 12 ) aunque 
éstos deberán ser lógicamente el término de la evo- 
lución, si ésta, como lo sostiene el Dr, Rqssí, nos 
llevará necesariamente a crear el hombre completo, 
con un funcionamiento perfecto en un medio domi- 
nado ( 13 ); que nos conducirá "a no respirar demasiado 
fuerte por temor de gastemos" porque hay que vigi- 
lar constantemente el motor humano, cuyo consumo 
diario "debe conocerse tan minuciosamente como se 



111 J up. ck , pag iv f. , 

(12) RosSl, S. C, El Criterio ftitologico. pag 141. 

(13) Op cir„ págs. 224 y 296. 



[154] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



investiga el de una máquina industrial o un repro- 
ductor de precio y hay que saber seleccionar y distri- 
buir los alimentos y también el oxígeno que es fac- 
tor nutritivo y domina la construcción de las vivien- 
das de acuerdo con las exigencias celulares" ( 14 ); 
que no necesita ideales de amor y caridad para 
obtener esas perfecciones supremas, pues le basta 
que razonen bien los egoísmos que anidan en 
el alma humana para llegar a la protección del que 
sufre y para constituir las instituciones que permitan 
la más conveniente producción y gasto de las ener- 
gías de la usina humana. 

Dice Guyau que "la vida tiene dos faces: por 
una es nutrición y asimilación, y, por la otra es pro- 
ducción y fecundidad. Más adquiere, más es preciso 
que gaste: es su ley". 

Este párrafo que resume la doctrina del filósofo 
francés, parece servir también para sintetizar la dife- 
rencia entre las dos concepciones de la vida que ahora 
me ocupan, recordando que en Guyau se considera 
de mayor valor el aspecto producción y fecundidad, 
en tanto que el Dr. Rossi atribuye la más esencial 
importancia a las funciones nutritivas y de asimi- 
lación. 

En la base de estas dos maneras de entender la 
vida, que aspiran a la objetividad de la ciencia, ha- 
llamos un juicio de valor enteramente personal, que 
está más allá de las comprobaciones heladas, sin ca- 
lor de sentimientos, de ideal, de vida viva en una 
palabra, de la biología pura. 



(14) Op. cit., pág. 141. 

1155] 



JOSÉ P. MASSERA 



VI 

SUMARIO: El deber del trabajo no puede fundarlo la- 
fisiología exclusivamente. Uno de los primeros deberes no ha 
sido modificado ni ennoblecido por "la humanización". No se 
explica el porqué de semejante hecho, ni del apartamiento de 
las doctrinas de Stuart Mili y Spencer sobre este punto. El 
Cnteno fisiológico se aparta también del concepto de Gu- 
yau. El trabajo ni siquiera produce goce egoísta. Como es* 
siempre desagradable, la sociedad lo tiene que imponer y re- 
glamentar minuciosamente. Esta concepción del trabajo no 
está impuesta por la ciencia biológica. 



Consecuencia también de esta manera de juz- 
gar la vida es el principio aquel que domina en El 
Criterio fisiológico según el cual por medio del tra- 
bajo debemos extraer del ambiente las energías ne- 
cesarias que deben emplearse en primer término en 
mantener las funciones nutritivas, sin defecto aun- 
que también sin exceso alguno, y en caso de sobrante, 
que lo habrá gracias a la organización social bioló- 
gica, se entregarán a la libre acción de las funciones 
reproductoras y de relación que las utilizarán en for- 
ma de amor y de emociones superiores. 

Se advierte, desde luego, que si no hemos sali- 
do del recinto de lo moral, estamos sin duda más allá 
de la función fisiológica. Esta función puede llenarse 
parasitariamente lo mismo que por virtud del tra- 
bajo individual. 

Se dirá que, en fin de cuentas, la función para- 
sitaria utiliza el trabajo también, aunque sea el aje- 
no. Supongamos el caso del alimento. Ei alimento 
más natural no está por eso al alcance de la mano 
humana; forzoso es un cierto trabajo para cogerlo y 



{156} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



proporcionarlo a la satisfacción del apetito. Este tra- 
bajo elemental es, pues, indispensable para la vida. 
Es condición necesaria, sin la cual la vida desapare- 
ce. Pero, en realidad, se trata aquí de "un trabajo" 
en cierto modo impersonal desde que podría reali- 
zarse igualmente por el propio individuo que desea 
mantener su vida o por otro. La función fisiológica 
se realiza igualmente en los dos casos y hasta muchas 
veces se realiza mejor particularmente. 

Resulta evidente, por lo tanto, que la necesidad 
y obligatoriedad del trabajo personal, individual, no 
arrancan de lo fisiológico con aquellos caracteres. La 
biología no funda el trabajo como deber personal, 
sino una relación muy general entre la necesidad de 
que "alguien" realice un cierto trabajo, para que 
cierta función pueda producirse normalmente en una 
persona. La obligación individual no aparece sino 
cuando surge el sentimiento de la justicia que no es 
fisiológico, sino ético-social, profundamente humano 
y ligado indisolublemente a ideales intensamente 
queridos. 

El Dr. Rossi ha tratado de conferir a esa justi- 
cia un viso de fisiologismo al decir que cada indivi- 
duo tiene el deber* de trabajar para mantener su vida, 
porque si no impone a otro ese trabajo, además del 
lote propio, que a él le corresponde, pues muy pro- 
bablemente ese trabajo sobrepasará sus fuerzas, y 
sobre todo será injusto que el sobrante de ellas, si lo 
tuviere, sea aplicado en beneficio de otra persona, 
cuando debería emplearse en actividades propias, de 
reproducción o de relación. Pero tales derivaciones 
están lejos de justificar la obligación "fisiológica" del 
trabajo, desde que la vida puede mantenerse sin el 
propio esfuerzo; y tan cierto es, que la doctrina ad- 



[157) 



JOSÉ P. MASSERA 



mite varios "privilegios nutritivos" que luego anali- 
zaré más detenidamente, lo que demuestra mejor que 
nada, que "el trabajo propio" no es condición nece- 
saria para que las funciones puedan ejercitarse de- 
bidamente. 

Todo lo que podría deducirse lógicamente de la 
premisa fisiológica, como digo antes, es la necesidad 
de "algún trabajo' 1 realizado por "alguien" para que 
la función sea satisfecha. 

Pero éste no es, seguramente, el deber individual 
concreto y determinado que establece El Criterio 
fisiológico. 

Podría también afirmarse con carácter fisiológi- 
co, que el trabajo tiene por límite la falta de fuerzas 
suficientes, lo que se parecería mucho a una verdad 
de Mr. de la Palisse; y ello no significa otra cosa 
que trabajará el que pueda hacerlo. Pero "la obliga- 
ción" ¿nacerá simplemente del "poder"? ¿ Habrá 
que admitir el "puedo" luego "debo" que preceptúa 
el primer sustitutivo del imperativo categórico en la 
doctrina de Guyau? 

No, seguramente; me bastará observar que son 
muchos los actos que puedo realizar y que no "debo" 
sin embargo ejecutar. El "deber" no nace, pues, ex- 
clusivamente del "poder". No basta que exista en mí 
una fuerza que tienda a expandirse instintivamente 
para que "deba" expandirse, como en la doctrina del 
filósofo francés; ni que exista una fuerza que podría 
aplicarse a la satisfacción de las funciones que man- 
tienen la propia vida, para que nazca de esa posibili- 
dad "el deber" de hacerlo, y sobre todo desde que se 
admita que la "función" puede realizarse sin que el 
trabajo propio sea empleado. 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



Tocamos aquí la certeza de que lo moral está 
más allá del hecho y de lo fisiológico que a él se 
reduce. La fuerza que hay en nosotros es capaz de 
mantener nuestra vida, en ciertos casos; pero ¿bas- 
tará establecer esa relación de posibilidad, repito, para 
que surja "el deber" de aplicar nuestras fuerzas para 
satisfacer nuestras funciones corporales? 

No olvidemos que las relaciones de los hechos 
están siempre en indicativo, en tanto que el deber 
está siempre en imperativo, según la justa distinción 
del genial sabio-filósofo Enrique Poincaré. 

El trabajo, tiene por lo demás, en esta doctrina, 
caracteres especiales que deben detener un momento 
mi atención. 

Es, como en todas las doctrinas, uno de los de- 
beres más fundamentales del hombre; pero no olvi- 
demos, desde luego, el concepto especial del deber 
en esta "moral fisiológica en la cual no es impulso 
natural de la conciencia, sino imposición social, en 
razón de que el deber interesa escasamente al hom- 
bre y mucho a la sociedad. 

El trabajo, como todos los deberes, es por natu- 
raleza desagradable para el hombre, y por eso una 
sociedad bien organizada tendrá que obligar a todo 
el mundo a cumplirlo, y determinará el grado y me- 
dida en que ha de realizarlo para que la armonía 
social no padezca. 

Es un precepto socialista, pero condición nece- 
saria de un aprovechamiento individual ulterior, que 
hará feliz al hombre por el uso personal y libre de 
las energías adquiridas con el esfuerzo propio. Lo 
raro del caso es que, siendo el trabajo fruto genuino 
de u la humanización", ésta no lo haya "ennobleci- 
do", como ha pasado con las funciones orgánicas. La 



Í159] 



JOSÉ P, MASSERA 



"humanización" ha creado la industria, pero el tra- 
bajo sigue siendo desagradable como cuando el hom- 
bre tuvo que trepar por primera vez a un árbol para 
saborear un fruto. 

Es extraño que la psicología y la moral fisioló- 
gicas dejen de lado aquellas agudas observaciones de 
Stuart Mili y de Spencer sobre el traslado de los pla- 
ceres propios de los fines a los medios necesarios 
para cumplirlos, función que supone tan múltiples y 
fecundos recursos en la persecución de la felicidad. 
A pesar de haberse impuesto al hombre el cumpli- 
miento de los deberes, condiciones pre-orgánicas de 
las funciones vitales, como medios necesarios de lle- 
gar a la satisfacción de éstos, y por ello a un placer 
y a un aumento de vida, no han conseguido fundirse 
en el espíritu esos medios con los fines perseguidos, 
en términos de volverse placenteros en sí mismos, no 
han acaparado una parte de la felicidad del fin, se- 
gún el delicado análisis de Stuarc Mili ni se han 
vuelto fines en sí mismos, escalonados y jerarquizados 
en series, cuya persecución se vuelve agradable por sí 
misma, según el admirable estudio biológico de esta 
relación entre fines y medios que nos presenta el 
filósofo de la evolución ( 1 ) . 

El trabajo, en esta moral biológica, es siempre 
una violencia, pues la vida natural, según parece, es 
haragana; es una imposición de la necesidad y rara 
vez un esfuerzo que produzca goce, desde que hasta 
su carácter esencialmente obligatorio neutraliza el 
placer posible. 



(1) STUART Mill, Uvttiitarismt, cap. IV, especialmente pág. 
68 y siguientes; SpenCBR. Les bas§s d« la moróle ivoluHonnisté, pará- 
grafo» 58 a 61, págs. 134 a U7. 



1 160] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



;Qué lejos estamos de la concepción, también 
biológica, de Guyau, en la cual el trabajo es la forma 
más completa y evolucionada que nos presenta la 
fecundidad de la voluntad! 

El salvaje es incapaz de verdadero trabajo, tanto 
más incapaz, cuanto más degradado es. Los organis- 
mos que, entre nosotros, son los despojos todavía 
vivos del hombre primitivo, los criminales, tienen, 
en general, como rasgo distintivo, el horror al tra- 
bajo. El trabajo es el fenómeno, a la vez, económico 
y moral, en que se concilian mejor el egoísmo y el 
altruismo. Trabajar es producir, y producir es ser útil 
conjuntamente a sí mismo y a los demás ( 2 ). 

En la doctrina del Dr. Rossi, el trabajo es esen- 
cialmente amoral, pues ni siquiera produce goce 
egoísta y con menos razón altruista; es una mera y 
áspera necesidad. 

A su respecto no parecen haber progresado mu- 
cho los sentimientos del hombre desde que fuere con- 
denado al trabajo, a ganarse la vida con el sudor de 
su frente, en castigo de haber conquistado la ciencia. 
Hoy, es la ciencia que por boca del Dr. Rossi, afirma 
lo esencial del mito bíblico, que el trabajo es natu- 
ralmente y perdurablemente un sufrimiento, un do- 
lor. La biología nos enseña que es un medio indis- 
pensable de conservarse, pero siempre desagradable 
y antipático. Ha sido en el pasado y sigue siendo un 
remedio amargo que hay que tragar, de grado o por 
fuerza, para poder vivir. 

El trabajo será siempre y cada vez más necesa- 
rio en el futuro. En esto coinciden las opiniones que 
ahora comparamos. Pero, en Guyau esta ciencia obe- 

(2) GUYAU, Esquine d'une morale. pág. 99 

[161] 



6 



JOSÉ P. MASSERA 



dece a que parte del principio de que el trabajo es 
naturalmente bueno y encierra esencialmente una do- 
sis progresiva de altruismo, que hace que el hombre 
civilizado lo ame cada vez más por si mismo, como 
detesta el ocio que engendra el tedio, homicida de 
la energía voluntaria. 

Lógicamente, en esta manera de comprender la 
vida, no habrá necesidad alguna de imponer el tra- 
bajo a los particulares y menos de establecer autori- 
tariamente una clasificación y una equivalencia de 
los mismos. El juego de los naturales sentimientos, 
ayudados por la educación, bastará para hacer com- 
prender y amar la grandeza, la dignidad, la nobleza 
del trabajo. 

En la doctrina de El Criterio fisiológico que 
pretende forjar el convencimiento de que el trabajo 
es siempre o casi siempre penoso hay que apelar a 
la coacción estadual para inducir al hombre a la ta- 
rea, idea rara del deber amplio y positivo impuesto 
de afuera, seguido de un cotejo de sanciones, sujeto 
y trabado además, en su ejercicio, por una minucio- 
sa reglamentación que llega hasta fiscalizar lo íntimo 
de la conciencia, atisbando en ella recelosamente el 
menor placer espontáneo que lo acompañe para com- 
pensarlo tiránicamente exigiendo mayor tiempo a la 
contribución social o concediéndole menor salario 
que al trabajo realizado penosamente. 

Lo que voy diciendo lleva, por el momento, a 
la consecuencia de que esta moral, como esta socio- 
logía, biológicas, son construcciones dialécticas per- 
sonalísimas y no objetividades impuestas por la cien- 
cia impersonal de las leyes fisiológicas. El Dr. Rossi 
imputa como un error, que la moral de Guyau, como 
las de los demás "ensayistas", y por ende la socio- 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



logia y la pedagogía que de ellas fluyen, lleva el 
marcado sello personal de su filosofía, y no repara 
en que su propia moral como su sociología, y por 
lo mismo, su pedagogía, son también frutos espon- 
táneos de sus propias convicciones filosóficas, de mu- 
chos "y° creo" hábilmente eslabonados. 

¿Se atreverá a afirmar que su concepto de tra- 
bajo es "un se sabe" seguro e irrebatible? 

Por otra parte, si la biología como ciencia de 
objetividades irreductibles que se imponen necesa- 
riamente- a todo ser razonable, pudiese fundar exclu- 
siva y definitivamente el arce de la conducta humana 
y la organización social, no cabrían las discrepancias, 
no se producirían las variadas interpretaciones de la 
vida que conducen por rumbos tan contradictorios, 
y deberían coincidir en la armonía soñada los Gu- 
yau, los Nietzsche, los Le Dantec, los Metchnikoff, 
etc., y el Dr, Rossi, pues todos ellos colocaron la 
vida en el corazón de sus doctrinas. 

VII 

SUMARIO: La equivalencia nutritiva de los trabajos. Obs- 
táculos para su debida apreciación. Determinación de los fines 
sociales y de los medios de realizarlos. La ciencia biológica no 
puede intervenir en la fijación de este primer elemento. Las 
diferentes maneras de comprender la vida en las agrupaciones 
humanas no puede enseñarlas la biología que es una y obje- 
tiva. Los ideales deben impregnarse de ciencia, pero, por natu- 
raleza, tienen que sobrepasarla El hombre deberá "ensayar" 
siempre. La importancia del riesgo para llegar a una vida me- 
jor. La abnegación no tiene cabida lógicamente en esta doctrina. 



La reglamentación estadual de las equivalencias 
de las diversas labores, es a mi juicio, imposible si ha 
de descansar sobre la base de justicia que se supone. 



[163] 



JOSÉ P, MASSERA 



El principio de, la equivalencia nutritiva del tra- 
bajo es imposible porque se apoya sobre elementos y 
relaciones en los que la medida no domina. 

No basta querer introducir el número y la me- 
dida donde se desee, para que la naturaleza se plie- 
gue a nuestros intencos. Mucho tiempo se necesitó 
para hacer dócilmente cuantitativas las ciencias fisico- 
químicas, y, en cuanto a lo psicológico, es permitido 
afirmar que hasta el momento presente han fraca- 
sado los ensayos en el mismo sentido. Lo sensato sería 
esperar a que el ingenio humano salvase los obstácu- 
los, para muchos insalvables, que impiden, hoy por 
hoy, traducir en números el fenómeno de conciencia. 

El Criterio fisiológico encara, sin embargo, con 
gran fe, la posibilidad de la equivalencia en los 
valores de los trabajos, a fin de que nadie pueda tra- 
bajar menos de lo que corresponda a la armonía del 
funcionamiento personal y social. 

Un primer elemento de arbitrariedad nos sale 
al paso cuando se trata de fijar los fines sociales y 
los medios de realizarlos," que servirán luego de pun- 
tos de partida para la determinación del valor de las 
labores en cada sociedad. 

No es posible ocultar que la determinación de 
aquellos primordiales fines, puede ser objeto de dis- 
crepancias individuales, en las que la ciencia bioló- 
gica estará privada de intervenir, precisamente por 
su naturaleza impersonal. Juzgar del valor social de 
los fines y de los medios de la actividad de la col- 
mena humana, no es materia de ciencia, sino cálculo 
de intereses, o aceptación de ideales que, en rigor, 
debiera proscribir la ciencia que no los tiene. 

Y nada nos garantizaría, por otra parte, cientí- 
ficamente, de que una mayoría poco ilustrada, como 



r 164] 




UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



en cualquier sociedad "ensayista*, impusiera a una 
minoría selecta, una organización verdaderamente con- 
traria a las reales conveniencias de la comunidad. 

Ei Dr. Rossi cree a pie juntiilas que el hombre 
que ha enderezado su egoísmo por la educación hacia 
el bien de sus semejantes, no podrá proceder de otro 
modo, aún cuando su interés o ei de una mayoría 
esté en más o menos abierta pugna con el de los 
demás. "Los autores y directores de la organización 
social más justa y sabia, nos dice, pueden salir del 
tipo de hombre educado biológicamente, del simple 
hombre común, ni sabio ni héroe, nada más que del 
hombre a quien se haya pulsado en nombre de la 
cuerda sensible de su egoísmo, y se le haya enseñado 
que el objeto de la vida y de la asociación es domi- 
nar todas las cosas del ambiente para ofrecerlas como 
tema a la Emoción predilecta" ( 1 ) . 

No haré hincapié en que la psicología del 
Dr. Rossi, fundada en la absoluta fuerza de convic- 
ción de lo científico, olvida que "saber" no es lo 
mismo que "obrar", y qr± son legión los hombres 
medios y hasta superiores que sabiendo lo que en 
cada caso debe hacerse, no traducen su saber en he- 
chos, o hacen lo contrario de lo que aquél ordena, y 
hasta encuentran muy comúnmente explicaciones in- 
teligentes a su inadmisible inconsecuencia. 

Y no haré hincapié en este punto, secundario al 
fin y al cabo, pues debo insistir en la falta capital de 
la doctrina. Ese hombre medio, o mediocre, y estará 
en su mismo caso el más sabio y superior, podrá 
"creer", podrá "opinar" respecto de cómo se debe 
organizar una sociedad determinada, mas no podrá 

U) Rossi, S. C, El Cmerio Hstoló&co págs 257 y 253. 



U65} 



JOSÉ P. MASSERA 



"saberlo" a ciencia cierta en todos sus aspectos con- 
cretos con arreglo a pautas biológicas incontroverti- 
bles que no existen, desde que la ciencia biológica 
sólo nos presenta las uniformidades de lo general, 
relativas a lo vivo. 

Se afirma, detallando, que "las agrupaciones 
heterogéneas o que no comprendan de igual manera 
la vida (esto es subrayado por el Dr. Rossi) no son 
espontáneas ni naturales" por lo cual hay que for- 
mar agrupaciones con los fines especiales de "reali- 
2ar una conquista sobre el medio, o compartir un 
afecto mutuo" ( 2 ). 

Entonces "realizar juntos una aspiración común", 
ponerse de acuerdo sobre la manera especial de "com- 
prender la vida" que tenga o deba tener un grupo 
dado son fines de que debe partirse, y la biología no 
podrá proporcionarnos una certeza absoluta sobre 
cada caso, primero porque no se ocupa de fines, como 
se ha visto, y luego porque siendo múltiples las ma- 
neras de encarar la vida y constituidas por factores 
individuales, escaparían necesariamente a las unifor- 
midades impersonales y fijas de lo vital 

Las propias distinciones del Dr. Rossi ponen una 
vez más en evidencia que no es permitido confundir 
como si fuesen idéntica cosa, la vida cristalizada y 
fría que nos presenta la biología, sin calor de sen- 
timiento e indiferente a las cosas pre-orgánicas (*) 
y las vidas múltiples y variadas que, en la acción 
real, colectiva o individualmente, se forjan ideales 
y se esfuerzan por realizarlos, creyendo que así se 
desarrolla y se vive la verdadera vida. 



(2) Op. ar., púg. 254. 

(3) Op. cit , págs 94 y 95. 



{166} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



No pretendo, por esto, sostener que estos idea- 
les deban combinarse haciendo caso omiso de las 
experiencias de verdades acumuladas penosa y len- 
tamente. En manera alguna; creo firmemente que 
el ideal para que sea fecundo, debe inspirarse en los 
resultados aportados por las ciencias; pero por natu- 
raleza tiene que exceder de lo real porque no es 
hecho, sino aspiración a ser, y ese empuje de lo ideal 
nos conduce casi siempre a lo mejor, porque contiene 
un germen de progreso, porque nos libera de toda 
tutela, aun de la tiranía del hecho, porque nos aleja 
del conservatismo estéril. 

Y la tendencia a ensayar, si nos ha extraviado 
en ciertos casos, ha sido la fuerza que nos ha hecho 
progresar las más de las veces; y no puedo admitir 
que debamos cortar de raíz todo propósito "ensayis- 
ta", a lo que nos lleva la tesis del Dr. Rossi, porque 
el ensayo, que es novedad y es riesgo, es medio de 
llegar a una vida mejor, aunque pueda poner tran- 
sitoriamente en peligro la vida. 

Guyau, doctrinario de una moral biológica, dio 
al placer del riesgo una gran cabida en su hermosa 
construcción, pensando, tal vez con razón, que este 
hecho de experiencia puede ser una de las fuentes 
de la vida abnegada. t 

Mas para ello necesario es admitir el sufrimien- 
to útil con carta de ciudadanía en los dominios de 
la felicidad, y hasta el sacrificio de la materialidad 
del vivir si se ha llegado a concebir valor más alto, 
y al convencimiento de que la felicidad no pueda 
existir sin la realización de esos valores. 

Una doctrina moral exclusivamente fundada en 
la persistencia del ser, no podría llegar jamás al sa- 
crificio del mismo; si el fin único es vivir material- 



{167] 



JOSÉ P. MASSERA 



mente, habría que ahogar definitivamente en el co- 
razón humano todo otro fin que pudiese implicar una 
merma o un sacrificio de aquél. A ello debe condu- 
cir lógicamente una doctrina como la del Dr. Rossi, 
que sustenta la organización social sobre el cultivo 
de los egoísmos, y quiere que la acción individual 
esté subyugada a aquellos dos terribles' amos de que 
nos hablaba Bentham, a cuya férula no podemos esca- 
par, el placer y el dolor. 

Por eso nos predica que no nos abandonemos 
a "los ensayos", de suyo expuestos a errores, incier- 
tos, peligrosos siempre; y nos atengamos exclusiva- 
mente para regir nuestras actividades a los datos 
comprobados, a las experiencias de verdad acumula- 
das por la ciencia biológica. 

Bien sé que el Dr. Rossi va a protestar de esta 
interpretación de su tesis insistiendo en que no se 
atiene puramente a la vida material; pero creo tener 
el derecho de insistir en ella desde que para el doc- 
tor Rossi la función nutritiva es lo capital, y sólo 
rezagadas y muy subordinadamente aparecen luego 
las satisfacciones de orden superior. 

^ En efecto, el hombre está en el deber de ad- 
quirir^ energías, no sólo para cumplir las funciones 
nutritivas, lo que por otra parte es comúnmente ad- 
mitido, sino para llenar las funciones de reproduc- 
ción y de movimiento, y el sobrante es lo único de 
que puede disponer libremente para dar satisfacción 
a sus tendencias artísticas y de progreso. 

Mientras se mantenga esta jerarquía fatal de fun- 
ciones impuesta por "la animalidad fundamental" ( 4 ) 
y la tesis de que el hombre debe huir del menor sufri- 



(4) Op. en., pág. 100 y siguientes. 



[168] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



miento orgánico, habrá derecho a decir que a pesar 
de que la doctrina coloca verbalmente en esferas 
superiores a la inteligencia, al arte, a lo digno, a lo 
noble, etc., no están en realidad a tal altura desde 
que carecen de suficiente valor en el concepto de la 
vida para equilibrar y aun pesar más que las fuerzas 
que tienden a conservarla a todo trance; y en tanto 
se sustente que nada puede valer contra lo que pro- 
duzca la más insignificante merma de una función 
fisiológica, u ocasione el más mínimo sufrimiento. 

La vida no puede reconocer sin contradicción 
la bondad de la abnegación, de la destrucción parcial 
o total de la vida. 

Habría que ponerla en tela de juicio, que juz- 
garla a cada paso, en nombre de algún principio que 
reputáramos superior a ella, todo lo cual no puede 
salir sin contradicción palmaria de una ciencia de la 
vida, definitiva y cerrada, como la que nos presenta 
el Dr. Rossi, que ha desterrado por ilusorios todos 
los ideales, engendros de la imaginación y del sen- 
timiento. 

VIII 

SUMARIO: La traducción de los trabajos en función de 
energía. Postulados de que parte El Criterio fisiológico. 
Analogía de la sociedad y el organismo transformada en 
identidad. En esta doctrina habrá que fiscalizar a cada indi- 
viduo para que no consuma la menor cantidad de energía que 
no haya producido ¿Como estimar científicamente la cantidad 
de dolor que una técnica produce? Cuantificación de la sen- 
sibilidad: nuevo desiderátum. El problema es insoluble por 
la variedad infinita de las sensibilidades. Examen de las reglas 
de El Cnterio fisiológico. Lo que hay de "subjetivo" en 
ellas. Con ellas no puede construirse nada definitivo, 



U69] 



JOSÉ P. MASSERA 



Admitamos por un momento que no existieran 
dificultades para organizar Jas sociedades de un mo- 
do permanente y estable en virtud de una aplicación 
exacta de lo biológico a lo social. 

Restaría, en el problema de la equivalencia de 
las técnicas profesionales, la eliminación de otra im- 
portante incógnita: la traducción de los trabajos en 
función de energías para formar lotes 'armoniosa- 
mente distribuidos". 

Estamos aquí de nuevo, en un terreno persona- 
lísimo, y por añadidura arbitrario y ocasionado a 
errores e injusticias. 

Sabemos que sobre la base de la utilidad social, 
el estado formulará los cuadros de las equivalencias 
de las técnicas profesionales, una de las cuales toda 
persona está obligada a desempeñar, y esta equiva- 
lencia se determinará teniendo en cuenta °el dolor 
que su cumplimiento produzca al individuo". 

El criterio a que apela el Dr. Rossi se funda en 
un hecho que supone biológico y en un postulado 
que no ha justificado: que el dolor es inherente al 
trabajo y que la vida ha huido y huye, sin excepción, 
del dolor. 

Estamos, por otra parte, fuera de la función fi- 
siológica, y sí enfrente de una equivalencia que juz- 
gamos con arreglo "a un ideal de justicia, consistente 
en que nadie trabaja menos de lo que corresponde* 
y lo que corresponde es no imponer a otro un exceso 
de ese trabajo antipático por esencia. 

Esta armonía que va a construirse por cada so- 
ciedad, aunque decorada por el Dr. Rossi con el 
nombre de "biológica", que en el lenguaje de El 
Criterio fisiológico equivale a perfecta, está eviden- 
temente fuera de lo estrictamente vital científico, 



[170] 



UNA PEDAGOGIA OBJETIVA 



porque es obra a realizarse tomando por punto de 
partida una supuesta igualdad entre la célula y el 
individuo, y dando por sentado que el organismo so- 
cial, constituido por hombres, debe imitar el dina- 
mismo celular que ha engendrado la naturaleza en 
el seno del ser individual. 

Todo esto es dialéctica vital, no ciencia bio- 
lógica; y lo peor del caso es que la supuesta perfecta 
armonía de los órganos que se presenta a la inteli- 
gencia humana como modelo de lo que la naturaleza 
ha sabido hacer, está lejos de estar probada, como 
veremos más adelante, y es otro mero postulado que 
el Dr. Rossi acata como inconmovible conclusión de 
experiencia científica. 

Pero, aun dando de barato que todos estos pun- 
tos estuviesen resueltos de un modo definitivo e in- 
controvertible, no es difícil probar la inseguridad 
científica del criterio en que se funda la equivalencia 
de los trabajos. 

Todo hombre debe trabajar para producir las 
energías que podrá luego consumir. Difícil, si no im- 
posible será la tarea social de fiscalizar a cada par- 
ticular para que no llegue a consumir la menor can- 
tidad de energías que no haya producido y obligue 
a sufrir a otro ser humano por esa causa. 

Demos, sin embargo, por allanada esta dificul- 
tad y estudiemos la equivalencia misma. 

Si ha de tenerse en cuenta el mayor o menor 
dolor que una técnica produzca, fluye de inmediato 
el problema de saber si el estado podrá resolver el 
punto con arreglo a la ciencia, que no proporciona 
conclusiones individuales, sino generalidades a base 
de medianas y aun de aproximaciones, y especialmen- 



[171} 



JOSÉ P. MASSERA 



te en esta materia tan profundamente subjetiva como 
es el dolor que produce el ejercicio de una tarea. 

No está esbozado siquiera ese estudio y sólo 
tenemos vagas nociones al respecto. Sabemos, en 
términos muy generales, que hay trabajos más duros 
que otros. ¿Podría llegarse, por más biología que se 
derrochase, a la determinación numérica de esos su- 
frimientos? 

No conozco ensayo serio al respecto, y hasta 
ahora ha fracasado toda cuantificación de los estados 
de conciencia en el terreno de psico-física. 

No hay seguridad alguna, pues, de que por 
este lado encontremos la base roqueña que haya de 
utilizar este Estado ideal en el cual sus organizado- 
res demostrarán toda su ciencia y toda su cultura 

No puede obligarse a nadie a lo imposible, y 
si permitimos que se planteen ías cosas mal desde 
un principio, conformaremos sociedades artificiales y 
ensayistas, ni más ni menos que como cualquiera de 
las actuales. 

¿Qué hacer entonces? Lógicamente deberíamos 
aplazar la reconstrucción social hasta que la ciencia 
biológica nos proporcionase principios estables sobre 
la cuantificación de los placeres y de los dolores hu- 
manos. 

¿Llegará la ciencia a semejante resultado? 

Hay quienes opinan que es obra imposible por 
irreductibilidad radical de los fenómenos mentales y 
materiales; pero aun cuando no debamos adherir a tan 
extrema opinión, por creer que es mejor guardar una 
actitud expectante, sin tomar partido por ninguna de 
las escuelas opuestas, esperando a que los hechos 

(1) Op. ck., pá«. 255- 



{172} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



pronuncien su última palabra, esta misma oposición 
prueba a la evidencia, que, hoy por hoy, no podemos 
poner manos a la obra porque esa cuantificación cien- 
tífica es, por ahora, un mero desiderátum y no un 
hecho objetivo comprobado. 

Pero, suponiendo resuelta también esta grave 
dificultad y que la ciencia dispusiera de los medios 
de formar el cuadro completo de los sufrimientos que 
cada tarea profesional produce, todavía quedaría otra 
más grande si cabe: la determinación del grado de 
dolor personal que haya de ocasionar. Porque la cien- 
cia habría llegado sólo a generalidades y medianas, 
y siendo el trabajo un acto individual, todavía podría 
ser profundamente injusto aplicar el criterio cientí- 
fico a la variedad infinita de las sensibilidades. 

Es necesario, sin embargo, resolver la nueva 
dificultad, si hemos de aceptar la regla de compensar 
con mayor remuneración o con menor tiempo de tra- 
bajo las tareas que más molestias proporcionen, pues 
hasta se prevé el caso de que para las más penosas 
no se presentaran trabajadores voluntarios ( 2 ). 

Y del mismo modo se ha de proceder con las 
labores que produzcan placer. El grado justo de estos 
placeres, en cada individuo, como el de sus dolores y 
molestias, deberá determinarse con matemática pre- 
cisión para poder establecer las justas compensacio- 
nes que den por resultado que nadie trabaje menos 
de lo que deba para no imponer a otro una demasía 
de labor o un sufrimiento que no debe experimentar. 

Todo esto se complica enormemente si no olvi- 
damos que además habrá que calcular esos valores 
desde el punto de vista del interés especial que ha 



(2) Op. cíe, pág 236. 



[1731 



JOSÉ P. MASSERA 



reunido el grupo social, a su manera de comprender 
la vida, a una determinada lucha con el ambiente, etc. 
No me quiero poner en el caso de los que deban 
fijar exactamente el valor del trabajo, de los que se 
dediquen a la astronomía o a las matemáticas puras, 
en una sociedad cuyo fin sea la obtención de cereales 
que tan desagradable le parece al Dr. Rossi ( 3 ). 

El Dr. Rossi adelanta ciertas reglas, pero está 
lejos de allanar tantos obstáculos. 

Hay técnicas, nos dice, que por sí mismas son 
un motivo de placer, las artísticas y las intelectuales, 
en general; y "es perfectamente lógico que, para que 
no haya excedentes de voluntarios para ellas en detri- 
mento de las desagradables, obtención de cereales, por 
ejemplo, la reglamentación prevea mayor aplicación 
de energías para las profesiones agradables, y menos 
cantidad para las desagradables, o vice-versa, en la 
remuneración" (*). 

Esta clasificación sumaria ¿es algo objetiva, o 
algo enteramente subjetivo, y consecuencia de la 
orientación mental especial de su autor? 

No me parece que quepan dos opiniones al 
respecto. Si esa clasificación la hubiese hecho un 
campesino, sin la preparación intelectual y artística 
del Dr. Rossi, habrá invertido el orden de esos gru- 
pos de técnicas. 

Ocurrirá entonces, que el grupo que organice 
o dirija el estado, impondrá sus "opiniones" y sus 
maneras especiales de sentir a los demás, y podrán 
resultar ásí las más flagrantes contradicciones con la 
doctrina biológica: gentes a quienes una técnica cau- 

(3) Id., Id. 

(4> Op. at., pág. 236 y 237. 



[174} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



se placer, alentadas en su tarea, y gentes a quienes 
cause dolor, dificultadas en su cumplimiento. 

La ciencia va a fracasar en su tentativa de faci- 
litar el acceso de trabajadores a las profesiones pe- 
nosas. Es que no hay posibilidad de una clasificación 
objetiva en este terreno super-variable de las sensi- 
bilidades. 

Entonces, se dirá, el problema tal vez tenga 
solución calculando el sufrimiento o el placer de cada 
uno ante la técnica elegida o impuesta, 

¿Es posible, siquiera aproximadamente, esta cuan- 
tificación individual? Y digo cuantificación, porque 
la justicia de la equivalencia biológica no quedará 
satisfecha si llegamos únicamente .a un más o menos, 
y nos atenemos a lo que cada persona nos comuni- 
que de un modo vago o imperfecto acerca del grado 
y matiz de sensibilidad provocada por dicha labor. 

Hasta el momento presente, la psicología obje- 
tiva no nos ha comunicado la fórmula que traduzca 
en números, accesibles a todos y comparables exac- 
tamente, esas íntimas subjetividades que dependen del 
temperamento, de la constitución corporal y mental, 
de la educación, de las tendencias heredadas, y que 
el propio individuo que las experimenta no sabe 
apreciar muchas veces sino en forma muy indeter- 
minada. 

Si hay una conclusión que se impone aquí, es 
la de que no existen, ni pueden existir, principios 
impersonales, científicos, para dilucidar acertadamen- 
te este problema que tiene sus raíces en el seno de 
la más profunda desigualdad humana. Resolverlo en 
virtud de "generalidades" o "medianas", sería come- 
ter injusticias a cada paso; y resolverlo con arreglo 
a la infinita variedad de lo individual es imposible. 



[175] 



JOSÉ P. MASSERA 



Habrá que resignarse a una solución imperfecta. Ese 
estado "impersonal y científico"( 5 ), fundado en la 
biología, pondrá en evidencia el fracaso fatal de la 
doctrina. 

Algo más es dable observar en cuanto al crite- 
rio propio del Dr. Rossi, según el cual las tareas ar- 
tísticas e intelectuales, por producir placer general- 
mente, debieran conducir a los organizadores del 
estado a exigir mayor tiempo de aplicación a ellas, 
o al pago de una menor remuneración, que en el 
caso de las técnicas penosas. 

Para que las ocupaciones artísticas e intelectua- 
les produzcan placer es necesaria una cierta prepara- 
ción y un cierto desarrollo que ya cuesta trabajo o 
tiempo adquirir. Si recargamos el servicio de esas 
tareas o las remuneramos menos que otras, ¿no se 
producirá la consecuencia necesaria de que sea cada 
vez más escaso el número de los que a ellas quisieran 
dedicarse? Y ¿podrá ser ése el fin a que aspire una 
sociedad científicamente organizada? 

Por otra parte, como el placer o la antipatía que 
una labor produce dependen, en buena parte, de la 
mayor o menor remuneración y de que no sea ex- 
cesivo el tiempo que exija para obtener un resultado 
medio, resultará que, algún tiempo después de la 
vigencia del principio enunciado, se tornará inexac- 
to, y, así, la obtención de cereales, por ejemplo, lle- 
gará a ser el trabajo favorito de los asociados, y, 
entonces habrá que perseguirlo. 

De este modo se comprobará experimentalmen- 
te, que la biología no nos da, ni puede darnos pautas 

(5) Op. rit , pág. 258. 



r 176 j 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



inmutables en estas complejas materias sociales, y 
que esa organización que tan jactanciosa se presentó 
como definitiva era un simple ensayo, fruto de un 
aproximado "yo creo", y no de un seguro e inconmo- 
vible "se sabe". 

IX 

SUMARIO: Los privilegios nutritivos; el capitalismo y 
la herencia rechazados en nombre de la biología. El caso 
especial de los "parásitos resignados". Los fuertes pueden vio- 
lar las leyes biológicas. Inconsecuencia de esta doctrina del 
deber impuesto por la sociedad. Esa actitud del fuerce debería 
considerarse inmoral. En el "parásito resignado" el suicidio 
no es inmoral en esta doctrina de la vida. Es que en ella no 
hay deberes de conciencia. Otros privilegios nutritivos que 
acepta El Criterio fisiológico. Examen del privilegio de la 
mujer amada. Homenaje a la libertad individual, pero viola- 
ción del principio vital. Ese privilegio hará sufrir como cual- 
quier otro. Brecha abierta en la doctrina de El Criterio fisio- 
lógico y aceptación implícita del principio disolvente de que 
el sufrimiento es bueno. Ra2ones para admitir que el privile- 
gio no debe ser restringido a la mujer amada. Doble inmo- 
ralidad del privilegio. 



Abomina el Dr. Rossi de dos grandes privile- 
gios nutritivos, que causan hondísimos males en nues- 
tras sociedades actuales: el capitalismo y la herencia, 
que deben desaparecer desde luego de toda sociedad 
"biológica" porque los que detentan tales ventajas con- 
sumen energías sin producirlas, con el correspondien- 
te recargo de los productores (*). 

Parecería, y El Criterio fisiológico lo repite 
en todos los tonos, que fuera la ley fundamental de 

(l) Op. cit., pág. 267. 



[177] 



JOSÉ P. MASSERA 



toda agrupación humana, el principio de que nadie 
podrá gastar energías si no las ha ganado con su tra- 
bajo. 

El parasitismo sería el peor de los flagelos, y 
precisamente el gran defecto del capitalista y del 
heredero, consistiría en ser "parásitos nutritivos". 

Ya hemos visto, sin embargo, que la doc- 
trina fisiológica no puede fundar lógicamente el 
deber personal que tiene todo hombre de trabajar y 
que llegaría solamente a establecer una vaga obliga- 
ción, esto es, que alguno debe trabajar para que las 
funciones se realicen debidamente en alguien, como 
también que la mera disponibilidad, en un ser deter- 
minado, de fuerza capa2 de llenar las funciones 
necesarias para la vida, no funda el deber individual 
de aplicarla así, en tanto no se hagan intervenir otros 
elementos que no se reducen enteramente a un juego 
de fuerzas fisiológicas. 

Indiscutible es que el parásito puede cumplir 
religiosamente todas las funciones corporales, en tal 
guisa que el fin vital sea llenado lo mismo o mejor 
que en la persona que trabaja. 

No voy a insistir, por consiguiente, en este as- 
pecto del problema, sino en otros que sugiere el aná- 
lisis de los privilegios que acepta, como de los que 
rechaza, la doctrina de El Criterio fisiológico. 

En esta sociedad biológica que bien o mal, se 
funda sobre el principio de que nadie puede ni debe 
vivir sin trabajar; que construye penosamente una 
armazón estadual para garantir el cumplimiento in- 
violado de tal precepto; que va a suprimir por mons- 
truosos los privilegios nutritivos del capital y de la 
herencia; es posible, sin embargo, vivir sin trabajar, 
no como un residuo procedente de la imperfección 



Í178] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



humana, como necesidad que hubiese que tolerar, 
sino como acto lícito que la doctrina se empeña en 
admitir contraviniendo a sus bases más capitales. 

No me refiero a los privilegios naturales del 
niño, de la mujer en el período de maternidad, del 
padre o del anciano que ya no puede trabajar ( 2 ). 

Se comprende que, en tales casos, el estado no 
exija el cumplimiento del deber que le encargara la 
biología pura. No es posible obligar al que no pue- 
de y la obligación se cambiará aquí en protección. 

Me refiero a privilegios nutritivos aceptados 
en quienes pudiendo trabajar, no lo hacen, con tal 
de no causar perjuicios a otros, o con tai de recibir 
la protección de quienes quieran prestarles compla- 
cidos sus energías. 

El primer caso es el que llama el Dr. Rossi de 
"los parásitos resignados". Son los sujetos que "aban- 
donados a sus propias energías en un momento de 
su evolución en que ya pueden bastarse a sí mismos, 
no le encontraran bastante atractivo a la vida para 
esforzarse en conservarla, y se abandonaran silenciosa- 
mente a la inacción suicida, con un gesto de indife- 
rencia, o de desdén" ( s ). 

He aquí cómo, en esta sociedad que ha tomado 
por lema insustituible la conservación de la vida, es 
perfectamente libre el abandonarla con tal de que 
sea en silencio y con un gesto de indiferencia o de 
desdén. 

La sociedad "no tiene porqué interesarse" por 
estos seres, pero podrán encontrar protección en los 
particulares: "El parásito no agresivo en realidad 

(2) Op dt, pág. 144. 

(3) Op. cit , pág. 246. 



[179] 



JOSÉ P. MASSERA 



también perjudica a la sociedad, porque apelando a 
la sentimentalidad de los fuertes le sustrae energías 
que no podrán destinar en provecho propio; pero el 
sentimiento es libre de abnegación y no es obliga- 
torio, de manera que el parásito resignado no estorba 
mayormente" ( 4 ). 

Si realmente el precepto fundamental de la or- 
ganización social y de la educación es el equilibrio 
vital que engendra una vigorosa reacción contra los 
que aprovechan de la energía ajena para vivir o 
medrar, lo natural sería que nadie protegiera a estos 
parásitos y la "sentimentalidad'* podría muy bien 
equivaler a tontería o inmoralidad. 

Empero, los "fuertes" pueden salir de la regla 
y trabajar para otros exponiéndose al desequilibrio, y 
el Estado habría perdido el derecho de 'obligar a tra- 
bajar* a ese parásito protegido. 

Los fuertes quedan así facultados para violar 
las leyes biológicas, todo aquello que la doctrina 
considera como la esencia de la vida, y el Estado se 
lava las manos ante el desmoronamiento de sus es- 
fuerzos para organizarse y educar a todo el mundo 
en los cánones de la biología pura. 

¿Se deberá este espectáculo a un homenaje liso 
y llano a "los fuertes", con capacidad para crearse 
una moral especial como en el inmoralismo de Nietz- 
sche? ¿Es que habrá que dejar un sitio a la abnega- 
ción para su cultivo y desarrollo? Acaso ¿se tratará de 
una concesión inconsecuente en una doctrina donde 
no existen deberes personales y en la que el deber 
"por interesar más a la sociedad que al individuo"( 5 ) 



(4) Op. cit.,'pá fi s. 246 y 247. 

(5) Op. cit., pág. 232. 



(180 3 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



es imposición de aquélla, y no expansión de una con- 
ciencia hacia lo que cree el bien? 

La sociedad condena a trabajar al que no quie- 
re hacerlo y pretende, sin embargo, ejercer funciones 
que demandan energías que no ha ganado y que 
imponen a otro un sacrificio. Esta condenación se ha 
dictado no porque el parásito viole lo biológico en 
su persona, pues su vida puede ser muy amplia, sino 
porque lo viola en la persona de otro. 

La ley biológica, por ser objetiva, impersonal, 
obra de la naturale2a y no del hombre, es indepen- 
diente de toda consideración personal y especialmen- 
te de la voluntad y de las intenciones de los indi- 
viduos; es un hecho exterior cuyo cumplimiento 
persigue el estado como base científica de la socie- 
dad perfecta. 

Si la moral ha de ser biológica, como afirma la 
doctrina, no es discutible que lo contrario a lo bio- 
lógico debe ser inmoral. 

Por consiguiente, el "fuerte", que voluntariamen- 
te se sacrifica en cualquier grado por un parásito, 
comete una flagrante violación del precepto capital 
de la moral. La abnegación es lógicamente inmoral 
en esta doctrina. Sólo un resto de moral ensayista 
podrá inspirar la abnegación por amor al prójimo; 
pues jamás el moralista- fisiólogo realizará el mismo 
sacrificio con la conciencia de su moralidad, porque 
lo estrictamente moral hubiera sido abstenerse de un 
sacrificio que disminuye la vida y destruye la armo- 
nía de sus funciones fisiológicas. 

En cuanto al parásito resignado, que por defi- 
nición es el que se decide a morir por trabajar, su 
conciencia no le reprocha inmoralidad alguna, desde 
que el estado no le impone "el deber" de trabajar. 



[181] 



JOSÉ P. MASSERA 



Su actitud no ataca al derecho de nadie, ni supone 
la violación de un deber. 

El parásito resignado puede morir tranquila- 
mente, pues esta ética de la vida, no encuentra 
estímulo alguno de carácter moral que tienda a 
detener al hombre en la pendiente de abandonarla 
voluntariamente. El suicidio que no molesta a nadie, 
no es acto inmoral en esta doctrina de la vida. El 
mohín de desdén o de indiferencia del suicida per- 
mire olvidar lo más importante que la vida hizo a 
través de las edades y que tendría que ser el primero 
de los deberes: persistir y expandirse triunfando de 
todos los obstáculos, de todos los dolores, de todas 
las decepciones y abatimientos. 

Es que no hay deberes de conciencia en esta 
moral objetiva, desde que se empieza por declarar 
que los deberes son, en realidad, cargas que exigen 
esfuerzo y aplicación de energía que generalmente 
no producen placer ( 6 ), y que, por lo mismo, deben 
ser impuestos por medio de sanciones exteriores ( 7 ). 

Dejemos al parásito resignado abandonado a su 
triste suerte y estudiemos otros casos de excepción al 
cumplimiento del deber de trabajar que acoge abier- 
tamente El Criterio fisiológico 

Existe también el privilegio para el que puede 
trabajar y no quiere, con tal de que encuentre quien 
voluntariamente trabaje por él. Se admite la dona- 
ción voluntaria de energías. 

"Si el que tiene que hacer un esfuerzo suple- 
mentario lo acepta voluntariamente, el privilegio no 
hará sufrir", nos dice el Dr. Rossi; "es el caso de los 



(6) Id., Id 

(7) Op. cit., págs. 241 y 248. 



H82] 



UNA PEDAGOGIA OBJETIVA 



hombres que trabajan por la mujer que aman( 8 ), 
y para los padres que no puedan trabajar o para los 
hijos que aún no están desarrollados (privilegios 
fisiológicos los dos últimos); pero si el privilegiado 
no tiene un protector que duplique su esfuerzo para 
él y no se resigna a morir por inanición, su conducta 
es antisocial porque usurpa un lote ajeno de ener- 
gías, y pertenece desde ese momento a la voluntad 
de su grupo, que tiene que resolver la actitud de 
todos ante el factor de desequilibrio. Esta posibilidad 
del privilegio (que del punto de vista biológico es 
un caso de parasitismo ) plantea a la sociedad la nece- 
sidad de reglamentar la conducta individual, para 
quitar al individuo la libertad de dañar (*), 

Quedamos así en que, a pesar de la injusticia 
biológica que comete el que aprovecha energías que 
no ha creado con el trabajo ímprobo, es permitido 
violar tan fundamental y objetiva la ley de la vida 
humana, en homenaje a la libertad individual. 

El Criterio fisiológico olvida aquí el deber 
"social" del trabajo, exigencia pre-orgánica de la fun- 
ción fisiológica y parece aceptar ahora lo que antes 
negara tenazmente, que el medio empleado para sa- 
tisfacer las funciones fisiológicas no es proporciona- 
do necesariamente por la biología objetiva, pues 
podrá depender del arbitrio humano y del ideal que 
se forje el hombre. 

Afirma, sin embargo, el Dr. Rossi que, en tal 
caso, el privilegio no hará sufrir. 

Pero, no es exacto que el exceso de trabajo, con 
la "duplicación" del esfuerzo, por ser acogido volun- 



(S) Op. cit., pág. 233. 
(9) Id., Id. 



{183] 



JOSÉ P, MASSERA 



tariamente no causará sufrimiento. La mujer amada 
podría, según los casos, imponer trabajos largos o 
penosos, por sus exigencias, o porque el sacrificado 
voluntario no dispusiera de gran caudal de fuerzas 
para gastar, o tuviera además otras ocupaciones que 
cumplir, muchos hijos, por ejemplo. Y, por último 
y sobre todo, porque el trabajo, en la doctrina del 
Dr. Rossi, es por naturaleza penoso. 

Por esta brecha abierta en El Criterio fisioló- 
gico } que podrá agrandarse mucho si pensamos que 
el amor será libérrimo ( 10 ) y no trabado absurda- 
mente como en nuestras sociedades ensayistas, una 
especie de amor fanerógamo según la frase pinto- 
resca de Fourier, el desequilibrio social que se 
produce cada vez que se ejerce un derecho sin cum- 
plir el deber correspondiente, tendrá que ser consi- 
derable en esta sociedad ideal, y se fomentará ade- 
más, con la accipn y el ejemplo sugestionado^ el 
precepto francamente disolvente que proclamará que 
el sufrimiento es bueno muchas veces y puede con- 
tribuir a la felicidad personal y social. 

Un paso más y podríamos poner nuestros sen- 
timientos al unísono con los del 4 ensayista" Guyau 
y asentir sin discrepancia en que "sufrir es la marca 
de una superior idad", "que el único ser que habla y 
que piensa es el único capaz de llorar" ( 11 ); y, que 
los sufrimientos fecundos son acompañados de un 
"goce inefable"; y hasta que "ellos se parecen a esos 
sollozos que traducidos en la música de un maestro, 
se vuelven armonía"( 12 ). 



(10) Op. cit., pág. 251. 

(11) Guyau, Esquisse d'unc moróle..., pág. 176. 

(12) Op. cit., pág. 177. 



[184] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



Por lo demás, la excepción parece admitirse 
solo en el caso de la mujer amada; pero no se com- 
prende porqué no se toleraría en un hijo, padre o 
hermano robusto en favor de los suyos, o en cual- 
quier fuerte y voluntario a favor de otro ser humano 
a quien ame. 

Por ventura la excepción ¿se debería a la debi- 
lidad de la mujer? - 

— En manera alguna: Si se tratara de un ser 
débil o mal constituido para el trabajo, el caso caería 
dentro del precepto social de "proteger al que no 
puede". 

— ¿Se deberá a la creencia en una superioridad 
del amor sexual? 

— Tampoco, porque se ha proclamado que las 
funciones nutritivas tienen prelación natural sobre 
las reproductoras, y que nadie puede ejercer derechos 
* que son motivo de interés o de placer solamente para 
el individuo que ejerce las funciones", dado que la 
emoción es subjetiva ( 13 ), sin conquistar por su es- 
fuerzo personal las energías que ha de aplicar al 
placer ( 14 ). 

Por otra parte, es canon primordial de esta so- 
ciedad biológica, la más absoluta igualdad de la mu- 
jer y el hombre, sin más excepción que el período 
de "maternidad". "Fuera de ese período de natural 
inaptitud, el criterio fisiológico no tiene argumentos 
para impedir el ejercicio de esa función pre-orgánica 
en alguna tarea de las muchas que comprenden la 
división del traba jo" ( lñ ) . Agrega luego más concre- 
tamente todavía: "La protección nutritiva del hombre 



(13) ROSSI, S. C, El Criíerío fisiológico, pág. 232. 

(14) Op. dt., pág. 232 y 251. 

(15) Op. cit., pag. 145. 

1 



JOSÉ P. MASSERA 



reproductor debe extenderse a la persona del sexo 
femenino que haya elegido por pareja, durante el 
tiempo en que la fisiología de la maternidad no le 
permita trabajar"( 16 ). Y más adelante: "que el hom- 
bre estudiado (en El Criterio) es el organismo 
humano, masculino y femenino. Todas las conclusio- 
nes de la ontología y de la sociología son, pues, apli- 
cables a la mujer: las relativas al trabajo, a las obli- 
gaciones, a los derechos, incluso la libertad de amar 
o de no amar"( 17 )* 

Si la mujer es "un hombre 1 ' en este sistema, 
imposible me parece explicar racionalmente porqué 
el amor a otro hombre no podrá fundar el mismo 
privilegio de escapar al precepto social de "obligar 
al que no quiere". 

Para concluir, diré, que aun restringido a la mu- 
jer amada, este privilegio constituye una doble inmo- 
ralidad en la doctrina de El Criterio fisiológico: 
en el hombre derrochador gratuito de energías, que 
sufrirá por el exceso de trabajo, y en la mujer, pará- 
sito no resignado, que amplía inmoderadamente su 
derecho a la felicidad, restringido naturalmente, co- 
mo en cualquier "hombre", por la obligación del tra- 
bajo áspero. 

Se coloca así en la voluntad humana y hasta en 
el capricho pasajero, en el amor ilusorio o real, en 
la pasión, en la emoción en fin que se juzga otras 
veces como inferior, la facultad enorme de derogar 
el principio capital sobre el que ha de reposar el es- 
tado y la educación. 

Se admite así una potencia perturbadora de las 



(16) Op. cit , pág. 231. 

(17) Op. cíe-, pág. 251. 



{186} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



leyes que rigen el universo, algo que podrá no reves- 
tir los caracteres de la contingencia, pero que pro- 
duce ciertamente, un anarquismo individual disol- 
vente e incomprensible por destructor de las armo- 
nías naturales. 

X 

SUMARIO: Los privilegios del capital y de la herencia. 
Sus supuestos efectos en la sociedad. La supresión de las cár- 
celes y tribunales, etc. El sistema represivo en El Criterio 
fisiológico. Algo sobre Ja pena de muerte. ¿Violan los pri- 
vilegios nutritivos las leyes fisiológicas? No se ha probado 
la relación necesaria entre el privilegiado y alguien que sufre. 
El capital subsistirá en Jas nuevas sociedades. El precepto fisio- 
lógico puede cumplirse sin trabajar, por el deporte y la edu- 
cación científica y estética. La educación estética no puede es- 
tar, sin embargo, en el mismo plano que la científica. Con* 
tradicción respecto del privilegiado hereditario. El privilegiado 
nutritivo no es un hombre incompleto y habría interés en 
conservarlo en una sociedad biológica. ¿A quién impone una 
mutilación el privilegio de la herencia? No se ha probado 
que la miseria de algunos se deba forzosamente a Ja riqueza 
heredada de otros. Con los principios de El Criterio fisiológico 
se podría aceptar el privilegio hereditario. 



Ante semejantes derogaciones de la ley fisioló- 
gica ¿tenemos el derecho de ensañarnos contra los 
llamados privilegios nutritivos que suponen el capi- 
tal y la herencia? 

El Dr. Rossi afirma que por cada persona que 
no trabaja en virtud de lo que llama privilegios nu- 
tritivos, hay otras que trabajan excesivamente contra 
su voluntad. De aquí su severidad contra estas dele- 
téreas instituciones de nuestras sociedades ensayistas. 



U87} 



JOSE P. MASSERÁ 



El privilegiado "obliga fatalmente a otros indi- 
viduos a emplear en la esfera nutritiva mayor canti- 
dad de energías de las necesarias, en perjuicio de las 
demás funciones que, o no pueden ejercerse y produ- 
cen mutilaciones y nostalgias, o se ejercen sin las 
energías suficientes y producen enfermedad" (*). 

Los que detentan tales ventajas "consumen ener- 
gías sin producirlas, con el correspondiente recargo 
de los productores" ( 2 )> 

Los privilegiados de esta clase son "hombres 
incompletos" que la sociedad biológica no tiene inte- 
rés en conservar. 

La enfermedad, el delito y el vicio exigen en 
las sociedades actuales un despliegue enorme de ener- 
gías que se gastan en neutralizar males, sin provocar 
progreso alguno* 

El Dr. Rossi no vacila en atribuir estos males 
y desequilibrios al parasitismo nutritivo de los que 
obtienen con dinero las energías que "el medio sólo 
cede al esfuerzo personal" 

Y ha pensado luego que, suprimida la causa, 
desaparecería el efecto. Si la enfermedad, el delito y 
el vicio son, en resumen, producidos por los grandes 
privilegios nutritivos que engendran la miseria, la 
protesta y la rebeldía, la lógica más elemental nos 
enseñará que eliminando el capital y la herencia de 
las sociedades, desaparecerá su triste cortejo de efectos 
y con él todas las instituciones defensivas estableci- 
das a pura pérdida para el progreso: no habrá nece- 
sidad de mantener tribunales, cárceles, asilos, ejérci- 



(1) Op. cit., pág. 280. 

(2) ,Op. cic, pág. 267. 

(3) Op. rir., pág. 273. 



{188} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



tos, policías, y otros mecanismos administrativos de 
la misma índole. 

Mas no por eso quedaría abolido el capital en 
absoluto. En manos de los particulares es que hace 
daño. Pasaría al estado quien lo distribuiría "armo- 
niosa 1 ' y "científicamente", para bien de los indivi- 
duos y de las sociedades. 

Alguna duda ha de quedarle al Dr. Rossi res- 
pecto de la susodicha relación de causa y efecto, 
cuando admite que siempre habrá que cuidar mucho 
de la educación individual para matar en germen la 
idea del privilegio que tanto perseguirá, a pesar de 
todas las mentalidades instruidas y convencidas de 
que el trabajo es una antipática necesidad que siem- 
pre engendra el dolor, enemigo de la vida. 

Parecería así que el factor de la organización 
económica de estas sociedades "ensayistas" no fuese 
el único causante de aquellos males y que se admi- 
tiese en la propia "naturaleza" humana tan armonio- 
sa, un origen de perturbaciones hondas en ciertos ins- 
tintos o tendencias hereditarias que inducirían a los 
hombres al vicio y al delito. 

"Es evidente que ciertos organismos ya vienen 
condenados hereditariamente hacia esos fantasmas 
agresivos. . . "( 4 ). 

Por lo demás, la organización psicológica que 
nos describe en otra parte, ¿no nos revela que el 
egoísmo es elemento esencial en nuestras tendencias 
naturales, que el sentimiento, la pasión y la emoción 
nos empujan "orgánicamente" por extraviadas sen- 
das, poniéndonos a merced de las atrayentes ilusiones 
de la imaginación, y que con tales elementos "natu- 



(4) Op. cu., pág. 286 



[189] 



JOSÉ P. MASSERA 



rales" en juego, no tenemos porqué extrañarnos de 
que el hombre quiera ser siempre un lobo para el 
hombre, o aunque más no fuera un eterno aprove- 
chador de la debilidad ajena para brindarle al amor 
propio que tendrá como poderoso acicate el goce del 
triunfo o el de la haraganería hedonista. 

Léase el capítulo de El Criterio fisiológico 
titulado: "La defensa social - límite de la libertad 
individual'^ 5 ) y se verá cuan innumerables son los 
factores de carácter natural individual que median 
para inducir al hombre por la pendiente del delito 
y el vicio. El parasitismo se genera por ignorancia, 
impotencia física o falta de útiles y mala volun- 
tad^). "Las agresiones individuales contra la socie- 
dad no son improvisadas, tienen su antecedente como 
todos los actos de la vida: falta de educación, carencia 
de estímulo. De manera que si la organización social 
se ha establecido científicamente y se cumple en 
serie, difícilmente llegará un normal a la agresión, 
salvo que el sentimiento venga a perturbar la «refle- 
xión» (pasión erótica, por ejemplo) "( T ). 

Y se menciona a título de ejemplo la pasión 
erótica, no es permitido olvidar las demás. "Desde el 
momento en que se actualiza o se concreta, la emo- 
ción es soberana del hombre", dice el Dr. Rossi 
"así obran el miedo, la ira, la simpatía, el horror, el 
pudor, la ternura, etc. 

"Esta autonomía de la emoción'*, agrega, "y su 
grado superior, el Sentimiento, llevan oculto un pe- 
ligro, como el legendario ramo de Harmodio. Pu- 



(5) Op. cit., pág. 245 y siguientes, 

(ó) Op. cit., pág. 240. 

(7) Op. cit, pigs. 247 y 248. 

(8) Op. cit., pág. 199. 



[190] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



diendo dominar en la mentalidad del hombre sobre 
la ciencia suele la Emoción perturbar la conducta e 
inclinarla contra la vida: así surgen los vicios y las 
pasiones" ( 9 ) . 

Todo esto demuestra, que están lejos de ser 
verdades inconcusas que el vicio y el delito, como 
las enfermedades, sean el efecto de los privilegios 
nutritivos del capital y la herencia, y que abolidos 
éstos por la acción de la organización biológica, po- 
dríamos suprimir todas las instituciones que los sos- 
tienen: ejércitos, cárceles, y otros mecanismos admi- 
nistrativos. Observo también que la lucha contra los 
enemigos de la sociedad será tanto o más acentuada 
que en las sociedades actuales, como si ninguna causa 
de estos grandes males, se hubiera removido con 
aquella abolición. 

No escatima el sistema ninguno de los procedi- 
mientos de defensa de las sociedades "ensayistas" y 
hasta no le hace muchos ascos a la pena de muerte, 
que tantas de éstas han eliminado definitivamente de 
sus leyes. 

La lectura del capítulo citado, evidencia mejor 
que nada la severidad del sistema coercitivo contra 
el vicio y el delito, en estas sociedades que habrían, 
sin embargo, eliminado 'su causa" con la supresión 
de los grandes privilegios nutritivos del capital y de 
la herencia. 

Se comprende por lo dicho que aún no será po- 
sible realizar el ensueño generoso de la supresión de 
los tribunales y las cárceles. Habrá que esperar a la 
completa adaptación, a la perfecta armonía social, 
para suprimirlos, al final de la evolución humana. 



(9) Op. cit., pág. 200. 



[191} 



JOSÉ P. MASSERA 



Antes de pasar adelante, deseo observar que esta 
doctrina "objetiva" acepta la pena de muerte como 
"un método científico de represión, por lo menos bio- 
lógico, porque el organismo viviente, vegetal o ani- 
mal, que no se adapta al medio natural en que está, 
muere por desequilibrio. . ."( 10 ). 

Ésta es una ra2Ón formidable para que las so- 
ciedades organizadas "biológicamente" acojan, sin ex- 
cepción, este procedimiento que la naturaleza supo 
engendrar sin inteligencia. No es solamente la expe- 
riencia de lo animal-humano lo que revela su carác- 
ter "biológico": es la experiencia más vasta, la mayor 
experiencia biológica que pudiéramos exigir ni ima- 
ginar jamás: la de todo lo animal y la de todo lo 
vegetal, la experiencia de todo lo vivo. 

El Dr. Rossi reconoce, sin embargo, que la pena 
de muerte "choca con el sentimiento social" ( 11 ). 
Pero ¿qué puede significar semejante reserva ante 
el carácter "biológico" de aquella pena? ¿Por ventura 
habría que ceder ante las sugestiones del sentimiento, 
cuando la ciencia biológica impone esta solución sin 
vacilación alguna? 

Sería una enorme claudicación en los fundado- 
res y organizadores de las sociedades biológicas. 

Bien ,está que "el ensayista" Guyau se ensañe 
contra la pena de muerte, y diga que el verdugo imita 
al asesino a la perfección, y que otros ensayistas ha- 
yan pretendido excluir de nuestras sociedades este 
fruto genuino y perfecto de la biología, ante la acep- 
tación de otros ideales; pero, ya sabemos el valor que 
tienen estos pensamientos y aquellos juicios, engen- 



(10) Op. cít., pág. 247. 

(11) Id., Id. 



[192} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



dros despreciables, infiltrados de sentimiento e ima- 
ginación; "doctrinas hipotéticas o idealistas" que ha- 
brá que desterrar definitivamente de nuestras socie- 
dades científicas. Es la sabia e infalible naturaleza 
la que nos impone la pena de muerte, con la fuerza 
irresistible de los hechos, con su incontrastable po- 
der de convicción. 

Tocamos aquí de nuevo y concretamente, lo que 
dijimos en otra parte, que esta doctrina que quiere 
ser progresista, es, en verdad, profundamente reac- 
cionaria y tradicionalista, porque a sus arrestos evo- 
lutivos oponen una barrera infranqueable sus cáno- 
nes sobre el valor absoluto y objetivo de lo que la 
naturaleza supo hacer con sus procedimientos sin in- 
teligencia. 

A los más fuertes argumentos "imaginativos" 
de los abolicionistas, los biólogos podrán contestar 
siempre con la experiencia eterna de los pasados si- 
glos en lo animal y lo vegetal, desde que nada puede 
tener más valor que esa experiencia en la conducta 
de la vida humana. 

Volvamos a los privilegios del capital y de la 
herencia y las razones de su supresión expuestas al 
comienzo de este capítulo. 

En rigor esas observaciones sólo podrían diri- 
girse al que hereda, porque el capital adquirido por 
el propio esfuerzo no podría ser censurado fisiológi- 
camente. El capital seguirá forjándose en la usina 
individual, como si no fuese un odioso privilegio 
cuya existencia significa necesariamente el sacrificio 
involuntario de otro. El capital pierde sus vicios de 
origen con tal que sólo en pequeña parte sea utili- 
zado por quien Jo forjara, debiendo entregar el resto 
al estado que hará el mejor uso de éL 

1 193) 



7 



JOSÉ P. MASSERA 



El problema se desplaza; el mal no estaría en el 
momento de constituirse el capital, sino en su apli- 
cación por los particulares. 

No voy a observar que en esta mecánica social, 
tal vez no se ha reflexionado bastante si el estímulo 
personal de la herencia y el de la acumulación de 
capitales son fuerzas útiles a la comunidad que se 
perderían irremisiblemente al sustituirlas con un ré- 
gimen restrictivo de la voluntad, de plena coacción 
social. 

Anotaré que esta relación necesaria entre el pri- 
vilegiado y alguien que sufre en el seno de una socie- 
dad no es principio científico y sí sólo un verdadero 
postulado que el Dr. Rossi no ha demostrado. Por 
otra parte, el sufrimiento parecería depender más 
bien, en la doctrina, de "la fuerza" y de "la voluntad" 
del supuesto sacrificado, según se ha visto en el capí- 
tulo anterior. 

Por lo demás, la conducta del privilegiado he- 
reditario podría ser laudable si hiciese un buen uso 
de los bienes que no ganó con su trabajo y que lo exi- 
men de entregarse al primero de los deberes estadua- 
les de la sociedad biológica. 

El Dr. Rossi admite concretamente que la apli- 
cación de las energías obtenidas por herencia podría 
no ser anti-fisiológicas si el heredero en vez de tra- 
bajar, perfeccionase su sistema neuro-muscular por 
medio de un deporte y se educara científica y estéti- 
camente. "En realidad, en cualquiera de estos casos, 
el privilegiado cumple un esfuerzo equivalente a una 
técnica social nutritiva; no necesita su privilegio, y 
tendrá su puesto distinguido en una sociedad arm6- 
nica"( 12 ) . 

(12) Op. cit., páes- 281 y 282. 



{194} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



Fuera de que es afirmación gratuita la de supo- 
ner que los capitalistas y los herederos no trabajan 
y que todos viven del esfuerzo ajeno, observaré que 
el párrafo citado nos coloca frente a otro acto de 
voluntad como los anotados en el capítulo anterior 
capaz de doblegar los preceptos inconmovibles de la 
ciencia. 

Y estamos, además, ante un principio con caí- 
das a lo pedagógico, que no había surgido aún a la 
luz de un primer plano* El deporte y el afinamiento 
de la "corticalidad" serían así medios capaces de sus- 
tituir al trabajo y de perfeccionar la educación in- 
dividual. 

Hay que desvanecer, desde luego, una confusión. 
Una técnica social nutritiva, que no tiene la misión, 
directa al menos, de educar las funciones corporales 
y mentales, sino la materialidad de hacer vivir al 
hombre proporcionándole la cantidad de energías 
suficientes para el funcionamiento de la usina humana, 
es equiparada al deporte y a la educación estética y 
científica que no se proponen hacer vivir al hombre 
sino hacerlo mejor corporal y mentalmente. 

El perfeccionamiento de las facultades y el fin 
cultural parecían verdaderas lagunas de esta doctrina 
pedagógica, cuando citaba las ciencias que había que 
aprender, al fijar su concepto de enseñanza integral. 

El trabajo, base de la organización social, por 
envolver siempre un sufrimiento, necesario pero 
no moral en un sentido biológico, no podrá ser sino 
un agente inferior de perfeccionamiento cultural. 

Nos hablaba de que la "humanización" debía 
ser aprendida y enumeraba el conjunto de ciencias y 
técnicas que serán materia de conocimiento. Esa pe- 
dagogía se preocupaba sobre todo de instruir, de la 



[195] 



JOSÉ P. MASSERA 



adquisición de verdades, de la lucha contra la igno- 
rancia, de formar hábitos en armonía con el funcio- 
namiento fisiológico. 

Cierto es que en segundo o tercer término y 
siempre con el propósito de evitar peligros para la 
vida, el peligro nietzscheano o el juego ( l3 ) se con- 
cedía algún sitio a la educación estética, pero sería 
locura pensar que la estética, lo más completamente 
personal, pudiese estar colocada sobre el mismo plano 
que lo biológico en esta doctrina de una pedagogía 
objetiva. 

No olvidemos, entre otras cosas, que el arte es 
cosa transitoria que será suplantado por la ciencia; 
que es obra de imaginación y de emoción, funciones 
inferiores de la mente humana, cuyas exigencias no 
deben atenderse sino después que se ha cumplido es- 
trictamente con las del orden fisiológico. 

Cierto es también que después de caracterizar 
las actividades de aquel orden como "de lujo", el 
Dr. Rossi agrega que "se atreverá a sostener" (lo que 
siempre encierra una duda), que los sentimientos es- 
téticos serán tan necesarios en la armonía fisiológica 
como los otros ... 

Pero, de la misma explicación que subsigue a 
tan grande atrevimiento resulta que el arte debe cul- 
tivarse como consecuencia de la fatiga fisiológica y 
para evitar el peligro de la neurastenia. El arte es 
un sucedáneo, un medio siempre, algo que debe pa- 
sar, un producto de la imaginación bastarda, irracio- 
nal por esencia. ¿Cómo podrá ser colocado en un 
mismo plano con la ciencia y los sentimientos que 

(13) ROSSI, S. C, La Educactón integral, págs. 5 y 7. 



[196 J 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



engendra, con lo que genera lo eterno, lo necesario, 
lo "objetivo" biológico? 

Por eso creo que el concepto que le merece al 
Dr. Rossi el deporte y la cultura estética en el privi- 
legiado hereditario están en contradicción flagrante 
con la esencia de su doctrina. 

Si efectivamente el privilegiado obliga a otro 
a "mutilar" su vida, voluntariamente o no, ¿cómo 
será posible mirarlo con buenos ojos si viola la regla 
capital de la justicia social? ¿Qué puede importar la 
cultura desinteresada de algunos individuos, ante la 
violación de las leyes de la vida? 

El privilegiado hereditario está condenado defi- 
nitivamente, por más que el deporte y la cultura es- 
tética pudieran ser en él un afinamiento de "su cor- 
ticalidad". 

Pero, entonces, ¿cómo afirmar que el heredero 
a que nos referimos "tendrá su puesto distinguido 
en una sociedad armónica"? 

Y a pesar de esto, se suprime esa fuente de su- 
perioridades, porque el heredero no necesita su pri- 
vilegio. Y esta afirmación poco meditada, descarga 
la conciencia del Dr. Rossi, al abolir ese instrumento 
de progreso humano. 

Pero ¿es realmente exacto que el privilegiado 
hereditario no ha necesitado su privilegio? No es 
menester una gran penetración para comprender que 
el privilegio le ha proporcionado el triunfo y las 
energías que han posibilitado su dedicación al de- 
porte y al perfeccionamiento aristocrático de su "cor- 
ticalidad". Despojado de esa ventaja, habría tenido 
que trabajar, y ya se ha visto que el trabajo no tiene 
por objeto cultivar el cuerpo y el espíritu, sino sim- 



[197] 



JOSÉ P. MASSERA 



plemente llenar uoa necesidad social, un deber im- 
puesto por la sociedad en homenaje a la igualdad. 

Es, pues, antojadÍ2a la afirmación de que no 
necesita el privilegio quien bien lo emplea, como lo 
son también las otras que establecen dogmáticamente 
que "el privilegiado nutritivo es, por definición, un 
hombre incompleto" y "que no hay interés biológico 
en conservarlo" ( 14 ). 

Esto podrá ser verdad del que hace mal uso de 
su privilegio, pero nunca del que procede de otro 
modo. 

Éste será siempre un hombre más perfecto, se- 
gún la propia doctrina; habrá interés biológico en 
conservarlo, y la educación fisiológica podría muy 
bien modelarlo por el procedimiento de "las vías 
asociativas". 

Entre tanto, el Dr. Rossi suprime el privilegio 
hereditario porque el que lo emplea mal es segura- 
mente "un hombre incompleto'* y el que lo apro- 
vecha debidamente, "no lo necesita". 

La sociedad "científica" que había olvidado el 
origen espurio del privilegio ante el uso que de su 
fortuna hace el que podríamos llamar "el buen pa- 
rásito", se priva, no obstante, de un excelente instru- 
mento de cultura. 

Ahora bien, ¿será verdad que el heredero obli- 
ga a otros a mutilar su organismo, voluntariamente 
o no? 

Se ha visto en el capítulo anterior que el para- 
sitismo está permitido en muchos casos con tal de 
que el sacrificio de otros sea voluntario, y no se ex- 
plica bien que no lo fuera en otros casos análogos. 

(14) Rossi, S. C., El Criterio ftiiológico, pág. 283. 



[198] 



UNA PEDAGOGÍA OB JETIVA 
— « —• — 



Por lo demás, el sacrificio involuntario de otro, 
no ha sido debidamente probado como efecto forzo- 
so, y menos la mutilación de su organismo* 

Los que trabajaron por el privilegiado heredi- 
tario lo hicieton voluntariamente: fueron sus padres 
o parientes más cercanos. Y son esas fuerzas adqui- 
ridas y acumuladas por los que ya no existen, las 
que se cambiarán por otras adquiridas por seres 
vivos. ¿En qué resultan éstos, sacrificados o mutila- 
dos? Por el contrario, resultarán favorecidos por "el 
privilegio" si éste engendra actividades de arte, de 
goce, de ciencia superior y pura, actividades a la vez 
útiles y desinteresadas, que tanta necesidad tendrían 
de ser favorecidas en la sociedad biológica, pues el 
Estado no las contempla en su reglamentación y 
enseñanza. 

Y la miseria de algunos, ¿es forzosamente debí- 
da a la riqueza heredada de otros? Admitirlo equi- 
valdría a suponer implícitamente otro postulado no 
demostrado e indemostrable, consistente en creer que 
del esfuerzo humano sólo es posible obtener una 
cantidad limitada y determinada de energías. Sólo 
así cabría sostener que si algunos obtenían una parte 
de ese caudal por herencia, esa cuota debería cer- 
cenar su lote a otras personas. 

¿En qué momento habría que hacer el cómpu- 
to de las energías totales? En vida del padre que 
economiza para sus hijos. Pero, el ahorro no está 
prohibido por la ley fisiológica ni está prohibido 
que se donen energías sobrantes a quienes quieran 
sus dueños, sobre todo a los que tengan muchos hijos 
o inválidos a su cargo ( 15 ). 



(15) Oi>. dt.i pág- 236. 



1199} 



JOSÉ P. MASSERA 



¿Por qué prohibir, pues, por antifisiológico, que 
se donen esas energías a sus propios hijos para hacer 
mejor y más agradable su vida? 

Esos lotes han sido reunidos legítimamente, do- 
nados legítimamente y empleados legítimamente (de- 
portes, ciencias y artes) dentro del régimen austero 
de la sociedad biológica, y harán mejor la vida indi- 
vidual y social. 

La herencia no es, pues, ni antifisiológica, ni 
antisocial por naturaleza. Sólo podría serlo su mal 
uso; pero esto es cuestión de educación, de forma- 
ción, de "vías asociativas" en tal sentido, problema 
sencillo en la pedagogía fisiológica. 



XI 

SUMARIO: El dogmatismo en las ciencias biológicas. 
Tendencia moderna a reaccionar contra él. La maravillosa ar- 
monía de lo fisiológico, la perfecta correlación del ser y su 
medio, y el sufrimiento como obra puramente voluntaria 
de la humanidad. Observaciones generales en Delbet y Le 
Dantec sobre el valor que debe conferirse a las conclusiones 
de la biología y de la fisiología. 



Aún es posible ahondar más el problema y exa- 
minar de otro modo si existe suficiente solidez en la 
base misma de que parte El Criterio fisiológico y 
sobre la que, en definitiva, descansa todo un sistema 
de pedagogía y especialmente de educación integral. 

Un distinguido filósofo contemporáneo llama la 
atención sobre la incongruencia que resulta de que 
"las ciencias más viejas, las más probadas, parecen 
desconfiar súbitamente de su obra; los físicos no pre- 



[200J 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



tenden formular ya sino teorías probables, leyes apro- 
ximadas; los matemáticos atraviesan una crisis extra- 
ña de escepticismo; y en cambio, las ciencias jóvenes 
y constituidas apenas, alentadas por sus primeros éxi- 
tos, orgullosas de sus métodos nuevos, miran al por- 
venir con una confianza sin límites" C). 

El Dr« Rossi participa de este miraje cuando 
reputa inconmovibles y definitivos los datos de la 
ciencia biológica al punto de hacer gravitar sobre 
ellos todo el andamiaje de "su ensayo de orientación 
social". 

No todos los hombres de ciencia abrigan la 
firme confianza que llevó a Le Dantec a elevar la 
biología a la altura de una religión, ni la del doctor 
Rossi que lo ha persuadido de que aquélla sustituirá 
a ésta y que guarda potencias capaces de absorber 
la psicología, la moral, la sociología y de eliminar 
al arte. 

Leclerc du Sablón ha escrito un libro para reac- 
cionar contra la tendencia a disimular las dificulta- 
des de esta ciencia y a presentarla como un conjunto 
de problemas simples y completamente resueltos ( 2 ). 

"La facilidad aparente de la Biología, nos dice, 
la manera dogmática como es a menudo enseñada, 
pueden dar la ilusión de que los resultados de esta 
ciencia tienen un carácter de certidumbre comparable 
al de la Física o de la Matemática. Basta examinar 
de cerca algunos problemas para ver que no hay 
nada de esto. Nuestras ideas en Biología están en vía 
de transformación continua, y no tenemos razón al- 



(1) ParODI, Le problema moidr, pág. 17. 

(2) Leclerc du Sablón, Les tncerttínde\ de U hwhgte, 
pág. 1. 



[201] 



JOSÉ P. MASSERA 



guna para pensar que su estado actual es menos ins- 
table que los precedentes" ( 3 ). 

Y en el transcurso de este interesante libro, al 
recordarnos el carácter provisorio de las leyes de la 
naturaleza y su valor enteramente relativo a las con- 
diciones en que se desarrollan los fenómenos, trans- 
cribe una frase de Bacon que por su gran autoridad 
ha de comenzar tal vez a conmover las absolutas 
certezas de que ha dotado el Dr. Rossi a la ciencia 
de la vida: "El espíritu humano es llevado natural- 
mente a suponer en las cosas más orden y semejanza 
que las que encuentra en ellas; y, mientras que la 
naturaleza está llena de excepciones y de diferencias, 
el espíritu ve, en todas partes armonía, acuerdo y 
similitud" ( 4 ). 

¿No será una ilusión de esta clase: la perfec- 
ción "de la naturaleza, el postulado radical de la obra 
del Dr. Rossi? 

Recordemos los grandes lincamientos de la doc- 
trina. Lo que la Naturaleza ha sabido hacer sin inte- 
ligencia, es preciso que lo haga el hombre sometién- 
dose sin vacilaciones ni restricciones a los cánones 
fatales de aquélla. 

Tal aseveración supone que lo* que se ha hecho 
al azar, pues no es permitido suponer en el doctor 
Rossi el menor grado de finalismo, religioso o meta- 
físico, es armonioso y perfecto. 

En diversos capítulos de su libro insiste el doc- 
tor Rossi en esa armonía de las funciones fisiológi- 
cas, que es adaptación de las funciones entre sí y res- 
pecto del medio ambiente. El organismo humano "se 



(3) Op. rit., pág. 2. 

(4) Rossi, S. C, op. de., p¿g. 241. 



[202] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



ofrece como una ciudad maravillosamente organiza- 
da, según una imagen favorita de los biólogos, en 
que cada ciudadano cumple una función que tiende 
al intercambio de actividades sobre la base común de 
la subsistencia individual. Pero la condición de esta 
ciudad biológica es que la solidaridad es perfecta y 
cada órgano cumple su función mientras vive. . ."( 6 )* 
En el organismo humano hay que distinguir además 
una parte de "animalidad" a la que se agrega una 
de "humanización" ( 6 ), La animalidad consiste en 
"el mecanismo de las funciones orgánicas-nutritivas, 
de reproducción y de relación" ( 7 ) y es más 
acabada que "la humanización ' pues "el progreso 
consiste en ir rectificando con las exigencias «san- 
chescas» de la animalidad, las empresas «quijotescas» 
de la humanización 1 ' ( B )< 

Esto supone que lo que la naturaleza ha hecho 
de perfecto, de adaptado, es el funcionamiento animal. 

Y se ha visto que la humanización ha seguido 
dos caminos, uno bueno y otro malo, según se ha 
plegado o no a aquellas primitivas exigencias. En el 
futuro, habrá que vigilar las tendencias un tanto anár- 
quicas de la inteligencia y de la imaginación, para su- 
jetarlas en definitiva, a las leyes constantes y perfec- 
tas de la animalidad. Ésta será la misión sagrada de 
la educación y de las imposiciones sociales. 

La persecución de tales fines llevará al hombre 
a un estado de "perfecto funcionamiento en un me- 
dio dominado"( fl ). 



(5) Op. ck., pág. 34. 

(6) Op. cít., pág. 4. 

(7) Id., Id. 

(8) Op. cit., pág. 5. 

(9) Op. ck., pág. 224, 



{203] 



JOSÉ P. MASSERA . 



No debemos olvidar tampoco el otro aspecto 
esencial de la vida, su correlación con el medio, "Si 
la vida no fuera por definición la armonía perfecta 
entre los dos factores que la constituyen, el organis- 
mo y su medio, el hombre no existiría" ( 10 ). 

Y el sufrimiento, el dolor, precioso resorte que 
nos advierte la desorganización de la máquina fun- 
cional (") u no es más que el eco de una desviación 
de la vida, o de un obstáculo a alguna función de la 
vida la cual está hecha, puesto que existe, para 
desarrollarse sin deformaciones" ( 12 ) . El hombre sufre 
mucho, pero es culpa suya. Asegura el Dr. Rossi que 
"analizando todos los aspectos del sufrimiento ha lle- 
gado a la conclusión de que los dolores que aquejan 
a la especie son exclusivamente «humanos», es decir, 
que han sido provocados por una conducta de hom- 
bres que pudo no haberlos causado si hubiera sido 
absolutamente contraria" ( 19 ) . 

Y nos amenaza con la desaparición de la espe- 
cie si seguimos oponiéndonos voluntariamente a la 
evolución, y no vamos suprimiendo los sufrimientos 
evitables "que no son más que obstáculos puestos 
voluntariamente por el hombre a la evolución natu- 
ral del tipo humano" ( 14 ). 

Existiría, pues, una evolución natural que es la 
que no comporta sufrimiento alguno. Los errores y 
las desviaciones humanas son, en cierto sentido, "na- 
turales", se nos advierte, pero no se comprende que 
el hombre actual que tiene la experiencia del error 



(10) Op. ck., pág. 9- 

(11) Op. cir , págs. 89 y 90. 

(12) Op. cic, pá#¡. 8 y 9- 

(13) Op. cic, pág. 9. 

(14) Op. cic, págs 9 y 10. 



[204] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



y de la verdad, insista en un camino que el primitivo 
pudo tomar ensayando e improvisando ( 15 ). 

Me propongo ahora, analizar esta supuesta exac- 
titud de lo biológico, esa armonía típica de lo fisio- 
lógico y del organismo con su medio, y ese concepto 
de lo perfecto que excluye en absoluto el sufrimiento. 

Dije antes, bajo la autoridad de un especialista, 
que la Biología está lejos de ser una ciencia consti- 
tuida definitivamente. Delbet, observa análogamente 
en un interesante estudio sobre el método en Tas cien- 
cias médicas, que "las leyes biológicas actualmente 
conocidas, no son sino leyes aproximadas" ( 16 ). 

No tenemos porqué sorprendernos de semejante 
aseveración, pues tal es el carácter general de las 
leyes científicas y nada de extraño tiene el relativo 
atraso de la biología si pensamos que ella es una de 
las últimas ciencias que ha tratado de constituirse, 
arrojando de su seno la impedimenta de la metafísica 
que aun envuelve en tinieblas muchos de sus pro- 
blemas, y que la enorme complejidad de sus fenó- 
menos es óbice más que suficiente para que en tan 
escaso tiempo se pueda afirmar sin ilusión que ha 
llegado a la certeza con que nos la decora el doctor 
Rossi. 

Un estudio de Le Dantec sobre el método de la 
Fisiología nos ilustra mejor que nada sobre ese punto. 

Su lectura enseña que esta ciencia ha buscado 
su método sin éxito hasta hace muy pocos años, la 
palanca necesaria de sus progresos reales y definiti- 
vos. 'Xa seroterapía y la experiencia fundamental de 
Bordet han abierto a la fisiología su vía verdadera 



(15) Op. cir., pág. 10. 

(16) Delbet, De la Métbode dans leí menees, lkic sene, 
pág. 255. 



C205] 



JOSE P. MASSERA 



que es la del estudio de la vida misma y no de los 
fenómenos accesorios de la vida"( 17 ). 

Así ha alcanzado muy recientemente un método 
propio que va más allá que los de la química y de la 
física y que conduce a esta ciencia por vías insospe- 
chadas. Y para demostrar su juventud recuerda el 
ilustre sabio que la seroterapia nació a consecuencia 
de los admirables descubrimientos de Pasteur, y que 
el estudio de las diastasas y de los coloides que tanta 
luz parecen proyectar sobre el funcionamiento ínti- 
mo de la vida, es de ayer y podría decirse que toda- 
vía está en embrión ( ia ). 

Según este notable biólogo, es en el terreno de 
las energías y sus valores, que es en el que se coloca 
principalmente el Dr. Rossi, "en donde se han encon- 
trado dificultades innumerables y cometido grandes 
errores"( 19 ). 

Es especialmente significativo el siguiente párra- 
fo que por eso transcribo íntegramente, a pesar de 
su extensión: "Si se supiese exactamente en qué sus- 
tancias se ha transformado un alimento dado al atra- 
vesar un organismo, se podría, consultando los datos 
de la termoquímica, conocer el valor energético de 
este alimento para el individuo estudiado. Cierto es 
que se encuentra una parte en las sustancias excre- 
menticias que han sido recogidas; pero ¿quién sabe 
si sustancias de reserva, preexistentes en el seno de 
los tejidos vivos del animal, no han entrado en reac- 
ción, ellas también, y no han colaborado a la pro- 
ducción de estas sustancias excrementicias? ¿Quién 
sabe si, por el contrario, nuevas sustancias de reserva, 



(17) Op. cic, págs. 228 y 229- 

(18) Op. cic, págs. 244 y 245. 

(19) Op dt„ págs. 245 y 246. 



[206] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



ocultas en el seno de los tejidos, no han provenido 
de una parte de los alimentos utilizados? ¿Quién 
medirá, sobre todo, la transformación operada en los 
tejidos vivos mismos durante el funcionamiento es- 
tudiado? Esta transformación ha podido consistir, 
según los casos, en una formación de tejidos nuevos 
medible en rigor por la balanza, o en una simple 
modificación del estado coloidal de ciertos elementos, 
modificación que teniendo un valor energético, no 
es, sin embargo, más sensible a la balanza que la 
tensión del resorte de un reloj! Todo esto crea difi- 
cultades casi infranqueables, al menos para la fisio- 
logía de los grandes animales. Es así que los fisió- 
logos no han podido ponerse de acuerdo respecto del 
valor alimenticio del alcohol en la especie humana! 
Y por otra parte, un alimento puede tener un valor 
químico, un valor constructivo determinado, por 
ejemplo, un desenvolvimiento embriológico muy 
rápido, y tener un valor energético muy distinto como 
alimento que permite ejecutar un trabajo. Todo es 
todavía muy oscuro. Sería preciso hacer al respecto 
experiencias extremadamente prolongadas" ( 20 ). 

Y aquel gran sabio concluye afirmando que la 
física y la química biológicas están todavía en la 
infancia. 

XII 

SUMARIO: Las armonías funcionales y del ser con el 
medio. La metafísica finalista no ha advertido las desar- 
monías naturales. La ciencia tiene que reconocerlas. Las 
ciencias naturales han estado y escán aun impregnadas de 
finalismo que oculta a veces la verdad. La observación cien* 



(20) Op. cit., págs. 246 y 247. 



{207} 



JOSÉ P, MASSERA 



tífica destruye despiadadamente los finalismos. Ejemplos de 
desarmonías naturales. Adaptaciones a medias, equilibrios im- 
perfectos, órganos inútiles, perjudiciales o no, son fenómenos 
naturales y biológicos. La ciencia de la vida, si ha de ser 
objetiva, no puede dar preferencia a un grupo de hechos. Ele- 
gir es ir más allá de la ciencia. Elegir supone que un grupo 
de fenómenos naturales es mejor que otro. Es subordinar la 
naturale2a impersonal, a un criterio ajeno a ella. El Dr. Rossi 
juzga a la naturaleza y construye un ideal de vida con ex- 
clusión de factores naturales. 



^Abordaré ahora el punto relativo a la armonía 
funcional y la del organismo con su medio. 

Esas armonías existen efectivamente; pero es 
imposible desconocer que aparecen íntimamente uni- 
das a desarmonías naturales de toda especie. 

Se comprende que una metafísica finalista no 
se detuviese ante el desorden y las imperfecciones de 
la naturaleza, para no ver sino los elementos favo- 
rables a su tesis. Es lo propio de los dogmatismos 
extremos. 

Las ciencias en general, y muy especialmente 
las ciencias naturales, estuvieron en sus comienzos 
impregnadas de finalismo; sus explicaciones daban 
preferencia a propósitos, a fines, sobre las causas na- 
turales que tan rebeldes se mostraban a la investi- 
gación. 

La evolución de las ciencias se ha producido 
por la continua y general difusión de la explicación 
puramente causal que sustituye despiadadamente a 
la explicación finalista de carácter religioso o me- 
tafísico. 

En algunas ciencias no queda el menor vestigio 
de aquellos procedimientos y a nadie se le ocurre, 



C203 3 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



para darse cuenta de fenómenos recién observados, 
echar mano de aquellos procedimientos definitiva- 
mente desterrados, por inconducentes o infecundos. 

Y tales progresos se han realizado a la vez por 
una agudización cada vez mayor del sentido de la 
investigación, por una observación y experimentación 
infatigables en las que ningún fenómeno es desde- 
ñado, como ninguno es preferido. Se ausculta lo na- 
tural con la más absoluta imparcialidad, con la más 
completa independencia de nuestras creencias o de- 
seos, por lo que la ciencia pura adquiere el mayor 
grado posible de objetividad que constituye su carác- 
ter y su precio. 

Debo agregar que este progreso ha sido muy 
lento y que el hombre, ávido de explicación y con- 
servador de sus creencias, no sustituye sus primitivas 
explicaciones sino ante resultados positivos debidos 
a una larga y muy razonada experiencia, 

Y la biología que no ha salido aún de la in- 
fancia como ciencia, paga todavía tributo a estos 
anticientíficos procedimientos. Muchos son los hechos 
en que, más o menos veladamente, se aceptan expli- 
caciones de un finalismo más o menos definido. La 
razón de este atraso obedece a multitud de factores 
que no deben detenerme ahora. 

Quiero, tan sólo, presentar "el hecho" de esa 
relativa imperfección de la biología como ciencia 
pura. 

Entre la explicación del creacionista Sprengel, 
afirma un biólogo, y la del transformista Darwin hay 
acuerdo, por ejemplo, en que las plantas han sido 
creadas con néctar y sus flores dotadas de hermosos 
colores, o han llegado a tenerlos por la selección, 
para asegurar la visita de los insectos que así se im- 



[209 3 



JOSÉ P. MASSERA 



pregnaráa de polen para transportarlo útilmente a 
otras plantas y servir a su fecundación. Habría así 
una adaptación perfecta entre las flores y los insec- 
tos: los menores detalles de la organización de la 
flor habrían sido combinados para atraer al insecto, 
para facilitar su visita y forzarlo por una parte a 
tomar el polen de una flor y depositarlo en la otra. 

Una observación más cuidada revela que seme- 
jante adaptación no existe. 

Lo que pasa con las violetas es bien sig- 
nificativo. Las violetas tienen dos clases de flores: 
las de gran corola violeta, abundantemente provista 
de néctar acumulado en el espolón como una reser- 
va destinada a que el insecto venga a libarlo; y otras, 
llamadas cleistógamas, que están ocultas bajo las 
hojas y carecen de corola o tienen una rudimentaria. 
Pues bien, las primeras, con sus hermosos colores y 
su néctar, no son jamás fecundadas, en tanto que las 
segundas, sin brillo ni dulzuras, producen siempre 
semillas fértiles, sin haber sido visitadas por ningún 
insecto. 

Hay otras plantas en que el insecto rompe ^1 
nectario en la base sin pasar por la corola y tocar 
el polen, y su visita resulta inútil respecto de la fe- 
cundación cruzada. 

Se ha probado, además, que existen nectarios 
fuera de la flor, o nectarios que no dejan salir el 
néctar, como así mismo que las abejas desprecian 
las corolas brillantes pero desprovistas de néctar y 
van a las menos brillantes u opacas pero con alguna 
gota de licor (*). 



(1) Leclerc du Sablón, Les incertitudes de la btolo&e, pig&. 
44. 45 y 46. 



1210] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



Dice Metcbnikoff que en materia de fenómenos 
armónicos en la naturaleza, es difícil encontrar ejem- 
plos tan perfectos como los de las costumbres de las 
avispas enterradoras, estudiadas por Fabre, o el me- 
canismo de la fecundación de las orquídeas. Agrega 
que estas armonías se encuentran a cada paso en el 
mundo de lo vivo y no es extraño que hayan lla- 
mado la atención de muchos observadores y filósofos 
que tentaron explicarlas por la acción de una fuer- 
za superior que organiza y dirige los fenómenos 
naturales ( z ). 

Aquel gran investigador no desdeña luego, pues 
la verdad no tiene preferencias por determinadas so- 
luciones, en presentarnos el desorden de las adapta- 
ciones incompletas o nulas, la persistencia de aberra- 
ciones en los instintos animales, la persistencia de 
tendencias inarmónicas, de órganos imperfectos, ru- 
dimentarios o atrofiados, que llenan mal su función, 
o no llenan ninguna, encerrando peligros más o 
menos graves para la vida del individuo o de la 
especie. Y, pasando del reino animal al hombre, nos 
muestra con luz meridiana en sendos capítulos las 
innumerables desarmonías que le afectan, pasando 
minuciosa revista de las que atañen a la organiza- 
ción y funcionamiento del aparato digestivo, a la 
organización y funcionamiento del aparato de la re- 
producción, al instinto familial, al instituto social y 
al instinto de conservación. 

La existencia de caracteres, órganos y funciones 
mas o menos inútiles, perjudiciales o indiferentes, 
es un fenómeno natural que se encuentra más pro- 



(2) METCHNIKOFF, Éttidei sur la naturc humaine, pig 3tí. 



1211] 



JOSÉ P, MASSERA 



fusamente todavía en los vegetales que en los ani- 
males, si hemos de creer a Leclerc du Sablón. 

"¿Cuál es el papel de las estípulas caducas de 
ciertos árboles? ¿Qué ventaja tienen las Labiadas en 
tener hojas opuestas y las Borragíneas en tenerlas 
alternas? ¿Cuál es la razón de ser de las formas tan 
diversas de las hojas? ¿No podrían pasarse las plan- 
tas de una gran corola sin clorofila que es para ellas 
un gasto inútil, cuando los estambres y el pistilo 
están, en muchas especies, bien protegidos por algu- 
nas escamas verdes u oscuras?" ( 3 ) . 

El caso ya citado de las brillantes corolas de 
las violetas es un excelente ejemplo de órgano in- 
útil. El desenvolvimiento inverso de la corola y 
de las semillas muestra bien la inutilidad de la 
primera. El pericarpio carnoso y azucarado de 
la pera y de otros frutos análogos es igualmente 
un lujo de la naturaleza, pues la provisión de 
azúcar en él acumulada no llena fin alguno para la 
planta a menos de admitir que haya sido puesta allí 
para nutrir al hombre y a ciertos animales ( 4 ). 

Interesante es el caso de la presencia del sodio 
y de la sílice en los tejidos vegetales. Como siempre 
se encuentran en ellos, se concluyó que eran indis- 
pensables para la planta. No obstante, si se cultiva 
una planta en un medio artificial desprovisto de so- 
dio y sílice, el vegetal se desenvuelve perfectamente. 
Son, pues, inútiles. 

Pero, ¿por qué se encuentran siempre en las 
plantas?, se pregunta Leclerc du Sablón. En primer 
lugar, afirma, porque esas sustancias se hallan en los 



(3) Op. cit., pag. 67. 

(4) Id., Id. 



[212] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



medios naturales donde las plantas se producen, y 
luego, porque la absorción de las sales por las raíces 
es dirigida, no por las necesidades del vegetal, sino 
por las leyes de la osmosis. Así las sales útiles como 
las indiferentes o perjudiciales, penetran de la misma 
manera» De este' modo son absorbidas las sales de 
sodio, y, como no son perjudiciales, sino simplemente 
inútiles, no resulta inconveniente alguno para la 
planta* Su presencia fluye de una causa natural, la 
existencia de esas sales en el suelo, y de las propie- 
dades osmóticas de las raíces ( 5 ). 

Todos estos hechos demuestran que tan "natu- 
ral" y "biológica" es la formación de caracteres, ór- 
ganos o funciones útiles, que significan armonía y 
adaptación, como la de los inútiles o perjudiciales en 
infinita gradación que significan inarmonías, sufri- 
miento o muerte. 

Claro está que las funciones y los caracteres úti- 
les tienen una importancia especial porque son los 
que establecen la adaptación. La armonía entre el 
ser y su medio existe, pero solamente en la medida 
en que esa relación es "indispensable" para el man- 
tenimiento de la existencia. Las particularidades "neta- 
mente" perjudiciales desaparecen porque si no la vida 
sería imposible; pero, entre la armonía con el medio, 
que nunca es perfecta (véanse en Metchnikoff ( 6 ), 
las imperfecciones observadas en las más completas 
de estas adaptaciones, las relativas a las avispas pa- 
ralizadoras y a la fecundación cru2ada de las orquí- 
deas) y la incompatibilidad que es causa de muer- 
te, existe una serie infinita de gradaciones en que 



(5) Op. cit., pág, 66. 

(ó) Op. cit., pági. 37 a 42. 



[213] 



JOSÉ R MASSERA 



la vida se mantiene. Los hechos patentizan a cada 
paso adaptaciones a medias, equilibrios imperfectos, 
vidas mediocres o atormentadas, arrastradas penosa- 
mente entre dificultades sin cuento, y el individuo 
constantemente expuesto a perecer por virtud de las 
inarmonías que las causas naturales han generado. 

La Naturaleza, que no es otra cosa que la per- 
sonificación verbal de las causas naturales, no ha 
producido solamente la vida armoniosa, sino también 
vidas imperfectas, vidas con agregados inútiles que 
podrían ser útiles alguna vez si el medio variara, o que 
serán inútiles siempre; vidas con agregados inútiles 
para el ambiente actual que son fuente de sufrimien- 
tos o causa de una adaptación muy relativa. 

Ante semejante cuadro, ¿es permitido ofrecer a 
la inteligencia humana como un modelo perfecto que 
debemos empeñarnos en reproducir, lo que las causas 
naturales han sabido engendrar en la animalidad o 
en el hombre? 

La biología, impersonal y objetiva, debe otorgar 
idéntico valor, como fenómeno natural al factor que 
permite o facilita la vida, que al que la dificulta O 
la imposibilita. El ideal de la acción que no puede 
ser ambiguo, está, pues, lejos de hallarse en el pa- 
sado natural. 

No es la ciencia de la vida la que ha de res- 
ponder con un criterio fijo y exacto a nuestra inte- 
rrogación; ¿cómo vivir humanamente? La biología 
nos presenta en el mismo plano tanto la vida como 
la muerte, la adaptación como la no adaptación, el 
dolor y la angustia como el placer tranquilo. 

Preguntarnos cómo vivir humanamente signifi- 
ca interrogarnos concretamente sobre qué debemos 
hacer para conservar la vida humana, e impulsarla 



[214] 



UNA PEDAGOGIA OBJETIVA 



hacia lo mejor. SÍ queremos aprovechar la experien- 
cia vivida, forzoso será elegir. Pero elegir es ir más 
allá de la ciencia. Elegimos los principios que cree- 
mos han mantenido la vida en mejores condiciones 
sobre la superficie del globo. 

El criterio de "lo mejor" es ya una desviación 
de lo científico puro hacia un concepto, no un hecho, 
hacia un ideal no realizado, o realizado hasta cierto 
punto y fundado en un juicio de valor: es mejor vi- 
vir que morir, es mejor no sufrir que sufrir. 

Bien; todos admitimos esto, ai menos en térmi- 
nos generales; pero, ¿acaso la biología nos propor- 
ciona semejantes apreciaciones? No, indudablemente, 
si como lo afirmo antes, es una verdad inconcusa 
que para la ciencia desinteresada la vida tiene igual 
valor que la muerte, el goce que el sufrimiento. Son 
fenómenos igualmente naturales y objetivos. 

Ahora, cuando encaramos la vida de un punto 
de vista personal y utilitario, que, por definición no 
es el de la ciencia pura, es entonces que aparecen 
las diferencias de valores. 

Es la vida que quiere vivir la que da más valor 
a la vida que a la muerte; es la vida que quiere go- 
zar la que atribuye mayor valor al placer que al 
dolor. 

Para pensar así se necesita estar dotado de con- 
ciencia, de inteligencia, de imaginación, y esa apre- 
ciación es "un juicio" humano interesado, no "un 
hecho de naturaleza', frío, implacable, ajeno a nues- 
tros deseos e ilusiones. 

La construcción de un ideal de vida que nos 
empuje en la vía del progreso, no es, ni puede ser, 
por lo mismo, obra de la biología pura, indiferente 
en realidad a la vida viviente. Los que aspiramos a 



12X5] 



JOSÉ P. MASSERA 



vivir y a vivir mejor, nunca "la Biología", somos los 
que levantamos sistemas que suponemos y "creemos" 
los más apropiados para mantener y perfeccionar la 
existencia. 

El Dr. Rossi no ha escapado a esta necesidad 
de su organización mental y ha construido, pieza por 
pieza, un ideal de vida, con datos tomados de la bio- 
logía, ni más ni menos que como lo hiciera Nietz- 
sche. El filósofo alemán eligió la lucha, la voluntad 
de poder, la tendencia al predominio, como el factor 
vital por excelencia, olvidando los demás. El doctor 
Rossi escoge también y se atiene al acuerdo, la coope- 
ración y la adaptación al medio como factores ex- 
clusivos del nacimiento y del progreso de la huma- 
nización. No es realmente M la historia natural de la 
vida" lo que nos presenta como aspiración. No podía 
hacerlo; ha debido elegir. Y esa elección entre todo 
lo que las fuerzas naturales han producido, supone 
necesariamente un criterio que está más allá de lo 
biológico mismo, aunque "el sistema" esté forjado con 
datos de la experiencia vital. Entra así en lo subjetivo, 
en un sistema, más o menos filosófico, que es la trama 
íntima de los actos humanos. 

La soñada objetividad que fundará una pedago- 
gía integral que agrupe a todos los pensadores, se 
nos escapa definitivamente. 



XIII 

SUMARIO: La adaptación al medio no es suficiente para 
guiar la acción humana, ni su progresivo perfeccionamiento. 
No existe el medio único o fijo. Opción indispensable para 
forjar una regia de vida. Faculrad del hombre de cambiar de 
medio o de modificarlo. Adaptación no significa necesariamen- 



[216] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



te superioridad. Selección de los más aptos y no de los más 
perfectos. La adaptación depende de un sinnúmero de factores 
que muchas veces nada tienen que ver con lo que reputamos 
perfecto en los seres. Medios simples y complejos. Juicios de 
valor sobre los medios, anteriores lógicamente a la coordina- 
ción fisiológica. Los inadaptados superiores. Medios inferiores 
a los que el hombre no debe adaptarse. Para mejorar un me- 
dio es preciso romper con él en vez de someterse a él. 



Algunas consideraciones más sobre la adaptación 
contribuirán a redondear mi pensamiento sobre este 
importante punto. 

La vida ha sido definida como una íntima co- 
rrelación entre el ser y su medio, sin la cual se 
producirán el sufrimiento y la muerte. El ideal con- 
sistirá en que el hombre funcione armónicamente 
en un medio dominado, 

A mi juicio el principio biológico general de la 
adaptación al medio, no es suficiente para guiar la 
acción humana y menos el perfeccionamiento de 
la civilización. 

Esta fórmula supone M un medio", es decir, un 
ambiente fijo con el cual el hombre irá armonizando 
sucesivamente todas sus funciones. 

Pero el medio fijo o único, ni siquiera es ver- 
dadero en la vida animal. Los hay muy diversos, y 
son variables, además, natural o artificialmente. 

Fluirá entonces la pregunta: ¿a qué medio de- 
berá adaptarse el ser? Una opción es indispensable. 

En el animal, sin embargo, no podemos hablar 
de opción, y, prácticamente, se adaptará más o me- 
nos bien, según su flexibilidad vital ante las modi- 
ficaciones del ambiente. 



[217] 



JOSÉ P. MASSERA 



En el caso del hombre, dotado de inteligencia, 
capaz de juzgar con acierto de la utilidad de los 
diversos ambientes o del cambio del hasta entonces 
habitual, el problema de vivir en tales o cuales me- 
dios no se resolverá en virtud de los factores que 
impulsan a la animalidad. El hombre imagina, con 
mayor o menor exactitud, las ventajas o los perjui- 
cios que a su existencia acarrearán tales o cuales 
ambientes o sus modificaciones, y cambiará volun- 
tariamente de medio, o lo modificará tornándolo 
favorable, supliendo así, con su inteligencia o su 
voluntad deliberada, lo que podría faltar a su orga- 
nismo de flexibilidad. 

Adaptación al medio es, pues, en rigor,' frase de 
sentido ambiguo. Podría sustituirse por la de adap- 
taciones a medios, que en cambio, tendría el defecto 
de ser vaga como planteamiento del problema de lá 
acción. 

Por otra parte, adaptación no significa necesa- 
riamente superioridad y por ello no cabe concebirla 
como el factor dinámico de la evolución. 

Si la adaptación es simplemente una correlación 
de fuerzas, un equilibirio, nada hay en ella que sig- 
nifique el mayor valor del organismo o del medio. 

Tampoco es verdadero que el ser superior se 
adapta y el inferior no. Antes de la adaptación es 
difícil o imposible saber si se producirá la deseada 
armonía, dadas las grandes complejidades de los se- 
res y de los medios. Y una vez que ella se produce, 
tal hecho no supone superioridad forzosamente. Dar- 
win no dijo jamás que por la selección sobrevivieron 
los más perfectos, sino los más aptos. Aptitud no 
significa perfección, sino acuerdo, acomodamiento. 
Y muchas veces, los seres que se reputan más per- 



[218} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



fectos no son los que se acomodan, y sí solamente 
los inferiores. 

El hecho de tener alas es corrientemente con- 
siderado como una mayor perfección en un insecto; 
pero cuenta Darwin que en ciertas islas, donde gran- 
des vientos dominan y arrojan los insectos alados 
fuera de la tierra, al pleno océano donde fácilmente 
encuentran la muerte, la selección natural ha produ- 
cido individuos enteramente ápteros. En este caso los 
seres más imperfectos son los que resultan admira- N 
blemente adaptados al medio. 

En el caso de los cerdos negros y blancos de la 
Virginia, la adaptación de los primeros dependió de 
la circunstancia especial de existir en el país una 
planta venenosa para los cerdos blancos e inofensiva 
para los negros. "Suponed, dice Le Dantec, que ha- 
yamos introducido simultáneamente, en libertad en 
un parque de la Virginia, cerdos blancos muy fuer- 
tes y sanos y cerdos negros débiles y enfermizos; 
habría sido natural pensar que los primeros debían 
alimentarse en ellos más fácilmente que los segun- 
dos; y, prediciendo este resultado, nos habríamos 
equivocado. 

¿Diremos pues, que, de una manera general, los 
cerdos negros son más aptos que los blancos para 
la vida en libertad? Esto sería exponerse a un error 
voluntario, pues, en tal otro prado podría existir una 
planta o una enfermedad que matase los cerdos ne- 
gros y respetase a los blancos" (*). 

Le Dantec llega a la conclusión de que ni si- 
quiera podemos afirmar, en general, que tales seres 



(1) Le DANTEC, Lts limites áu connaíssable. Artículo "Dar- 
wicT» pie- 92. 



[219] 



JOSÉ P, MASSERA 



son más aptos que otros, sino únicamente que en tales 
circunstancias dadas, ciertos seres están en mejores 
condiciones que otros para vivir. Un lobo ¿es más 
apto que un ternero?, se pregunta. No, porque ence- 
rrado en un pastizal se morirá de hambre, en tanto 
que el ternero prosperará. ¿Será más apto, pues, el 
ternero, que el lobo? No, porque si introducimos 
lobos en el recinto en que están los terneros, éstos 
serán devorados. 

Por lo demás, es un hecho que la complejidad 
orgánica disminuye y retrograda en un medio en que 
la existencia es demasiado simplificada. 

La adaptación a un medio simple, para un ser 
relativamente superior, supone un descenso en ve* 
de un progreso en su vida. "Hay climas, dice Fouillée, 
en los cuales para conseguir vivir el animal debe 
empobrecer su vida y su actividad, como los liqúenes 
sobre un árbol"( 2 ). Pasando del animal al hombre, 
el número de medios es muy grande, por las innu- 
merables posibilidades de la adaptación consciente y 
deliberada. 

El propio Dr. Rossi establece que los hombres 
se agruparán en sociedades parciales para obtener al- 
guna conquista sobre el medio, o según el modo que 
tengan de apreciar la vida. Un juicio de apreciación, 
previo a toda adaptación, presidirá estos acuerdos 
humanos. Un juicio de valor sobre el medio escogi- 
do, o sobre cierta manera de vivir, será anterior y 
base individual de toda ulterior coordinación fisioló- 
gica. El materialismo de la correlación orgánica pasa 
a segundo término. 

Por ptra parte, sin negar la importancia que el 

(2) FOVILLÉE, Les élémenfs sociologiques de I4 morale, pág. 216. 



[220] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



equilibrio orgánico y neutral presenta en general, 
no es posible negar el gran valor que tienen ciertos 
desequilibrados, los genios, para el progreso humano. 

En la animalidad el genio es casi siempre des- 
truido, aniquilado con el rasero de los mecanismos 
fatales. En la humanidad ha existido siempre la ten- 
dencia consciente a hacerlo fracasar. La acción de un 
medio incomprehensivo e igualitario, lejos de ser un 
factor de evolución, ahoga en germen las nuevas 
orientaciones que podrían vivificar y transformar ese 
mismo medio. 

No se necesita, por otra parte, recurrir al caso 
del genio para evidenciar el defecto de esta tesis. 
Existen organismos superiores e inferiores para el 
juicio humano, como se distinguen medios más o 
menos perfectos. Un ser relativamente superior, se 
interioriza adaptándose a un medio inferior. 

Esto es verdad del hombre como de los anima- 
les. "Hay medios, dice Fouillée, en que el hombre 
no puede subsistir sino reduciendo sus necesidades, 
sus ambiciones, sus energías, haciéndose menos hom- 
bre M ( a ). 

No necesito esforzarme demasiado para fundar 
esta aseveración. Me bastará notar cuan perniciosa 
ha sido siempre, y sigue siéndolo, para ciertos espí- 
ritus, aun relativamente superiores su acomodamiento 
a ciertos ambientes políticos y sociales inferiores. El 
demagogo no vuela muy alto, precisamente porque 
se adapta demasiado al populacho de escasas ideas y 
pasiones primitivas, impulsivo y mediocre. 

El precepto de la adaptación es una fórmula 
demasiado simplista. Puede haber superioridad en no 

(3> Op, cit., pág. 217. 



[221} 



JOSÉ P. MASSERA 



concordar con el ambiente telúrico, orgánico o so- 
cial, como puede existir decidida inferioridad en acor- 
darse con él. Armonía no es sinónimo de superiori- 
dad o progreso. 

El medio no siempre es bueno y para mejorar- 
lo es preciso romper con él, en ve2 de someterse 
ciega y "animalmente" a su yugo. El "quijotismo" 
debe rectificar continuamente los excesos del "san- 
chismo", podremos concluir a la inversa del Dr. Rossi, 



XIV 

SUMARIO: Examen del papel del sufrimiento y su ca- 
rácter "humano" en la doctrina de El Criterio fisiológico. 
El sufrimiento es animal antes de ser humano. El dolor no 
es siempre la advertencia de que algo anda mal en la máquina 
humana. La adaptación no se produce, en general, sin sufri- 
mientos. Dolores que no indican peligros ni anormalidades y 
males orgánicos que no despiertan dolores, El lema de la fi- 
siología no tendrá porqué ser necesariamente: "contra el su- 
frimiento". Crítica de la tesis sobre el sufrimiento humano. 
Sufrimientos "naturales" producidos por las inarmonías na- 
turales. Persistencia de "la Naturaleza" en conservar órganos 
inútiles o mal coordinados, orígenes de males y dolores sin 
cuento. 



Algunas consideraciones sobre el papel del su- 
frimiento y especialmente su aspecto "humano" en 
la doctrina de El Criterio fisiológico, completarán 
lo dicho anteriormente. 

Se ha visto que el hombre, como el animal, 
puede vivir sin que exista la armonía perfecta de 
que parte el Dr. Rossi entre el organismo, y su medio. 



[222} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



Lo relativo al dolor y el placer, fenómenos del 
orden psicológico, plantea el mismo problema del 
punto de vista de la adaptación consciente, y el de la 
pretendida 'Voluntariedad" del sufrimiento humano. 

No se extrañe, pues, si con tal motivo insisto 
sobre ciertas conclusiones o hechos que reputo ca- 
pitales. 

La naturaleza ha forjado el dolor como ha en- 
gendrado el placer, y el sufrimiento es animal antes 
de ser humano. No creo que sea necesario justificar 
estas proposiciones. 

El dolor no es siempre el admirable procedi- 
miento natural que previene al vivo de que algo 
anda mal en la máquina fisiológica. Menos verdad 
es aún, a mi juicio, que el dolor humano sea obra 
exclusiva de la voluntad. 

En capítulos anteriores he hecho referencia a 
circunstancias de que muchas adaptaciones, y espe- 
cialmente las del alimento y sus modificaciones para 
ser asimilado, han requerido ensayos que no se pro- 
dujeron sin sufrimiento, como es indiscutible que en 
la lucha contra ciertos microorganismos no se triun- 
fa sin haber pasado por un período de molestias de 
mayor o menor entidad. Las vacunas que salvan no 
lo hacen sin imponernos un precio en dolor. 

El sufrimiento es, pues, muchas veces útil, y 
hasta necesario aún del punto de vista puramente 
biológico. 

Por lo demás, es realmente extraño que siendo 
el dolor, en términos generales, el signo consciente 
de una anomalía, acompañe y persista en acompañar 
a ciertos actos fisiológicos como la irrupción de los 
dientes en los niños, y subsista en las funciones hu- 



[223} 



JOSÉ P, MASSERA 



manas de reproducción, y muy especialmente en el 
fenómeno normal del parto C). 

Anómala parecerá también, pero es hecho in- 
concuso, la desproporción con el mal que el sufri- 
miento revela muchas veces» o con la importancia de 
los órganos afectados, como pasa con los dolores de 
muelas, por ejemplo; y que, a la inversa, en otros 
momentos no se presenta a desempeñar su función 
de heraldo anunciador de la desorganización, en ca- 
sos de gravísimas enfermedades que nacen y se des- 
arrollan sin despertarlo, pudiendo llegar a un punto 
tal de perturbación interna en que se destruye la vida 
irremediablemente, ¿in que la naturaleza haya profe- 
rido su grito de alarma ( 2 ). 

En estos últimos casos no podremos acoger como 
la suprema perfección, lo que la naturaleza ha sa- 
bido hacer, y nuestra inteligencia, lejos de plegarse 
a semejantes procedimientos, los juzga sin vacilacio- 
nes como malos. 

Rauh hace una crítica no exenta de valor de la 
teoría spenceriana, en que parece apoyarse la doctri- 
na de El Criterio fisiológico, relativa a que el pla- 
cer sería el signo infalible del bienestar y el dolor 
el del malestar pero aun cuando no aceptáramos 
en absoluto todas las consideraciones de este autor, 
siempre resultaría de los hechos aducidos, la seguri- 
dad de que la biología no ha proporcionado aún un 
veredicto inconmovible y definitivo sobre tan impor- 
tante problema, y mal podría servir aquella doctrina 



(1) MKTCHNfKOFF, Op. cit., cap. V. 

(2) RaUH, De la tnétkode dani l'étude de la psycbologie des 
lenUments, pág. 215. 

(3) Op. cíe, págs. 214 a 222. 



[2241 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



de base cierta para construir en buena parte la moral, 
la sociología y la pedagogía que se pretenden. 

Por eso podría parecer desde luego improce- 
dente y excesiva la aseveración de que "el lema de 
la fisiología es el mismo que sigue sin proponérselo 
la conducta humana: contra el sufrimiento"( 4 )- 

No es, así, enteramente exacto que la fisiología 
por el hecho de tender a señalar el límite entre el 
funcionamiento y la frontera de lo patológico tome 
aquella hedónica divisa. Más exacto sería decir que 
la medicina es arte que deriva de la fisiología, pero 
que su divisa no es "contra el sufrimiento" precisa- 
mente, sino "contra la enfermedad", a menos de 
admitir lo que no parece estar comprobado, que el 
dolor acompaña sin excepción a la desorganización 
funcional. 

Y es verdaderamente incongruente que un fi- 
siologismo acendrado lleve al psicologismo hedonis- 
ta expresado por aquel lema. Si el epifenómeno dolor 
o placer no acompaña invariablemente a lo patoló- 
gico o a lo normal en un organismo vivo, mal puede 
tomarse como permanente y esencial lo que no pre- 
senta tal carácter en la naturaleza. Hay traición en 
la traducción de lo fisiológico en lenguaje psicoló- 
gico y en la atrevida generalización de tal traducción 
en un sistema invariable de vida. 

Más inadmisible me parece todavía la tesis de 
que el sufrimiento humano es fruto genuino de su 
voluntad, y que es siempre posible apartarlo ciñén- 
dose a lo que "la naturaleza" supo realizar de armo- 
nioso entre la emoción y la utilidad vital. 

El modelo armonioso de la naturaleza es la ani- 



(4) Rossi, S. C. t El Criterio fisiológico, pág. 99. 



JOSÉ P, MASSERA 



malidad y por eso es que afirma El Criterio fisto- 
lógico que "la humanización tiene el triunfo apa- 
rente", y que la dirección suprema la conserva la 
"animalidad", que "sólo respetando la animalidad 
puede continuar viviendo el hombre y si no la res- 
peta sufre o muere" C) o bien que la "humanización 
no puede tener iniciativas favorables más que para 
servir a la animalidad" (°). 

Si echamos la vista por el cuadro que nos pinta 
cuidadosamente Metchnikoff, de lo que la natura- 
leza ha sabido hacer en la animalidad respecto de la 
conservación vital y del sufrimiento, no quedaremos 
muy edificados sobre la "perfecta armonía" de sus 
funciones. (Ver lo ya dicho en el capítulo XII del 
presente trabajo). 

No insistiré sobre este punto; sólo deseo ahora 
llamar la atención acerca del resultado de los estu- 
dios de este sabio respecto de las armonías de la 
naturaleza humana. 

La parte de la animalidad que subsiste en el 
hombre debería ser un funcionamiento perfecto, si 
ha de servir para dar pautas fijas e inconmovibles a 
la acción de la inteligencia y del sentimiento. 

Entre tanto Metchnikoff evidencia que existen 
en el hombre un sinnúmero de órganos inútiles o 
poco útiles, inadaptados o mal coordinados, con fun- 
ciones nulas o imperfectas, que la naturaleza persiste 
en conservar a pesa*r de que casi todos ellos son órga- 
nos de males sin cuento, de sufrimientos más o me- 
nos grandes y constantes, y de pérdida de la vida. 

Con tal propósito trae a colación un estudio 



(5) Op. tít., pág, 82. 

(6) Op. cit. p pág. 5. 



{226} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



especial de un anatomista alemán muy distinguido, 
Wiedersheim, que ha contado en el hombre diecisiete 
órganos en decadencia, todavía capaces de llenar su 
función fisiológica de una manera más o menos in- 
completa, y no menos de ciento siete órganos rudi- 
mentarios, que no pueden servir para ningún uso 
fisiológico apropiado ( 7 ). 

La lección que creo se desprende de esos inte- 
resantes capítulos, y debo extraer ahora, consiste en 
que tales males y dolores son "naturales" y entera- 
mente "involuntarios" en el hombre. 

Supervivencias son, en mucha parte según el 
eminente sabio ruso, de ese pasado de animalidad 
que quiere presentarnos El Criterio fisiológico 
como un ideal a seguir para corregir la experiencia 
perturbadora del placer y, en general, los perniciosos 
consejos de la sensibilidad humana. 

Difícil parece, en efecto, poder probar que la 
existencia del apéndice vermiforme o de las muelas 
del juicio, por ejemplo, con su ninguna o muy rela- 
tiva utilidad, pero, en cambio, con las peligrosas o 
muy dolorosas perturbaciones que aportan a nuestra 
vida, sean fruto de una desviación 'Voluntaria" pro- 
vocada por los engaños de "la Imaginación" o las 
perfidias de la "Sensibilidad". 

CONCLUSIÓN 

El estudio de las doctrinas o sistemas filosóficos 
debe hacerse en forma de penetrarlos íntimamente. 
Estudiar a fondo un libro o una teoría, no es sólo 
estudiarlo minuciosamente bajo todos sus aspectos. 

(7) Op. cit.» pngs. 74 y 75. 



[227] 



JOSÉ P. MASSBRA 



Hay que poner amplitud de espíritu y amor pata 
alcanzar la esencia de lo ajeno. Es la tolerancia ac- 
tiva, a base de profunda simpatía lo que hay que 
saber agregar a ese estudio para no errar demasiado 
y para comprender completamente el pensamiento 
filosófico de los otros, en el que siempre se encuen- 
tra para quien sabe buscarlo, algún grano de verdad, 
de belleza o de bondad 

De este modo y siguiendo por otra parte el 
sistema que he puesto invariablemente en práctica en 
las enseñanzas de la cátedra, he procurado también 
alcanzar lo íntimo de la doctrina desarrollada en El 
Criterio fisiológico, Y he sentido que hay en ella 
un fondo de sano optimismo científico que, aunque 
extremado, contiene mucha médula verdadera de ex- 
periencia real y fecunda. Podré no compartir la opi- 
nión de que la ciencia pura y en especial la biología 
general o la fisiología puedan resolver por sí solas, 
o proporcionar las bases capitales de los problemas 
de la acción moral y de la organización social; y 
si creo que estas ciencias empiezan a formarse, coa- 
cuerdo en lo esencial, en la fe sincera de su brillante 
porvenir que se desprende de todas las páginas de 
este libro, y declaro que no advierto los límites que 
alcanzarán en su prodigioso vuelo, en sus aplicacio- 
nes infinitas, no sólo las ciencias físico-químicas, sino 
las biológicas y médicas. 

Otro aspecto atrayente de esta teoría es el deseo 
de conjurar para siempre ciertos males sociales. Aun- 
que la solución pueda ser equivocada a mi juicio, no 
puede negarse que la aspiración a vencer la enfer- 



( 1 ) Ver mi trabajo Alguna reflexiones sobra la Moral y U 
Estética de Rodó, Capítulo VIL 



{228} 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



medad y el vicio, como de reformar el orden social 
actual con el propósito de hacer más felices a los 
hombres es altamente simpática y seductora. Igual 
cosa debo decir de la noble tendencia a anular el su- 
frimiento humano, a cortar todo dolor posible. 

Bastarían estos aspectos de la doctrina de El 
Criterio fisiológico para que la simpatía se incline 
a ella y goce con todo lo bueno y bello que contiene 
el sentimiento que la anima. 

Y eso sin contar con la sugerencia de la forma 
y la magia de un estilo dúctil, claro y vigoroso. 

Convendría ahora examinar un problema de 
conjunto que ha planteado la discusión de este tema 
en la Sociedad de Pedagogía. 

Ante las observaciones de los Dres. Regules y 
Grompone, el Dr. Rossi se declaró sorprendido y de 
sus palabras fluye que su doctrina hubiera sido un 
tanto tergiversada. 

Ante estas discrepancias y estando más cerca de 
las opiniones de los Dres. Regules y Grompone, y 
después del largo camino recorrido, me pregunto an- 
sioso si el Dr. Rossi se ha limitado en su libro a 
establecer simplemente, aunque con gran lujo de 
detalles, la necesidad de someterse a las leyes de la 
vida y al cumplimiento estricto de las condiciones 
sin las cuales la vida no es posible. 

Si a esto se redujera su doctrina, no habría en 
realidad rebasado la de Spencer, y ni siquiera la de 
los manuales de filosofía en los que la fisiología y 
la higiene constituyen un buen capítulo de la moral 
personal cuando tratan de fundamentar los deberes 
para con el cuerpo. 

¿Es así que debe entenderse esta doctrina ante 
el texto y el espíritu del libro que he analÍ2ado? 



[229} 



JOSÉ P. MASSERA 



En Spencer y en los textos corrientes de Boirac, 
Janet, Marión, Payot, etc., la parte de la fisiología 
y de la biología que entra en la moral y la sociolo- 
gía es muy limitada, aún cuando en el primero sea 
mayor que en los otros. Aquellas ciencias constitu- 
yen solamente un capítulo de éstas; ciertamente se 
trata de aportes necesarios aunque limitados por afec- 
tar solamente algunas de sus bases, mas no las in- 
forman por completo, ni menos las absorben o do- 
minan. 

La tesis del Dr. Rossi va mucho más lejos, por 
lo mismo que aspira a fundar una filosofía biológica, 
a refundir el fenómeno mental en el fisiológico, a 
introducir la moral en la fisiología, a deducir la so- 
ciología de la biología, llegando a la organización 
de un Estado y educación ideales como consecuencia 
exclusiva de la aplicación de principios biológicos y 
fisiológicos, pasando por una concepción especial de 
los deberes y de los derechos nacida de una dialéc- 
tica en cuyo fondo no se encuentra sino una biología 
hipertrofiada. 

Por esto, y porque en parte alguna se da entra- 
da a otros factores que los biofisiológicos, debo con- 
siderar esta doctrina como profundamente diferente 
de las antes mencionadas. 

En ella los fenómenos psicológicos, morales y 
sociológicos no tienen carácter específico alguno, 
pues son meros aspectos y derivaciones de lo bioló- 
gico y fisiológico. Por consiguiente no es la higiene 
la que entra en la moral como resumen de los de- 
beres para con el cuerpo; sino que es la moral toda 
entera la que es absorbida por la fisiología, con ab- 
dicación de todo derecho a la especificidad como dis- 
ciplina independiente; y es así que la sociología se 



[230] 



UNA PEDAGOGÍA OBJETIVA 



torna esclava de la biología y en fin, como conse- 
cuencia de todo eso, la pedagogía adquirirá la obje- 
tividad de la ciencia pura por el hecho de encarri- 
larse para siempre dentro de los preceptos universales 
y necesarios de la biología. 

Entiendo que en tal forma debe ser encarada la 
tesis de El Criterio fisiológico y así lo he hecho 
en las páginas precedentes, pues fluye de los repeti- 
dos textos que he citado tal vez demasiado prolija- 
mente, pero siempre con la sana intención de ser 
veraz y alcanzar el sentido real de este libro que por 
algo se denomina "ensayo de orientación social". 

Presentarla como recortada sobre el patrón de 
las morales y las sociologías comunes se me ocurría 
que era hacer traición a su verdadero espíritu, a su 
propósito revolucionario de renovar una moral mal 
cimentada y una sociedad mal constituida. Y hasta 
me atreveré a decir, que cuando el Dr. Rossi se de- 
fendía de los ataques de los Dres. Regules y Grom- 
pone, diciendo que él no se atenía exclusivamente a 
la consideración del interés vital, sino que eso era 
lo primero aún por juicio de los demás, no expre- 
saba el mismo pensamiento que surge de la lectura 
de El Criterio fisiológico, de la que resulta que las 
actividades morales, sociales y pedagógicas deben 
someterse ciegamente a los preceptos de la ciencia 
de la vida, en modo tal que el vuelo de "lo quijo- 
tesco", de lo abnegado, del sacrificio voluntario re- 
sultará en defintiva anulado o muy limitado, porque 
es forzoso consultar antes que nada y en todo mo- 
mento las exigencias "sanchescas" de la animalidad. 

Inútil es aseverar que no se niega el valor de 
los altos sentimientos humanos y que ni uno solo de 
éstos resulta excluido, si se establece como núcleo 



[23U 



JOSÉ P. MASSBKA 



esencial que la conservación de la vida es el sobe- 
rano bien y que el sufrimiento es el gran enemigo 
de la felicidad humana. El desinterés, la abnegación 
y el sacrificio fecundo tienen que detenerse en el 
dintel de esta especial construcción, si no como inmo- 
ralidades, como verdaderas anomalías de la conduc- 
ta. El amor a la vida y la anulación de todo sufri- 
miento, con lincamientos capitales de la dirección de 
la conducta humana, jamás podrán sin contradicción, 
predicar el olvido de la vida misma y menos su sa- 
crificio en homenaje a otros principios. 

En cuanto a la pedagogía que de tal formación 
procede, tendrá que ser afectada por los mismos vi- 
cios de la teoría de que parte. Como todas las peda- 
gogías será personal y recibirá su espíritu de la psi- 
cología, de la moral y de la sociología de que procede. 



£232] 



LA LOGICA DE LOS SENTIMIENTOS DE RIBOT 



Sin dejar de rendir homenaje al esfuerzo reali- 
zado por Goblot en su libro La logique des jugements 
de valeur, y de su propósito, comenzado en su Traite 
de logique, de situar al lado de la lógica de la inte- 
ligencia, como él la llama, otra lógica a base de fi- 
nalismo, cuyos elementos plantea en los capítulos 
XV, XVI y XVII de aquel Tratado, es justo decir 
que encontramos en dos obras de Ribot, el plantea- 
miento de análogos problemas, en términos que vale 
la pena no olvidar, porque han fijado ciertos prin- 
cipios que permanecen siendo capitales para todo el 
que quiera abordar con fruto el estudio de estas poco 
exploradas regiones de la actividad humana. 

En su admirable Tratado: La logique des sen- 
timents, el gran psicólogo francés, presenta modesta- 
mente su trabajo, esbozado también sobre algún 
punto en su libro Essai sur les passions, diciendo que 
lo aborda no sin desconfianza, por cuanto no conoce 
a nadie que haya tentado tratar, aun sumariamente, 
el problema y que sólo debe tomarse como un bos- 
quejo, un ensayo. 

Y desde luego se formula una grave pregunta: 
"Afirmar una lógica extra-racional, ¿no es una pa- 
radoja que debe sublevar a los lógicos?". 



{233} 



JOSÉ R MASSERA 



Efectivamente parece evidente que si la natura- 
leza afectiva del hombre es la causa más frecuente 
del ilogismo, estas dos formas: la lógica afectiva y 
la lógica, racional, tienen que ser profundamente di- 
ferentes, en términos de hacer dudar si cabe hablar 
de una lógica que no sea estrictamente racional. 

"Para reunirías legítimamente bajo una deno- 
minación común, es preciso, pues, que tengan un 
fondo común: éste es el razonamiento , es decir, la 
materia propia de toda lógica. Su mecanismo varía 
mucho de una a la otra, como lo veremos en este 
mismo capítulo; pero en los dos casos conserva su 
marca propia, la única que importa al psicólogo, y 
es ser una operación mediata que tiene por término 
una conclusión '(*)• 

En otros términos, podríamos decir que el hom- 
bre "razona" en ambos casos, si bien en forma muy 
diferente, por lo mismo que el sentimiento es, muy 
generalmente, una causa de ilogismo racional. Des- 
de que se ponga en acción el razonamiento, esto es, 
la operación por esencia de comparación de juicios 
o términos que lleven a una consecuencia o conclu- 
sión, habrá "lógica", es decir, armonía, conexión en- 
tre los puntos de partida y la conclusión, aunque 
sean muy diversos por su naturaleza psicológica esos 
puntos de partida y la consecuencia. 

Esto supone únicamente que el concepto de lo 
lógico se ensancha, comprendiéndose en él no sólo 
la forma que de tiempo atrás han venido entendien- 
do los lógicos como única manera de razonar (la 
puramente racional, la que conduce a la ciencia), sino 
también otra en la cual se razona, si bien de otra 



(1) RlBOT, La logique des sentimenis, pág. 23. 

1234} 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



manera bastante diferente por los elementos que en- 
tran en juego. 

Quiere todo esto decir que existe entre esas ló- 
gicas un núcleo común, un modo de razonar que 
varía en ellas pero conservando un elemento básico 
igual, que es suficiente para definir a ambas como 
lógicas, 

Y esta lógica de los sentimientos como la otra, 
por lo mismo que tiene tal punto de arranque psico- 
lógico, podrá llegar a dar reglas para la acción en 
su especial terreno, porque el hombre, por su condi- 
ción de ser razonable, es capaz de juicios lo suficien- 
temente imparciales como para manejar voluntaria- 
mente su acción, tratando de dirigir las fuerzas que 
en él se oponen a lo puramente intelectual. 

Una primera transformación se impone en el 
concepto del razonamiento. Su definición no puede 
hacerse ya teniendo en cuenta únicamente su función 
puramente intelectualista. 

Ribot plantea y resuelve esta importante modi- 
ficación en los términos siguientes: " ...el razona- 
miento es una anticipación, un ensayo, una conje- 
tura, una marcha de lo conocido a lo desconocido. 
Si esta fórmula pareciese incompleta o demasiado 
vaga, se puede adoptar la definición de Boole que 
es precisa: «El razonamiento es la eliminación del 
término medio en un sistema que tiene tres térmi- 
nos». Se verá más adelante que esta fórmula es rigu- 
rosamente aplicable al razonamiento afectivo" ( 2 ) . 

De pleno acuerdo con el evolucionismo y par- 
tiendo de hechos históricos y de modernas investiga- 



(2) Id , 14, 



[235] 



JOSÉ P. MASSERA 



ciones asevera Ribot que "la lógica racional pura es 
el resultado de una lenta diferenciación". 

La facultad de inferir que ha sido suscitada y 
mantenida por necesidades vitales y deseos, "fué pri- 
mero exclusivamente práctica^ en manera alguna es- 
peculativa, y sus primeros pasos han debido ser in- 
coherentes e inseguros" 

En una primera etapa las dos lógicas, afectiva 
y racional, "están estrechamente mezcladas y confun- 
didas al punto de no ser sospechada siquiera una po- 
sible separación entre ellas. Están allí, en pequeño, las 
semejanzas y las diferencias de estas dos lógicas" ( 4 ). 

La psicología de los pueblos incultos ha reve- 
lado la ineptitud del salvaje para la abstracción y la 
enorme dificultad que tiene para encadenar las ideas 
según relaciones objetivas* 

Pero al lado de tales imperfecciones puede afir- 
marse que "el salvaje es capaz de razonamiento prác- 
tico, construido con ayuda de percepciones e imáge- 
nes, términos medios que lo conducen al resultado 
deseado, es decir a una conclusión". 

Agrega el ilustre psicólogo que "ésta es la for- 
ma inferior del razonamiento imaginativo que estu- 
diaremos más tarde en detalle y que se encarna en 
una creación de orden material o espiritual". 

Veamos estos pródromos del razonamiento más 
de cerca, para comprender, en concreto, su punto de 
arranque, sus móviles, sus procedimientos, la natura- 
leza de sus conclusiones. 

"Estos ensayos de inferencia tienen sus raíces en 
las necesidades vitales. Responden a las preguntas 

(3) Op. cit., pág. 24. 

(4) Op. cíe, Id., Id. 



[236] 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



que el salvaje se hace frente a los agentes naturales 
y sobrenaturales. Su razonamiento, como cualquier 
otro, consiste en encontrar intermediarios que lo con- 
ducen al término final. Para convencerse de ello, el 
lector debe recordar sumariamente los procedimien- 
tos que el hombre primitivo ha combinado en vista 
de sus necesidades: para su alimento (caza, pesca), 
para protegerse contra la intemperie (vestidos, habi- 
tación), para el ataque y la defensa contra los ani- 
males y sus semejantes (las armas que se transfor- 
marán más tarde en útiles), su conclusión sobre la 
existencia de un "doble" resultado de sus conjeturas 
sobre los sueños, el desvanecimiento, las enfermeda- 
des, etc.; sus inducciones sobre los ritos a observar, 
sobre los actos propiciatorios hacia los seres sobrena- 
turales, sobre todo malos. En todos estos casos, — la 
enumeración está lejos de ser completa — , imagina, 
inventa, pero no libremente: el trabajo imaginativo 
no es una pura fantasía, está condicionado por el 
fin. La serie de las percepciones y de las imágenes 
que componen la construcción de su arco, de su red 
de corteza o de sus ritos, son para el hombre no civi- 
lizado los términos medios de este razonamiento con- 
creto, en actos, cuyo último término es el éxito o el 
fracaso" ( 5 ). 

De esta primera forma de razonamientos con- 
cretos va a salir la diferenciación, porque la expe- 
riencia separa constantemente dos categorías de ca- 
sos: aquéllos en que "la conjetura, la expectación, el 
razonamiento, son siempre, o lo más a menudo, jus- 
tificados por la experiencia", y aquéllos en que "el 

(5) Op. cít., págs. 25 7 26. 



[237] 



JOSÉ P, MASSERA 



resultado contrario sobreviene siempre o lo más a 
menudo". 

Se llega así a distinguir los casos ciertos de los 
inciertos. "Durante este período de la evolución lógi- 
ca, la experiencia es el único medio de fiscalización, 
el criterio. Gracias a ella una diferenciación se di- 
buja: el razonamiento objetivo, conforme a la natu- 
raleza de las cosas, probante, racional, tiende a for- 
mar un pequeño dominio en el campo ilimitado del 
razonamiento subjetivo, de conclusiones simplemente 
probables" (°), 

Nace así la lógica pura que va consolidándose 
con los progresos de la técnica: "La técnica es la 
madre de la lógica racional: la invención de los ins- 
trumentos, de los útiles, de la fundición de los meta- 
les, de la navegación, de la astronomía, de la agri- 
mensura, etc., en razón de las necesidades prácticas 
que la rigen ha habituado al espíritu humano a la 
disciplina en el razonamiento" ( 7 ) . 

Pero la inferencia intelectual no se produjo de 
golpe, ni se despojó de inmediato de su ganga afec- 
tiva. En cada caso, el hombre, para llegar a su fin 
debía encontrar los términos medios. Ya se tratara de 
una presa animal, de una táctica para vencer al ene- 
migo, una curación o "una de las numerosas fanta- 
sías que ignoramos", el hombre halló esos medios, 
unas veces por intuición, otras por azar o por repe- 
tidos ensayos. Los medios puestos en práctica para 
conseguir su fin. Y estos términos medios de que se 
valía eran clasificados luego, unos como eficaces, 
otros como perjudiciales, otros en fin, como indife- 

(6) Op. cit., pág. 27 
<7) Id., Id. 



[238 3 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



rentes con respecto al fin buscado. Las experiencias 
repetidas llegaron a evidenciar los que servían y los 
que fracasaban; pero naturalmente nada de práctico 
decían sobre los que aparecían como indiferentes. Es- 
tas experiencias debieron conducir a utilizar los pri- 
meros, a desechar los segundos, y a la indecisión 
respecto de los últimos. Por lo demás, estos tanteos 
del razonamiento no estaban puros de toda aleación 
emocional o imaginativa, y así se observa que, en 
un primer período, la fabricación de instrumen- 
tos, o la construcción de una cabana, por ejemplo, 
los procedimientos de la técnica están íntimamente 
entremezclados con intervenciones sobrenaturales, 
plegarias, sacrificios, encantamientos, ritos variados, 
fórmulas mágicas. 

En esta forma primaria de razonar, estos ele- 
mentos son considerados intermediarios indispensables 
para llegar al fin. Solamente "después de una larga 
cultura la indiferencia, la futilidad de semejantes me- 
dios, aparece claramente y la emancipación de la ló- 
gica racional es completa". Y agrega, finamente, Ri- 
bot, "que aun en nuestros días no es necesario mu- 
cho esfuerzo para descubrir, en operaciones análogas, 
vestigios de la lógica emocional M ( 8 ). 

No desdeña Ribot de presentarnos luego, el apo- 
geo de la lógica racional con el culto de la lógica 
formal, como tipo de perfección, durante la Anti- 
güedad y la Edad Media, pues la inducción fué obra 
de los modernos principalmente. Es decir que la fi- 
losofía y la ciencia naciente atribuyen a esa manera 
de razonar una gran superioridad sobre la otra, por- 
que permitía en el pensamiento y en la vida práctica 



(8) Op, oc, págs. 27 y 28. 



[239] 



JOSÉ P. MASSERA 



obtener certezas y seguridades que la otra manera 
no proporcionaba. 

Muy significativo el párrafo siguiente que por 
lo mismo queremos transcribir: "Actualmente la in- 
vasión de la psicología en las obras de lógica, «el 
psicologismo», como lo llaman los puros lógicos que 
protestan (los Palaggi, los Husserl) es un paso más 
hacia la realidad y la vida. Se ha podido decir, con 
ra2Ón, «que si la lógica moderna ha añadido alguna 
cosa a la antigua, es rehusándose a tratar la validez 
del pensamiento como una cosa que se puede estu- 
diar y formular fuera de los hechos actuales de la 
experiencia», que &u tendencia es colocar el criterio 
de validez en los límites de la práctica. El tipo de 
la verdad es lo que puede ser verificado por la ex- 
periencia; el error, lo que fracasa en la acción". 

Importante este aporte al psicologismo, a la ten- 
dencia científica de colocar el criterio de validez en 
los límites de la práctica, como reacción contra los 
que en su afán de atribuir la perfección a la lógica 
formal, llegaron al extremo inadmisible de sostener 
que podía constituirse como ciencia a priori, sin ne- 
cesidad de apelar a la experiencia en momento alguno. 

Por ese camino natural es que llega Ribot a la 
necesidad de comprender en la lógica moderna, la 
rama especial que denomina lógica de los sentimien- 
tos. Aparece como el término de una evolución en 
el estudio de los hechos de la vida. De lo abstracto, 
sin mezcla de sentimientos a lo concreto, de lo for- 
mal a lo real, de lo necesario a lo contingente; tal 
ha sido la marcha que ha seguido la ciencia lógica 
desde la antigüedad helénica. 

A nuestro juicio el factor que nos induce a ad- 
mitir esta evolución más comprensiva, es que "esta 



1240} 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



forma de razonamiento inferior, aleatoria, lo más a 
menudo engañosa'* ha persistido sin dejarse suplan- 
tar por la otra a pesar de su perfección. Su persis- 
tencia revela que es un hecho natural que la ciencia 
no debe desdeñar. Y ha persistido, aduce Ribot por- 
que la "lógica racional no puede extenderse al domi- 
nio entero del conocimiento y de la acción. Ahora 
bien, el hombre tiene una necesidad vital, irresistible, 
de conocer ciertas cosas que la razón no puede alcan- 
zar, de obrar sobre ciertas personas o cosas, y que la 
lógica objetiva no le proporciona los medios de con- 
seguirlo. En una palabra, la lógica de los sentimien- 
tos sirve al hombre en todos los casos en que hay 
un interés teórico o práctico (en el fondo siempre 
práctico) de sentar o justificar una conclusión y don- 
de no puede o no debe emplear los procedimientos 
racionales" ( 8 ). 

En otros términos, con este movimiento de la 
lógica, que pudiera parecer regresivo por descender 
al estudio de formas de razonamiento inferiores, por 
haber sido las primitivas, se procede con mejor acuer- 
do, sin embargo, aun del punto de vista puramente 
científico, porque el valor de la ciencia debía rectifi- 
carse en cuanto pasaba de los límites de lo razonable. 
Así, pues, colocar también dentro de lo natural la 
lógica puramente racional, como la otra, bajándola 
del solio metafísico para determinar cuidadosamente 
su valor y los límites dentro de los cuales tiene resul- 
tado práctico, no es hacer traición a los principios del 
más acendrado racionalismo, núcleo central de toda 
ciencia, porque ante el sabio moderno se presentan 
con claridad prístina, esas dos lógicas como "hechos" 

(9) Op. cic. págs. 30 y 51. 



[2411 



JOSÉ P, MASSERA 



reales y vivos en el espíritu y en la acción del hom- 
bre, con fines y medios propios de cada una. 

Una de ellas, con el proposito de conocer exis- 
tencias, de sondear lo objetivo, ha utilizado proce- 
dimientos que parecen artificiales al suponer cuerpos 
despojados, intelectualmente, de propiedades reales, 
puntos, líneas, poleas, péndulos ideales, etc., que no 
existen en la naturaleza, y ha llegado, no obstante, 
con tales medios a certezas maravillosas, primero en 
el mundo de lo inerte y luego en el mundo de lo 
vivo, que durante largo tiempo pareció reacio a ellas. 

La otra, colocada en el corazón del fenómeno 
vivo, porque no quiere apelar al socorro de la pri- 
mera, o porque no puede hacerlo por la índole de 
los problemas que abarca, busca sus resultados de 
otra manera. 

Absurdo hubiera sido encastillarse en la perfec- 
ción y aplicación a todo lo humano de la lógica pu- 
ramente racional, negando o descuidando los hechos 
que evidencian, como dice Ribot, que la lógica de los 
sentimientos llena fines de interés humano que la 
otra lógica no ha podido desterrar, ni menos satisfa- 
cer por estar fuera de su alcance, o porque el hom- 
bre se rehusa a veces a aplicarla. Deslindar, rectifi- 
car definiciones, estudiar en sus elementos y causas 
los fenómenos naturales ha sido siempre obra de 
ciencia, que conduce a lo objetivo, y es lo' que, en 
definitiva, se trata de hacer hoy al abordar la lógica 
de los sentimientos o de los juicios de valor, para 
satisfacer todas las ansias humanas. 

Volviendo a la evolución compenetrada de las 
dos formas de razonar, se me antoja conveniente a 
título de mayor aclaración, hacer notar que el éxito 



1242} 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



del razonamiento racional, en el camino evolutivo 
trazado por Bibot, va forjando enel x hombre ideas 
y sentimientos estables sobre la existencia de la cau- 
salidad natural. Es decir que, cuando anotamos que 
en un largo período los razonamientos prácticos están 
embebidos de sensibilidad, y que se consideran nece- 
sarios, en el concepto humano, encantamientos, ritos 
o ceremonias para el resultado de ciertos medios 
puestos en práctica, es porque todavía no ha llegado 
el hombre al pleno convencimiento de la existencia 
de relaciones naturales de causa a efecto entre las 
cosas o entre las cosas y los actos humanos, y de que 
ellas se produzcan objetivamente, por la sola virtud 
de la causalidad natural, sin que tenga la menor in- 
fluencia el deseo o la imaginación de que las cosas 
y sus relaciones sean de un modo dado, despojadas, 
en una palabra, de todo antropomorfismo. 

Ese invariable éxito, debe ser extendido más 
allá de las experiencias del salvaje y del hombre pri- 
mitivo, porque se va consolidando continuamente en 
todas las esferas de la ciencia y de la vida usual. 
Cada perfeccionamiento en los medios para estudiar 
M la naturaleza", esto es, todo lo que existe en la 
materia, como en la fuerza, en lo inerte como en lo 
vivo, aporta un elemento de convencimiento, que 
reaparece, invariablemente, en todos los órdenes de 
la experiencia científica. Tan continuadas comproba- 
ciones van formando la convicción inquebrantable, 
por no haber sido desmentida nunca, de que existe 
un orden natural invariable y universal, regido por 
leyes que el hombre descubre incesantemente, lle- 
gando a constituir la creencia en un determinismo 
universal el hecho de no aparecer un efecto que no 



[243] 



JOSÉ P. MASSERA 



tenga una causa "natural 1 ', de que no se produce 
un fenómeno sin ley que lo determine. 

Se adquiere con la experiencia de esta lógica la 
certeza de que, aplicando, como hasta aquí los mé- 
todos que en todas las latitudes y épocas nos han 
proporcionado resultados seguros, llegaremos en el 
futuro, sobre cualquier hecho no investigado todavía, 
a esas mismas satisfactorias consecuencias, Y es tal 
nuestra seguridad que, cuando nuestros medios pues* 
tos en práctica con un objeto determinado, no pro* 
porcionan ios éxitos esperados, alejamos toda idea 
de que estamos en presencia de algo contingente, 
que escape en realidad a esa ley del determinismo 
universal. Achacamos, invariablemente, el fracaso o 
la faicjferencia de la naturaleza, a no haber sabido 
o podido dar con el término medio capaz de conse- 
guirlo, y la ciencia, lejos de desanimarse, busca por 
otro lado, ensaya nuevas hipótesis hasta dar con la 
verdad esperada. 

Pero, entonces, podría decirse que si con esta 
lógica racional creemos tener a nuestra disposición 
un instrumento infalible, aunque exija tiempo y miir 
cha imaginación para escogitar medios de acción, la 
otra lógica, por estar impregnada de sensibilidad 
reacia a la verdad estaría condenada a no tener éxito, 
o a tenerlo en muy reducido límite. 

Esto último es exacto: la experiencia revela 
también que estos resultados son estrechos; pero el 
hombre a veces se conforma con ellos, prefiriendo la 
obtención de ciertos goces a los de lo verdadero. Y 
se conforma, porque, como lo dice Ribot en el últi- 
mo párrafo que hemos citado, la lógica racional tam- 
bién tiene sus límites, porque su terreno propio es" 
la experiencia causal, agregamos nosotros, y es lo 



[244] 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



cierto que el hombre siente a veces necesidad vital, 
irreductible de conocer algo más allá de esa expe- 
riencia y de obrar sobre ciertas personas o cosas, 
respecto de los cuales la lógica objetiva carece de 
los medios para conseguirlo. Es por eso que esta 
lógica funciona todavía y deberá funcionar siempre 
sobre lo que está fuera del alcance de la otra, mo- 
mentáneamente o no. Y nótese que es siempre la 
creencia en la causalidad natural la que nos lleva a 
esta conclusión. En efecto, como el hombre no es 
un ser provisto únicamente de pensamiento, sino 
también de sentimientos, deseos y voliciones, sería 
negar la verdad creer que estos elementos psicológi- 
cos extra intelectuales no se imponen, en muchos 
casos, para impedir que el hombre, voluntaria o in- 
voluntariamente emplee los métodos racionales. 

Otras veces, es importante decirlo, la necesidad 
de obrar de inmediato, puede ser causa voluntaria 
de no apelar a los recursos de la lógica racional, por- 
que ésta requiere a veces, mucho tiempo para alcan- 
zar un resultado satisfactorio. En muchos casos, hasta 
suele ocurrir que la urgencia, la necesidad de no dar 
largas a un asunto, obligue hasta a suspender una 
deliberación adoptando conclusiones parciales o in- 
suficientes para la ra2ón. 

Pero entonces el hombre, por ser voluntaria la 
suspensión del razonamiento, no puede ignorar que 
su conducta no es la más apropiada, y no debe con- 
ceder a sus conclusiones un valor definitivo que no 
tienen, sabiendo que las ha adoptado por no tener 
otro recurso a mano. 

Y lo más interesante es que, fuera del razona- 
miento racional, será siempre el razonamiento el que 
lo induzca a juzgar, con la mayor imparcialidad po- 



(245} 



JOSÉ P. MASSERA 



sible el valor de sus actos, aun el de los impulsados 
por fuer2as extra-racionales. 

Hemos de ver, más adelante, la aplicación de 
estas conclusiones a la materia política y jurídica, 
territorios dentro de los cuales funciona y debe fun- 
cionar la lógica de los sentimientos. 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS Y LOS SOFISMAS 

Siendo nuestro proposito ensayar una tentativa 
de abrir el camino que nos lleve a proporcionar re- 
glas útiles para el razonamiento aplicado a los difí- 
ciles y espinosos problemas donde reina casi indis- 
cutiblemente la lógica de los sentimientos, debe 
comprenderse que concedamos una importante parte 
del estudio de los errores que son propios de esta 
clase de lógica y de su comparación con los que 
proceden de la lógica racional. 

A este respecto, tiene para nosotros muy espe-^ 
cial importancia por ser fruto de un análisis cientí- 
fico, la determinación de las diferencias que hay 
entre la lógica de los sentimientos y la lógica de los 
sofismas, y las múltiples observaciones a que lleva 
esa discriminación en la "Conclusión" del libro de 
Ribot sobre la lógica de los sentimientos. 

"La lista de los sofismas o paralogismos verdch 
deros, es decir, de naturaleza intelectual se ha tras- 
mitido de la antigüedad hasta nosotros sin cambios 
notables'^ 1 ). Agrega que fuera de ella los lógi- 

(1) Ribot, Op. cic„ pág. 183. 



[246] 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



eos modernos han enumerado un poco al azár y 
clasificado bajo el título de sofismas, causas morales, 
fuente abundante de errores y de razonamientos in- 
aceptables para la lógica racional"( 2 ). Nosotros 
agregaremos que Vaz Ferreira presenta estos últi- 
mos como una influencia perturbadora de lo psi- 
cológico sobre lo lógico, y a ella se debería una infi- 
nidad de errores que estudia en su Lógica Viva. Se 
trata de dos categorías de "sofismas". "En el primer 
caso, hay una alteración directa del razonamiento y 
sus causas son intelectuales. En el segundo caso, el 
error es producido indirectamente por influencias de 
origen afectivo" ( 8 ). 

Recuerda este autor que Stuart Mili (*) dice que 
los orígenes del error son de dos clases, intelectuales y 
morales. Que estos últimos no entran en el plan de su 
obra; que entre éstos son muy importantes las "incli- 
naciones", cuyo efecto más común es influirnos en el 
sentido de nuestros deseos o temores; y que las cau- 
sas morales de las opiniones, aunque son las más 
poderosas de todas en la mayor parte de los hombres, 
no son sino causas más lejanas que no obran directa- 
mente sino por intermedio de causas intelectuales y 
son predisponentes ( 5 ) . 

Critica que, a pesar de esta declaración elimi- 
natoria, Stuart Mili, "bajo el título de sofismas 
a priori y de no observación, da ejemplos de razo- 
namientos viciosos cuyo origen afectivo es evidente". 

Agrega que Bain ( 6 ) es más preciso y correcto 



(2) Id., Id. 

(3) RlBOT, op. cit., pág. 184. 

(4) STUART MILL, Syst¿me de Logtque., cap. V, 

(5) RlBOT, op. cit-, pág. 184. 

(6) BAIN, lo&ique, Introducción VI, Cap. III. 



[247} 



JOSÉ P. MASSERA 



al criticar a Mili que, bajo el nombre de sofismas, 
estudia en realidad ciertas tendencias engañosas del 
espíritu, causas generatrices del error, porque "la obra 
del lógico es impedir o corregir los errores, no mos- 
trar cómo nacen imperfecciones de la naturaleza 
humana; esto no pertenece ni al estudio de la deduc- 
ción, ni al de la inducción. Es un punto discutible 
si el lógico tiene cualidad o no para tratar este asunto; 
pero si lo hace debe consagrarle un capítulo aparte, 
porque este estudio es extra lógico". 

Perdónesenos la observación que no podemos 
menos de hacer a esta última afirmación que parece 
compartir Ribot. Si estos problemas son extralógicos, 
mal podrían tener cabida en un tratado de lógica, 
por más separados que estuviesen por el escaso ta- 



El problema capital está en saber si el estudio- 
de los errores de origen afectivo y aún los de origen 
intelectual es o no de naturaleza lógica. Si la lógica 
no debiera abordar el examen de cuáles son Zas fuen- 
tes de los errores, porque eso no es deducción ni 
inducción, es claro que su clasificación en intelectua- 
les y morales, o en intelectuales y afectivos, o pro- 
cedentes del espíritu o del corazón, debería plantearse 
y estudiarse, en la psicología. No obstante entendemos 
que toda lógica debe comprender algo más: el pro- 
pósito de impedir o corregir toda clase de errores. 

Continúa Ribot con la enumeración que hace 
Bain de ciertas tendencias que inducen a error: el 
atractivo de lo agradable, la aversión de lo desagra- 
dable, la simpatía y la antipatía, el interés persona!, 
el miedo, la cólera, el amor, la amistad, el patriotis- 
mo, el espíritu de secta, la admiración, la vanidad 
individual o nacional, el atractivo de la navidad y 




{248} 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



de lo maravilloso, la influencia del sentimiento es- 
tético sobre las doctrinas filosóficas y las teorías cien- 
tíficas (la fe ciega en un plan de la naturaleza, las 
órbitas de los planetas deben ser circulares porque 
el círculo es una figura perfecta, la necesidad de la 
unidad absoluta), etc. Y esta enumeración le merece 
el juicio de que, aunque confusa y mal ordenada, 
corresponde en gran parte a la materia prima de 
nuestra lógica de los sentimientos "y es justamente 
este grupo de hechos psíquicos con sus consecuencias 
que, con razón, se rehusa a clasificarlos entre los so- 
fismas" ( 7 ). 

Y Ribot que es, ante todo, un psicólogo, insiste 
en distinguir estas dos especies de sofismas por su 
origen. Tiene pues, a nuestro juicio, gran importan- 
cia el seguirle en este terreno, porque la psicología 
de las falacias como toda la psicología de la lógica, 
es asunto cuyo conocimiento es indispensable para 
llegar a razonar debidamente, evitando toda clase de 
errores posibles, y éste es con seguridad un fin que 
debe proponerse la lógica, de cualquier ciase que 
sea ella. 

Anota así: "que los sofismas verdaderos son vi- 
cios intelectuales. Pueden comprobarse materialmen- 
te y ser rectificados como errores de cálculo. Es fácil 
aún con una cultura media y un poco de reflexión 
descubrir un círculo vicioso, una enumeración im- 
perfecta o una fallada accidentis. Resultan de una 
debilidad del espíritu, de una falta de atención, de una 
ineptitud para inducir o deducir correctamente" ( 8 ). 

Véase así cómo las causas psicológicas de estos 



(7) RlBOT, op. cít., pág. 185, 

(8) RIBOT, op. cLt., pág 186. 



[249] 



JOSÉ P. MASSERA 



r " errores nos servirán, no solamente para comprender 
la naturaleza psicológica del razonamiento racional, 
sino también para determinar "medios" seguros de 
evitar que el espíritu caiga en el error accidentalmen- 
te, o para impedir que, por esos factores acumulados, 
se vayan forjando los espíritus ilógicos o falsos. De" 
la misma manera, y por análogas razones, si admití* 
mos que puede haber una "lógica" de los sentimien- 
tos, con su manera especial de razonar, al lado de la 
vieja lógica intelectual, parecería sensato dar entrada 
en "la lógica" a las clases de errores que procedan 
de esa manera especial de razonar. 

Ello sería una demostración del racionalismo 
radical de la mente humana por cuanto, a pesar de * 
la completa separación, ya señalada, que existe, por* 
sus fines y medios empleados, entre estas especies de 
lógicas, en el capítulo de los errores hay un punto 
de contacto, un juicio de valor común a ambas, el 
valor de la verdad, ante el cual se inclina el hombre, 
pese a la gravitación que en su espíritu puedan tener 
los innumerables elementos de la vida afectiva. 

En otros términos, queremos expresar que no £\ 
ha de aquilatarse con una piedra de toque enteramen- 
te diferente para cada una, el valor, o la propia cali- 
dad, del error en las dos especies anotadas. El error 
en la lógica racional se desvanecerá con la conquista 
de su contrario, la verdad, por la eliminación de las 
causas, de los vicios intelectuales, que han producido 
la perturbación. Y el error en la lógica de los sen- 
timientos, según los ejemplos anteriores, no siendo 
de -naturaleza especial, aparece como una perturba- 
ción del razonamiento intelectual provocada por una 
causa afectiva; es siempre lo opuesto a la verdad, es 
decir, lo opuesto al resultado que proporciona la ló- 

[250] 





LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



gica intelectualista. La eliminación de los factores de 
orden sensible, dará también, como en la otra sofís- 
tica, el provechoso resultado de alcanzar la "verdad", 
objetiva e impersonal Si la teoría y práctica de la 
multiplicación enseña a un ignorante a no equivo- 
carse en tal operación aritmética, del mismo modo 
la eliminación o el dejar de lado los factores afecti- 
vos que inducen al error, la simpatía o la antipatía, 
el miedo, la cólera, el amor, etc., darán el infalible 
resultado, en virtud de los principios del determi- 
nismo que son comunes a las dos lógicas, de alcafar 
la verdad, o encontrar reglas de acción que nos lleven 
o nos aproximen a ese fin. 

Pero entonces, lo curioso del caso es que, si 
entra en la lógica el estudio de las causas intelectua- 
les que provocan los errores "verdaderos", precisa- 
mente con el fin de razonar bien, no puede ser 
dudoso que si existen otras causas en la psiquis hu- 
mana capaces de producir el error, también a éstas 
se dé entrada en el seno de la lógica, con el mismo 
propósito de razonar debidamente. 

Y así, tendríamos que aceptar la inesperada 
consecuencia de que a pesar de la radical oposición 
entre las dos lógicas, el elemento capital que nos 
lleva a razonar de un modo especial, el sentimiento, 
la creencia, la afectividad, los estados no intelectua- 
les en una palabra, son también causas de error en 
los dominios de la lógica racional. Por su raíz misma, 
por su primordial elemento, la lógica de los senti- 
mientos entraría dentro de la lógica racional, pues 
es la eliminación de ese elemento lo que permitirá 
en ciertos casos llegar a la verdad. 

Pero entonces, ¿será forzosa la conclusión de 



C25U 



JOSÉ P« MASSERA 



que toda la lógica afectiva constituirá una sofística, 
y dependerá por entero de la lógica racional? 

Si es exacto, como hemos admitido antes, que 
el fin de la lógica racional es encontrar la verdad y 
los medios se adaptan y subyugan a ese fin, en tanto 
que la otra lógica persigue la satisfacción de un es- 
tado afectivo previamente sentado, parecería conse- 
cuencia ineludible que esta lógica así concebida fuese 
siempre un origen perdurable de errores en relación 
con el razonamiento racional, y que por lo mismo 
caeremos en el error en cuanto dominen en el espí- 
ritu nuestros estados afectivos, lo que ocurre normal- 
mente todos los días en los variados terrenos en que 
ellos se agitan. 

Estaríamos condenados eternamente al error a 
causa de nuestros más caros afeaos- Pero es un he- 
cho consolador y demostrado por la experiencia que 
no siempre la interposición de un valor afectivo pro- 
duce una necesaria violación de la verdad respecto 
de nuestros fines. Es notorio que hay muchos estados 
afectivos y hasta pasiones que viven haciendo buenas 
migas con la verdad. 

Este problema primordial en el estudio y al- 
cance de las dos lógicas, es resuelto demasiado rígi- 
damente por Ribot, en los siguientes párrafos dignos 
sin embargo de la mayor meditación: "Es cierto que, 
del punto de vista racional, la lógica de los senti- 
mientos, que se podría denominar también lógica de 
ios prejuicios, es una sofística perpetua: aún cuando 
tiene éxito, es por azar y sin título legítimo. El em- 
pleo constante de los conceptos y juicios de valor, 
creación subjetiva, variable según los individuos y las 
épocas, la coloca en el equívoco; pero la cuestión es 
de saber si esta lógica que tiene su utilidad, puesto 



(252} 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



que dura, debe ser juzgada según las reglas inflexi- 
bles de su rival". 

¿Debe resolverse así este arduo problema? 

Ribot lo encara como psicólogo, adoptando una 
posición de equidistancia que llevaría a no juzgar 
nunca ia lógica afectiva con las reglas inflexibles de 
la lógica racional 

Relacionado con lo anterior, el párrafo que re- 
dondea esta opinión es el siguiente: "En realidad, las 
dos lógicas ocupan cada una un terreno que le es 
propio. Ellas se desenvuelven en él según procedi- 
mientos diferentes que son determinados por sus fi- 
nes. Tienen una y otra su psicología, sus condiciones 
de existencia, su razón de ser como expresión de dos 
tendencias opuestas de la naturaleza humana" (*). 

Ahora bien, a nuestro juicio, al hacerse esta se- 
paración existe el olvido de un factor de orden psi- 
cológico también, que no por pertenecer a la esfera 
de los "valores", deja de tener una importancia ca- 
pital en la vida del espíritu. Nos referimos a algo 
que ya hemos indicado en otro lugar y es que "la 
verdad" tiene para el hombre un "valor" especial, y 
de alta importancia para el manejo y dirección de 
nuestros actos. No significa esto que toda la lógica 
afectiva deba juzgarse según las reglas inflexibles de 
su rival. Pero la misma inflexibiüdad de esas reglas, 
por su resultado objetivo en el mundo de las existen- 
cias, ha traído como consecuencia el constante creci- 
miento del empleo de la lógica racional, siempre con 
idéntico resultado práctico. Y tales éxitos han con- 
vencido cada vez más al hombre de su excelso "va- 
s Ior", y de la conveniencia, para llenar debidamente 



(9) RlBOT, op. cít„ págs. 186-187. 



[253] 



JOSÉ P. MASSERA 



los fines de la vida individual y sobre todo los de la 
social, de aplicarla siempre que sea posible. 

Esto significa que la importancia de tal "valor" 
nos debe inducir a no recurrir a sus procedimientos, 
solamente cuando ello sea realmente imposible por la 
naturaleza de las cosas, o simplemente porque no se 
ha encontrado el modus operandi de aplicarlos. Y 
esto quiere decir también que las conclusiones, varia- 
das y hasta contradictorias, en ciertos casos, de la 
lógica afectiva, deben admitirse muchas veces, por no 
ser posible usar en su pureza o a tiempo el razona- 
miento intelectual. 

Así pues, respetando la separación radical de las 
dos lógicas, si no llegamos a concluir que sean sofis- 
mas todos los juicios de valor de la lógica afec- 
tiva, en virtud de aquel "valor" superior que podría 
llegar a ser piedra de toque para juzgarlos, tendre- 
mos que considerarlos como necesidades de hecho, 
como necesidades de pensar y proceder así para vivir 
la vida individual o social que no admite las dila- 
ciones o aplazamientos que supone el ejercicio de la 
lógica racional, que por su esencia no puede satisfa- 
cerse sino cuando la duda desaparece ante un resul-, 
tado objetivo, imponible y satisfactorio para todo el 
mundo. 

Dice el propio Ribot que "la lógica racional ha 
nacido de la necesidad de adaptarse por el conoci- 
miento al medio exterior, a sus propiedades y a sus 
atributos. Esta necesidad al principio práctica (es de- 
cir, agregamos nosotros, procedente del reino de lo 
afectivo en la integridad de sus caracteres y conse- 
cuencias), se volvió con el tiempo especulativa y 
práctica según los casos. Las formas de la lógica de 
los sentimientos han nacido también de necesidades, 



[254} 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



y hasta más imperiosamente, porque permanecen 
siempre prácticas, teieológicas, y este carácter es en 
ellas inalienable". 

De tal análisis se desprende que existe un punto 
común a las dos lógicas, nada menos que su origen 
de carácter afectivo. Recordemos, en confirmación, lo 
que expone Ribot al hablar de la evolución de las 
dos lógicas. 

Ahora bien, esta evolución, al fijar y separar ne- 
tamente la esfera de acción de ambas lógicas, ha ido 
consolidando al mismo tiempo "el valor" creciente 
de lo racional sobre lo afectivo, como medio de tener 
éxito en la vida. Mezcladas de sensibilidad en un 
principio, las conclusiones de la lógica racional se 
han ido depurando, hasta constituir una forma pura 
de razonamiento que no admite arreglos, componen- 
das, ni transacciones con los demás fines de natura- 
leza afectiva. Y es innegable asimismo, como hecho 
de observación constante, que su "valor" es grande 
por ser el único procedimiento capaz de hallar ver- 
dades que se imponen a todo el mundo, y cuyo des- 
precio por la creencia hipertrofiada e irracionalmente 
porfiada, acarrea daños sin cuento a la corta o a la 
larga, para esa misma felicidad que persigue la 
creencia. 

Y es así que también la evolución demuestra 
que las creencias, los prejuicios, las fes, han ido ce- 
diendo y reduciendo el alcance de sus conclusiones, 
a medida que la ciencia ha ido edificando verdades 
en oposición con aquellos estados. 

Si el prejuicio estético ha podido influir en cier- 
tas épocas, para admitir que las órbitas de los pla- 
netas debían ser circulares, una vez que la ciencia 
determinó su verdadera forma, nadie sustenta ya 



[255] 



JOSÉ P. MASSERA 



aquella creencia. La creencia, por el brazo de la In- 
quisición, pretendió imponer a Galileo, y con él a 
todos los hombres, la opinión de la inmovilidad de 
la Tierra en el espacio; pero, la obra de la ciencia, 
al probar la verdad del movimiento de nuestro pla- 
neta, destruyó por completo el pensamiento contra* 
rio que nadie es capaz dé sustentar hoy en día. 

Hubo un día en que la doctrina de CopérnÍcú¿ 
sustentada en una época en la cual sólo algunos 
hombres, imbuidos de espíritu científico, podían ad- 
mitirla como una verdad, fué condenada públicamente 
por las autoridades religiosas como errónea y heré* 
tica por ser contraria a ciertos pasajes de las Es- 
crituras. 

Mas los tiempos cambian y con ellos las co 
rrientes del pensamiento humano toman nuevas di- 
recciones. Los pocos que por sus estudios especiales 
adherían a aquella doctrina, como ocurría con Gali- 
leo cuyos descubrimientos la confirmaban, son hoy 
todos los hombres. Nadie se considera actualmente 
contaminado de herejía, por creer que la Tierra gk» 
alrededor del Sol, aun sin conocer las razones de 
orden científico que prueban el hecho. Lo cientirK**- 
en mucha gente toma el aspecto de creencias, que 
van desalojando, aunque muy lentamente, por el cu* 
mulo de verdades en que se apoyan, a otras anterio- 
res desprovistas de aquel sólido soporte. 

Se dice que Galileo dijo alguna vez, para de- 
fender su ciencia, que ciertos pasajes de la Biblia 
habían sido mal interpretados y que, por lo demás, 
el objeto de las Escrituras era la salvación de los 
hombres, mas no la enseñanza de la astronomía. 

El correr de los tiempos y el progreso de las 
ciencias, en el escaso espacio de tres siglos apenas, 



C256] 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



han traído la más completa separación de estos do- 
minios. Hoy en día, nadie ocurre a las líneas o entre- 
líneas de ningún libro sagrado, para estudiar astro- 
nomía, paleontología, física o química. ' 

En una discusión interesantísima de la Societé 
Frangaise de Philosophie (sesión del 19 de noviem- 
bre de 1908) rebatiendo opiniones de M. Boutroux, 
afirmó M. Darlu que el conflicto de la Ciencia y la 
Religión se ha presentado en la historia en el terre- 
no del conocimiento y agregaba; "Hace trescientos 
Años las ideas religiosas llenaban las discusiones de 
tos sabios y el estudio de los niños: hoy, las ideas 
científicas ocupan casi todo el sitio. La Religión se 
ha refugiado en las sacristías; pero en nuestras salas 
de clase no oímos hablar de la mañana a la noche, 
Amó de matemáticas, de física, de biología, de his- 
toria . . . Nuestro espíritu está totalmente lleno de 
conceptos científicos que no sabemos ya si bien pron- 
to, quedará algún sitio libre para los conceptos reli- 
giosos. He ahí, según parece, el hecho histórico y 
real". 

No podrá, en consecuencia, aseverarse que la 
evolución separada de las dos lógicas, se ha produci- 
do en términos de mantenerlas hasta el momento 
presente en toda la integridad, con sus fines, sus me- 
dios, sus procedimientos y sus resultados intactos. Esa 
evolución nos enseña que la lógica afectiva ha ido 
perdiendo terreno en cuanto a sus resultados, pues 
los ha visto mermados por la acción directa o indi- 
recta, del "valor" creciente de los resultados de la 
otra lógica. 

Del mismo modo, podemos afirmar, gracias al 
concienzudo estudio de Ribot sobre el razonamiento 
mixto o compuesto, que la lógica de los sentimien- 

t257] 

10 . 



JOSÉ P. MASSERA 



tos ha hecho y hace lo posible por razonar utilizan- 
do los procedimientos de la lógica racional, esfor- 
zándose por presentar sus aparentes demostraciones, 
en la forma más objetiva y despersonalizada posible 
para conquistar la aquiescencia del mayor número. 

En resumen, consideramos que si existen afini- 
dades originales entre dos formas de la lógica, y si 
tanto una como la otra propenden a la conservación 
y a la expansión del individuo ( 10 ), ello demuestra 
que el hombre ha buscado, con una como con la 
otra lógica, su conveniencia, su utilidad, su felicidad* 
sus medios de vivir; pero eso mismo supone que 
"el valor" superior que ha concluido por conferir a 
una de ellas, y que ha servido para destruir y des- 
terrar tantas creencias erróneas, podría inducirlo a 
juzgar a la lógica afectiva "según las reglas inflexi- 
bles de su rival". Esto ocurriría naturalmente, aunque 
ello parezca paradojal, si el juego de los valores se 
produjera necesaria e invariablemente dentro de los 
límites y procedimientos de la creencia y de los fenó- 
menos afectivos. 

Pero no es así, por la naturaleza radicalmente r 
racional que aporta unidad al entendimiento humana 

Dice, no obstante, Ribot que "el empleo cons- 
tante de los conceptos y juicios de valor, creación 
subjetiva, variable según los individuos y las épo- 
cas, coloca en el equívoco" a la lógica afectiva ("). 

Me parece un tanto artificial el plantear la exis- 
tencia de las dos lógicas, con sus profundas diferen- , 
cias, dejando en la sombra el hecho radical de quip 
■es la mente humana la que emplea esas dos fórmu- 

(10) Ribot, op. cic, p*f3. 125 T 126. 

(11) Ribot, op. de, pág. 186. 

[258] 



! 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



las en persecución de sus fines y de lo que cree 
su bien. 

Y si esa mente es, como es, por esencia racio- 
nal, su natural consecuencia será que habrá de llevar 
la racionalidad a todo lo que toque, o alcance de su 
pensamiento, dentro de lo posible, como lo prueba 
la propia evolución de la lógica afectiva, Y será de 
todo punto "racional", no pretender imponer, a todo 
trance, el patrón del procedimiento lógico intelec- 
tual, en tanto no sea posible hacerlo por motivos de 
muy diverso orden. Y es de todo punto de vista 
racional comprender que la lógica afectiva puede 
satisfacer, puesto que dura, allí donde la otra no 
alcanza. 

El criterio del éxito que sirve de base a la exis- 
tencia de la lógica afectiva, puesto que dura tiene 
una razón de ser, dice en substancia Ribot, es el 
mismo que ha servido para determinar el valor su- 
perior de la lógica racional. Consecuencia de este 
punto de partida, es que el espíritu humano, al refle- 
xionar sobre este asunto, debe comprender que si la 
lógica afectiva no conduce necesariamente a la ver- 
dad, conduce a un estado, cercano tal vez, de satis- 
facción, de goce íntimo, porque con ella da solución 
a problemas que no puede resolver de otro modo. 

Por eso es que no podemos compartir la afir- 
mación que Ribot pone en boca de la lógica racio- 
nal al juzgar a su contraria, consistente en que, des- 
de ese punto de vista, "es una sofística perpetua". 

El espíritu humano, en su unidad, al compren- 
der las limitaciones de la lógica racional, al razonarla, 
debe dictar otro juicio sobre la rival de ésta. 

La experiencia, el criterio del éxito, el hecho de 
que la lógica de los sentimientos perdura a pesar de 



[259] 



JOSÉ P, MASSERA 



los éxitos de su rival, que es el que adopta Ribot, y 
no hay otro en el casp, debe llevarnos a un juicio 
menos categórico; y afirmar que, por su naturaleza 
irracional o extra-racional "puede" provocar el sofis- 
ma, pero que, no obstante, sus éxitos no han de atri- 
buirse necesariamente "al azar" y negarle todo "tito 
lo legítimo" dentro de ciertos límites y en ciertas cir- 
cunstancias- 

¿No debería decirse más bien que su título es, 
a veces "provisorio" y otras veces debe reconocérsele 
como "legitimado", puesto que no hay otro medio 
posible de resolver el problema? 

En conclusión, quisiéramos ser claros en asunto 
tan difícil, entendemos que si el objeto de toda 
lógica debe ser el de enseñarnos a razonar bien, 
lo que significa evitar toda clase de error, no podría- 
mos plantear un problema lógico limitándonos a con* 
signar el hecho estático y un tanto teórico de que 
hay dos lógicas en la mente humana que tienen cada 
una sus fines y procedimientos separados, por lo cual 
una de ellas no puede juzgar a la otra para conside- 
rarla forzosamente errónea. 

Lo cierto, el hecho, es que esas dos lógicas soa 
"medios" que emplea el hombre, cuya mente es pro- 
fundamente, instintivamente, racional. Esas lógicas 
son sistemas para obrar, son dinámicas a que acude 
el hombre para vivir lo mejor posible, para satisfaz 
cer sus tendencias, lo que no significa exclusión de 
las superiores, antes por el contrario, preferencias 
siempre en la esfera de i6s juicios de valor, a los qup 
ha ordenado en una inmensa jerarquía formada lenta 
y sólidamente, en su evolución individual y social, 
en el tiempo y en el espacio. 



{260} 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



Si se acepta este punto de partida, nos parece 
que debe aceptarse la consecuencia de que el hombre, 
al perseguir las reglas de su acción, en todo momen- 
to, no ha de hacer traición a su racionalismo radical, 
y no ha de pensar que los procederes de una de esas 
lógicas deban ser avasallados por los de su rival si 
eso no es posible racionalmente. Si ese racionalismo 
inmanente lo ha llevado a dar un gran "valor" al 
razonamiento intelectual, y a someter muchas veces 
sus deseos y sus creencias a las conclusiones de aquél, 
ese mismo racionalismo debe conducirlo a darse 
cuenta de los límites en que podrán obrar todos loa 
"valores", empezando por el de la ciencia, que le 
sirven de guías y que considera buenos, por defini- 
ción, para llegar a la satisfacción de sus propósitos. 

El enorme "valor" que atribuye a "la verdad", 
fruto de acumulación de hechos favorables a su em- 
pleo, no puede impedir a un ser razonable compren- 
der que en otras esferas de la acción existen "valo- 
res" de otro orden capaces de guiar sus actos y cuya 
jerarquía ha establecido, por lo cual se manejará útil- 
mente con ellos en esas esferas. 

- Es, pues, por lo mismo que no existe "un valor" 
solamente, el de la lógica racional, que el hombre 
no debe manejarse con arreglo a él exclusivamente. 

Y es, por eso, que la lógica de los valores no 
"es" siempre necesariamente una sofística, ni cabe 
aseverar que "del punto de vista racional" sus resul- 
tados son debidos exclusivamente al "azar", y caren- 
tes de toda "legitimidad" ( 12 ). Finalmente, que tam- 
poco es enteramente exacto afirmar que los concep- 
tos y juicios de valor son "creaciones subjetivas", 



(12) JÜBOT, op. cit., píg. 186. 



C261} 



JOSÉ P. MASSERA 



"variables según los individuos y las épocas", y que, 
por ello ' 'colocan en el equívoco" a la lógica afectiva. 

Ciertamente, esos valores carecen de la objeti- 
vidad conquistada por "la verdad", pero es innegable 
que, si muchos son de carácter individual, otros, en 
cambio, tienen cierta objetividad, por cuanto son co- 
munes a muchos hombres en determinadas épocas; 
y que tenderán a una mayor generalidad cuanto ma- 
yor sea la dosis de racionalidad que encierran. 

Claro está que este carácter no es enteramente 
comparable o equiparable a la objetividad e imper- 
sonalidad de la verdad; pero el hecho de no ser pro- 
piamente individual, y sí común a muchos hombres» 
le confiere aptitud para servir de medio de convi- 
vencia social. Carecerá siempre de la fuerza de im- 
posición propia de la verdad, porque no es posible 
transformar su índole; pero servirá para obrar con- 
juntamente dentro de las comunidades de creencias, 
sosteniéndose y ayudándose mutuamente los creyen- 
tes por el convencimiento de sus fes, que el racio- 
nalismo ingénito en el hombre tenderá cada vez más 
a fundar "en razón", a medida que el progreso de las 
sociedades sea mayor, y más ilustrados sus dirigentes 
y todos sus adeptos. 

Es verdad que las formas de la lógica de los 
sentimientos "permanecen siempre prácticas, teleológi- 
cas, y que este carácter es, para ellas, inalienable" ("). 

Bien, aquí radica la diferencia capital de las dos 
lógicas; pero bueno es recordar también los puntos 
en que coinciden, dentro de la unidad del espíritu 
humano, pues no existe nada trágico en esa separa- 

(13) Ribot, op. cic, pá«. 125. 



{262] 



LA LÓGICA DE LOS SENTIMIENTOS 



ción, como se ha pretendido muchas veces: por un 
lado la lógica o "la Razón", por otro "la Vida", 
Es propio de la vida llevar un aspecto práctico 
y teleológico, del que no puede salir en cuanto obra, 
relación de medios a fines humanos; y es propio de 
la investigación de la verdad la exclusión de toda 
teleología. 

El abismo parece infranqueable porque ninguna 
de esas lógicas puede salir de esas condiciones en que 
obra necesariamente, porque es así su naturaleza, 
Pero si quiere abordarse el problema en toda su com- 
plejidad, es forzoso no dejar de lado ciertos hechos 
que tienden un puente. 

Nos referimos a que el teleologismo y el prao- 
ticismo ingénito de la lógica de los sentimientos, no 
la excluye de lo racional. 

Este teleologismo no significa admitir una de- 
rogación de las leyes de causalidad, pues se encara 
el medio como la razón suficiente del fin. El medio 
es la causa del fin en el terreno de la acción; el 
principio del deterninismo no hace excepción al pe- 
netrar en los dominios de lo teleológico humano, 
porque es tal la fuerza de convicción que trae el 
principio de causalidad universal, que no podemos 
imaginar que la contingencia, el libre arbitrio, el in- 
determinismo, la providencia, penetran en la volun- 
tad humana para producir sus decisiones, porque se- 
mejante creencia tendría por resultado impedir toda 
explicación racional y la imposibilidad de manejar- 
nos en la vida, por la incertidumbre de los resultados, 
por la imposibilidad racional de la responsabilidad 
humana ante los hombres y ante la conciencia. 

Y será bueno insistir sobre este hecho de la 
unidad racional del espíritu humano, puntualizando 



£263} 



JOSÉ P. MASSERA 



aquí algo sobre lo cual hemos incidido en otra parte- 3.4;= 
de este estudio, ^li§¡i 

Y es que, si el teleologismo está penetrado de 
determinismo, que forma la esencia de la lógica ra* 
cional, del mismo modo puede aseverarse, sin temor 
de ser desmentido, que el proceso del descubrimiento 
de la verdad, por cuanto es un procedimiento espe* Vlf 
cial, realizado con acciones humanas que llevan uü sj|j$;P 
fin y medios bien determinados para su completa vf:£;v. 
satisfacción, se produce dentro del teleologismo pro* - ffi*)- 
pió de toda actividad humana. ' < 

Pero ni el determinismo de las acciones ni el 
teleologismo de la actividad científica, son parte para 
que nadie confunda ni intente confundir, estas dos $ 3 >$ú 
especies tan marcadas y opuestas de la actividad hu- , .f:. 
mana. La discrepancia entre las dos lógicas es com* V ;, -C 
pleta, pero la unidad del espíritu humano, formada f" 
de un sentimiento de razón, le permite utilizar los ^ 
resultados de una y otra, con arreglo a lo que con- 
sidera sus necesidades o conveniencias. 





[264] 



LO BUENO Y LO MALO COMO ATRIBUTOS 
DE LOS VALORES 

El dominio de los juicios de valor, ha dicho 
Ribot, está en la sociología, moral, religión, polí- 
tica, etc. . 

Es cosa bien sabida, y la propia clasificación de 
Ortega y Gasset (*), aunque partiendo de una con- 
cepción objetiva de los valores, coincide, en cuanto 
a las esferas en que los valores aparecen. 

Pero queremos llamar la atención sobre un 

Sunto que pudiera dar motivo a confusiones, a causa 
e las deficiencias del lenguaje humano. Nos refe- 
rimos al hecho corriente de que empleamos el cali- 
ficativo de "bueno" o de "malo", lo mismo cuando 
se trata de ciertos valores, los "morales", que cuando 
calificamos a los demás valores, que nada tienen que 
ver con lo moral. 

Es decir que los calificativos de bueno y malo, 
no son propios exclusivamente de lo que es moral 
o inmoral, sino de todos los valores. Si pasamos en 
revista la referida clasificación, observaremos que el 
hombre considera bueno, ser capaz, tener conocimien- 
tos, alcan2ar la evidencia, lo mismo que ser sano, de 

(1) Revista de Occidente, año I, IV, pág. 68. 



[265} 



JOSÉ P. MASSERA 



espíritu selecto, como juzga bueno lo bello, lo ele- ; 
gante, lo armonioso, etc. Eso pasa con todos los va- 
lores positivos como con los negativos. Hay, pues, 
cosas buenas o malas, fuera de la virtud y el vicio. 
El placer y la felicidad son buenos, como malos son 
el dolor y la desgracia. 

Con esto no decimos nada nuevo; es la vieja 
distinción del bien natural o sensible y del bien mo- , 
ral, que perdura en nuestro lenguaje. Y, en realidad^ 
no hay peligro de incomprensión en calificar estot 
dos grupos de fines con la misma palabra, porque- 
nadie duda de que sea buena la felicidad o el saber* 
aunque esa bondad sea de diferente naturaleza qu^ 
la de la virtud o la justicia. (Spencer). Lo bueno y'~[ 
lo malo moral son una especie de lo bueno y de lo 
malo en general. v 

Para distinguir bien entre estas dos acepcion$l ^ 
de "lo bueno" y de "lo malo" no nos serviría decir 
que el Bien y el Mal son especies del género 
"valor '( 2 ), porque también son especies del génec^ 
"valor" el estar sano o el estar enfermo, como todo* ; 
los estados vitales que calificamos sin incurrir o* 
error, de buenos y de malos al valorarlos. 

Lo que parece ser cierto es que el calificativa ' 
de "bueno" o de "malo", conviene a todos los juicios 
de valor, aunque con ellos no hagamos una discrimi- 
nación moral. Para Goblot el calificativo de bueno 
o malo es inherente al juicio de valor. Entra en su 
definición. 

Dice así: "Se llamaa juicios de valor los juicios 
tales como Esto es bueno, Esto es malo, y las nega- 
tivas correspondientes- Por la forma no difieren de 



(2) Op. cic. pi*. 43. 



1266} 



LO BUENO Y LO MALO 



los otros juicios; son aserciones afirmativas o nega- 
tivas; son verdaderos o falsos; su verdad o su false* 
dad proceden de las reglas lógicas comunes. Pero 
ellos expresan la aprobación o la desaprobación, la 
alabanza o la reprobación. Ahora bien, la aprobación 
es otra cosa que el asentimiento; o más bien el asen- 
timiento es una especie de la aprobación: es la apro- 
bación puramente intelectual. Se hace comúnmente 
una especie de oposición entre lo verdadero, — es 
decir, por una parte lo que es racionalmente nece- 
sario y cuya negación implica contradicción, y por 
otra, lo que es empíricamente dado, — y el bien, lo 
que se ama, desea, busca, lo que debería ser, lo que 
uno se esfuerza o debe esforzarse en realizar" ( 3 ). 

En una de sus últimas obras, emplea el mismo 
criterio: "Entre los juicios de valor, podemos distinguir 
juicios positivos (Esto es bueno , Esto es malo) y 
juicios comparativos (Esto es mejor o peor que 
aquello) u C). 

Más adelante, en el Ejercido I?, no puede ser 
más categórico. Al analizar el juicio: "una milla in- 
glesa vale 1.609 metros", afirma que, a pesar de 
emplearse en él el verbo valer, no se trata, sin em- 
bargo, de un juicio de valor. Dice: "Es bastante cla- 
ro- . . que enuncia una concordancia entre medidas 
de longitud. Las millas y los metros no son ni buenos 
ni malos; no son, propiamente, valores; son sólo lon- 
gitudes^ 5 ). Lo mismo afirma el juicio: "una guinea 
vale 21 chelines"; se trata de un juicio de sinonimia; 
contiene dos nombres de una misma suma de dinero, 
de un misrno valor, 

(3) GOBLOT, TrM J* logiqu*, 358. 

(4) Goblot, la loma* det ja#m*mt dé waUur, fi* 4. 

(5) Goblot, op. de, pig. 111. 



JOSÉ P. MASSERA 



En cambio, cuando decimos que "la libra ester - 
lina vale hoy (15 de diciembre de 1925) 130 fran- - 
eos'*, formulamos un juicio de valor, "al mismo tí- 
tulo que el que enuncia el precio del pan, de la carne, 
de la manteca, de otra mercancía cualquiera'^ 5 ). 

En forma que no es el verbo "valer" el elemen- - 
to que puede servir siempre para hallar esta clase de ; 
juicios. Cuando expresa una igualdad entre dos me- ,i 
didas de valor, no consagra, sin embargo, un valor; 
se trata de una simple traducción de una medida por 
otra, no se advierte que pueda juzgarse ese hecho 
como bueno o malo. En cambio, el último ejempte 
que hemos reproducido, es "una información, uña r 
noticia, un hecho social: el curso del cambio; es una 
pérdida de valor, una mayor depreciación del franco, 
una agravación de nuestro desastre, un paso más 
hacia la ruina/' Todas estas significaciones son "ma- 
las". Una igualdad no es mala ni buena. Parecería 
asimismo que un hecho matemático sin carácter so- 
cial, no es un valor. Tal sería: los tres ángulos At - z 
un triángulo valen dos ángulos rectos. Se trataría de^ 
juicios de existencia. * 

En consecuencia, no hay propiamente valores ; 
cuando se habla del "valor de las palabras", es decir , 
de su sentido, o del "valor numérico" de una expre- i 
sión algebraica, o del "valor objetivo" del conocimien- ; 
to. "El problema del valor del conocimiento no con- £ 
siste en saber si el coaócimiento es bueno o malo, 
sino en distinguir lo que es conocido de lo que no ] 
lo es. Las palabras evaluar, estimar, apreciar, y los ,: 
sustantivos correspondientes, significan muy a menú* : - 

«5) Id., id " v . . ~ 



LO BUENO Y LO MALO 



do juzgar del grandor de las cosas, aun cuando este 
grandor no es un valor. . ."O- 

Insiste este autor, con ayuda de otros ejemplos, 
en que los juicios de valor, en resumen, son "los que 
aprueban o desaprueban"( 8 ). 

Estas precisiones del distinguido lógico satisfacen 
por completo en cuanto a la definición de estos jui- 
cios. No es suficiente como hace Ortega y Gasset, 
distinguir en el universo dos mundos: el del ser y el 
del valer, dos ordenaciones distintas pero compene- 
tradas y aseverar que "no nos contentamos con per- 
cibir, analizar, ordenar y explicar las cosas según su 
ser, sino que las estimamos o desestimamos, las pre- 
ferimos o posponemos; en suma, las valoramos. Y si 
en cuanto objetos no aparecen ordenadas en series 
tempo-espaciales de causas y efectos, en cuanto va- 
lores aparecen acomodadas en una amplísima jerar- 
quía constituida por una perspectiva de rangos va- 
lorativos'\ 

Esta insuficiencia pende del hecho vulgar de 
que valorar, estimar, apreciar, no significa, forzosa- 
mente considerar las cosas como buenas o malas, por- 
que pueden significar relaciones de valores que nada 
dicen a veces respecto de que el hombre las consi- 
dere aprobables o reprobables. Está en mejor terre- 
no Ortega y Gasset cuando pasando a lo concreto 
dice que hay en el vocabulario vulgar palabras cuyo 
significado alude especial y exclusivamente al mundo 
de los valores: bueno y malo, mejor y peor, valioso 
e inválido, precioso y baladí, estimable y preferible, 
etc. Con ser tan rica esta lengua valorariva, apenas 



(7) GOBLOT, op. cit.. píg. 112. 

(8) Op. efe», pág. 113- 



{2*9} 



JOSÉ P. MASSEKA 



si forma un rincón imperceptible de las significado- rif 
nes estimativas" 

Nótese que todas esas palabras son calificativas, 
atributos de juicios de valor, y que todas expresan, en 
fin de cuentas, una aprobación o reprobación respec- ■ 
to de lo calificado por ellas. Pero no debe olvidarse 
que en el idioma existen otras palabras como igual- : 
dad, desigualdad, equivalencia, que pueden expresar ' 
comparaciones, relaciones entre valores, pero que n$ 
aluden a juicios de valor porque no encierran afir* ; 
mación o negación de que sean buenas o malas las fc 
cosas comparadas. 

Otros párrafos de Goblot señalan bien ciertas 1 
distinciones que hay que hacer en esta difícil match * 
ria y que servirán luego para orientarse en la vida^, ~ 

Estamos en una encrucijada en la cual se trata ¿ 
de desvanecer la oposición entre la lógica y la vida, - 
dando una mayor extensión a la primera, en modo 
tal que abarque también los problemas de la acción, 
en su íntima relación con los del conocimiento. "La 
demostración de los juicios de valor no parece pro^i§ 
ceder de la sola lógica, a menos que no haya, al lado 
de la lógica de lo verdadero y de lo falso, una 
del bien y del mal" < 10 ). 

Este autor se vale de una distinción en "la ra- 2 
fcón" para demostrar que son dos aspectos de esta 
facultad los que sirven para resolver problemas que : i 
aparecen como tan opuestos. Es que el hombre no 
dispone de otro medio para llegar a soluciones satis- > 
factorías en todos los órdenes de la vida. 

Las dos lógicas proceden de "la distinción entre ; 



(9) Ortega y Gambt. Iiw citado, pág«. 44 y 43. 
(10) Goblot. Trabé d§ L»gi<jz*, pi* 3tfS. 



£270) 



LO BUENO Y LO MALO 



la razón especulativa y la razón práctica, tomando, 
sin embargo, este último término en el sentido más 
amplio, pues por juicios de valor no entendemos so- 
lamente las reglas de la conducta moral, ni por bien 
el solo bien moral o la virtud. La razón práctica se- 
ría en un sentido muy general, la razón en tanto que 
proporciona principios a la acción" ( 11 ). Las diferen- 
cias entre estos modos del movimiento mental son 
bien marcadas, sin embargo. 

La razón especulativa puede demostrar que una 
cosa es verdadera, pero no que sea buena. Es que 
este carácter no procede de la sola experiencia que 
nos da el hecho, pero que no lo juzga. M La razón 
especulativa es insensible, imparcial, indiferente al 
bien y al mal. No hay para ella ni bien ni mal; ella 
es la "fría razón". Es lo que ya se ha mencionado 
en otra parte al indicar la absoluta necesidad de ais- 
lar la inteligencia para conseguir la ciencia: . .es 
solamente en la medida en que el hombre, sin ser 
una pura inteligencia, consigue comportarse como si 
su pensamiento no estuviese sujeto a los entraine- 
mentí del sentimiento, ni fuese capaz de decisiones 
arbitrarias, que puede haber una ciencia y una ver- 
dad. Pero así aislada la inteligencia no puede tener 
otro fin que su propio fin: lo verdadero. El bien y 
el mal no existen para un ser al cual nada conmue- 
ve, y nada es bueno sino lo verdadero para un espí- 
ritu que no siente sino para conocer" ( 12 )• 

Tenemos aquí bien determinados los medios, los 
procedimientos que debe emplear el hombre para 
conseguir la verdad. Se trata de relaciones necesarias 

di) w.> id. 

(12) Qp. di., pá» 3<S9. 



1271 J 



JOSÉ P. MASSERA 



y maneras de hacer, según queda dicho en otro capí-' 
tulo, sin las cuales es imposible el fin de obtener la 
verdadero. Es la característica que hemos señalado en 
los problemas de ser o de existencia. 

¿Cómo se han de tratar los juicios de valor, con- 
tinúa Goblot? "Es preciso volver a colocar la inteli- 
gencia en su medio, restituirle su función verdadera 
que es de dirigir, «como el piloto su navio», la acti- 
vidad reflexiva de un ser que tiene un corazón, seor 
tidos, instintos, una voluntad. Hay una sabiduría (sar 
gesse) que es algo más, y tal vez algo menos, en 
todo caso alguna cosa diferente, de la ciencia, y sin 
embargo consiste también en usar de la razón. Los 
juicios de valor pueden ser, deben ser, son, efectiva 
mente, deliberados, discutidos, criticados, probados, G 
refutados. Nos veríamos así conducidos a concebir 
una segunda lógica, complemento de la primera, limi- 
tada ésta a las condiciones de la legitimidad de las 
operaciones de la inteligencia que no busca sino lo 
verdadero, mientras que la otra establecería los dere- 
chos y proporcionaría las reglas del pensamiento que 
busca el bien y aprecia los fines de la actividad hur; 
mana"( 13 ). 

Estas consideraciones fueron utilizadas antes por 
nosotros para diferenciar los problemas relativos a 
la persecución de fines científicos y fines interesado^ 
a que reducía los expresados por otros con la oposi- 
ción entre juicios de existencia y juicios de valor. 

Llamo la atención de que los párrafos transcrip-T 
tos conducen a la comprobación de que existe o puet 
de existir una lógica especial de los juicios de valor, 
y que ello tiene un punto capital común con la lógi- 

<B) rd, j¿ 



[272} 



LO BUENO Y LO MALO 



ca de los juicios de existencia, y es que la "razón" 
opera en ambos, si bien partiendo de datos diferen- 
tes, persiguiendo fines diferentes. 

Esto ya significa que si bien al tratar los valores 
no se hace propiamente ciencia, el proceso mental de 
su determinación, como el relativo a su defensa y 
ataque, a la discusión sobre su bondad o maldad, su 
conveniencia o inconveniencia, de su justicia o injus- 
ticia, es y tiene que ser, una aplicación de la razón 
humana, que es por otra parte la misma tendencia 
puesta en juego para llegar a las convicciones que 
comportan los juicios de existencia, a los resultados 
objetivos de la ciencia. 

Y cuando penetremos en la esfera de la razón 
que valora, de la llamada razón práctica, veremos que, 
en sustancia, los procedimientos son muy parecidos 
y que, siempre, para conseguir resultados satisfacto- 
rios o morales, el razonamiento ha de tratar de ser 
impersonal en lo posible, para acercarse a la objeti- 
vidad de los juicios de existencia. 

Sin , entrar, por el momento, en este especial 
punto de vista, sobre el cual tendremos que volver, 
insistiré en las conclusiones a que nos llevaron el 
análisis y la comparación de la voluntad de hacer 
"ciencia" y la de satisfacer un propósito de orden 
sensible, tan corriente en los ámbitos de la acción 
humana. 

Según las opiniones, ahora citadas, de Goblot, 
para tratar los juicios de valor es preciso volver a 
colocar la inteligencia en su medio, restituirle la ac- 
tividad reflexiva de un ser que tiene corazón, senti- 
dos, instintos y una voluntad. 

Pero, ¿por qué es que hay que proceder de tal 
manera? A nuestro entender, es, sencillamente, por- 



que el análisis psicológico del acto de voluntad, que éíftg» 
conduce a un "juicio" de valor, nos revela que hemos 
debido partir de un propósito de satisfacer un bien 'f^M 
personal, del orden sensible, por oposición al propó- ' Irtd | 
sito de "hacer" ciencia, y que son estos puntos de par^ íL;J8:|§j 
tida los que condicionan las modalidades de la ao- ;^j||Í^ 
ción, y el juicio que es su consecuencia. :^S§¡ 

Es la circunstancia de proceder a la satisfacción M¿ 
de un fin sensible, de un bien personal, lo que trae Tjjf 
como consecuencia ineludible una subjetívación íoK;¿J| 
zosa, una toma de la acción tal como es, en su inte» \? 
gridad, con todos sus caracteres concretos, sin elimfc-i 
nación de ninguno de los que constituyen, precisa* (!f$L ; 
mente, su realidad psicológica. *V^Í5 

No puede sorprender, en lo más mínimo, est&r- $¿.^ 
conducta, desde que, como se ha demostrado antedi '^jíf-j 
se trata de actos de muy diversa naturaleza por Ija ^.|¡||! 
especialidad de sus fines que condicionan actos <fe 
especie determinada, y llevan a resultados de muy r í?j 
diversa índole, expresados luego con juicios tan dé- 
versos como los juicios de valor y los de existencia, 

Pero, entonces, tal oposición ¿puede aparecer- 
como contradictoria con la afirmación que acabamos 1 ': 
de hacer, de que en unos casos como en los otroi p 
obra la razón, con su nota característica de imper- ^ 
sonalidad y fuerza de "objetivación"? ' ? ; 

No hay tal contradicción; la habría si preteii-; ¿/|fl 
diéramos que existe una obra de "ciencia" al funda* , 
todo juicio de valor. Ninguna ciencia conduce a 
afirmación de los valores, porque se impondrían ob^SM|| 
jetivamente a todo el mundo, y es un hecho indiscu- *f É| 
tido que mantienen un carácter personal, indivüatJt,^^^ 
interesado, a pesar de que su generalidad puede ex- ■* 
tenderse a muchas conciencias, y, según la fraw m* 

{274} ?'*)f 




LO BUBNO Y LO MALO 



cordada de Durkheim, el hecho de que una creencia, 
una finalidad, un valor dado es compartido con mu- 
chos, na le agrega carácter de objetividad, que es 
precisamente Jo que hace el valor de la ciencia, 

Pero también dijimos que juzgando de esos va- 
Jores, criticándolos, comparándolos, pretendiendo ha- 
cerlos "valer" para obtener más excensos asentimien- 
tos a nuestra propia creencia, es forzoso que proceda- 
mos en tal oportunidad en la forma más impersonal 
posible al apreciar las consecuencias favorables o des- 
favorables que atribuimos a todas las opiniones. 

No es que, en una tarea a lo Sísifo, queramos 
desubjetivar la creencia, porque ello sí llegaría a lo 
contradictorio. La creencia, el valor personal por exce- 
lencia, permanece impulsada y valorada por lo huma- 
no y sensible que hay en nosotros, pero sus consecuen- 
cias morales, sociales o políticas y la apreciación que 
de estas consecuencias debemos hacer, al defenderla o 
atacar su contraria, debe ser lo más "racionar' que 
sea posible, si queremos obtener la aprobación de 
muchos otros en su favor, porque despojando esas 
apreciaciones de los elementos personales propios, es 
que encontraremos un terreno común, con otros es- 
píritus, si ellos proceden también en análoga forma. 

Pero nótese que tal trabajo racional tenderá sim- 
plemente, eliminando lo personal individual, a en- 
contrar lo que sea personal a muchos, por lo mismo 
que, por definición, no podemos saJir de lo concreto, 
de lo psicológico en toda su riqueza de matices per- 
sonales. 

Ese trabajo hallará, pues, 1q que muchas perso- 
nas sienten, creen o quieren del mismo modo. No se 
obtendrá por de contado, una objetividad real, como 
ocurre con la búsqueda de la verdad, pero la elimi- 



C275] 



JOSÉ P. MA5SERA 




nación de lo demasiado personal, traerá algo que po* 
ser común a muchos, se presentará como valor más 
"humano", más despojado de particularidades. Exis* 
tirá una comprensión de un valor, de un ideal, lo que 
significa coincidencia de apreciación y a la vez coin- 
cidencia en la que son muchos los que participan. El .,~¿,i%\ 
valor, el ideal así trabajado, constituirá así un hecho í ¡In- 
social que se acerca mucho a los conceptos abstracto* ; <?/f f< 
generales de que nos servimos para llegar a las com- \ jf^^ 
probaciones objetivas del mundo existencial. ' ^ 

Y podría concluirse que si no hay ni puede ha» / £ |$ 
ber, por su naturaleza, "ciencia" de los valores, de^'¿Íi¡ 
los fines, de los ideales, tales procedimientos, tal env f ¿«¿fi 
pleo de la razón, podría calificarse de racionalismo : t$&ig 
científico. - *' 

Es decir, que si esos mismos ideales no pue4e 
establecerlos o imponerlos ninguna ciencia, avalo» ¿V J"' 
rándoios por sus consecuencias, y apreciando éstas :, . ^ 
con la mayor independencia de criterio que sea posi- 
ble, podremos acercarnos a soluciones que si no será»; 
enteramente objetivas con el pleno valor de lo cieífeí: 
tífico, nos irán aproximando cada vez más, a convi^|j 
ciones generales fundadas en razón. , 

Cuanto dejamos dicho en este capítulo conoK T'SH 
bora y comprueba ciertas soluciones que esbozamos? ^ 
en otra parte, y aclara la conducta que debe adoptáf iíjffl 
la opinión doctrinal en los extensos ámbitos de te £á8f 
moral, de lo político, de lo jurídico, de lo socioló», f*'0Sk 
gico, al distinguir, desde luego, los elementos primoj>V|;!i| [ ^ J 
diales de una lógica de la razón práctica, que iremo* * 
desarrollando en páginas sucesivas. 



ESTE DECIMO SEGUNDO VOLUMEN DE LA 
COLECCION DE CLASICOS URUGUAYOS 
FUE IMPRESO PARA LA BIBLIOTECA ARTIGAS 
DEL MINISTERIO DE INSTRUCCION PUBLICA 
POR "IMPRESORA URUGUAYA" S. A. 
SE TERMINO DE IMPRIMIR EN MONTEVIDEO, 
EL DIA 30 DE MARZO DE 1 9 54.